Máximo Gómez. Ilustración creada con inteligencia artificial (ChatGpt).

En la década del noventa del siglo XIX Cuba está ardiendo de nuevo. El dominio español ya no da más: Madrid se niega a conceder un mínimo de autonomía a Cuba, pero Cuba sigue creciendo. El recuerdo de la guerra inspira a unos y desanima a otros; y todos intentan, al menos, entender por qué fracasó. El libro Desde Yara hasta el Zanjón de Enrique Collazo abre el año 93 con una defensa de la tesis militarista como causa del desastre: es asombroso cómo promueve una polémica inmediata en la que participan Manuel Sanguily, Serafín Sánchez y Marcos García, en diarios de La Habana y Cayo Hueso. Leen rápido estos autores, y contestan raudos con agudeza. Y entonces interviene, en el mes de junio, nadie menos que el general Máximo Gómez, con una Carta a Tomás Estrada Palma, escrita en su finca de La Reforma en Dominicana. Y se toma el trabajo de imprimirla en forma de folleto, además de publicarla en el periódico El Porvenir de Nueva York.

Este hecho notabilísimo ha pasado inadvertido por nuestra historiografía. No está ni siquiera nombrado en la mayoría de los estudios, y al menos yo no conozco ningún análisis del mismo. Advierto una extraña desidia en cuanto a publicar o estudiar ciertos textos de Gómez, por ejemplo, Convenio del Zanjón: relato de los últimos acontecimientos en Cuba, que es el antecedente de esta carta y un hito en la interpretación de la Guerra Grande. Hay una necesidad de la tesis militarista para los partidarios de la Idea Dictatorial cubana: un culto del hombre duro y grande, que es el que tiene la autoridad en los hechos de la historia y además en la historia de los hechos. Cuando el historiador encuentra un texto o un hecho que deja de encajar en esa tesis, resulta obviado. Que el general era un generalísimo y no un historiador y tenía derecho a equivocarse. El delito radica en que las opiniones de un general que vuelve a ser general, y general en jefe, en una segunda guerra, son decisivas para lo que ocurre en esa guerra, que terminó con el exterminio, por él mismo, con ayuda de Estrada, del Poder Cubano, y la instauración del protectorado norteamericano en nuestro país. Y ahora hay tantos a favor del protectorado. Pero sólo porque no hay anexador.

Gómez se presenta como un crítico de las posiciones de Collazo y de Sanguily. No menciona a Sánchez y a García, cuyas objeciones a Collazo son puntuales y personales: tal vez no las conoció. Ya hemos visto cómo Sanguily le da la razón a Collazo contra Sánchez. El general entiende que él está por encima de esos autores y adopta una equidistancia ante los polemistas. Basta leer el texto, sin embargo, para comprender que su objetivo es rechazar los criterios de Sanguily. Gómez sabe que la tesis militarista es errónea y lo dice, pero veremos por qué y para qué.

Para entender la actitud de Gómez hay que tener en cuenta que un año antes Martí ha logrado reunir las emigraciones en el Partido Revolucionario Cubano. La perspectiva de una nueva guerra es cierta, y Martí le ofrece a Gómez la dirección militar. Desde 1882 Martí le ha propuesto la organización de un partido independentista, al principio así con minúscula, como un factor de lucha contra los anexionistas. Gómez responde favorablemente, pero Martí aún no logra mucho con los emigrados. En 1884 comienza el plan Gómez-Maceo al que Martí se incorpora, hasta que descubre que se trata de un proyecto abiertamente dictatorial. El plan fracasa porque no hay un apoyo a esa idea entre los emigrados, y Gómez y Maceo terminan mal: Gómez acusa a Maceo de corrupción, y ambos se acusan de ser dictadores: Maceo y Flor Crombet se retan a duelo. En 1892 las emigraciones están ya reunidas en el Partido Revolucionario Cubano, Martí ha sido electo casi por unanimidad Delegado, y con la autoridad del sufragio —como le aclara al general— visita a Gómez en Dominicana y le ofrece la dirección de la guerra. El 15 de septiembre de 1892 Gómez firma la carta de aceptación.

De manera que cuando Gómez lee el libro de Collazo y el artículo de Sanguily sobre el libro, y escribe entonces esa larga carta a Estrada, ya tiene un compromiso con el Partido Revolucionario Cubano, que es una organización civil y democrática. Durante todo ese año 1893 está trabajando con Martí y sostiene un vínculo epistolar con él. Está dentro de esa estructura voluntariamente. Pero, de hecho, como veremos, con otra voluntad.

Hay un pasaje del diario de Gómez que permite considerar que los argumentos de Martí sobre la organización y el destino de la guerra le habían hecho reflexionar. En realidad, bastaba el hecho de que nadie los siguiera, ni los amigos de Martí ni nadie, en su proyecto de dictadura. Los independentistas antiguos y nuevos, civiles o militares de la primera guerra, no deseaban ningún dictador, aunque los admirados caudillos Gómez y Maceo fuesen los candidatos. Muchos les temían. Para colmo, los emigrados que vivían en Estados Unidos, que eran la mayoría, estaban viendo funcionar las ventajas de una democracia representativa con un pueblo orgulloso de sus libertades personales. Unos cuantos habían prosperado en poco tiempo ahí, incluso como líderes sociales dentro de la democracia representativa: el comandante Gerardo Castellanos Lleonart, comisionado de Martí para visitar Cuba y organizar la conspiración, tuvo una tabaquería exitosa y fue el primer cubano en ocupar cargos de elección en la Florida. Significativamente, Gómez y Maceo viajaron por Estados Unidos, pero nunca residieron ahí. Para la fecha son hacendados campesinos: Gómez sin éxito en Dominicana, y Maceo exitoso, gracias al trabajo de sus seguidores, en Costa Rica. En Dominicana hay una dictadura. En Costa Rica hay un gobernante autoritario que favorece especialmente a Maceo y los suyos. Toda América Latina está y ha estado desde la independencia repleta de gobernantes autoritarios y dictadores monstruosos. Ni Martí ni ninguno de los líderes del PRC simpatiza con ese destino.

Gómez rechaza la tesis militarista de Collazo porque sabe que es falsa, y el propio libro de Collazo lo demuestra. Y también se opone a la acusación contra las emigraciones… si es que se puede decir que Collazo las acusó. Gómez está ahora dentro de un proyecto no militarista. Su militarismo no es napoleónico o bolivariano, el dictador carismático que arrastra al pueblo —que era el sueño de Collazo y la pesadilla de tantos. Sabía que él no era ese tipo de persona —Maceo estaba más cerca de ese prototipo. Habiendo sido él mismo Secretario de la Guerra bajo Estrada, sabe de sobra que hay unas tareas de organización de la contienda que son imprescindibles incluso al nivel de la mesa, la silla, la pluma y el papel; y mucha y cuidadosa mente trabajando sin cesar. Comprende que tiene que haber algún gobierno y que él no es apto para esas tareas, ni le interesan. Pero sobre todo le preocupan los recursos de guerra, y eso sale del dinero de las emigraciones, que en esos mismos momentos él está recibiendo de manos de José Martí… De manera que tiene que rechazar la tesis militarista de Collazo y cualquier desprecio por los emigrados, viejos y nuevos.

Lo que diferencia la postura de Gómez de las fantasías de Collazo es su sentido de la oportunidad histórica. Quiere dictadura pero no de fantasía. Quiere ser dictador ma non troppo.

Veamos la evolución de este pensamiento en sus propias palabras.

Los partidarios entre cubanos de la Idea Dictatorial —que domina actualmente en los pueblos que dominan el mundo: chinos, rusos y yanquis— aceptan de manera abierta o sutil la tesis de que la república de Guáimaro fue la causa del fracaso, y que de ahí surge como reacción el plan Gómez Maceo de 1884, del que se desvincula Martí; y luego Gómez habría rectificado ese criterio. Porque oponerse a la idea de que un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento, es demasiado peligroso para estos heroicos soldados de la palabra.

Acerca de este diferendo, Gómez se expresa con cierta soltura en su diario:

…no falta alguien, como José Martí, que le tenga miedo a la dictadura, i que cuando más dispuesto lo creía se retiró de mi lado furioso según carta suya insultante, que conservo; porque no dejándole yo, inmiscuirse en los asuntos del plan general de la revolución, a cargo mío en estos momentos, y deseando enseñarle su papel, se ha creído que yo pretendo ser un dictador i dando a éste frívolo pretexto, la gravedad que jamás en sí puede tener se ha alejado de mi lado vertiendo especies que no creo favorezcan a las cosas i a los hombres. He empezado de nuevo a saborear gotas amargas, pero yo seguiré mi camino sin miedo ni contemplaciones.

A la dictadura le tememos todas las personas decentes y responsables, mi general. Y por eso subrayo su asombrosa declaración íntima. ¿A cargo de él, la Revolución? ¿Quién había decidido ponerlo a cargo nada menos que del plan general? El plan general de una revolución de independencia es político, no militar; y no es personal, sino público. ¿Se ha creído Gómez que puede crear, sin contar con nadie, a lo sumo con Maceo, una política nacional? ¿Se ha creído Martí que él pretende ser un dictador, o se lo está haciendo ostensible en forma descomedida, prohibiéndole intervenir en ese plan, y señalándole con arrogancia su papel de subordinado? Se comporta como un dictador y todavía se queja. Véase además que el rechazo de la dictadura es para Gómez un pretexto frívolo, carente de gravedad.

Y he aquí por qué:

Más que nunca, se podrá creer en lo grandemente misterioso de las Revoluciones que libertan a los pueblos, de la servidumbre, al miedo y a la ignorancia, si a pesar de todas éstas cosas logramos armar un número de guerreros —que combatan en el campo a la fuerza bruta, para después poderle dar al pueblo en la paz, orden y libertad.

Porqué al lado de tanta miseria de recursos materiales, hai, i es lo peor, escasez de varonil resolución— pues hasta se le teme a la Dictadura revolucionaria; se podrá dar mayor candidez o más afeminado modo de pensar?

¿Acaso se puede citar una revolución en el mundo que no tenga su Dictadura?

Muy débil y sin bríos debe ser la que no revista este sello —de seguro que no hará más que divertir y hacer reír al Gobierno que ella ataque por débil que éste sea.

Los hombres que tal piensan, no han nacido para ayudar a libertar hombres —porque no saben y no quieren aprender a armar el brazo del guerrero— porque tienen miedo. O es eso —o son resabios de Autonomismo— es que la sangre no está bastante depurada.

Nada menos que sangre depurada… Conceptos de dictadura bien claros, que rehúso comentar.

Ahora bien, hasta el hombre más torpe o confundido puede rectificar sus disparates. Y Cuba, un país que detestaba la ambición de dictadura, le ofreció a Gómez la oportunidad de corregirse, a través de Martí y sus compañeros. En el momento de la polémica, los cubanos tienen un plan democrático aprobado y desean armar el brazo del guerrero.

En una carta a Juan Arnao de 20 de enero de 1885, después de la ruptura, escribe Gómez:

Respecto a la negativa de Martí no me extraña. Martí desde el primer día que me conoció en Nueva York se hubiera separado, pero no encontraba un medio hábil hasta que la casualidad se lo dio. Y digo se hubiera separado, porque él no es hombre que puede jirar en ninguna esfera sin la pretención de dominar i al tomarme el pulso se dijo para sus adentros “con este viejo soldado es imposible hacer eso…

Subrayo la rivalidad en cuanto al liderazgo. Obsérvese que dice separarse, no traicionar. Hacer obra aparte. Sin ellos. Fracasados Gómez y Maceo ya en 1886, comenzando el 1888, Martí demuestra que necesita justamente al viejo soldado, y es lo que anota el soldado en su Diario:

Febrero 1o. Los Cubanos de New York, un grupo; a la cabeza José Martí, hombre de talento y de algún prestigio; se han reunido y tratan de organizar la revolución. —Me pasan una carta, para que yo me someta a su dictamen.

E1 asunto no se presenta bien claro, pues tal parece que se trata de eliminar al elemento militar, y yo he contestado en los términos más concisos y patrióticos, a la voz que me ha dictado mi conciencia, como defensor leal y desinteresado de la independencia de Cuba.

La lectura de esa comunicación ha modificado un tanto mis ideas sobre proyectos revolucionarios; pues es prudente esperar un poco a ver qué sale de todo eso.

Ciertamente, a partir de 1887 Martí empieza a lograr la reunión política de los emigrados. No, no se trata de un grupo exclusivo de políticos: entre los veintidós firmantes de la carta hallamos también al coronel Emilio Núñez y al comandante José Rodríguez. Algunos no usan el nombre: hay alguien que firma como un camagüeyano: y otros dos: un cubano. Tal vez eran residentes en la isla. Es ya el núcleo de pensamiento y acción del Partido.

Gómez responde favorablemente.

Todavía no hay nada serio que ofrecerle al glorioso general. Pero cuatro años después, en abril de 1892, es ya el Partido Revolucionario que Martí había concebido una década antes, y que ahora reúne a todas las emigraciones de Estados Unidos, Centroamérica y el Caribe, en un organismo político activísimo, y sujeto de gestión y sufragio independientes. El PRC es, en sí mismo, una democracia verdadera. El PRC, que no es solo Martí, sino un frente amplio donde hay una derecha y una izquierda, nunca pretenderá que Gómez se someta a su dictamen, sino al contrario, todos se someten a su mando como militar. Por favor, leer la carta de Martí a Gómez de septiembre de 1892, a ver si son términos de un dómine, o si se trata de un texto lleno de respeto, comprensión, admiración y cariño por su persona. Le piden que encabece la guerra, y él ha sospechado que quieren eliminar al elemento militar. Lo que se elimina es la idea militar, de la que nunca se apearán ni Maceo ni Gómez.

En el momento que escribe la carta a Estrada, Gómez rechaza, por exagerada e inoportuna, la tesis militarista de Collazo. Pero la iniciativa de culpar a la democracia del 68 del fracaso de la guerra fue precisamente de Gómez: en Convenio del Zanjón había escrito:

Dirigidos por un gobierno puramente civil obra de una  cámara de representantes que coartaba los medios de acción al Ejército privándole de libertad, su existencia corría efímera y triste y solamente a los esfuerzos tiránicos de los jefes militares debió su existencia; no se oía allí la voz del militar que manda al soldado al combate, solo la palabra del Diputado que defendía los derechos del pueblo; se habían puesto en práctica bellísimas teorías; establecido instituciones democráticas y  constituido en fin una República; todo bellísimo, más en mi opinión no se debía estar por lo bello sino por lo útil, porque se exponía la Revolución á morir de consunción con sus lujosas galas de leyes y democracia: se necesitaba ejército y era lo que no se trataba de hacer, se pusieron en práctica y con tal entusiasmo las doctrinas  democráticas republicanas que en poco tiempo era ficticia la disciplina y la obediencia convencional.

Y:

Largo tiempo hacía que estaba en la mente de todos la necesidad de un Jefe Superior Militar que imprimiera unidad de acción al ejército e hiciera que la disciplina no fuese una ilusión; más, ambiciones por una parte y temores a la dictadura por otra no permitieron que la revolución tuviese un hombre que la dirigiese siendo esta en mi concepto una de las principales causas de su pérdida.

En ningún momento, ni Gómez ni ningún otro jefe, aporta algún ejemplo de que el Gobierno o la Cámara hubieran estorbado en forma importante el curso de la guerra. Lo que sí hay es el testimonio de Gómez y de Collazo —y desde luego de Sanguily— en contra: cómo se les apoya en todo lo decisivo. Hay además el hecho histórico de que el propio Gómez cruzó la Trocha para iniciar la indispensable invasión de Occidente, en contra de la orden del presidente interino Cisneros, que le proponía esperar por más recursos. Es discutible si la Batalla de las Guásimas no fue sino una victoria dudosa, pues le impidió seguir hacia Las Villas. La Cámara y el Gobierno se equivocaron como cualquiera, y más en unas circunstancias tan difíciles; pero el error de renunciar a la pelea en aras del localismo, y la traición abierta de la rebelión de los campamentos, corresponde exclusivamente al elemento militar. No en verdad a Gómez, que también tuvo su responsabilidad y se lo señala Sanguily como veremos; pero no al elemento político. Se trata de una lectura superficial e interesada de los acontecimientos, que se impone en la conciencia del grupo de Gómez y Maceo. El coronel Fernando Figueredo la rechaza siempre.

Los militares de Gómez y Maceo —porque Calixto García, Flor Crombet, Fernando Figueredo, Gerardo Castellanos, Serafín Sánchez y otros jefes y héroes de la guerra se encuentran ya activos con el PRC—, están hasta ese momento excluidos como posibles coautores del plan general político, no porque se les rechace, sino por la incapacidad o desidia de esos militares. Pudieron haberse incorporado a la tarea antes, entonces o después. Estaban invitados desde hacía diez años.

Gómez y Maceo jamás generaron ningún otro plan político de ningún tipo, y tuvieron tanto tiempo para hacerlo como los emigrados. Incluso después del fracaso en 1886, podían haber elaborado alguna propuesta distinta, haber generado algún movimiento, alguna asociación al menos entre militares afines. No lo hicieron por tres razones: carecían de talento y carisma para eso, y también porque su única, obsesiva idea era el proyecto de dictadura: una invasión pagada por los emigrados y encabezada por Gómez, con Maceo detrás, y algún político para disimular la dictadura. Y como esa idea era imposible, porque sólo ellos la querían, nada tenían que ofrecer. Maceo intentó una rebelión dirigida por él solo durante su visita casi turística a Cuba en 1890, que terminó en el desastre llamado La Paz del Manganeso. Pero hay una tercera razón, que apenas se comenta: Gómez y Maceo habían quedado enemistados, y se acusaban uno al otro del fracaso del plan de dictadura. El ego de estos militares les impedía ir más allá de sus individualidades excepcionales, y sus indispensables y definitivas gestiones violentas. Tampoco se comenta esto: es José Martí quien reconcilia a los dos candidatos a dictador. Lo hace con sutileza de hermano, visitándolos en sus casas de Dominicana y Costa Rica, incluso en ese orden jerárquico. Y ellos aceptan enseguida, porque aman de veras la libertad y la gloria, y les repugna la esclavitud y la pequeñez de vivir como campesinos; pero no por obediencia o simpatía con el plan político democrático, sino para obtener de Martí y sus colaboradores la vía de llegar a Cuba, y dirigir luego la guerra según sus propios criterios y para sus propios fines. Esto era también una ilusión, pero ninguno de los dos dejará de tenerla en mente y de intentar hacerla prevalecer durante la guerra.

El hecho es que a mediados de 1893, cuando Gómez ya ha aceptado el rol de dirigir la guerra del PRC, escribe esa carta a Estrada Palma donde rechaza oportunamente la tesis militarista de Collazo, y sin embargo refiere que él mismo propuso, como salvación de la guerra, la sustitución de la República de Guáimaro por una dictadura.

Entonces fue que se me ocurrió que solamente congregando el Ejército podría resultar de aquello un golpe de Estado y surgir de este un Directorio o Director de la guerra, estable por su actitud inflexible y severa.

¿Entonces? ¿Directorio? ¿El Senado de nueve miembros del golpista García? ¿Un tercer golpe de estado contra la democracia del 68? ¿O más bien ese anhelado Jefe Superior Militar? Que sería quién, ¿Vicente García o más bien el mismo Gómez? ¿Directorio o Director? ¿Dictador? ¿Severo e inflexible?

El general que ha aceptado en 1892 la condición de jefe militar de la nueva etapa de la revolución independentista y democrática cubana, invierte en 1893 muchas horas en esa carta de veinte páginas para dejar claro que su propuesta ha sido la de una dictadura.

No se la aceptó entonces Salvador Cisneros, ni los suyos.

Ni José Martí, con Cisneros y los suyos.

Gómez es un dictador imposible. Y esa frustración le costará muy cara a la República, como seguiremos viendo.

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