Ilustración creada con inteligencia artificial (ChatGpt).

Desde Yara hasta el Zanjón, el libro de Enrique Collazo, fue en 1893 un éxito inmediato. Se necesitaba una visión del proceso político y militar de la Guerra Grande. Ya lo había intentado Fernando Figueredo, en la década del ochenta, en un ciclo de conferencias que dio en Cayo Hueso, pero que no publicó hasta 1902. Figueredo, un hombre que había militado en la revolución desde el primer día hasta el último, de Yara a Baraguá, enfrentaba el clima típicamente cubiche de impugnaciones, denuncias y escándalos de los emigrados, ahora en torno al asunto del Zanjón; pero esquivaba ir más allá de los hechos comprobables, sin presentar una teoría de los sucesos. Para colmo, A pie y descalzo, el libro de Ramón Roa, publicado en 1890, reabría las heridas de la guerra fracasada, de la incapacidad al parecer rigurosamente manifiesta del cubano para la conquista de la independencia. El libro de Collazo, amigo de Roa, zanjonista como él, planteaba la tesis del fracaso como resultado del gobierno civil en contra de los militares —cuya primera formulación había sido publicada en 1878 en el folleto de Máximo Gómez Convenio del Zanjón—, y aunque su propio relato demostraba la contrario, estaba adhiriéndose a un criterio que él sabía que predominaba entre los caudillos mambises, firmantes del Zanjón o no: el zanjonista Gómez y el protestante de Baraguá, la cúpula de los generales en activo del Ejército Libertador. Esta opinión, si merece el término, es la que moverá al Lugarteniente General Antonio Maceo a crear un momento de sedición personal en La Mejorana, contra Martí y también contra Gómez.

Collazo quería un Dictador y era lo que Gómez y Maceo habían intentado entre 1884 y 1886. Pero el mambisado seguía siendo mayoritariamente democrático, y los dos jefes se quedaron sin apoyo para sus sueños dictatoriales, además de enfrentarse entre sí, acusándose mutuamente de dictadores. Para la fecha del libro de Collazo ya está casi lista la puesta en armas del proyecto democrático martiano. El libro apunta en contra de Martí, y Collazo siempre fue su enemigo. Martí, que había enfrentado el pesimismo de Roa, elude el debate con Collazo, para evitar más conflictos con los zanjonistas, a los que necesita sumar. Quiere imprimir las conferencias de Figueredo y se propone divulgarlas entre la nueva tropa mambisa, para que el Ejército reciba la experiencia de la guerra anterior, incluyendo la de los mortales errores. De Yara hasta el Zanjón, teniendo fecha de 1893, debe haberse vendido ya al empezar el año, pues en el mes de marzo hay una reacción en la prensa de los coroneles Serafín Sánchez y Marcos García, por estar en desacuerdo con algunos datos presentados por el autor. Y ya en abril abre fuego contra el libro nadie menos que el coronel Manuel Sanguily, desde las páginas de Hojas literarias, su periódico publicado en La Habana durante ese año y el siguiente. En junio, véase qué prontitud, Máximo Gómez publica en Dominicana una “Carta a Tomás Estrada Palma”, oponiéndose a los juicios de Collazo y sobre todo a los del coronel Sanguily. El coronel contesta desde Hojas literarias, y Gómez continúa polemizando con él en el periódico El Porvenir de Nueva York. Sanguily responde en Hojas literarias, y supongo que ahí termina la polémica. Hasta donde sé Collazo evitó polemizar con Gómez y Sanguily. Tal vez porque un soldado no les discute a sus jefes.

Mientras estos militares discuten, Martí prepara la guerra.

El espectáculo de unos guerreros enfrentados en el esclarecimiento de lo que hicieron años antes, mientras hay un grupo de conciudadanos organizando un esfuerzo mejor, está lejos de ser ejemplarizante y militar. ¿No quedamos en que eran los civiles los que discutían sin parar, obstaculizando a los militares? No hay, en esta polémica, ni el más mínimo eco de la labor del Partido Revolucionario Cubano. Es Martí y son los clubes repartidos por Nueva York, Tampa, Cayo Hueso, México, Centroamérica, Jamaica, incluso en Dominicana donde vive Gómez: el antiguo y el nuevo Pueblo en Armas. Gómez y Sanguily tratan con respeto y afecto a Collazo, y se tratan con afecto y respeto entre sí, aunque al final los términos son de agrio enfrentamiento, no de discrepancias.

Hasta donde conozco, la polémica ha pasado inadvertida por los historiadores. Ni siquiera se habla de Hojas literarias, un periódico de nivel, donde encontramos a Manuel Sanguily como politólogo, sociólogo, y periodista cultural de categoría, incluyendo un magnífico obituario de Julián del Casal. En cuanto a la carta de Gómez a Estrada, en el volumen sobre Gómez compilado por Ana Cairo apenas hay un autor que la menciona sin mayor comentario. Yo he encontrado esos documentos en línea, disponible para cualquiera en la Colección Cubana de la Universidad de Harvard.

Los momentos fundamentales de la polémica son:

Collazo atribuye el fracaso de la Guerra Grande a la ausencia de un Dictador, puesto que la Constitución y los civiles lo impedían.

Sanguily critica esa tesis, puesto que el mismo honesto relato de Collazo facilita todos los datos para colegir que es errónea.

Gómez le dice a Estrada que estos dos autores están equivocados, porque ambos carecen de autoridad para opinar.

Sanguily destruye la tesis de Gómez, y le señala errores en el relato de los acontecimientos históricos.

Gómez contesta en el periódico El Porvenir. No he encontrado el artículo.

Sanguily responde con su propia tesis acerca del papel del historiador y de la historiografía.

Hasta donde conozco, Collazo no respondió tampoco a Serafín Sánchez o Marcos García. De manera que la polémica es un debate entre Gómez y Sanguily, con Collazo y Estrada al margen y mudos. Eso sí, al publicar una respuesta a Sanguily en El Porvenir, Gómez hacía una elección interesante. Esquiva a Patria, el periódico de Martí, que no era el órgano del PRC puesto que Martí se negaba a que el partido tuviera una publicación oficial, ni tampoco en los otros periódicos de los miembros del PRC, sino en El Porvenir, de Enrique Trujillo, que para la fecha ya se había decantado como un enemigo de Martí y había sido expulsado por el Cuerpo de Consejo del PRC en Nueva York en términos muy duros. La carta a Estrada Palma de Gómez, publicada en Dominicana como folleto, también fue incluida en El Porvenir. Hay pues un vínculo orgánico de Gómez con el periódico de Trujillo, enemigo del PRC, que continuará por años.

Martí funda el PRC el 10 de abril de 1892. Es la fecha de Guáimaro y su continuidad política y militar. Como partido político cubano su tarea primordial es una conspiración para desatar una guerra. Trujillo, persona mediocre en todos los planos, está en contra del Partido porque considera que Martí es un dictador civil. Téngase en cuenta que la actividad política del Partido era absolutamente variada y libre, pues el Delegado carecía de cualquier control sobre los clubes que lo integraban, esparcidos además por Estados Unidos, Centroamérica y las Antillas. Una conspiración no podía estar en manos de un colegio de personalidades, y además in partibus infidelium. Trujillo nunca fue un militar. Ágil periodista, y nada más.

Por otro lado, el coronel Manuel Sanguily vive como su hermano Julio en La Habana. Julio teóricamente seguía siendo un general independentista, está relacionado con el PRC, al que le pide unas cantidades de dinero que derrocha, y debió dirigir el alzamiento del 24 de febrero en Occidente, pero no se movió de su casa. Es responsable del fracaso del alzamiento en la zona, pues era por su experiencia la persona ideal que podía organizar a los bisoños sublevados, incluido el líder Juan Gualberto Gómez. A las siete de la mañana de ese día, según el testimonio de Manuel, es detenido por los españoles en su casa y lo encarcelan. Manuel, en cambio, ha seguido confiando en que Cuba debe ser y será independiente en el futuro, pero que se necesita un período previo de autonomía, que no vendrá del Partido Autonomista ni mucho menos del gobierno español, sino que ha de sobrevenir de alguna manera, por la maduración de la sociedad cubana. Sabe que existe el PRC y en algún momento alude a su existencia en Hojas literarias. Pero no está afiliado al Partido. Entre la amarga experiencia de la guerra —incluyendo un enfrentamiento con Gómez, que será relatado en la polémica—, y la conducta desordenada de su hermano mayor, Manuel Sanguily ha optado por la civilización, la cultura, y la evolución social. Hasta ese 24 de febrero, desde luego. Se va enseguida a los Estados Unidos a reclamar la liberación del hermano, que es ciudadano norteamericano como él y contra el cual no hay cargos creíbles. Entonces se incorpora a las labores del PRC. Murió Martí y Tomás Estrada ha heredado el Partido.

Faltan sólo dos años para estos acontecimientos. El tiempo histórico es así, se dispara cuando muchos creen que está muerto. Sanguily tiene en sus manos el libro de Collazo, y, de manera respetuosa y calibrada, opina.

Sanguily estimaba a Collazo como compañero de armas y como persona honesta y afable: era en el momento en que publica su libro un hacendado, un campesino en Cuba. Polemiza con él, asombrado de sus contradicciones. Que carece de animadversión en su contra, lo prueban muchos momentos en que reconoce sus méritos, ante todo el de historiar el conjunto de la Guerra Grande, que el propio Sanguily siempre quiso hacer y no pudo —y el libro de Figueredo tendría que esperar hasta su primera edición en 1902—. Por otra parte, apoya a Collazo ante las impugnaciones de Serafín Sánchez, con un manejo puntual de los datos. Manuel Sanguily vivía en la sana obsesión de la verdad. A veces le espantaba la verdad que encontraba, como a los mejores pensadores. Tampoco se consideraba infalible ni mucho menos. El 24 de febrero de 1895 comprendió que Martí tenía razón, y que la nueva etapa de guerra por la independencia era inevitable. Y se sumó a ella desde el exilio. Ahí le vemos relatando la toma de Las Tunas por Calixto García, y celebrando la principalía de Gómez. Según su hijo, don Manuel había vivido ese exilio como un león enjaulado.

Debo advertir que se trata de una polémica, como tantas, muy desigual: Collazo y Gómez son militares sin estudios que sin embargo manejan ideas hábilmente y escriben con bastante propiedad, muchas veces con gracia; Sanguily se convirtió en militar a los veinte años, vivió bajo las armas su juventud; y además pulió su brillante intelecto después de su salida de la guerra. Ya en ella tomó datos, escuchó a Gómez y a otros personajes, colectó documentos. Y desde luego, era una mente superior y un escritor envidiable: su prosa aguda y elegante, apasionada y serena al mismo tiempo, se lee hoy con gusto. Manejaba una cultura de la expresión, sí, pero sobre todo de la sensibilidad y las ideas. El principal reproche que le hace a Collazo y a Gómez es de método. Sus compañeros de guerra sabían de disciplina de las personas y los actos, pero no habían estudiado lo suficiente para discriminar entre el testimonio y la historiografía. Si la indisciplina es negativa en un campamento, puede ser peor en un documento. Sobre todo, en un documento que necesariamente tiene una dimensión práctica en un momento histórico preciso. Sanguily razona de esa manera, y por eso abre la polémica con Collazo, no para ventilar el asunto del Zanjón, puesto que él no había sido un zanjonista, —estaba entonces fuera de la isla enviado por el gobierno—, ni tampoco un acusador de los que firmaron el Zanjón, un resultado que además consideraba tan doloroso como casi inevitable. Sanguily debe reaccionar contra las tesis de Collazo, y cito: los errores, confusiones y sofismas con que puede anublar más todavía de lo que está, la conciencia del pueblo cubano.

Sanguily es un patriota que conoce el valor de la verdad para hacer patria. Ha escuchado las acusaciones y los alegatos, los chismes, las griterías, las chusmerías del Pueblo en Armas después de la derrota, que han durado más que los diez años de guerra. En 1893 Sanguily cree que la independencia demora, al menos la independencia como él la concibe y desea. Pero no se suma a esas mediocridades que sabe que son letales, y lo fueron, para la patria. Serenamente, con la pasión por la verdad, polemiza no contra sus compañeros, sino a favor de la patria.

En ese artículo “La revolución cubana juzgada por un insurrecto”, publicado en Hojas literarias con fecha de 30 de abril de 1893, Sanguily copia esta declaración de Collazo sobre su método: Mi propósito es narrar los hechos tan fielmente como me lo permita mi memoria. Ciertamente, un testimonio importante. Pero Sanguily aclara:

no hay quien pueda escribir una historia complicada de más de diez años, y a catorce de unos acontecimientos y a veinticuatro o veinticinco de otros, “evocando recuerdos” (p. 24), confiando no más que en la propia memoria o en la memoria de tres o cuatro compañeros, por grande que sea la de estos; y sin un largo trabajo de preparación, sin el auxilio de numerosas notas, sin compulsar y cotejar versiones y noticias, sin consultar en lo posible las verdaderas fuentes. Es aventurado el presentar como la historia verdadera el testimonio propio y único…

Y apelando a veces a la imaginación… Sanguily refiere la afirmación de Collazo de que en la Batalla de las Guásimas, presintiendo ya el general Gómez la llegada del refuerzo de los españoles, el general actuó en consecuencia. Pero según Sanguily Gómez no tuvo necesidad de presentirlo, pues que yo mismo le avisé… Y describe la escena con todo detalle. Gómez estaba durmiendo en el momento del aviso. Sanguily no se ensaña con los errores puntuales de su amigo, pero sostiene que el libro de Collazo adolece del vicio de la improvisación y no es un estudio de historia, ni un ensayo inquisitivo y absolutamente, o en todo lo posible, fundamentado. Pero además Sanguily ha precisado desde el principio la subjetividad de Collazo, el dolor del zanjonista, el despecho del hombre que ha sido educado para soldado desde niño y vive con alma de soldado, pero sin victoria: y según el soldado, por falta de un jefe genial, un verdadero dictador. Dotado de una ordenanza, dice Collazo, rígida y brutal.

Sanguily expresa su rechazo de la Idea Dictatorial Cubana, en muy cubanos términos:

Por mí sé decir que mucho lo pensaría antes de someterme por mi voluntad, en la isla de Cuba, ni probablemente en ninguna otra parte, a un dictador militar, armado de una ordenanza rígida y brutal, y luego… no me sometería: echaría a andar de prisa, por ahí, en pudiendo, como quien huye de tártaros o tunguses.

Y ahí es donde aparece la cívica de Sanguily: sabe que la mente de unos cuantos jefes militares de la Guerra Grande está nublada por el argumento del militarismo, iniciado o amplificado por gente que no peleó, o no peleó hasta el final: que la guerra se perdió por unos leguleyos que frenaron a los militares, y que haría falta una eficiente, por lo menos, dictadura. Es exactamente lo que le dirá Antonio Maceo a José Martí en La Mejorana, un conato de golpe de estado. Es lo que practicará Gómez durante la campaña con Martí, rechazando el tratamiento de Presidente que con espontaneidad el Pueblo en Armas le da al Apóstol. Se lo da porque el Pueblo en Armas es democrático, pero sus generales máximos no.

El coronel Sanguily, no menos militar ni menos héroe que todos ellos, sabe y testimonia que el argumento militarista sobre el Zanjón, es falso. Y que el relato honesto de Collazo, paradójicamente, lo demuestra. Pero incluso esa honestidad resulta insuficiente, porque su testimonio es limitado: no pudo informarse y conocer directamente el tiempo que corrió desde los principios y preliminares de la lucha hasta mayo de 1869 y desde 1872 a 1875, esto es, el transcurso de otros seis años próximamente.

A los escolares del socialismo se les sigue contando la fábula de los heroicos militares engañados por unos leguleyos, negados a la eficiencia de una dictadura. Caramba, cuán poderosos eran esos leguleyos que sometían a los héroes. Y es verdad que eran poderosos, porque expresaban la voluntad de la mayoría del Pueblo en Armas. Sanguily destroza el primer presupuesto de la plataforma militarista con una observación que desde luego demuestra con facilidad: la distinción entre civiles y militares era, es, una falacia.

Sanguily deja claro que ya había y sobraba dictadura… de los militares.

Es la rebelión de los militares lo que acaba con la guerra.

No el Gobierno ni la Cámara.

La plataforma de Collazo no es nueva:

Ya la proclamaron con lenguas maldicientes, como lema de sus banderas de discordia, algunos cubanos que no sé que hicieran nada efectivo en su larga expatriación —ni dar dinero ni embarcarse en una de las expediciones para ir a pelear en su país, ni prestarse siquiera a ser ahorcados de una entena o macheteados en alguna misteriosa vereda; a no ser el atribuirse siempre el dictado de patriotas, sin duda porque apedreaban el carro revolucionario y escupían a sus conductores—.

Esos emigrados a que aludí declaraban que era preciso o que hubiera sido preciso para vigorizar la Revolución y asegurarle el éxito, establecer la Dictadura militar.

Esa opinión de Sanguily es importante, porque sin dudas está testimoniando lo que escuchó en el exilio, y porque no atribuye su inicio a los militares. Fernando Figueredo dará el mismo testimonio. Ahora bien, Collazo había vivido unos tres años en el exilio, por razones de salud, entre 1872 y 1875. Regresa a la lucha en Cuba cuando estalla la rebelión del general Vicente García contra el presidente Cisneros. Collazo nunca estuvo a favor de García y celebró a Cisneros, pero de hecho condena a los civiles. Sanguily se asombra:

Y no que propiamente fueran ellos los solos culpables, sino que hasta parecen en la pluma de Collazo otra clase de hombres, los hombres civiles, distintos de los insurrectos militares. Cuando oigo hacer muy en serio esa distinción entre insurgentes militares y civiles, como si se tratase de dos elementos que nunca se confundían, que permanecían constantemente aparte el uno del otro y vivieran diferente vida, o como si hubieran sido dos clases sociales que pesaran por modo análogo en los destinos de la Revolución, me quedo largo rato confuso y acabo por no entender.

Y lo que precisa debiera ser recordado siempre por historiadores y profesores, que se consideran a sí mismos generales en potencia, cuando son menos que malos civiles:

Ignacio Agramonte era un hombre civil, y sin preparación ninguna fue colocado con el grado de Mayor General al frente de las fuerzas de Camagüey. Hasta entonces había sido miembro de dos gobiernos civiles y Secretario de la Cámara. Spotorno, Marcos García, fueron antes que miembros de ese Cuerpo, jefes con mando; Fernando Figueredo, Beola, eran tenientes coroneles. En contraste, por la fuerza de las cosas, hubo Generales que nunca hubieran podido ser diputados, allí donde no eran excesivos los requisitos exigidos para el puesto…

…por carecer de aptitudes. En realidad, todos eran militares y corrían los mismos riesgos. Y los más aptos para la política, de la que dependía la guerra, funcionaban como políticos electos.

Y no digo que Collazo encontrara en los representantes insurrectos o miembros de la Cámara, no ya solamente en lo que hace a su conducta como tales, a su manera de conducirse como individuos de aquel Cuerpo, motivos muy averiguados de censura. Proviene su desdén más que todo de la idea que se ha formado de la constitución física o de las condiciones personales de aquellos, envolviendo en su desaprobación, y un si es no es lástima, hasta a los constituyentes, los hombres que acordaron la Constitución de Guáimaro y fundaron la República Cubana.

Afirma que tuvieron que ser “los que por su edad o por su constitución (salvo excepciones) no podían soportar la vida del soldado”; o “algunos que por su mayor inteligencia o conocimientos de gobierno estaban llamados a servir allí, constituyéndose de este modo el poder en manos de los más débiles o de los menos aptos para la resolución de los PROBLEMAS de la guerra”.

Collazo pasa por alto que los representantes eran funcionarios electos, al menos en las condiciones que permitía la guerra: y Figueredo describe la pulcritud del proceso, no un basurero de designados. Urnas, voto libre y secreto. Y que los electores eran casi todos militares. Sanguily reflexiona con sorna de soldado, que le obliga a subrayar sus frases:

¿Querría él entonces que se hubiera cometido la resolución de los problemas de la guerra, exclusivamente a los que hubieran sido los más musculosos, en cuyo caso nadie habría podido competir con los negros convoyeros de Guantánamo, o los más ignorantes, lo que hubiera dado la primacía a todos los asistentes y estancieros; o acaso pretende que hubiera recibido el encargo de resolver esos tales problemas aquella especie de generales formados y preparados en las vegas y sitierías y que a la postre pudieron dominar el tecnicismo del arte hasta decir fuertín y ordenar una carga metiéndose por la cola del enemigo y saliendo por el otro lado?

Sanguily precisa:

los diputados —ni separados, o en receso el Cuerpo, ni juntos, constituyendo la Cámara—, tenían el encargo, ni por la ley fundamental, ni por la práctica, de resolver los problemas de la guerra. Este es un error tan grande como el haber dicho que eran el único poder y que gobernaban, gobernaron, regían y rigieron. En la República había un poder ejecutivo cuyo representante era el Presidente, y en el Ejército, subordinados a aquel, existían los Mayores Generales, Jefes de Cuerpo, cuando no había un General en Jefe. La Cámara, por motivos poderosos, intervenía para disponer del puesto de Presidente y del de Jefe superior del Ejército.

En éste estaba, en los últimos años, vinculado el poder judicial. En la República no existían otros jueces que los Jefes y Oficiales.

Sanguily testimonia sobre los hombres políticos:

Entre todos esos representantes no había un solo enclenque, ni de los mayores de ellos había ninguno que fuera propiamente viejo. Los que aparentaban más edad —Céspedes, Rodríguez, Sánchez, Cisneros, Izaguirre, no tendrían apenas los cincuenta años; y en cambio eran hombres muy sanos y vigorosos: Sánchez, Cisneros, entre ellos, revelaron resistencia asombrosa para las fatigas y miserias de la campaña (…) En seis años de movimiento continuo y privaciones, no recuerdo que enfermara Céspedes, a no ser de los ojos. El Marqués de Santa Lucía, dos años adelante, recibió un balazo que le desgarró el pecho después de romperle el húmero izquierdo. Yo lo vi mientras nos curábamos, junto con el jovial y valientísimo Calixto Perdomo, bajo sendos cueros de toro sin adobar por única techumbre, y puedo decir que jamás ha habido un hombre más sufrido ni más resignado. Se puso bueno y usó muy pronto aquel brazo, como si jamás plomo alguno hubiese convertido el hueso en esquirlas menudas.

¿No podía el diputado físicamente débil comportarse con entereza?

Luis Victoriano Betancourt, joven, y que resistió con serenidad imperturbable, silencioso y tranquilo, los diez años de la guerra, a pesar de su natural aparentemente endeble…

Rafael Morales, el más pequeño de cuerpo, aunque de gigante espíritu, herido espantosamente al terminarse obscuro combate en que había peleado como un soldado de fila, y muerto al cabo en el alto silencio de la Sierra Maestra.

Los mártires abundan entre los políticos:

Luis Ayestarán, en fin, naturaleza robusta, soldado antes que representante, noble espíritu, corazón heroico, que cumpliendo difíciles deberes con desprendimiento y serena melancolía, murió como un girondino a manos del verdugo! Y aquellos otros inexpertos que desconocían la guerra —ese García, ese Valdés, macheteados, en el desamparo de las Villas; Gutiérrez, atravesado en un caballo, destrozado; y Larrúa, cayendo de su montura, de un tiro, un día de sorpresa y dispersión; y Machado, resistiendo con su revolver la carga enemiga y desplomado de un tajo!

El martirologio de los políticos mambises conmueve a Sanguily:

Ah! ¿cómo es posible olvidar que la Cámara tiene una historia, si alguna vez triste y crepuscular, al acercarse la noche de la Revolución, fulgurante en muchos años, como la conciencia misma del pueblo cubano, y como la historia revolucionaria, escrita también con sangre generosa?

Yo no olvido a esa gente, por respeto a la Cruz, y porque quiero una Representación Nacional que rija nuestros destinos con esa integridad colectiva, disconforme con los méritos imaginarios de tipos físicamente imbatibles, exclusivos de sí mismos, abusadores de nacimiento, miserablemente dictadores.

Hay que rescatar el trabajo y el martirologio de las Cámaras mambisas, origen y fundamento de la democracia cubana para todos los siglos.

En el próximo artículo veremos cómo Sanguily deshace los otros principales elementos de la plataforma militarista de Collazo, y de sus iguales.

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