
El 5 de mayo de 1922 murió en La Habana el general Emilio Núñez Rodríguez. Había tenido una larga carrera, primero al servicio del Ejército Libertador y luego como uno de los grandes líderes políticos de la República. Fue uno de los aspirantes a la presidencia que, aun teniendo posibilidades reales de éxito, nunca llegó a consumar sus ambiciones.
Conocemos a Núñez porque el 27 de diciembre de 2024 Memoria Cívica publicó una nota biográfica con sus años anteriores a la Constituyente de 1900-1901. Ese día se conmemora su natalicio que tuvo lugar en la región de Las Villas, en 1855. Hemos visto que fue veterano de las tres guerras de independencia y estuvo entre los miembros de la Asamblea de Representantes de la Revolución Cubana. Lo dejamos en la Constituyente mientras desempeñaba el cargo de gobernador civil de la provincia de La Habana. Había sido nombrado para esa posición por el gobernador militar de la isla, John R. Brooke, tras la renuncia del general Juan Ríus Rivera.

Era Núñez uno de los líderes indiscutibles del Partido Nacional Cubano junto a Alejandro Rodríguez y Alfredo Zayas. Contaba, además, con la estima y el apoyo valioso de Máximo Gómez. En la “Asamblea del Cerro” había sido de los pocos que votaron contra la destitución del Generalísimo.
De sus trabajos en la Convención hablaremos en otro momento. Es reseñable, sin embargo, que estuvo entre los delegados pesimistas que votaron a favor de la Enmienda Platt sin oponer demasiada resistencia. Debe recordarse que Núñez había sido ciudadano estadounidense. En ese país había estudiado la carrera de odontología y en él habían nacido todos sus hijos menos América, la más pequeña. Pensaba que la influencia estadounidense podía arrojar un saldo positivo para una República que aprendía a andar. El vínculo entre ambos países debía ser estrecho aun cuando la Enmienda no fuera el mecanismo ideal. La independencia de Cuba era un ideal por el que había luchado toda su vida. No renunciaba a él, pero entendía que el ejercicio de las libertades requería de cierta preparación, incluso de cierta gradualidad.
Las posiciones de Núñez, en este sentido, no podían ser más opuestas de las que manifestaba su entonces correligionario Alfredo Zayas. Aquel veía la Enmienda como una mal necesario, una etapa transitoria. Zayas manifestó desde el principio una hostilidad tajante al apéndice constitucional y asumió en sus discursos la promesa de solicitar su revisión. Estas divergencias serían, sin embargo, apenas la punta del iceberg que llevaría a una profunda división en el Partido Nacional. El divorcio entre Zayas y Núñez, no obstante, tardó algo más en aparecer.
Gobernador electo
La candidatura de Tomás Estrada Palma aglutinó a la mayoría de los grupos políticos establecidos. La apoyaron los nacionales y también la mayoría de los republicanos de La Habana, Matanzas y Santa Clara. Fue en casa de Emilio Núñez, en agosto de 1901, donde se reunieron los líderes políticos para nombrar a Estrada Palma candidato a la presidencia. El sitio de la reunión no fue casual. Núñez no sólo era gobernador de La Habana y uno de los líderes del Partido Nacional Cubano. También contaba con la amistad y el apoyo de Máximo Gómez, que había dado su beneplácito al proceso.
Las elecciones tuvieron lugar entre el 31 de diciembre de 1901 y el 24 de febrero de 1902. Estrada Palma sería electo sin oposición a la presidencia de la República con Luis Estévez Romero como vicepresidente. Emilio Núñez sería electo, también sin oposición, para el gobierno de La Habana. Ganaba ahora por el voto popular, el cargo que había desempeñado por designación del gobierno interventor.
A lo largo del período que duró la primera administración de Estrada Palama, Núñez se consolidó como presidenciable. Contaba con el inmenso capital político adquirido durante su gestión al frente de la provincia más poblada del país. Tenía una gran influencia en la capital de la República. Era líder de una de las facciones más importantes de uno de los grandes partidos políticos del país. Contaba, y esto era quizá más valioso todavía, con el apoyo de Máximo Gómez para enfrentar el reto electoral.
Compartían la aspiración dos rivales que serían formidables. El republicano José Miguel Gómez, gobernador y líder indiscutible de la segunda provincia más poblada del país, sería un hueso duro de roer. Contaba con seguidores resueltos y batalladores y con el prestigio ganado en los campos durante la guerra. Alfredo Zayas no se quedaba atrás. Lo que le faltaba de arrestos le sobraba en astucia. Era líder de una facción dentro del Partido Nacional que nucleaba a importantes sectores dentro y fuera de La Habana.
En este escenario se produjo la creación del Partido Moderado, por elementos conservadores que no encontraban acomodo en ninguno de los grupos establecidos. Elementos que tenían gran influencia en el presidente y que lograron convencerle de que se presentara a la reelección como candidato del nuevo partido. No tenían el arrastre de otros grupos, pero esperaban suplir esta desventaja utilizando el aparato del Estado. Conseguirían los votos a las buenas o las malas.
Máximo Gómez se opuso a las maniobras reeleccionistas y comenzó a actuar en consecuencia, retirando su apoyo a Estrada Palma. Ofreció su apoyo a una candidatura de Emilio Núñez, que habría tenido serias posibilidades de imponerse. La muerte del Generalísimo en junio de 1905 frustró estos planes. Con la creación del Partido Liberal se unieron los grupos republicanos de Las Villas y los nacionalistas. La boleta electoral presentada por el partido, con José Miguel y Zayas a la cabeza, dejó, sin embargo, en segundo plano a Núñez. Esta preterición no la pudo soportar y decidió plantar su tienda aparte con su facción. Los moderados contarían con su apoyo en las elecciones. Las posiciones de Núñez, en muchos sentidos, se acercaban más a la cosmovisión de los moderados que a la de los liberales zayistas y miguelistas.
En las elecciones de noviembre de 1905 trabajó, con todo el poder de su cargo, en beneficio del moderantismo. Cuenta Rafael Martínez Ortiz en Cuba, los primeros años de independencia, que empleó numerosos agentes electorales “capaces de cualquier violencia para lograr sus propósitos”. Entre las acciones directas del gobernador en beneficio del estradismo estuvo incluso la destitución del alcalde de La Habana Juan Ramón O’Farril.
En esas elecciones, Núñez fue reelecto gobernador y, una vez más, sin oposición alguna. Su relación con los moderados, sin embargo, se vería dañada muy pronto. No se valoraba debidamente su aporte a la victoria electoral. Existía la pretensión de mantenerlo en un segundo plano. Le exigían la fusión definitiva de sus fuerzas con el Partido Moderado y hasta intentaron hacerle una jugarreta en el Ayuntamiento de La Habana.
Cuando estalló la Revolución de 1906, Núñez mantuvo una actitud casi de neutralidad. Se avino en todo momento a una salida pacífica y negociada del conflicto. De ningún modo ofreció su apoyo incondicional al gobierno. La nueva intervención estadounidense lo mantuvo en su puesto, como a los demás gobernadores provinciales.
Consejo Nacional de Veteranos
En abril de 1908 fue solicitada, por el gobierno interventor, la renuncia de todos los gobernadores provinciales de Cuba. Entre ellos se encontraba Emilio Núñez, quien terminaba así su tercer período al frente de La Habana. Se pretendía con esta medida allanar el camino al restablecimiento de la República independiente. Muy pronto se celebrarían elecciones generales.
Núñez se había mantenido al frente de una facción importante, pero de ningún modo dominante en la política cubana. Los nuñistas tenían todavía la etiqueta de liberales nacionales, pero de ningún modo tenían que ver con el zayismo o el miguelismo. Estos se habían estado pidiendo la cabeza durante un tiempo, pero sus resultados electorales en las municipales les obligó a un entendimiento. Emilio Núñez, sin embargo, había acabado por unirse, junto a sus seguidores, al Partido Conservador Nacional.
Esta fuerza de creación reciente aglutinó a antiguos moderados, veteranos que habían sido independientes hasta entonces, y a los liberales nuñistas. En las municipales habían obtenido buenos resultados porque Zayas y José Miguel mantenían dividido el voto liberal. Cuando llegó la hora de las elecciones presidenciales, la candidatura conservadora con Menocal y Montoro a la cabeza fue derrotada duramente.
Emilio Núñez sería electo para dirigir el Consejo Nacional de Veternanos de la Independencia. Este organismo existía desde el fin de la dominación española. Tenía la misión de velar por los intereses y derechos de los veteranos de las guerras de independencia. Como es de suponer, su membresía era políticamente diversa y se esperaba que la organización fuera neutral en esta materia. Núñez se pronunciaría a este respecto en varias ocasiones, asegurando que la asociación no debía entrar en actividades partidistas.
Ahora bien, nada de esto significó en la práctica que los veteranos organizados fueran políticamente irrelevantes. En dos ocasiones tuvieron un rol protagónico en el escenario político cubano. El más recordado tiene que ver con el Movimiento de Veteranos y Patriotas que tomó fuerza durante el gobierno de Alfredo Zayas. Emilio Núñez ya había fallecido para ese entonces. Durante su vida, sin embargo, los veteranos también habían puesto en apuros a otro gobierno. En este caso, al de José Miguel Gómez, justo en los primeros años de presidencia del Consejo por parte Núñez.
El motivo principal de las protestas veteranistas tenía que ver con la corrupción y el otorgamiento de empleos públicos. Es curioso que fueron objeto de sus dardos muchos de los antiguos autonomistas que desempeñaban funciones oficiales. Muchos de ellos lo hacían porque eran verdaderamente el personal más calificado. Para un sector de los veteranos, era inexplicable que los que habían arriesgado la vida por la República no pudieran aprovechar sus frutos. Los que habían trabajado para entorpecer su nacimiento eran quienes los saboreaban. Al menos ese era el tono de los discursos. El clima imperante era extremadamente tenso. Las exigencias veteranistas guardaban puntos en común con la de los Independientes de Color. Estos últimos acabarían por sublevarse y recibieron en respuesta la represión despiadada del gobierno.
El liberalismo marchaba debilitado a las elecciones presidenciales. El poco entusiasmo de José Miguel en relación con una posible presidencia de Alfredo Zayas determinó el resultado de la lucha por la máxima magistratura. Núñez colaboró arduamente con el empeño de llevar a Mario García Manocal y a Enrique José Varona al Palacio Presidencial. Como premio por su apoyo, fue nombrado secretario de Agricultura, Comercio y Trabajo.
Secretario de Despacho
La gestión de Emilio Núñez en la Secretaría de Agricultura, Comercio y Trabajo coincidió con una de las épocas más prósperas de la economía cubana. Al coincidir con la Primera Guerra Mundial, los precios del azúcar, principal exportación de la isla, alcanzó precios muy altos. La ola de prosperidad se hizo sentir en la República y fue conocida con el apelativo bíblico de “época de las vacas gordas”. El problema es que este mote está íntimamente relacionado con el del período inmediatamente posterior. A la “época de las vacas gordas” siguió la de las “vacas flacas”. La caída del precio del azúcar fue estrepitosa. En el tránsito de la década de los ‘10 a la siguiente, Cuba cayó en una crisis terrible. Esto, sin embargo, estaba aún en el futuro.
La Secretaría de Agricultura, Comercio y Trabajo durante la tenencia de Núñez no tuvo que enfrentarse a la crisis. Entre sus logros se cuentan la aprobación de medidas sociales como las relacionadas con los accidentes de trabajo. También se le atribuye la promoción, menos exitosa, del cultivo de frutos menores entre los campesinos cubanos. Lo cierto es que Núñez aspiraba a que su actuación en el Gabinete de Menocal sirviera de trampolín para su propia presidencia. Los conservadores estaban bien posicionados para ganar, teniendo en cuenta lo favorable de la situación en su primer período de gobierno. Dos obstáculos se levantarían frente a las aspiraciones presidenciales de Núñez. Primero, la reconciliación liberal. Para las elecciones de 1916 José Miguel estaba decidido a apoyar la candidatura de Zayas y Mendieta. El liberalismo unificado tenía una fuerza numérica casi insuperable para los conservadores.
Ahora bien, el segundo obstáculo sería el verdaderamente infranqueable. Núñez perdió toda esperanza de ser elegido presidente en las elecciones de 1916 cuando Menocal aceptó ir a la reelección. Todo el proceso de la candidatura fue bastante turbio. La mayoría de las asambleas provinciales del partido preferían a Núñez. Una jugada de Cosme de la Torriente en la Asamblea Nacional hizo triunfar el proyecto de reelección menocalista. Núñez, hastiado de las intrigas, decidió dejar su destino en mano de sus seguidores, que los tenía muy fieles. Como premio de consolación le fue otorgada la vicepresidencia.
La propuesta de reelegir a Menocal disgustó a un número nada despreciable de conservadores. El presidente del Senado, Sánchez Agramonte, decidió renunciar a la presidencia del Partido Conservador. En su lugar fue elegido Eduardo Dolz, uno de los artífices de la aciaga reelección de Estrada Palma. Venía ahora a cumplir la misma misión. Poner al partido en condiciones de vencer a toda costa. Núñez, que acababa de rechazar el mismo cargo que ahora aceptaba Dolz, declaró apoyar los esfuerzos encaminados a una nueva presidencia menocalista.
Para los liberales, sin embargo, la reelección era un verdadero cataclismo. Estaban convencidos de que se repetirían los abusos de 1905. Intentaron por todos los medios evitarla. Llegó a ser aprobada en el Congreso una ley a todas luces extravagante. La Ley Maza y Artola pretendía obligar al presidente a abandonar el cargo en los últimos tres meses antes de las votaciones si pretendía reelegirse. La máxima magistratura debía ser desempeñada durante ese tiempo por el presidente del Tribunal Supremo. Se buscaba impedir el uso del aparato del Estado con fines electorales. De más está decir que el propio Menocal vetó la propuesta de cuya constitucionalidad dudaban incluso algunos liberales.
Lo cierto es que la campaña fue dura. Los conservadores se deshacían en promesas de que la elección sería legítima y el proceso transparente. Los liberales nunca tuvieron confianza. El dos de noviembre, el día posterior a las votaciones, comenzaron a llegar las noticias. Los liberales se encaminaban a una victoria indiscutible. El día tres se confirmaba la tendencia. En una reunión nocturna de los más conspicuos consejeros presidenciales Menocal fue convencido de incumplir sus promesas de transparencia. Se dice que Charles Hernández, director de Comunicaciones, le espetó en determinado momento:
—¿Y los timbales, para qué los queremos, General?
Con esta frase quedó sellado el pacto. El director de Comunicaciones interceptaría los paquetes que contenían la documentación electoral. Dejaron de emitirse los partes. Era obvio lo que estaba ocurriendo. Los liberales no sabían dónde meterse. Acudieron al Tribunal Supremo, que les dio la razón. El presidente del Tribunal fue obligado a renunciar por los secuaces del gobierno. Se determinó que serían repetidas las elecciones en algunos distritos en febrero de 1917. Estaba claro lo que se cocinaba. En ese mismo mes, los liberales se alzaron en armas.
Llegaron a controlar la mitad oriental del país gracias al apoyo de algunos sectores del Ejército Nacional. El esfuerzo fue en vano. Por un lado, el líder del alzamiento, José Miguel Gómez, cayó prisionero. Algo que venía siendo habitual en cada protesta armada a la que se vinculaba. Por otro lado, el gobierno de los Estados Unidos declaró oficialmente que no reconocería a un gobierno fruto de una revolución. Este fue el puntillazo final. Perder el reconocimiento de los Estados Unidos sería el suicidio económico del país y, todavía entonces, el suicidio político de quien lo provocara. La paz regresó, pero de ningún modo la normalidad.
Vicepresidencia y ruptura con los conservadores
La vicepresidencia de Núñez Rodríguez fue tan anodina como cualquier otra. Los primeros meses los empleó infructuosamente en apaciguar a los liberales. Intentaba convencerlos de que la vía legal de la protesta era superior a la vía armada. El gobierno del que formaba parte no actuaba acorde con la realidad de la que quería convencer a otros. Está claro que su presencia en el menocalismo se hacía incómoda por días, pero aún aspiraba a lograr la candidatura presidencial en algún momento. El menocalismo jamás dio señales de agradecimiento suficientes por el apoyo.
La ruptura definitiva con los conservadores sobrevendría cuando estos apoyaron la candidatura presidencial de Alfredo Zayas en lugar de presentar una conservadora. Para Menocal, esta era la única forma de derrotar a José Miguel Gómez, que sería el candidato de los liberales. Para Núñez, esto era una traición imperdonable. Zayas había sido su rival durante mucho tiempo. Ambos habían desempeñados roles similares en formaciones políticas opuestas. Es comprensible que se sintiera especialmente herido al ver a su rival triunfar con semejante maniobra de prestidigitación política. Facilitada, para añadir insulto a la herida, por sus propios correligionarios.
A partir de ese momento el camino de los nuñistas se separaría del de los conservadores. Formarían el Partido Demócrata Nacionalista, una agrupación pequeña que, incluso antes de su muerte, iniciaría un acercamiento creciente con los liberales. Este es un buen momento para hablar de su descendencia, especialmente de dos de sus hijos, por la relevancia que tienen para su legado político.
Dos de ellos, Ricardo y Emilio Núñez Portuondo, tendrían una carrera destacada en política. El primero fue candidato a la presidencia de la República precisamente por el Partido Liberal en las elecciones de 1948. Fue derrotado por Carlos Prío Socarrás y el Partido Revolucionario Cubano Auténtico. Alcanzó, sin embargo, casi un tercio del voto popular y quedó muy por encima de Eduardo Chibás, candidato ortodoxo, y Juan Marinello, candidato comunista.
Emilio Núñez Portuondo tuvo una carrera aún más significativa. Fue delegado a la Constituyente de 1928 por el Partido Liberal. En ella estuvo entre los pocos que abogaron por que la asamblea respetara estrictamente el artículo 115 de la Constitución de 1901. Esto es, que se limitara a aprobar o no la reforma elaborada en el Congreso sin entrar a modificarla. Apartarse del artículo 115 dio valiosa munición legal a los detractores de la reforma. En 1940, Emilio Núñez Portuondo volvió a ser delegado a la Constituyente celebrada ese año. Otra vez por el Partido Liberal que resultó la fuerza política más votada a la Convención. Se desempeñó como uno de los secretarios del cónclave y tuvo una participación muy destacada en los debates. A lo largo de su vida fue representante a la cámara y senador y emprendió una prestigiosa carrera diplomática.
Durante el último gobierno de Batista fue representante de Cuba en la Organización de Naciones Unidas. Fungía como presidente del Consejo de Seguridad al ocurrir la Revolución Húngara de 1956. En 1958 Batista lo nombró primer ministro. Se pretendía resolver la crisis política del momento a través de un proceso electoral. El prestigio electoral de Núñez Portuondo podía ayudar a despertar confianza en los observadores internacionales de la ONU y la OEA que serían invitados. La maniobra no funcionó porque Fidel Castro no quiso saber nada de una salida electoral. Por cierto, un hijo de Núñez Portuondo se había casado un par de años atrás con Mirtha Díaz-Balart, ex esposa de Fidel Castro.
En todo caso, la descendencia de Núñez Rodríguez es un ejemplo de cómo se forman las élites políticas transgeneracionales. El viejo caudillo no tendría oportunidad de ver a sus hijos triunfando en el Partido Liberal. Uno siendo presidente del partido, otro siendo su candidato a la presidencia. Esto era, sin embargo y como decíamos hace un momento, continuación de los pasos que había dado al final de su vida.
Una vida que llegó a su fin en la madrugada del 5 de mayo de 1922. Tenía 66 años y no pudo superar una intervención quirúrgica relacionada con una afección del páncreas. Su voluntad no se había debilitado con los años. Aún manifestaba su deseo de aceptar una candidatura presidencial. Según su hijo Emilio, muy cercano a él, sus últimas palabras fueron:
“No tengo miedo de morir, porque no tengo nada de qué arrepentirme”.
