
El año 1898 es clave en nuestra historia. Lo que ha venido después, incluyendo la Revolución triunfante en 1959, no es sino el resultado de lo que ocurrió entonces: Estados Unidos ha decidido desayunarse el Imperio español puesto que los cubanos han madurado a ese imperio hasta dejarlo desmoralizado y exhausto; y Estados Unidos, con el poder inmenso que han acumulado desde su independencia, determinan que Cuba debe ser anexada como Filipinas, Puerto Rico o Guam, o debe quedar como un protectorado.
La anexión era difícil por muchas razones. Había que aniquilar a los mambises, que tienen simpatías en el pueblo norteamericano. Y ya están matando a los filipinos, lo que costó tres años de tierra arrasada ahí, con no menos de doscientos mil muertos: un completo genocidio, peor que la Reconcentración de Weyler que les había indignado tanto. Filipinas es más importante que Cuba o Puerto Rico, porque le da a Estados Unidos el dominio del Pacífico, que ya empiezan a controlar con Hawái: un área más importante, comercial y geopolíticamente, que el inmediato Caribe, en donde lo vital es el Canal, por Nicaragua o por Panamá: pero esa aventura está por definirse e intentarse. Dos genocidios al mismo tiempo resultaban excesivos para esta potencia vigorosa pero sólo emergente. Y no le va a caer bien a las potencias establecidas. Les dejan las Islas Carolinas a Alemania, pactan con ellas en el reparto de Samoa, son agradecidos con la otra potencia emergente, Japón. Escogen pues el protectorado para Cuba. Y lo imponen.
Nuestra historiografía trata este suceso como una fatalidad. En verdad la mayoría de los historiadores contemporáneos buscan siempre en cualquier parte hacer de su trabajo una ciencia exacta, para lo cual tratan los acontecimientos, que ciertamente hay que considerar en detalle y profundidad, como resultado de fuerzas omnipotentes que se imponen. Pronostican el pasado, se acomodan a los datos. Pero la dinámica de una persona, por no hablar de una sociedad de personas, se diferencia de una hormiga o de un planeta. Para los cubanos anexionistas, el 98 fue una oportunidad perdida para la isla. Jamás entenderán que nunca hubo anexador. Para los antimperialistas marxistas, se trata del rigor del capitalismo, que es así y seguirá siendo así hasta que desaparezca. La fatalidad no le gustaba al historiador liberal cubano de la república, y de ahí el imprescindible libro de Emilio Roig: Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos. Con la excepción, pues, de los anexionistas, en 1898 la intervención de los Estados Unidos en nuestros asuntos carece de simpatía. A lo sumo se reconoce que abrevió sangre, lo que es cierto. La intervención pudiera haber sido positiva si hubiera reconocido a los mambises desde el principio, o al menos no hubiese impuesto el protectorado. Sin embargo, hay una reticencia al estudio de este asunto, porque obliga a considerar la debilidad del mambisado en ese proceso.
No hay historiografía imparcial. El historiador está en un momento histórico al que obedece o enfrenta. Comprendo la necesidad de los historiadores de ver nuestra historia como parte de la construcción de la nación, con temas que conviene y urge investigar, y otros que deben ser postergados, o mencionados de pasada o con piedad, o incluso silenciados.
Pero en este momento debiéramos esforzarnos por ventilarlos todos.
Porque aquellas metas por las que lucharon los patricios —independencia nacional, democracia política y justicia social—, están en estado de ruina.
Después de haber dependido totalmente de la Unión Soviética, y luego del petróleo venezolano, Cuba depende totalmente de los Estados Unidos. No había semejante dependencia en 1952. Millones sueñan con la anexión, o al menos con el protectorado. Acabo de ver pasar por mi calle un bicitaxi con una inmensa bandera estadounidense flotando detrás.
La poca democracia política que existió durante el protectorado y la neocolonia, desapareció en 1952 con un golpe de estado que el pueblo aceptó como lo más normal del mundo. Hubert Matos salió a la calle en Bayamo ese día a encontrarse con las protestas multitudinarias: la gente estaba tomando café con leche. Al pueblo no le interesaba ni la democracia ni sus institutos. ¿Qué se hicieron los miembros del Congreso? Un antepasado del amigo José Gabriel Barrenechea intentó llegar hasta el Capitolio. ¿No pudieron llamarse por teléfono y reunirse en un restorán? ¿Qué hizo la Corte Suprema? El golpe tenía que ser condenado por delito mayor de inconstitucionalidad. ¿Cómo es que el millonario presidente se comporta como un cobarde? Ocurre lo mismo, o mucho peor, en las primeras horas de 1959. La poca democracia condujo a la supresión de la democracia, mediante una dictadura de derecha, una guerra civil y una tiranía socialista.
La justicia social, promovida por Martí y su grupo de gente humilde dentro del Partido Revolucionario Cubano, tuvo logros espectaculares antes y después de 1952. La justicia, en la libertad, había fallado Jorge Mañach. El obrero cubano llegó a tener, en esa etapa de democracia disfuncional, muchos derechos. El fin de toda libertad condujo a unos intentos de justicia social determinados por una élite de clase media con dinero soviético. Ya ni eso queda aquí. Y lo peor: a muy pocos les interesa la justicia, ni social ni política.
Las dos primeras metas estaban claras en 1898.
¿Cómo se perdieron?
Veamos la serie de sucesos, no por conocidos menos dignos de estudio.
El 24 de octubre de 1898, con el país ocupado por el ejército estadounidense y por los restos del ejército español, se reúne la Asamblea de Representantes de la Revolución Cubana. Cumplían una previsión de la Constitución de la Yaya: reunirse al cese de la dominación española. Desde luego, en ningún momento los constituyentes previeron que esa dominación ocurriría por una intervención extranjera. Pero obsérvese qué hace el llamado por los yanquis gobierno de papel: efectúa unas elecciones a toda prisa en las zonas que controla, y los representantes se reúnen en Santa Cruz del Sur, Camagüey. El presidente de la República en Armas, el general Bartolomé Masó, depone su cargo ante la Asamblea. Dirige la reunión el general Calixto García, por ser el representante de mayor edad. Se elige entonces una presidencia de los constituyentes, que recae en el general Domingo Méndez Capote, que era el vicepresidente de la República con Masó. De inmediato comienzan las sesiones.
Los autonomistas, con el apoyo del ejército español y de los españoles de las ciudades, no lograron ni siquiera elegir su imaginario Parlamento Insular. Según McKinley, no podían.
Los independentistas, a pesar del saboteo variado y fracasado pero constante de los generales Maceo y Gómez, se reúnen ya por tercera vez en apenas cuatro años como Asamblea democrática. Todo lo democrática que podía ser en aquellas condiciones. Y con exquisita formalidad.
Más: lo hacen con una objetividad de alto rango político: no se presentan como Parlamento de la isla, sino sólo como representantes de la Revolución.
Ciertamente no han sido electos por todo el país, porque la ocupación militar de españoles y de estadounidenses lo impide.
Si el Congreso de los Estados Unidos no había reconocido a la República en Armas, entre otras razones porque no tenía una capital, ahora había, no un Consejo de Gobierno de seis personas, sino una Asamblea de 44 líderes electos en una ciudad liberada, Santa Cruz del Sur.
Téngase en cuenta que ese 24 de octubre todavía Estados Unidos no ha recibido la soberanía sobre la isla de parte de los españoles, lo que ocurrirá el primero de enero del año siguiente.
Dicho más claro: ese día el único poder constituido legalmente en Cuba es esa Asamblea.
Los españoles en retirada vergonzosa, y los soldados que nadie ha llamado —ni los integristas ni los autonomistas ni muchísimo menos el Gobierno de la República en Armas—, son simplemente unos vikingos ejerciendo un derecho de conquista, que ya para esa fecha estaba descalificado por el Derecho Internacional, y que hoy consideramos una abominación, por mucho que le pese a los putinianos y sus imitadores actuales.
Cuba es free and independence por obra de la Revolución cuyos representantes, atenidos a treinta años de construcción de la democracia nacional, en los textos y en los actos, son el Poder Nacional Cubano.
Es verdad que hay integristas y hay autonomistas en el territorio de la República y no están representados en la Asamblea.
¿Pudieran haber estado presente los autonomistas?
Tal vez sí.
Había un Partido Revolucionario Cubano, que pudo haber convocado, no entonces sino antes, a un entendimiento con el Partido Liberal Autonomista, o al menos con algunas de sus figuras. En uno y otro bando, había una mayoría de políticos de pensamiento liberal.
Obsérvese que un autonomista, Eliseo Giberga, es electo dos años después a la Asamblea Constituyente. Uno solo. La ausencia de los autonomistas en la Asamblea de Santa Cruz tampoco era un desbalance político.
Pero el PRC había sido liquidado como organismo político, y finalmente como institución, por el plenipotenciario Estrada Palma en los Estados Unidos.
Aun como representantes electos por el Pueblo en Armas, estos 44 ciudadanos son el único poder político nacional existente y legítimo.
Otra cosa es que los vikingos estén dispuestos a reconocerlo.
La independencia de Estados Unidos fue proclamada por 56 representantes, pero las Trece Colonias tenían una población mayor, así que 44 debería haber sido una cifra de respeto para McKinley. Y esas Colonias tampoco eran homogéneas ni social ni políticamente. Muchos nativos blancos habían peleado por Gran Bretaña. Habían tenido pues sus integristas y sus autonomistas. Y había esclavos e indígenas. Sin embargo, seguimos considerando legítima esa declaración. Porque lo era, desde luego, a pesar de que los congresistas fuesen en buena medida dueños de esclavos y por lo tanto no podemos reconocer hoy que representaban a medio millón de negros. Ni tampoco al cuarto de millón de humillados o rebeldes indígenas, algunos de los cuales lucharon por los ingleses. Los blancos ricos y cultos del Congreso, los representantes de ese Pueblo de los Estados Unidos de que hablan los documentos fundadores, ni siquiera consideraban la existencia de esa variedad social, para decirlo delicadamente. Indios y negros no eran ciudadanos. Los negros eran comodities, mercancías. Y algo más que suele olvidarse: la primera democracia estadounidense eludió el sufragio universal. Sólo tenían derecho al voto los hombres casados y con patrimonio. Los pobres, por muy blancos y muy cristianos que fuesen, no podían ni elegir ni ser elegidos.
El abogado McKinley conocía esos datos.
Una vez constituida en el pequeño poblado de Santa Cruz del Sur, en la costa de Camagüey, cuna y área de la democracia cubana, la Asamblea decide… trasladarse a La Habana.
Hacen visibles para el Interventor el Parlamento de la Revolución, el único poder legítimo en el país.
44 líderes electos.
Pero ya el Congreso que hereda el Congreso de los esclavistas de 1776, ha decidido que ese poder no existe.
El Poder Cubano envía al general Calixto García para explicarle al gobierno estadounidense que ellos son el Poder.
McKinley ni siquiera lo recibe. El viejo general enferma y muere de inmediato.
¿Por qué no lo recibe?
Porque ha hecho una guerra de conquista, o más bien de rapiña, uno de cuyos botines es que la República de Cuba se convierta en una colonia o un protectorado.
Sin embargo, los asambleístas cubanos creen todavía que la nación del Norte va a reconocerlos como el poder del país. Y se van a La Habana para que el mundo los vea y los oiga hablar.
La doctrina del Derecho Internacional acerca del reconocimiento de un estado quedará establecida sólo en la Convención de Montevideo de 1933. Es una convención, qué casualidad, panamericana, impulsada por Franklin Roosevelt, que promovía la política del Buen Vecino. Estados Unidos no necesitaba más colonias en ninguna parte del mundo, su sistema era el dominio neocolonial mediante la superioridad económica y militar. La Convención fue útil: sentó cátedra en un problema que sigue estando vigente: nadie reconoce hoy en día a Transnistria, por ejemplo. Taiwán es un estado de veras y muy pocos países lo reconocen. En Montevideo se define una doctrina doble: un estado lo es por sí mismo si cumple ciertos requisitos, o si es reconocido como tal por otros estados. Desde luego que estos principios pueden sumarse, pero ni remotamente es lo mismo, como vemos en el caso de Taiwán.
¿Cuáles eran esos requisitos para la estatalidad, definidos treinta y cinco años después de la constitución de la Asamblea?
Población permanente, territorio definido, gobierno, y capacidad de entrar en relaciones con otros Estados.
La República en Armas cumplía espectacularmente esos requisitos. Incluyendo el del Gobierno, con una Asamblea electa que tenía control, mediante una Constitución, un cuerpo de leyes y un ejército, sobre la mayor parte del territorio nacional. Al instalarse en La Habana, y teniendo además una especie de canciller en los Estados Unidos, demostraba capacidad para relacionarse con otros estados.
Ahora bien, McKinley y su tropa desprecian esos resultados e incluso conspiran para destruirlos: no sólo no reconocen a la Asamblea, ni a ninguno de sus líderes políticos, ni siquiera al general Calixto García al que le debían unos favores militares notables, sino que además intentan romperle la unidad de territorio, al excluir en el Tratado de París a la Isla de Pinos como parte del botín que le arrebatan a España. El tratado menciona la Isla de Cuba, nada más. Sólo en 1934, cuando el segundo Roosevelt renuncia al protectorado porque ya no le hace falta ni le conviene, se establece la plena soberanía de los cubanos sobre su territorio, con la excepción desde luego de la base hoy ilegal de Guantánamo, impuesta por la fuerza.
Hoy es fácil señalarle un primer error a esta Asamblea: concebirse como parlamento sin intención constituyente y sin designar un Ejecutivo. Pudieron redactar una nueva Constitución y haber elegido a su presidente, el general Domingo Méndez Capote, un hombre joven que era un jurista capacitado, como presidente en funciones de la República Cubana. Y solicitar ayuda al Interventor para convocar a elecciones nacionales libres.
Pero estas meritísimas personas han sido sobrepasadas por los vertiginosos acontecimientos. El país está ocupado por el ejército de un país que admiran, cuya filosofía política comparten. Y como ya sabemos, la traición a la legalidad mambisa está dentro y en la misma cúspide mambisa.
Designan una Comisión Ejecutiva, al menos, que es la que intenta ver a McKinley, ocupadísimo con la anexión a sangre y fuego de Filipinas.
Nuestra obsesión con los éxitos y fracasos de nuestra guerra de independencia nos impide entender el contexto del Poder Cubano a fines de 1898 y principios de 1899.
Unos 18 mil soldados estadounidenses han ocupado el país con la anuencia y la colaboración del Poder Cubano y de su Ejército. Las interioridades de este proceso están por ser investigadas a fondo.
El Poder Cubano consta de más de 50 mil hombres en todo el territorio nacional, aunque sólo unos 25 mil poseen armas. Están hambreados y mal equipados todos. Como en su momento los independentistas yanquis —y Calixto García se los recordó—. Han enfrentado a más de 200 mil españoles durante tres años y de hecho han derrotado al poder político español en Cuba.
¿Pueden esos 25 mil mambises enfrentar a los 18 mil estadounidenses?
No, por dos razones: porque Estados Unidos puede movilizar muchos más hombres cuando quiera, dotados de una logística de primera clase. Y porque resulta un enfrentamiento inútil.
La inutilidad tiene dos razones: primero, los soldados mambises están agotados, creen que han cumplido su deber, quieren volver a la vida doméstica, y para nada suponen que Estados Unidos sea España.
La segunda razón es que la dirigencia mambisa, ya en 1899, está leyendo la prensa habanera que les trae las noticias de Filipinas.
Por ejemplo, el diario La Discusión comentó la proclamación en enero de 1899 de la Constitución de Malolos, una joya jurídica, superior a las mambisas, adoptada por una Asamblea Nacional, y la organización del gobierno filipino bajo el presidente Emilio Aguinaldo. El periódico señalaba que los filipinos no aceptaban la dominación norteamericana. El Diario de la Marina publicó despachos telegráficos sobre los enfrentamientos, destacando que las fuerzas insurgentes filipinas ofrecían resistencia a los invasores. Los periódicos conservadores resaltaban la dificultad de Estados Unidos en Filipinas como crítica velada a la ocupación en Cuba, y los liberales subrayaban la similitud entre las luchas de cubanos y filipinos por la independencia.
Era pues evidente para el Poder Cubano que los yanquis estaban dispuestos a hacer lo mismo aquí. Si lo hacían en un país como Filipinas, lejano y con 70 millones de habitantes, ¿qué harían con la isla cercana en la que apenas vivían menos de dos millones, incluyendo españoles y negros para nada patriotas, con el país arrasado y unos soldados que merecían descanso?
La única circunstancia a favor de los patriotas era la simpatía del pueblo norteamericano y de los políticos demócratas, que protestarían contra una masacre de los mambises. Pero esa opinión también existió a favor de los filipinos —la Sociedad Antimperialista de Boston—, y fue inútil. Los republicanos, jingoístas en su mayoría, tuvieron el dominio en las dos Cámaras durante este período: sólo en 1915 los demócratas llegan a controlar el Congreso. Para colmo, el plenipotenciario de la República en Estados Unidos, que podría movilizar esa simpatía, era Tomás Estrada Palma, dotado de ciudadanía estadounidense, un anexionista reservado.
Aun suponiendo posibilidades de victoria, el Poder Cubano optó razonablemente por la negociación, aunque fuese, como fue, humillante.
McKinley había previsto el desarme del Ejército Libertador, pagando un poco, como habían hecho con Filipinas para que España se rindiera total y definitivamente.
El Poder Cubano acepta ese desarme y ese pago.
La Asamblea y el Ejército.
De nada bastó que algunos soldados, como mi bisabuelo Miguel Escobar, rechazaran ese dinero inmundo.
Una Asamblea que no tiene una fuerza armada no es otra cosa que una reunión de ciudadanos privados.
Un país tiene que tener una fuerza armada que proteja y obedezca al poder político. No necesariamente un ejército.
Al aceptar el desarme total del Ejército Libertador, el Poder Cubano suicidaba a la nación.
Si no murió el país, fue porque la Nación era más real que ese poder, porque ese poder la había hecho real durante treinta años de lucha.
El poder real de una Asamblea democrática y un Ejército aguerrido estaba debilitado no sólo por la agresión yanqui, sino por razones internas: la incultura política, la tradición de los enfrentamientos de personalidades, la pérdida de Martí, y la traición a la democracia de Gómez y Estrada.
Los dos pilares del Poder Cubano se equivocaron al no negociar el alcance del desarme.
Y volvieron a equivocarse al enfrentarse nada menos que por el método del pago del desarme.
Cuando más unidad se necesitaba, pararon en eso.
Ahora bien, la responsabilidad no es la misma en ambos casos.
Gómez jamás debió negociar con los yanquis a espaldas de la Asamblea, y mucho menos en contra.
No tenía ningún derecho a hacer eso.
Es más, ni siquiera tenía poder fáctico. Otros jefes pudieron enfrentarlo. Pero tenía el apoyo del poder yanqui, que ocupaba el país.
Para Gómez, la Asamblea, donde estaban algunos de sus generales, no era más que un gobierno de papel, como decía Cleveland.
Se condujo como si él fuera el único poder y el dueño de ese ejército, donde tantos generales ni siquiera le obedecían.
Y como un completo cipayo.
Al oponerse a la Asamblea, liquidó el Poder Cubano, convertido ahora en unos ciudadanos cualquiera, errantes por los barrios de La Habana.
La Asamblea, justamente indignada, destituye a Gómez.
Y entonces se produce el movimiento que realmente le da la victoria al protectorado y a la imposibilidad de una democracia cubana y un país próspero y justo.
El pueblo sale a la calle a apoyar a Gómez.
Tenía sus partidarios en el ejército, y querían la jubilación. Con Gómez era más creíble porque era amigo de los que daban el dinero.
Ellos movieron al resto.
El propio Gómez, que siempre expresó mucho desprecio por la cobardía del pueblo cubano, se burla de esos que no habían peleado y que le aclaman.
El pueblo que no se rebeló apoya como masa en las calles al individuo supuestamente victorioso.
¿Les recuerda alguna otra peripecia de nuestra historia?
Al jefe, al macho, no a esos politiqueros —incluyendo los generales—.
La Asamblea de los que sí pelearon, decide, erróneamente, aunque con respeto por el pueblo, disolverse.
Desaparece el Poder de la Democracia Cubana.
Hasta hoy.
Dios bendiga a mi patria, amén.
