
Ana Cairo In Memoriam
En 2006 la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana lanzó el libro Máximo Gómez: 100 Años, uno de esos homenajes rituales que siempre son útiles para la cultura de un país: una compilación de textos de diversos autores sobre el general, como también documentos históricos e iconográficos, con los que la encargada de la publicación, la historiadora Ana Cairo, procuraba dar un balance aireado de la personalidad y las acciones de Gómez. Creo recordar que ella me contactó entonces a través de un amigo, por si quería sumarme al esfuerzo. Pero para mí estaba claro que no hubiera podido publicar lo que ahora expongo en estos artículos, pues desde luego se trataba de una de esas tareas de manejo de la historia de acuerdo con las intenciones del Poder. O desafiándolas mínimamente. El libro es rico de opiniones y bastante honesto. Al menos por parte de Ana Cairo, que actúa de forma inteligente para decirlo todo sin necesidad de colocar una palabra peligrosa, pero eso sí: publica un par de documentos…
Son cartas dirigidas al señor Tomás Estrada Palma. La primera de Martí, la segunda de Gómez. Aparecen en las páginas 102-105 del libro, sin comentarios de parte de la compiladora. Martí escribe el 16 de marzo de 1895 desde Montecristi, cuando aún no se ha logrado el desembarco de los líderes. La segunda la escribe Gómez el 22 de agosto de 1895, desde Najasa, Camagüey.
La carta de Gómez comienza con la sospecha de que Estrada no ha recibido su comunicación anterior, pues en la carta que ha recibido de él no se alude a aquella carta que apenas puse en pie en Cuba le dirigí. Obsérvese: Gómez le ha escrito antes directamente a la persona encargada de las actividades del Partido Revolucionario Cubano en ausencia del Delegado electo Martí, que él tiene a su lado. ¿Por orden de él? En ella contesto todos los puntos principales de que Vd nos trata y nada me resta por decirle, sino que esperamos que Vd se desenvuelva, y su labor produzca los frutos esperables. O lo que es lo mismo, el sustituto de Martí le ha escrito antes al general en jefe, aunque no está claro si antes o después de la muerte de Martí. Para la fecha de la carta de Gómez, Martí ha muerto, y el general espera que Estrada se desenvuelva exitosamente como dirigente del Partido: no tenga Vd ni pena ni temores por un fracaso, obre sin miedos, le escribe. No le digo todas estas cosas porque sospeche que Vd. pueda sentirse flojo en el difícil puesto que Vd. ocupa. Lo mismo me sucede a mí, y solamente me explico de ese modo para que sepa una vez más que aquí tiene un buen compañero.
A la muerte de Martí, Gómez declaró que se había perdido el mejor de los compañeros. Veamos ahora cómo lo juzga en el párrafo siguiente:
Lo que hizo Martí es nada, lo que Vd tiene que hacer es lo gordo. Aquello fue la incubación, ahora es llegada la hora del parto, que después de su fracaso (el pobre) tiene que ser muy laborioso. Porque Martí, aunque no es tiempo de juzgar, empezó a torcerse y fracasar desde Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos.
¿No es tiempo de juzgar? Pues el general está lanzando unos juicios que, de haber caído en manos de los españoles, hubieran sido demoledores para la causa y para él mismo. Los generales españoles habían declarado su asombro de que el jefe político hubiera sido descuidado en ese combate, y si no se trataba de una ejecución. Pero en fin, el general lanza estas especies a nadie menos que al sucesor de Martí, cuando el cuerpo del héroe no se ha descompuesto del todo en la tumba enemiga. Lo que ocurre es que ser general y modesto y heroico no te compra la verdad. Y es hora de que juzguemos, sin ánimo de caer en el juicio sobre la personalidad de Gómez —aunque no oculto que me resulta, por muchas razones, repugnante, pero el juicio es de Dios y no el mío—, si lo que Gómez dice en esta carta es real y justo o no. Y hay que ocuparse de este asunto porque nos permite entender la historia ulterior de nuestro país hasta el día de hoy.
Ya es tiempo de juzgar, general.
¿Lo que hizo Martí es nada? Esto lo escribe un individuo que está en Cuba porque hay un alzamiento que fue organizado y dirigido por Martí. Al final de su Diario de Campaña, Gómez afirma que el país se levantó a su orden. Falso. Gómez no se atrevía a dar la orden de alzamiento, que fue dada por el líder civil Martí a otro líder civil Juan Gualberto Gómez radicado en La Habana. El pánico de Gómez para decretar el alzamiento venía de un factor comprensible: ni él ni Maceo habían organizado la conspiración interna, que funcionó en un solo día de Oriente a Occidente. Ambos habían fracasado en esa tarea unos años antes. Organizar, desde Nueva York, el alzamiento unánime del pueblo independentista es un resultado extraordinario, sin igual en la historia. pero eso es nada para Gómez, que tampoco logró, en su natal Dominicana, donde era tan admirado, una vía para desembarcar en Cuba. Martí logra, primero, embarcar a Maceo en una goleta con todos sus seguidores bien armados. Luego consigue, hablando alemán, un buque que los haga llegar hasta las cercanías de la isla, patrullada por buques españoles, que ya estaban avisados de que habría desembarcos. Martí rema en la proa de la chalupa. A Gómez le toca el timón, que rompe. Pero llegan milagrosamente a Playitas. Este despliegue de genio militar resulta nada ante los ojos del general, a pesar de estar siendo beneficiado por él.
Voy a pasar por alto eso de su fracaso. Cuba consideró entonces, y sigue creyendo hoy, incluso sin distinción de ideologías políticas, que la muerte de Martí no fue un fracaso. Morir en cama, con mascarilla y todo, fue el destino de Gómez. Nótese que mientras Maceo ostentaba diez heridas en combate, Gómez sólo sufrió dos. Se cuidaba, evidentemente. Morir en combate era un fracaso que siempre supo evitar.
Véase ahora esa otra especie: Martí empezó a torcerse y fracasar desde Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos.
Son dos verbos muy duros, pero comencemos por ocupamos de Fernandina.
Como se sabe, el plan de Fernandina incluía el desembarco de tres vapores con armas y combatientes, uno por Oriente con Maceo, otro por Camagüey con Martí y Gómez, y un tercero por Pinar del Río con Calixto García. Los desembarcos eran simultáneos con el alzamiento. No eran la causa ni el motor del alzamiento. Ese es el disparate en el que habían creído Gómez y Maceo: que si ellos llegaban con armas a Cuba, el país se alzaba. Gente mágica en verdad, que no aprende nunca de sus bien comprobados fracasos. Habían fracasado en esa tarea en el plan militarista de ambos en 1883-1884. Maceo recorrió la isla en 1890 y fue agasajado hasta por el exquisito poeta Julián del Casal, pero nadie hizo ningún compromiso con él. Maceo murió y la guerra continuó sin él. Gómez nunca logró que sus generales le obedecieran cabalmente, de lo que se lamenta en su Diario. Maceo nunca obedeció a Gómez sino a la fuerza, y este evitaba irritarlo.
Ahora bien, generalísimo, ¿por qué fracasó el plan de Fernandina?
Se sabe: el coronel López de Queralta, encargado de cargar las armas en el vapor, se aterroriza con un policía del puerto, abre las cajas de armas y son confiscadas.
¿Martí falló en seleccionar a Queralta?
En efecto, falló porque obedeció a Gómez, siempre respetuoso de la independencia de los militares. El embarque de las armas era una operación militar.
López de Queralta no era un seguidor, ni un amigo, ni un contratado de Martí.
Era… el especialista de armamentos del general Gómez.
Y lo que leemos en el Diario de Campaña de Gómez no sólo confirma esta información, sino que nos deja asombrados por el contenido.
El 13 de marzo de 1885, en plena tarea del plan militar Gómez-Maceo, escribe el general:
Dejo nombrado al Coronel F. L. de Queralta comisionado para la compra de armas —según yo se las pida—.
Concluido el mes de julio de 1885, Gómez anota:
…y ni un armamento, del que di orden al coronel López Queralta, despachara de New York a Colón.
El 4 de abril de 1886, la situación no mejora:
Escribo a Carrillo diciéndole lo que debe hacer para conseguir siquiera 25 armas y 3,000 tiros, y que salga lo más pronto para reunirse conmigo en las Islas Turkas —Turkilán—. Nos empeñamos con López Queralta para ver si él las puede tomar al crédito, por su cuenta, en la casa de armas.
¿Veinticinco armas? Todo un arsenal. El plan de los dos generales mágicos ha fracasado. Y el coronel Queralta participa en ese desastre de un modo que no se nos aclara. Eso de tomar a crédito unas armas, por cuenta del soldado, me suena bizarro.
Dicho de otro modo, el fracaso de Fernandina es en primer término un fracaso del generalísimo Gómez, que no debió recomendar a un tipo que nunca había tenido éxito, bajo su propio mando, en el asunto de las armas.
Que además fuera un cobarde es desde luego una prueba de que la pavura no es privilegio de los civiles ni mucho menos. Ni idea de si el coronel siguió ostentando grados después de ese heroísmo.
Ahora bien, en esta desgracia lo que se perdió fue el factor sorpresa de los desembarcos, y una parte considerable de las armas. El abogado del Partido, el yanqui fino Horatio Rubens, salvó incluso una parte de ellas. Pero el efecto político no fue desfavorable a Martí. Nadie podía creer que este hombre hubiera comprado, en sólo dos años, tres vapores y una montaña de armas, burlando al espionaje de los españoles y de los yanquis, y que hubiera una cantidad de combatientes listos para desembarcar. De ahí que la autoridad de Martí, lejos de torcerse o fracasar, se mantuviera incólume.
Y por eso ocurre el alzamiento. Porque los desembarcos eran complementarios al alzamiento, y el alzamiento era resultado del estado de ánimo de los independentistas y de la conspiración exitosa en Cuba, integrada básicamente por pinos nuevos, por civiles. Juan Gualberto Gómez era un periodista un año más joven que Martí. El correo de Maceo, el poeta Carlos Pío Urbach, que murió en la manigua, era un veinteañero. El futuro general Loynaz del Castillo era también un muchacho.
La gente quería alzarse, pero en forma inteligente. Los hermanos Purnio habían pagado caro un alzamiento sin coordinación. Martí logró el acuerdo de la acción de Oriente a Occidente. El desastre de Fernandina fue apenas un dato para ellos; y para unos cuantos, la prueba de que la dirección mambisa iba en serio.
Ahora bien, ¿por qué Gómez dice torcerse?
Pues porque para él y para Maceo la supuesta obediencia a los planes de Martí era simplemente la vía para llegar a Cuba como libertadores, con seguridad y bien armados. Ellos llegaban felices y a su paso extraordinario se alzaba el país y se alcanzaba el triunfo. Y nada más.
Hasta Fernandina, Martí no se tuerce, es dócil a los propósitos de estos dos hombres de ingresar bien pertrechados al país para liberarlo ellos. Martí acepta esas ambiciones, porque son útiles a la causa. Sabe además que el país revolucionario se liberará a sí mismo de acuerdo con sus legítimas expectativas.
Y ahora este Delegado del Pueblo en Armas pretende, sin vapores, embarcarlos.
Martí consigue, con ayuda de Crombet, el desembarco de Maceo y sus hombres en una goleta que al oriental le pareció pequeña, lo que provocó su enojo. Le habían prometido un vapor y eso era lo que exigía. Martí nunca puso a Crombet por encima de Maceo: Crombet ofreció comprar la goleta para que Maceo, que decía que el dinero era insuficiente, dirigiera la operación. Y desembarcaron con comodidad, y con la jerarquía de Maceo, aunque el dueño de la goleta murió en circunstancias que no han sido precisadas. Pero… ya medio Oriente estaba alzado. Maceo tampoco soportó esa ofensa de parte del general Bartolomé Masó. Lo persiguió, lo injurió y le quitó sus tropas. Al desembarcar de esta segura y bien armada manera, Maceo y su gente no se cuidaron de inmediato de encontrar sigilosamente un escudo de seguidores, sino que armaron un banquete en un bohío. Son masacrados por tontos, y Maceo escapa. Flor Crombet muere.
Véase cuán inútil era la fórmula milagrosa del desembarco de los indispensables. Y la capacidad militar y política que a veces practicaban. Cualquiera resbala y cae, no sólo los diputados a la Cámara o el conspirador de los tres vapores.
Pero la situación de Gómez es distinta. Todo el dinero que quedaba fue a parar a la goleta de Maceo. El vapor majestuoso prometido no existirá ni para ellos dos, ni para Calixto García y sus hombres. Martí y Gómez pudieron usar el dinero invertido en esa goleta para desembarcar ellos, que en fin de cuentas constituían la jefatura. Maceo era un subordinado. Se le dio la goleta al lugarteniente general.
Pero… el país se ha levantado en armas.
Así que Gómez tiene que obedecer, incluso sin vapor ni goleta.
Tiene que obedecer al pueblo en armas, y a su jefe, José Martí. O quedar como un cobarde. Y sin gloria.
¿Le gustó esa obediencia inevitable?
Veamos el próximo párrafo de la carta de Gómez a Estrada:
Seis días antes de embarcarnos, lo había yo decidido a quedarse, pero un aviso publicado imprudentemente en Patria lo hizo volver atrás, y ya a mí no me fue posible convencerlo y nos echamos a la mar. Pudiera decirse que los amigos de Martí, que alocados lo endiosaban, lo empujaron a ocupar un lugar que no era el suyo y donde pereció sin beneficio para la patria y sin gloria para él.
¿Los amigos de Martí, general? ¿Y usted qué era?
¿Y le escribe eso a Estrada, amigo… de Martí?
¿Cómo recibió el señor Estrada ese elogio, el de haber heredado solemnemente a un extraviado al que unos compinches habían endiosado y empujado a una aventura absurda?
¿O es que Gómez sabía que le podía escribir en esos términos al señor Estrada, porque lo conocía bien?
¿A Martí lo empujaron sus amigos?
En efecto, Martí era un líder democrático, alguien que ocupa una función social, comprobada una y otra vez por el voto directo y secreto, y que puede ser despojado del cargo por ese mismo voto. Martí estaba haciendo lo que ellos querían.
Por eso los amigos, según el voto secreto y unánime, eran… todos. O casi, porque ni Estrada, ni Maceo ni el propio Gómez se sentían felices en esa lista.
(Me pregunto si la condescendencia de Gómez para que Martí desembarcara con él —el jefe militar amenaza con imponerse al político, lo ningunea—, contenía la sospecha de que él, Gómez, fracasaría en encontrar la manera de manejar asuntos de ese tipo, como había ocurrido siempre. Necesitaba las habilidades del civil).
¿Y cuál era el lugar que no era el suyo?
Martí sólo intentaba llegar a Camagüey, cuna de la democracia cubana, a fin de deponer su autoridad como líder civil ante la Asamblea de Representantes. El país, en toda su dignidad representado. Porque el país revolucionario quería eso, y porque era indispensable para la batalla política interna y externa, como demostraron desgraciadamente los acontecimientos.
Hay suficientes evidencias de que Martí aceptaba regresar a Nueva York una vez cumplido su deber político en la Asamblea. En su discurso de Dos Ríos, según el general Miró Argenter, dijo: ¡Quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en cruz! Pero si Martí hubiese aspirado a que la Asamblea le otorgara la presidencia, era su derecho. El pueblo en armas le llamaba presidente. El pueblo no quería más despotismo. Quería democracia incluso ya, en la guerra. Para que hubiera democracia, luego.
La democracia, esa finura —el término que usó Gómez en su Diario es afeminamiento—, repugnaba al general.
Eludo citar el párrafo siguiente de la carta, donde narra la versión que hizo en ese momento, sobre su responsabilidad en la muerte de Martí. Los historiadores han comprobado cómo Gómez cambia su testimonio según las circunstancias. Y no es ese el objetivo de este trabajo, aunque sigue siendo una investigación inexcusable.
Pero es útil atenerse al primer testimonio, el de la entrada del 19 de mayo de 1895 en su Diario:
…ocurrió el combate de “Dos Ríos”; combate rudo y mal preparado, lo confieso, pero en donde yo me prometía obtener otro “Palo Seco”. En la guerra muchas veces lo improvisado da resultados brillantes; por lo regular la Diosa de la Victoria se enamora de los intrépidos, pero en Dos Ríos, donde yo me prometí abrir una campaña brava para imponernos, poco hubieran importado las pérdidas, —la fortuna nos fue adversa y perdimos a Martí, no obstante quedar nosotros dueños del campo.
Cuando uno anda buscando el favor de la Diosa de la Victoria le resulta sobrante el mejor de los compañeros —o cualquier otro, pues dice que no le importaban las pérdidas—, el compañero que se había comportado, sin esas fantasías propia de gente alocada y creyente en dioses, como un intrépido. Pero no por ejercer la intrepidez que le sobraba desde que era un niño, sino porque sabía que la suya era función de la razón: ¡La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería! Y morir, para que la respeten los que saben morir. Su tarea era guiar, no quedarse atrás ni esconderse. El general pudo darse el lujo de esta confesión de chapucería militar, combate rudo y mal preparado, en semejante trance, o eso creyó: y quedar eso sí, dueño del campo. Aunque sin poder rescatar el cadáver del mejor y más intrépido de los compañeros. ¿De veras había dominado algo ahí?
En Palo Seco, en 1873, los trescientos hombres de Gómez habían vencido a seiscientos españoles. Pero en mayo de 1895 Gómez sólo tenía los treinta hombres que les había dado Maceo, que se había quedado con su campamento de tres mil. Gran amistad y sentido de la autoridad y la subordinación el de estos militares. Si Maceo les hubiera cedido trescientos hombres, el intento de otro Palo Seco hubiera sido comprensible. ¿Qué general en jefe es ese, que no le exige a su lugarteniente un número mínimo de hombres para actuar —y para custodiar al líder político—? ¿O es que le tenía miedo a Maceo? Como demuestran su Diario y las cartas, careció siempre de toda autoridad sobre él.
Véase esa declaración: yo me prometí.
Individualmente, por su vínculo personal no con el Pueblo en Armas y su líder electo, sino con la Diosa Niké.
En el penúltimo párrafo de la carta todavía insiste: Con la llegada de Martí derrotado, a buscar mi amparo…
En realidad Martí había ido a Dominicana a reclamarle su compromiso de desembarcar en Cuba a como fuese, y dirigir la guerra. Martí no se sentía derrotado, sino jubiloso, porque el alzamiento se había producido en todo el país, aunque con desigual fortuna, y la máquina política y militar para asegurar nuevos desembarcos, el PRC, estaba perfectamente organizada. Y de hecho funcionó admirablemente durante toda la guerra.
¿Cuál amparo? ¿Gómez disponía de medios para el desembarco? ¿Hizo algo decisivo para ese fin?
Que yo sepa, no. Todo intento de desembarco fracasa hasta que Martí convence al capitán del barco alemán Nordstrand de que los acerque a las costas orientales. Martí hablaba alemán y había traducido a Heine. En su Diario copia un texto que ha visto en la recámara del capitán, unos versos que le dedica su mujer con una foto de ella. Hubo una relación inmediata y amistosa entre ambos. El barco podía ser confiscado o incluso hundido por su vínculo con los mambises.
¿Derrotado Martí, y la guerra ardía de Oriente a Occidente? Unos cuantos autonomistas se pasaron a los mambises en un solo día. El otrora victorioso general español Martínez Campos regresó a pacificar, vio lo que había, y huyó.
Martí podía organizar nuevas expediciones de inmediato, como hizo Estrada. Finalmente Calixto García pudo llegar a Cuba también. Pero el Delegado se negaba a prescindir de esos dos hombres con experiencia, autoridad y ambiciones, a los que había tratado siempre, según vemos en la correspondencia con ellos, como hermanos mayores dignos de máximo respeto. Hacía lo correcto, con verdadero amor fraternal, y mucha humildad.
En el próximo artículo estudiaremos la carta de Martí a Estrada, y empezaremos a entender cómo ambos personajes sabotearon el proyecto democrático nacional defendido por Martí y una y otra vez confirmado por sus mejores hombres y por el pueblo en armas.
Esa traición estuvo incubándose, públicamente, durante muchos años.
Las pruebas existen y no seré yo quien las oculte.
Y como respeto a los que saben morir, y nunca he aspirado al equilibrado lenguaje de cierta historiografía, sino a defender con pasión y con inteligencia la Democracia Cubana, que está por intentarse en serio en la historia, me es imposible dejar de manifestar mi desprecio y mi lástima por esas miserias del Generalísimo, que ahorcó a demasiada gente como para que yo pueda creer que no se equivocó nunca en su interpretación personal de la justicia, tal como encontramos en esa mentirosa epístola, y cuyo ego ridículo jamás le permitió entender el misterio de la vida moral, la nulidad de las glorias, el poder del servicio al prójimo, la abdicación de la persona en beneficio de una causa justa, y la majestad y la utilidad de la Muerte por Amor:
¡Oh, qué dulce es morir cuando se muere
Luchando audaz por defender la patria!

La desgracia de Cuba hoy no es más que la extensión de la doctrina sembrada por Gómez y otros en el mambisado. La República nació mal, nació incubando la rebelión, la intransigencia, la obediencia ciega, la violencia y la imposición como atributos del cubano dignos de exaltación.