Ruinas del cuartel Ravena tras la explosión, ocurrida en Pinar del Río. Imagen publicada por la revista Bohemia en su edición del 19 de agosto de 1956.

A las tres y treinta y cinco de la tarde del 18 de mayo de 1910, la tierra tembló en Pinar del Río.

No fue un terremoto. No fue un bombardeo. Tampoco una rebelión. Durante unos instantes, sin embargo, miles de personas creyeron estar presenciando algo todavía más aterrador: el fin del mundo.

Dos explosiones estremecieron la ciudad con una violencia desconocida. Las casas vibraron sobre sus cimientos. Ventanas, puertas y techos saltaron despedazados. Una inmensa columna de humo se elevó sobre los tejados. Los gritos se multiplicaron por las calles.

—¡El cometa! ¡Ha sido el cometa!

Aquella exclamación, repetida una y otra vez por vecinos aterrorizados, resume mejor que cualquier cifra el clima emocional de aquella jornada.

Ese mismo día estaba previsto el máximo acercamiento del cometa Halley a la Tierra. Durante semanas habían circulado rumores apocalípticos por Cuba y por buena parte del mundo: gases venenosos, Juicio Final, posible extinción de la humanidad. La prensa había recogido historias de supersticiones, promesas religiosas, peregrinaciones y temores colectivos. Por eso, cuando el suelo se sacudió bajo los pies de los pinareños, muchos pensaron que la temida cola del cometa había alcanzado al fin el planeta.

La realidad era distinta.

Mucho más humana.

Y, por ello mismo, mucho más trágica.

 

Cinco mil libras de explosivo en el corazón de la ciudad

El origen de la catástrofe se hallaba en el cuartel de la Guardia Rural de Pinar del Río, conocido después como cuartel Ravena. El edificio albergaba dependencias militares, oficinas administrativas y varias instituciones públicas: la Jefatura Provincial y Comandancia de la Guardia Rural, la Capitanía del Escuadrón A, la Jefatura Provincial de Obras Públicas y la Junta Provincial de Agricultura.

Allí se había concentrado una enorme cantidad de dinamita. Según las fuentes de la época y los testimonios recogidos por el periodista Vicente Cubillas Jr., unas setenta y dos cajas contenían alrededor de cinco mil libras del explosivo, destinado originalmente a la construcción de carreteras en la provincia.

La decisión de almacenarlo en pleno centro urbano fue controvertida desde el primer momento. Según las versiones más difundidas, el ingeniero jefe provincial de Obras Públicas, Isidro Soler, había ordenado concentrar allí el material. El contexto político de aquellos años —las tensiones que desembocarían poco después en el levantamiento de los Independientes de Color, liderado por Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet— contribuyó a la medida. La dinamita debía ser retirada y enviada por ferrocarril al polvorín de San Antonio de los Baños. Precisamente ese traslado se realizaba la tarde del desastre.

Nadie imaginaba que aquella operación rutinaria terminaría convirtiéndose en una de las mayores tragedias de la historia republicana cubana.

 

Una tarde normal

A las tres y media de la tarde la ciudad parecía sumida en la tranquilidad habitual de la siesta. Los empleados trabajaban en las oficinas. Los soldados cumplían sus rutinas. Los vecinos descansaban en sus casas.

En los bajos del cuartel varios hombres participaban en la extracción y carga de las cajas de dinamita hacia carros tirados por mulos. Entre ellos se encontraban el guardalmacén Joaquín Trinchería y el carpintero Carlos Naya. En los pisos superiores continuaban trabajando empleados de Obras Públicas y otras dependencias estatales. Entre ellos estaba Nieves de la Fuente.

Aquella mañana su hermana Lucía le había aconsejado que no acudiera a la oficina: se sentía enferma. Nieves decidió ir de todos modos. Esperaba encontrarse con su novio, el cabo Arturo Leal, que viajaría desde Viñales para verla. Décadas después, Leal aún recordaba aquel día con dolor:

—Si yo no le hubiera dicho que me esperara, no habría muerto.

La frase, recogida por Cubillas, resume el drama íntimo que se esconde detrás de las grandes catástrofes.

 

La primera explosión

Lo que ocurrió exactamente sigue siendo motivo de debate. Las investigaciones y testimonios posteriores recogieron varias explicaciones.

Una de las versiones señala a Joaquín Trinchería: mientras supervisaba la carga de las cajas fumaba un cigarro. Alguien le advirtió del peligro. Trinchería arrojó el tabaco encendido y poco después se produjo la primera detonación. Otra versión atribuye el origen del desastre al carpintero Carlos Naya. Una caja presentaba tablas desprendidas y se le pidió que la reparara. Al golpear un clavo con el martillo se habría producido la explosión inicial. Existió incluso una tercera hipótesis, posteriormente descartada, que relacionaba el accidente con la planta de telegrafía sin hilos instalada en el cuartel.

La causa definitiva nunca quedó completamente establecida. Lo cierto es que una primera explosión sacudió el edificio. Y apenas unos segundos después llegó la segunda.

 

El infierno

La segunda detonación multiplicó el poder destructivo de la primera. Los testigos hablaron de una explosión colosal. Muros enteros desaparecieron. Techos y balcones fueron arrancados. Maderas, piedras, metales y fragmentos humanos volaron por los aires.

Uno de los testimonios más impresionantes es el de Aurora Sánchez. Ella y su hermana Eloísa vivían a poca distancia del cuartel. Cuando escucharon la primera explosión salieron al portal. Desde allí vieron una escena aterradora: el cabo Giraldino corría envuelto en llamas. Una densa nube de humo cubría la entrada del edificio.

Entonces ocurrió la segunda detonación.

Aurora sintió que una fuerza brutal le arrancaba la ropa y los zapatos. El portal comenzó a derrumbarse. Cuando logró orientarse descubrió que estaba gravemente herida. Su madre yacía inconsciente. Su hermana Eloísa había sufrido una lesión espantosa: un balaustre de bronce arrancado por la explosión le había cercenado por completo el brazo derecho. Horas después, su padrastro encontró el miembro amputado a más de una cuadra de distancia. La pieza metálica había atravesado el aire como un proyectil y terminó incrustada en una puerta de madera.

     Aurora y Eloísa Sánchez, sobrevivientes de la explosión del cuartel Ravena en Pinar del Río. Fotografías publicadas en la revista Bohemia, en su edición del 19 de agosto de 1956.

Aurora tampoco estaba mejor. Tenía cinco profundas heridas abdominales. Según recordaría décadas más tarde, parte de sus intestinos habían quedado expuestos. Fue llevada al hospital San Isidro, donde los médicos improvisaron intervenciones quirúrgicas en condiciones extremas. La operación que le salvó la vida se realizó en el patio del hospital. No había espacio suficiente. Los heridos y los muertos llenaban las salas.

 

Escenas dantescas

Los relatos de los supervivientes coinciden en describir un panorama apocalíptico. Aurora recordó durante toda su vida la visión de un hombre colocado en una camilla junto a ella: sin brazos, sin piernas, sin ojos, atravesado por una enorme astilla de madera. Otros cadáveres nunca pudieron ser identificados. Dos mujeres permanecieron anónimas para siempre. En algunos casos ni siquiera fue posible recuperar restos humanos. Según los testimonios recogidos por Cubillas, el propio Carlos Naya habría desaparecido por completo bajo la fuerza de la explosión.

Mientras tanto, cientos de vecinos corrían por las calles convencidos de que la Tierra estaba siendo alcanzada por la cola del cometa Halley. La ciudad entera parecía atrapada entre la realidad y la superstición.

 

Los que sobrevivieron por azar

Toda gran tragedia deja historias imposibles de olvidar. Algunas parecen sacadas de una novela.

Telesforo Canivell, considerado uno de los mejores barberos de Pinar del Río, tenía una cita aquella tarde con el capitán Alfredo Ravena, jefe del cuartel. Después del almuerzo comenzó a leer una novela amorosa en la azotea de su edificio. Se quedó dormido. Despertó con la explosión. Aquel sueño involuntario le salvó la vida. Nunca volvería a ver al capitán Ravena.

Capitán Alfredo Ravena, jefe del cuartel Ravena, fallecido durante la explosión de la instalación en Pinar del Río. Fotografía publicada en la revista Bohemia el 21 de mayo de 1910.

Otros se salvaron porque habían salido del edificio minutos antes. Algunos porque corrieron en dirección contraria a la onda expansiva. Dos soldados hermanos sobrevivieron porque habían partido hacia La Habana trasladando a un preso. El jefe de despacho de Obras Públicas se había ausentado poco antes. La línea que separó a los vivos de los muertos fue, en numerosos casos, cuestión de minutos.

 

La movilización de la ciudad

En medio del caos comenzaron los esfuerzos de rescate. Profesores y alumnos del colegio Raja Yoga colaboraron en el auxilio a los heridos. La Casa de Socorros quedó rápidamente desbordada. El hospital San Isidro se convirtió en el centro principal de atención. Las autoridades provinciales y los vecinos participaron en la remoción de escombros.

Desde La Habana salió un tren especial de auxilio. En él viajaban funcionarios gubernamentales, médicos, enfermeras y personal sanitario. Durante la noche del 18 de mayo y la jornada siguiente se realizaron intervenciones quirúrgicas continuas. Con recursos limitados, los médicos intentaron salvar el mayor número posible de vidas.

 

¿Cuántos murieron?

Las cifras han variado según las fuentes. El reportaje de Vicente Cubillas Jr., publicado por Bohemia en 1956, habla de cincuenta y dos muertos y alrededor de doscientos heridos. Otras investigaciones posteriores han manejado cifras superiores. Lo que no admite discusión es que la explosión constituyó una de las mayores catástrofes ocurridas en Cuba durante la etapa republicana. El impacto humano fue devastador.

 

La indignación

Superado el terror inicial surgió otra emoción: la indignación. ¿Cómo había sido posible almacenar miles de libras de dinamita en pleno centro urbano? ¿Quién había tomado esa decisión? ¿Quién debía responder por los muertos y los heridos?

Las críticas se dirigieron principalmente contra el ingeniero Isidro Soler. También surgieron acusaciones contra diversos funcionarios. La prensa abordó el tema con intensidad y se produjeron controversias políticas. Décadas después todavía persistían dudas y reproches. La tragedia había dejado demasiadas preguntas sin respuesta.

 

El llanto del obispo

Entre las imágenes más conmovedoras del desastre destaca la presencia de monseñor Manuel Ruiz Rodríguez. Al recorrer el hospital San Isidro y contemplar el sufrimiento de los heridos, el obispo de Pinar del Río rompió a llorar. Más tarde donó mil pesos para ayudar a las familias afectadas. Años después evocaría aquella jornada con palabras que aún conservan fuerza:

“Un nubarrón espeso y negro se puso entre el cielo y la ciudad; formidables estallidos rompieron el silencio del espacio…”

No fue el único gesto solidario. El Congreso aprobó un crédito de cien mil pesos para la reconstrucción y el socorro de los damnificados. La primera dama, América Arias, contribuyó a una colecta pública destinada a las víctimas. La tragedia despertó una ola de solidaridad que recorrió el país.

 

Las heridas invisibles

No todos los muertos fallecieron el 18 de mayo. Algunos siguieron muriendo durante años. Andrea Gomis, hija del médico Eduardo Gomis y empleada de Obras Públicas, perdió la vida en la explosión. Su padre nunca logró recuperarse emocionalmente. Exactamente un año después del desastre se suicidó.

La tragedia continuó proyectando sombras mucho tiempo después de apagado el humo. Aurora Sánchez sobrevivió. Eloísa también. Esta última llegó a casarse con Joaquín Martínez Navarro, otro superviviente del desastre. Pero ninguno de ellos olvidó jamás aquella tarde.

 

La memoria de una ciudad

Han transcurrido más de cien años desde la explosión. El viejo cuartel desapareció. En su lugar surgieron posteriormente instalaciones escolares. Un sencillo obelisco recuerda a las víctimas. Pero la verdadera memoria sobrevivió sobre todo en los relatos transmitidos por generaciones de pinareños, en las historias familiares repetidas una y otra vez, y en las cicatrices invisibles que dejaron aquellos minutos de horror.

Mientras investigaba este episodio, me sorprendió descubrir hasta qué punto la tragedia de 1910 sigue resultando familiar para un cubano del siglo XXI. Cambian los escenarios, cambian las tecnologías y cambian los gobiernos, pero ciertas imágenes parecen repetirse obstinadamente en nuestra historia: la explosión repentina, la nube que oscurece el cielo, los rumores que corren más rápido que la información, los hospitales desbordados, los voluntarios que acuden a ayudar y un país entero pendiente de las noticias.

Por eso resulta difícil leer sobre el desastre del cuartel Ravena sin recordar otras catástrofes que marcaron a generaciones más recientes de cubanos, como la explosión del hotel Saratoga en La Habana o el incendio de la Base de Supertanqueros de Matanzas. En todos los casos hubo diferencias enormes de contexto, de causas y de magnitud, pero también una constante humana: el desconcierto inicial, el dolor de las víctimas y la solidaridad espontánea de quienes acudieron a socorrer a sus semejantes.

Quizá esa sea la principal enseñanza que nos lega la explosión del 18 de mayo de 1910. Las grandes tragedias rara vez aparecen de la nada. Con frecuencia son el resultado de decisiones acumuladas, riesgos subestimados, medidas insuficientes o advertencias que nadie consideró urgentes hasta que ya era demasiado tarde.

Aquel día, mientras buena parte del mundo observaba con temor el paso del cometa Halley, los habitantes de Pinar del Río creyeron durante unos instantes que el fin había llegado desde el cielo. Sin embargo, el peligro no venía del espacio ni de la cola de un cometa. Venía de un depósito de dinamita colocado en el corazón de una ciudad.

Y tal vez por eso la historia merece ser recordada. Porque más allá de la espectacularidad del desastre, nos recuerda una verdad sencilla y persistente: los mayores peligros para una sociedad suelen surgir cuando el error humano, la imprudencia o la negligencia consiguen hacer más daño que cualquier fuerza de la naturaleza.

 

Fuentes consultadas

Cubillas Jr., Vicente. “Grandes catástrofes nacionales: La explosión del cuartel de Pinar del Río”. Bohemia, 19 de agosto de 1956.

León, Waldemar. “El día que el cometa ‘Halley’ iba a chocar con la Tierra”. Bohemia, 10 de febrero de 1967.

“El trágico viernes 4”. Bohemia, sección “En Cuba”, 13 de marzo de 1960.

Bohemia. Sección “Actualidades”, 21 de mayo de 1910.

“Explosión del cuartel Ravena”. EcuRed. https://www.ecured.cu/Explosi%C3%B3n_del_cuartel_Ravena.

Guilarte, Igor. “Cuando el cometa Halley puso a correr a los cubanos”. OnCubaNews, 2 de agosto de 2025.

“Pánico, explosiones y superstición: así se vivió el cometa Halley en Cuba”. DimeCuba, 29 de agosto de 2025.

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