
Desconozco si existe una obra que sistematice y recoja todos o una buena parte de los atentados dinamiteros, y los cientos de bombas y petardos que pusieron los simpatizantes y miembros del Movimiento 26 de Julio entre 1957 y 1958. Quien revise con exhaustividad la prensa cubana de esos dos años, pero especialmente la de 1957, podrá notar que a partir de ese año casi no pasó un solo día en que en algún lugar de Cuba no estallara una bomba o un petardo como estrategia para hacer ingobernable el país.
Con la llegada a Cuba del grupo expedicionario de Fidel Castro a finales de 1956, que se instaló en las montañas orientales, el Movimiento de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) comenzó a intensificar de manera notable sus atentados terroristas, de lo cual se desconoce la cifra exacta de muertos y heridos.
El primer atentado de gran impacto mediático ocurrió precisamente en la madrugada del 1ro de enero de 1957 en el reconocido cabaret Tropicana, cuando una bomba-reloj estalló cerca de una palma en uno de los jardines de ese famoso centro nocturno. El atentado provocó la pérdida de un brazo a una joven de 17 años llamada Magalys Martínez Arredondo y heridas graves en una pierna izquierda a otra de tan solo 18 años.
Ese día, pero avanzada la noche, en otros dos cabarets habaneros nombrados Bambú y Mrs. Lucky, ubicados en Guanabacoa y la avenida Rancho Boyeros respectivamente, estallaron petardos que por suerte no provocaron víctimas ni heridos.
A esa misma hora, pero en la ciudad de Santa Clara, estalló un petardo en la casa del alcalde de esa ciudad, Miguel A. Rojas Machado, que hizo añicos una ventana y una puerta de su vivienda. No provocó ningún daño humano. Para más terror, a esas mismas horas en la ciudad de Cienfuegos estallaron cuatro petardos en distintos puntos de la ciudad.
Sin duda, la estrategia de los miembros del M-26-7 no sólo iba dirigida contra altos dirigentes del régimen de Batista, sino que abarcaba tiendas, cabarets, puentes, centrales azucareros y centros escolares. Lo más sorprendente es que también se pusieran artefactos explosivos en escuelas de nivel elemental y segunda enseñanza, que pudieron haber provocado el fallecimiento de menores de edad.
Hasta donde he buscado no existen reportes de menores de edad fallecidos debido al estallido de una bomba en un centro escolar, no obstante varias escuelas en el país fueron víctimas de estos atentados.
Los dos primeros atentados dinamiteros a centros escolares en 1957 se reportaron pocos días después de lo sucedido en Tropicana, cuando el 11 de enero un petardo estalló en el Colegio de los Hermanos Maristas, ubicado en la Avenida Boyeros del Cerro. En esa ocasión no hubo heridos, sólo daños materiales. Una noche antes la policía encontró dinamita en una escuela ubicada en las calles Venus y Cadenas, en la barriada habanera de Guanabacoa. El reporte que hace el periódico Prensa Libre del suceso no deja lugar a las dudas de lo que se evitó: “Cerca de la puerta principal y cuando en dicho centro escolar se encontraban más de 150 niños de ambos sexos, el capitán Raúl Zarranz, al mando de la decimonovena estación, ocupó una bomba compuesta con tres cartuchos de dinamita cuya mecha se había apagado. El expresado oficial informó que de haber hecho explosión hubiera causado muchas víctimas pues el artefacto se hallaba a menos de metro y medio de la puerta de la referida escuela”[1].
En esa misma nota se informa que la policía había encontrado una bomba de alto poder en una torre de alta tensión en la barriada de Luyanó, que de estallar hubiera dejado sin servicio eléctrico a cientos de familias por tiempo indefinido.
Como los atentados iban en aumento, la policía de Batista también intensificó la búsqueda de las personas que estaban detrás de ellos. A finales de febrero pudieron detener una red de 17 personas, todas pertenecientes al M-26-7, que planeaban seguir poniendo bombas, especialmente al tendido eléctrico de la capital y en los cines. Con esa redada, pudieron abortar esos planes, que incluían poner dinamita en el concurrido cine Astral, ubicado en la calle habanera de Infanta.
Pero los atentados estaban lejos de terminar. El 9 de marzo dos bombas estallaron en la ciudad de Morón, y una de ellas le provocó la muerte a un hombre y heridas a otro, el primero según lo publicado era amigo del jefe de la policía de esa ciudad. El artefacto hizo explosión en el portal de la estación de Ferrocarril de Morón. La otra bomba había sido puesta en el Estadio Municipal, que se encontraba en construcción.
El 3 de mayo estallaron petardos en las ciudades de Ciego de Ávila, Camagüey y Santiago de Cuba y en los poblados de Jiguaní y Manzanillo. A la escuela Spencer de Santiago de Cuba le lanzaron a su patio central un petardo que estalló y que por suerte, no tuvo mayores consecuencias.
El 23 de ese mismo mes en la escuela privada santiaguera llamada Fundación Alemán fueron colocados tres petardos que estallaron en horas de la mañana. Otra escuela víctima de esos atentados fue el colegio religioso de María Inmaculada. Ese atentado dinamitero, que era el segundo en menos de tres meses en ese plantel religioso provocó el destrozo de una de las puertas y obligó a un pronunciamiento público de su directora, quien expresó: “no creo que haya persona que no condene estos actos y acaso quedarán fuera de calificativo y de estos sentimientos los autores del hecho, a quienes Dios perdona”[2].
Los centros escolares habaneros también se vieron sacudidos por el terror desatado por el M-26-7. A finales de mayo tanto al Instituto de Segunda Enseñanza de La Víbora como el del Vedado les lanzaron petardos desde un automóvil, que afortunadamente no provocaron daños en seres humanos.
En el caso del Instituto del Vedado, su director, Pedro Aníbal Duarte, expresó que milagrosamente no murieron los hijos de un auxiliar del plantel que acostumbraban a jugar en el lugar donde fue hallado el explosivo.
En otros dos planteles escolares, el colegio La Salle, ubicado en Corona y Heredia, y el colegio Dolores, de las calles Clarín y Heredia, también se hallaron artefactos explosivos que no detonaron porque fueron retirados antes por la policía.
Los constantes sabotajes provocaban apagones eléctricos y la pérdida del suministro de agua a grandes localidades, Por ejemplo, la ciudad de Santa Clara estuvo más de 24 horas sin suministro de agua a partir del 19 de mayo, debido a que una bomba había averiado la cañería maestra del acueducto de la ciudad.
El poblado de San José de las Lajas, un poblado cercano a la capital, también permaneció sin fluido eléctrico por más de 24 horas debido a que una bomba había estallado en el tendido eléctrico. La falta de luz eléctrica en esa localidad fue aprovechada por los terroristas para intentar liquidar al alcalde, poniendo otra bomba muy cerca de su vivienda. Por suerte no lo consiguieron, pero sí hicieron grandes destrozos en un salón de peluquería femenina ubicado muy cerca del lugar de la explosión.
La historiografía castrista recuerda el caso de Urselia Díaz Báez, quien con apenas 18 años se disponía a poner una bomba adherida a su cuerpo en el cine América, en La Habana, el 3 de noviembre de 1957. La joven tuvo tan mala suerte que el artefacto le explotó antes de poder zafarlo de su cuerpo y falleció al instante. La muerte de Díaz Báez, a pesar de ser de su plena responsabilidad, es la de una de las heroínas que exalta el régimen.
Sin embargo, ella no fue la única que murió víctima de sus propios intentos de provocar terror, meses antes, exactamente el 27 de mayo, ya dos miembros del M-26-7 habían perdido la vida en Santa Clara por una bomba que estalló al interior del automóvil en que viajaban. Se trata de Julio Pino Machado y Agustín Gómez, quienes se dirigían por la calle Buen Viaje de esa ciudad a poner una bomba en algún sitio, cuando la bomba estalló y ellos murieron casi al instante. En el automóvil también iba la joven Gladys García Pérez, de 22 años, quien milagrosamente salvó la vida. Según la versión dada por la policía los tres habían puesto ya otro petardo que hizo explosión minutos después que estallara el que les quitó la vida[3].
Un atentado en el que las pérdidas económicas fueron cuantiosísimas ocurrió el 26 de mayo en el central Tinguaro, perteneciente al magnate Julio Lobo y ubicado en la localidad de Perico, en Matanzas. El atentado consistió en un incendio provocado en uno de los almacenes en el que había 200 mil sacos de azúcar, los autores aprovecharon que la cubierta de papel que se ponía a los sacos para evitar que se mojaran era altamente inflamable, por lo que el incendio se propagó rápidamente y provocó además nueve personas heridas en el intento de sofocar el incendio.
Sólo por los sacos de azúcar la pérdida ascendía a tres millones de pesos, una fortuna para la época y si se sumaban los daños a los almacenes, el laboratorio y otras áreas del central el daño ascendía a 5 millones de pesos.
El periodista de Prensa Libre, Ulises Carbó, calificó ese atentado como una “estupidez sin paralelo” y añadió que fue “una agresión al país, no al régimen que padecemos. (…) Deja a miles de hombres sin trabajo, sin perspectiva, sin posibilidades”. En otro fragmento señaló: “Nadie que piense en su patria con interés y alteza de miras podrá alegrarse de la destrucción del Tinguaro. Y como no nos duelen prendas en reconocer la verdad cada vez que se produce, lo aseguramos a visera descubierta: el sabotaje industrial es criminal por lo que tiene de antipatriótico e irresponsable”[4].
Lo único que haría el Movimiento 26 de Julio sería seguir subiendo la parada hasta que ideó la estrategia de “La noche de las cien bombas”, iniciativa de Sergio González López, más conocido como El Curita, el jefe de Acción y Sabotaje del M-26-7 y que fue ejecutada la noche del 8 de noviembre de 1957, aunque curiosamente la historiografía oficialista nunca detalla cuáles eran los objetivos a detonar en esa noche, en que se llenó de terror a toda la capital cubana.
Deseo concluir este trabajo con las proféticas palabras de Ulises Carbó expuestas en su columna “Desfile” de Prensa Libre. El periodista, al notar como Cuba vivía bajo la barbarie de la metralla y la sinrazón, tanto de un lado como del otro, expresó: “Hay que rogar al Cielo por un cambio rapidísimo en esta sangrienta actualidad que nos atormenta. De lo contrario se perderá todo en unos cuantos días. La República girará ensangrentada —víctima del vértigo que producen los ríos de sangre— y caerá en un abismo sin orillas, arrastrando a todos sus hijos en el próximo y último holocausto”[5].
El periodista no acertó en que la situación cambiara en pocos días, pero sí; la República terminó de hundirse en unos pocos años, y aún en la actualidad Cuba sigue sin conocer el fondo de ese abismo.
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“Ocupan bomba en una torre de alto voltaje de la Cia. De Electricidad, en Luyanó”, Prensa Libre, 13 de enero de 1957, pp. 1 y 6. ↑
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“Pusieron en peligro la vida de seres indefensos, que tal vez estaban orando por Cuba”, Prensa Libre, 25 de mayo de 1957, pp. 1-2. ↑
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“Estalló una bomba frente a la casa de un dirigente de estudiantes de Santa Clara”, Prensa Libre, 28 de mayo de 1957, pp. 1 y 10. ↑
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Columna “Desfile”, Ulises Carbó, Prensa Libre, 28 de mayo de 1957, p. 7. ↑
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Columna “Desfile”, Ulises Carbó, Prensa Libre, 1 de junio de 1957, p. 7. ↑
