Isidro Hernández (a la derecha) junto a Ramón Grau San Martín. Bohemia, domingo 23 de marzo de 1947.

Isidro Hernández parecía salido de una novela gótica. Vivía rodeado de cadáveres y preparaciones anatómicas, enseñaba anatomía y había convertido su peculiar relación con los muertos en una historia capaz de despertar la curiosidad de cualquier periodista. Guillermo Gener Rodríguez lo retrató en un reportaje de Bohemia bajo un título que no necesitaba explicaciones: “El hombre que vive entre muertos”.

No era difícil entender por qué algunos lo llamaban el Frankenstein cubano. Como el científico de Mary Shelley, Hernández había hecho de los cuerpos sin vida su materia prima y su obsesión: los conseguía, los diseccionaba y los convertía en lecciones. La diferencia es que, en su caso, la criatura no era un monstruo de carne y huesos, sino la propia sombra de un hombre que vivía entre cadáveres.

Pero entre las historias macabras de aquel personaje se escondía otra, acaso más reveladora. Hernández aseguraba haber sido amigo de Ramón Grau San Martín y atribuía al expresidente una serie de consejos sobre el ejercicio del poder. De aquella conversación surgía un decálogo político que retrataba una concepción del gobierno basada en la ambigüedad, el cálculo y la habilidad para no enseñar nunca todas las cartas.

Algunos de los cráneos utilizados por Isidro Hernández en sus clases de anatomía. Bohemia, domingo 23 de marzo de 1947.

Un hombre entre los muertos

El reportaje presentaba a Hernández como una figura extravagante, casi novelesca. Según su propio relato, enseñaba a numerosos estudiantes en un espacio acondicionado con bancos escalonados y un taller de impresión. Aseguraba haber llegado a formar a 1900 alumnos y afirmaba que debía proporcionar quinientos cadáveres al año a la Escuela de Medicina.

Otra cosa eran los métodos que decía emplear para conseguir los cuerpos. Recurría a intermediarios en hospitales e incluso desviaba los telegramas enviados a los familiares para impedir que reclamaran los cadáveres a tiempo. Una vez vencida esa posibilidad, los cuerpos terminaban en las mesas de disección. El procedimiento, tal como lo describía Gener, tenía poco de edificante y bastante de novela macabra: detrás de las lecciones de anatomía asomaba una maquinaria que aprovechaba la desprotección de los muertos y la ausencia de sus allegados. El periodista recogió aquellos detalles sin disimular su crudeza, convirtiéndolos en parte esencial del retrato de un hombre que parecía vivir en otro mundo.

El personaje, sin embargo, no se agotaba en su relación con los cadáveres. Hernández tenía también una historia que contar sobre la política cubana y, en particular, sobre Ramón Grau San Martín.

Grupo de alumnos de Isidro Hernández, quien llegó a contar con más de 1.900 discípulos a lo largo de su trayectoria. Bohemia, domingo 23 de marzo de 1947.

El amigo del presidente

Hernández aseguraba haber sido amigo cercano de Grau durante los años de oposición a Batista y el exilio en Miami. Según contaba, aquella relación le permitió conocer de cerca las ideas del futuro presidente sobre el ejercicio del poder y las maniobras necesarias para conquistarlo.

Grau no era un personaje cualquiera. Médico y profesor universitario, ocupó la presidencia de Cuba en 1933 y nuevamente entre 1944 y 1948. Su oratoria, a menudo indirecta y enrevesada, le valió el apodo de “el Divino Galimatías”. Esa fama hace especialmente curiosa la colección de consejos que Hernández le atribuía: un repertorio de máximas en las que la palabra servía tanto para persuadir como para confundir, y donde la ambigüedad podía convertirse en herramienta de gobierno.

Según Hernández, la llegada de Grau al poder tuvo consecuencias incluso para su peculiar oficio. El nuevo presidente, que antes había tolerado sus actividades, terminó prohibiéndole el uso de cadáveres y obligándolo a recurrir a modelos anatómicos de plástico.

El decálogo de la simulación

Lo más llamativo del reportaje aparece cuando Hernández comienza a reproducir las máximas políticas que atribuía a Grau. No se trataba de un programa de gobierno ni de una declaración pública, sino de una colección de consejos privados que dibujaban una concepción del poder basada en el cálculo y la manipulación.

Uno de los primeros era también uno de los más cínicos:

“Es necesario ser práctico en la vida, Isidro. A todo lo que te pidan di que sí, pero no digas cuándo. Ofrecer no es dar”.

La fórmula resumía una forma de entender la promesa política como instrumento para ganar tiempo y conservar margen de maniobra. El compromiso quedaba reducido a una apariencia: bastaba con satisfacer momentáneamente al interlocutor sin asumir la obligación de cumplir.

Otro consejo recomendaba hablar en términos generales y evitar las referencias personales. Un tercero proponía prestar atención a las primeras palabras de quien acudía a una entrevista y distraerlo después para impedir que llegara al asunto que realmente le interesaba.

Había también una reflexión sobre la responsabilidad de hablar:

“Cuando uno habla debe tener cuidado de lo que dice, porque antes de hablar, uno es dueño de sí mismo, pero después el dueño es la palabra”.

Aislada, la frase podría pasar por una advertencia sensata. En el conjunto que Hernández atribuía a Grau, adquiría un matiz más calculador: la palabra era un instrumento que convenía administrar con astucia.

Otras máximas recomendaban ocultar las verdaderas intenciones, ofrecer versiones diferentes a distintas personas y permitir que los adversarios se destruyeran entre sí. La imagen más gráfica llegaba con una metáfora del juego político:

“En política hay que jugar siempre con las dos damas: las negras y las blancas, porque así nunca perderás”.

El consejo presentaba la ambigüedad como ventaja y la lealtad inequívoca como riesgo. No era necesario apostar por un solo bando mientras existiera la posibilidad de conservar abiertas ambas opciones.

Hernández atribuía a Grau, además, la idea de que el Partido Auténtico debía dividirse en facciones. En su relato, las divisiones internas no eran un accidente lamentable, sino un mecanismo que permitía al líder conservar el control.

Así iba tomando forma aquel peculiar decálogo: prometer sin comprometerse, hablar sin revelar demasiado, distraer al interlocutor, sembrar confusión y dejar que los adversarios hicieran el trabajo de destruirse unos a otros. Más que un manual de buen gobierno, parecía una guía para sobrevivir en las aguas turbulentas de la política.

Grau y el papa que fingió debilidad

Entre las anécdotas recogidas por Gener aparece una comparación histórica particularmente reveladora. Hernández aseguraba que Grau le había explicado la necesidad de aparentar debilidad para alcanzar el poder, y vinculaba esa estrategia con la historia del papa Sixto V.

Según la tradición biográfica, antes de su elección el pontífice habría cultivado una imagen de fragilidad que ocultaba su verdadera energía. Una vez elegido, gobernó con una determinación muy distinta de la que su apariencia previa podía hacer suponer.

En la versión de Hernández, Grau habría aplicado una lógica semejante: mostrarse débil, permitir que otros subestimaran sus capacidades y reservarse la posibilidad de actuar cuando las circunstancias fueran favorables.

La comparación encaja con el retrato de un político que prefería la maniobra a la confrontación directa. También ofrece una clave para interpretar el resto de las máximas: en ese universo, la debilidad podía ser una máscara, la palabra una trampa y la confusión una forma de dominio.

Anatomía de una leyenda política

El reportaje de Gener no solo descubría una faceta desconocida de Ramón Grau San Martín. Superponía dos anatomías: la del cuerpo humano, que Hernández descomponía en sus mesas de disección, y la del poder, que el mismo hombre pretendía haber aprendido de labios del presidente.

Uno diseccionaba cadáveres. El otro, según su testimonio, diseccionaba voluntades. Ambos operaban con la misma lógica: aprovechar lo que otros abandonaban, ocultar el procedimiento y convertir la apariencia en instrumento.

Al final, el hombre que vivía entre muertos no ofreció solo una curiosidad macabra. Dejó entrever que, en la política de la Cuba republicana, el verdadero oficio no consistía en revelar la verdad, sino en administrar con precisión la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Y que, a veces, quien mejor conoce esa distancia es quien pasa la vida rodeado de cuerpos que ya no pueden desmentirlo.

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