Las temibles armas del pasado han sido avasalladas por la desprotección y el vandalismo. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Muy mal rato debe estar pasando en su épica eternidad Don Luis de Velasco, defensor del castillo del Morro durante el asedio y toma de La Habana por los ingleses. Décadas después, a su nombre se consagró la construcción de un respaldo defensivo para la fortaleza que él protegiera con la vida, y que hoy reclama atención patrimonial especializada. Con la pérdida de sus opulentos virreinatos americanos, a la corona española le quedaban escasas posesiones que proteger, y a ellas se consagraron sus exiguas reservas. Como parte de esa estrategia, a partir de la segunda mitad del siglo XIX se comenzaron a ejecutar proyectos de refortificación del frente marítimo de La Habana. Las mismas se concibieron a modo de pequeñas unidades, llamadas baterías de costa, con la finalidad de emplazar piezas de artillería al descubierto, sin la obligación de apelar a los rigurosos cánones de la arquitectura militar precedente. Aunque perdurables, su objetivo buscaba inmediatez operativa, siguiendo un criterio espacial que respondiera a un frente marítimo y otro de campaña —terrestre—. Las mismas se adecuaron al relieve, ocupando posiciones claves entre las desembocaduras de los ríos Cojímar y Almendares.

Este acceso clausurado por seguridad, ha sido derribado con fines «recreativos» por merodeadores y paseantes. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

El 22 de agosto de 1854, por Real Cédula, se aprobó el financiamiento para la construcción de dos de ellas, una en la caleta de San Lázaro —La Reina—, y la de Velasco, al este del veterano Morro, a 15 metros sobre el nivel del mar. El propósito de esta última era defender el cuadrante comprendido entre la playa del Chivo y la entrada de la bahía mediante fuego rasante. No obstante su virtual simplicidad arquitectónica, las obras tomaron un lustro, entre 1855 y 1860, a cargo del ingeniero capitán Juan Bautista de Orduña. Su configuración incluía un polígono central y varias explanadas pavimentadas, además de parapetos de cemento Portland para la colocación de cañones. En el caso de esta batería, el frente de tierra —o de campaña— no fue protegido por un muro, ya que el propio declive del terreno desde la fortaleza del Morro garantizaba su amparo en lo alto. Tales estrategias, tomando en consideración la proximidad y apoyo de esta unidad a las defensas del castillo, fueron propias de los progresos tácticos y constructivos en materia militar durante la segunda mitad de la centuria decimonónica.

Plancha de acero descorrida por personal no autorizado, para acceder a las áreas soterradas. En el mismo escenario, un descuido museográfico identifica el lugar con errores ortográficos. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

A cualquier desconocedor parecerá que la actual fisionomía de la batería, artillería incluida, es la que fue concebida originalmente, cuando han sido sucesivas las modificaciones que ha experimentado, sobre todo en el siglo XIX. Una de las primeras sucedió en 1873, cuando se emplazaron tres cañones tipo Krupp de 28 centímetros y largo alcance. La aparición y auge de un rival en potencia dentro de la región como Estados Unidos, atizó las precauciones que en el terreno bélico se convirtieron en imperativos de la metrópoli ibérica. Para más alarmas, este nuevo actor en expansión emergía en el tablero geopolítico en la misma proporción que el secular Imperio español declinaba. Es por ello que, entre 1895 y 1898, Martínez Campos, capitán general de la isla, activó un renovado plan defensivo para La Habana, aprobado por Decreto Real el 27 de noviembre de 1895. En semejante contexto, se ofreció prioridad a la batería de Velasco por su crucial ubicación en el frente marítimo, aprovechándola para cubrir con fuego cruzado los flancos vulnerables de la línea costera.

Atragantada con desperdicios, la boca de esta pieza de artillería nada puede objetar ante los desmanes. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Ante la inminencia del conflicto hispano estadounidense, en 1898 se modernizaron los cañones Krupp, y se añadieron, sobre una batería auxiliar hacia el este, cuatro cañones Hontoria removidos de la cubierta del crucero Alfonso XII, por encontrarse este fuera de servicio. La guarnición del pertrechado complejo, compuesta de 19 marinos, estuvo al frente del alférez Luis Noval y Celis, y su efectividad se puso a prueba entre finales de abril y mediados de agosto de ese mismo año, durante el bloqueo naval de la armada norteamericana. Objetos de persuasión durante el cerco, fueron una cañonera, el 16 de junio, y el crucero San Francisco, el 12 de agosto. Desde la ocupación estadounidense, hasta 1915, el enclave continuó sirviendo como batería de costa, menguando su valor estratégico a puesto militar y polvorín de municiones. Pero en abril de 1961, como todo el litoral habanero, sería nuevamente llamada a las armas, ante la probabilidad de una invasión del país norteño. Se colocaron entonces 6 piezas de artillería de 122 milímetros, y se cavaron varias zanjas de comunicación, además de la edificación de una casamata aspillerada.

Elementos electrógenos abandonados, tapiados y vueltos a descubrir por la malsana curiosidad de los advenedizos. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

En 1982, la UNESCO declara Patrimonio Cultural de la Humanidad al sistema de fortificaciones habaneras, acometiéndose en la siguiente década la ingente labor de restauración y conservación de estos inmuebles. Convertido el conjunto de edificaciones defensivas al otro lado del canal de la bahía en Parque Histórico Militar Morro Cabaña, la batería de Velasco también fue sometida a labores de reparación preventiva. Pero una contienda aún más insidiosa aguardaba al parapeto tras su centenaria historia, evidenciando que los límites de su fortaleza —esta vez no ya defensiva, sino estructural—, estaban tocando a sus puertas. Desde finales del pasado siglo y hasta el presente, el descuido y consecuente deterioro de sus instalaciones por causa de la inclemente salinidad y la devastadora perpendicularidad solar, constituyen la clave de su hostigamiento. Cantos de sillería y cañones del hierro mejor fundido, son devorados año tras año por los elementos, sin que especialista o conservador alguno se asome con autoridad a diagnosticar su atroz defunción. La ausencia de custodia, como si aquello no perteneciera a patrimonio alguno en esta isla, es también el infausto resquicio para que el vandalismo de visitantes inoportunos consiga la aniquilación que no lograron en sus tiempos de campaña las amenazas de temibles adversarios.

Este foso de municiones terminó sus días como vertedero de basura. Fotografía de Juan Pablo Estrada.
Añadido de hormigón armado que compromete la armonía del conjunto histórico. Al fondo, el castillo del Morro. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

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