La calle Reina es el escenario habanero que define a la entropía cuando redunda en distopía. Foto: Juan Pablo Estrada.

Sin que medien muchas metáforas, la calle Reina es el portal que une dos tiempos en la evolución urbana de la capital. Como si atravesáramos un túnel, sus extremos se corresponden con el núcleo generatriz de la ciudad, y, por el otro lado, con el de su posterior crecimiento. Resulta curioso que estos topes ya existían cuando se decidió convertir un camino —valga la singularidad— descaminado, en una decorosa ruta que diera lustre a la aventura extramural de la capital colonial. Lo que originalmente fue un maltrecho sendero conocido como Camino de San Antonio Chiquito, era una de las salidas más viejas y socorridas de la ciudad, que conducía hasta un ingenio de igual nombre —ubicado hacia el oeste de la villa—, propiedad del Regidor Blas de Pedroso. La popular exclusividad del camino duró hasta 1735, cuando se construyó un puente en la Calzada de Jesús del Monte, que desde el suroeste abriría nuevas alternativas de comunicación con la periferia. Como no había ninguna denominación oficial para el Camino de San Antonio, fue indistintamente reconocido como Camino de San Luís Gonzaga, por la ermita consagrada a este Santo en su intersección con la Calzada de la Beneficencia, actual Belascoaín.

La locería que expendiera todo tipo de vajillas durante medio siglo, hoy es un depósito de desesperanza. Foto: Juan Pablo Estrada.

Muchos pretextos quisieron sacar al camino de su arrinconada condición periférica, entre los que destacó una oportuna alabanza a la monarca Isabel II. Pero una empresa cuya envergadura implicara su mejoramiento, tuvo un notable precedente acometido por el Capitán General Miguel Tacón, gobernante de la isla entre 1834 y 1838, cuando, conocida su constancia a favor del progreso citadino, quiso enlazar decentemente el Paseo Militar —actual Carlos III— con el Campo de Marte, en el centro antiguo de la ciudad. Desde luego que los contratiempos no se hicieron esperar. La irregularidad en el ancho de la calle y la bruta pavimentación del camino, convirtieron las obras en un difícil correctivo urbanístico. La “cirugía” conducida por el español Juan Pastor, entre otras enmiendas, debió contemplar puentes de nivelación en las calles Campanario y Lealtad, que, dadas las circunstancias y adversidades técnicas y administrativas de la época, pueden ser catalogadas de loables. En 1844, gobernando el Capitán General Leopoldo O’Donnell, Duque de Tetuán, se rebautiza la senda como Calzada de la Reina, en honor a Isabel II. En las inmediaciones de este evento, del que se conocen pocos registros, a la avenida se le plantaron árboles en ambas sendas, siendo una de las pocas vías de la ciudad en ostentar semejante escolta, siguiendo el patrón de la calle Galiano, que también la tuvo.

Aquel que parece un pagador de promesas frente al templo del Sagrado Corazón de Jesús, apenas mira hacía arriba. Foto: Juan Pablo Estrada.

Para llevar una vida y reinado tan accidentado, fue a Isabel II a una de las monarcas que más homenajes públicos se le hizo en La Habana decimonónica, resultando quizás las estatuas del Parque Central quienes mejor reflejaran sus circunstancias históricas. Llamada por sus súbditos como la Reina Castiza, y a quien Benito Pérez Galdós identificara como “la de los tristes destinos” —por las perturbaciones sociopolíticas peninsulares y lo que iba quedando del imperio—, gobernó entre 1833 y 1868. Hija de Fernando VII —El Deseado—, apenas contaba con tres años cuando accedió al trono, por lo que también le cupo el apelativo de la Niña Reina. La primera escultura suya que llenara espacio en el Parque Central fue erigida en 1850, retratando a la soberana en bronce, como una niña con pose y sencilla vestimenta, pretendiéndose cercana al pueblo. Su colocación sobre pedestal fue efímera, al percatarse las autoridades de que la reina se acercaba a la adultez. Nunca se supo del paradero de esta primera figura, mientras el reemplazo ocurría en 1857, con una efigie labrada en mármol por el francés Philippe Garbeille. Pero este segundo emplazamiento duró solo 11 años, cuando la volverían a bajar de su podio tras la derogación monárquica de 1868, para ser nuevamente encaramada en su céntrica ubicación hacia 1874. Y así, con el cese de la dominación española, en 1899 descendió definitivamente, para, años después, terminar en Cárdenas, localidad a quien Isabel II había otorgado el rango de ciudad.

Aprovechando otro escenario comercial. Foto: Juan Pablo Estrada.

De entre todos estos agasajos tributados a la monarca, es la céntrica calle Reina quien perpetuó su memoria, aunque, en honor a la soberana ignorancia de mucha gente que por allí ha transitado a lo largo del tiempo, la mayoría desconoce a qué reina se refiere. Con el fin de la dominación colonial, el Ayuntamiento de La Habana comenzó a tomar acuerdos para sustituir la nomenclatura pública que guardaba relación con su pasado metropolitano. 74 años después de su bautismo, por el acuerdo No. 377 del 9 de octubre de 1918, se decretó que la calle Reina se denominara Avenida de Simón Bolívar, pero la gente continuó llamándola, como de costumbre, por su nombre tradicional. El prolongado empeño por dispensarle a sus 11 cuadras el decoro que llegó a alcanzar en 1958, se vio coronado para esa fecha con cerca de 60 grandes comercios. Su compartimentación en diecisiete tiendas, trece joyerías, diez peleterías, seis negocios para la venta de efectos electrodomésticos, dos mueblerías, una locería, una colchonería, tres sastrerías, dos cines y numerosos establecimientos gastronómicos, fueron resultado de la renovación arquitectónica que implicó su progresiva jerarquización, dejando prestos para la modernidad sus anchos y concurridos portales, que contrastan con las estrechas aceras resultantes de sus reajustes viales. Las líneas de fachadas, cubiertas de un floreciente eclecticismo, admitieron gustosas las pautas del neoclasicismo, el art nouveau, art decó y el ya patrimonial neogótico de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, de 50 metros de altura.

Y no hay perspectivas, aunque la anuncien. Foto: Juan Pablo Estrada.

De ese bizarro reinado que se extendió desde el Palacio de Aldama hasta Belascoaín, hoy sólo queda mugre y demolición en las esquinas infectas de hediondos basurales. Los vestigios de sus otrora conspicuos comercios, transidos por el desgaste del abandono y la molicie, son espectralmente concurridos por gente a la que le han secuestrado el alma a lo largo de los años.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *