
En la Cuba de los años cuarenta, hablar del progreso de la población negra equivalía a abrir una discusión que desbordaba las cifras. Para unos, el acceso creciente a la educación, las profesiones y la vida pública demostraba que el país avanzaba hacia una sociedad más integrada. Para otros, aquellas conquistas no lograban ocultar la precariedad de buena parte de los trabajadores negros ni las barreras que aún encontraban en el comercio, las empresas privadas y ciertos espacios sociales. La pregunta no era sencilla: ¿progresaba la persona de color o permanecía al margen de las transformaciones de la República?
El 23 de marzo de 1947, el periodista y economista Alberto Arredondo llevó aquella interrogante a las páginas de Bohemia. Su reportaje, titulado “¿Progresa o se estanca el cubano negro? Un reportaje estadístico”, examinaba la evolución de la población negra a partir de los censos levantados entre 1899 y 1943. Las cifras que reunió mostraban un crecimiento notable de su presencia en diversas profesiones y ocupaciones. Arredondo encontraba en ellas señales de una transformación que merecía ser reconocida. Sus conclusiones, sin embargo, no tardarían en suscitar objeciones.
Los números del ascenso
Arredondo no partía de una impresión personal. Su argumento se apoyaba en la comparación de los censos de población realizados desde el final de la guerra de independencia hasta 1943. Ese recorrido permitía observar cambios significativos en la composición ocupacional del país y, en particular, en la presencia de personas de color en actividades que durante la etapa colonial habían estado prácticamente fuera de su alcance.
Uno de los ejemplos más elocuentes era el de las profesiones liberales. Según las cifras presentadas, los abogados negros habían pasado de apenas tres en 1899 a 561 en 1943; los médicos, de diez a 244; los periodistas, de diecisiete a 235. También destacaba el aumento de la presencia negra en oficios como la electricidad y la albañilería, así como en el ámbito artístico y musical.
No eran datos menores. Detrás de ellos se advertía una transformación histórica: hombres y mujeres descendientes de antiguos esclavizados habían conseguido abrirse paso en la educación, el trabajo cualificado y la vida profesional. La abolición de la esclavitud no había producido por sí sola la igualdad, pero las décadas posteriores habían visto surgir nuevas oportunidades y una generación de cubanos negros que ocupaba espacios antes restringidos.
Una cifra puede ser exacta y, aun así, no contar toda la historia. El número de profesionales negros había aumentado, pero también lo había hecho, y de forma considerable, la población cubana: entre 1899 y 1943 el país pasó de aproximadamente 1,57 millones a 4,78 millones de habitantes. El crecimiento absoluto no bastaba, por tanto, para medir cuánto había mejorado la posición relativa de la población negra.
Había, además, un problema metodológico. Los censos no conservaron siempre las mismas categorías raciales y ocupacionales. El de 1943, en particular, introdujo una clasificación más amplia y diferenciada que la de los primeros empadronamientos. Comparar determinadas profesiones de un censo con las de otro exigía, por consiguiente, ciertas precauciones. Las cifras de Arredondo permiten identificar tendencias, pero no todas sus comparaciones pueden tratarse como una serie estadística perfectamente homogénea.
Eso no invalida su observación principal: la presencia negra en determinadas profesiones había aumentado. La pregunta que se impone es si ese ascenso representaba una transformación general de las condiciones de vida o, sobre todo, el avance de sectores relativamente reducidos.
El progreso bajo sospecha
La discusión adquirió otra dimensión cuando Ángel C. Pinto examinó las conclusiones de Arredondo desde las páginas de Nuevos Rumbos. Su réplica cuestionaba el optimismo del reportaje y proponía mirar más allá de los títulos profesionales y de las ocupaciones registradas en los censos.
Pinto introducía una cuestión decisiva: la estabilidad del empleo. No era lo mismo tener una ocupación que disponer de un trabajo permanente, con ingresos regulares y condiciones que permitieran organizar la vida familiar. Un trabajador podía figurar en una categoría ocupacional y, sin embargo, pasar largos períodos sin empleo o depender de actividades estacionales.
Para ilustrar su argumento, ofrecía una comparación contundente: afirmaba que en 1873 el 80 % de la población negra libre gozaba de ocupación estable, mientras que en 1947 esa proporción se había invertido y apenas el 20 % disfrutaba de un empleo fijo. La cifra merece atención, pero también una revisión rigurosa. Es necesario conocer de dónde procedía el dato colonial, cómo se definía entonces la ocupación estable y mediante qué procedimiento se había calculado la proporción correspondiente a 1947.
No sería correcto aceptar esa estadística como demostración definitiva sin conocer su metodología. Tampoco conviene perder de vista la pregunta que planteaba. Arredondo hablaba del crecimiento de profesionales y trabajadores cualificados; Pinto señalaba la inseguridad económica de amplios sectores. Ambos podían estar observando realidades distintas de una misma sociedad.
Una minoría podía ascender mientras una parte considerable de la población continuaba expuesta a la precariedad. El progreso de unos no garantizaba automáticamente el bienestar de todos.
La igualdad escrita y la desigualdad cotidiana
La controversia se desarrollaba en un país que había dado un paso importante en el reconocimiento jurídico de la igualdad. La Constitución de 1940 estableció en su artículo 20 que todos los cubanos eran iguales ante la ley y declaró ilegal y punible la discriminación por motivos de sexo, raza, color o clase. El artículo 62 dispuso que, a trabajo igual, en idénticas condiciones, correspondía siempre igual salario. Y el artículo 74 ordenó al Ministerio del Trabajo vigilar que la distribución de oportunidades laborales en la industria y el comercio no estuviera marcada por prácticas discriminatorias.
La distancia entre esos principios y su cumplimiento era, sin embargo, uno de los grandes problemas de la sociedad republicana. Las denuncias de la época señalaban obstáculos para acceder a empleos en establecimientos comerciales, bancos, oficinas y empresas privadas. Persistían, además, restricciones en determinados clubes, hoteles, restaurantes y espacios recreativos.
La discriminación no siempre necesitaba presentarse mediante una prohibición escrita. Podía expresarse en una contratación que nunca llegaba, una solicitud rechazada, una puerta cerrada o una práctica de admisión que convertía el color de la piel en un criterio tácito de exclusión.
La Constitución había reconocido derechos importantes, pero la transformación de las relaciones sociales no podía producirse únicamente mediante su promulgación. La igualdad jurídica y la igualdad efectiva eran dos tareas relacionadas, pero distintas.
La Ley del 50 %, aprobada en 1933, también había influido en este escenario. Al establecer una proporción mínima de trabajadores cubanos en las empresas, modificó las condiciones de contratación y abrió oportunidades para determinados trabajadores nacionales, incluidos los negros. Sus efectos, no obstante, no deben confundirse con una política específicamente antirracista: respondían también a una orientación nacionalista y a los conflictos laborales y migratorios de la época. Que un trabajador negro cubano pudiera beneficiarse de aquella legislación no significaba que hubieran desaparecido las barreras raciales en los puestos directivos o mejor remunerados.
Una disputa que también era política
La cuestión racial no se discutía solamente en términos estadísticos o constitucionales. Era también un terreno de competencia política.
En mayo de 1948, Severo Aguirre publicó en el periódico Hoy un artículo titulado “El P.R.C. no defiende a los negros”. Su crítica se dirigía al Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) y a las afirmaciones de sus propagandistas sobre los avances alcanzados por la población negra bajo sus gobiernos.
Aguirre denunciaba que los partidos tradicionales recurrían al electorado negro durante las campañas, pero no garantizaban una apertura suficiente de los empleos y las oportunidades económicas. Su texto enumeraba ámbitos en los que, según él, persistía la exclusión y terminaba atribuyendo al Partido Socialista Popular la autoridad moral para defender los derechos de los negros.
El contexto electoral obliga a leerlo con cuidado. Se trataba de una intervención partidista, no de una investigación independiente. Su carácter propagandístico, sin embargo, no convierte automáticamente en falsas todas las denuncias que contenía. Lo razonable es separar las acusaciones concretas de la conclusión política que Aguirre pretendía imponer.
La polémica revela, en cualquier caso, que la población negra no era únicamente objeto de estadísticas o destinataria de promesas electorales. Su situación constituía un asunto central en la discusión sobre la democracia cubana, la justicia social y el alcance de la ciudadanía.
La barquilla de la Caridad
En junio y julio de 1948, Jorge Mañach intervino también en el debate desde Bohemia. Su reflexión reconocía la existencia de discriminación racial y la responsabilidad histórica del blanco en la formación de los prejuicios que afectaban a la población negra. No consideraba que el problema pudiera resolverse negándolo ni ignorando sus raíces esclavistas.
Su propuesta, no obstante, tenía limitaciones. Mañach confiaba en que la educación, la convivencia y el mestizaje conducirían gradualmente a una sociedad menos discriminatoria. Desconfiaba de las campañas antirracistas y de las medidas coercitivas, a las que atribuía el riesgo de profundizar las divisiones. Al mismo tiempo, formulaba generalizaciones muy severas sobre determinados comportamientos de la población negra, sin aportar pruebas suficientes para sostenerlas.
Su posición resulta reveladora precisamente por sus contradicciones. Reconocía que la discriminación blanca podía cerrar oportunidades y perpetuar la desigualdad, pero depositaba buena parte de la solución en el esfuerzo de superación de los propios negros y en una transformación gradual de las costumbres.
Al final de su reflexión recurrió a una imagen religiosa y nacional: la barquilla de la Virgen de la Caridad del Cobre. En ella, recordaba, había dos blancos y un negro que rezaba. O remaban juntos, al unísono, o todos se hundían.
La metáfora expresaba una aspiración de convivencia que formaba parte del ideal de nación cubana. Pero dejaba abierta una pregunta incómoda: ¿bastaba con pedir que todos remaran juntos si las condiciones de partida y las oportunidades no eran iguales?
Una respuesta sin cifras definitivas
La pregunta de Alberto Arredondo no admite una respuesta sencilla. Sería injusto afirmar que el negro cubano permaneció estancado durante toda la República. El crecimiento de la presencia negra en determinadas profesiones, el acceso a la educación y la participación en la vida pública fueron avances reales que merecen reconocerse. También sería equivocado convertir esos progresos en prueba de que la discriminación había sido superada.
La controversia de aquellos años muestra una sociedad en transformación, pero atravesada por desigualdades persistentes. Había quienes podían exhibir títulos, cargos y profesiones que unas décadas antes resultaban mucho menos accesibles; y había quienes seguían enfrentándose a la inestabilidad laboral, la exclusión y los prejuicios cotidianos. La experiencia de unos no resumía necesariamente la de todos.
Quizás el problema de fondo no estuviera en decidir cuál de los contendientes tenía toda la razón, sino en comprender que estaban midiendo dimensiones diferentes de una misma realidad. El crecimiento profesional no equivalía a la igualdad económica; la igualdad constitucional no garantizaba por sí sola la integración social; y la denuncia de la discriminación tampoco quedaba demostrada por cualquier cifra utilizada en una polémica política.
En 1947, preguntarse si progresaba el negro cubano era preguntarse también qué clase de República se había construido y cuánto faltaba para que sus principios de igualdad se convirtieran en experiencia cotidiana. Las estadísticas ofrecían una parte de la respuesta. Las controversias de la época mostraban todo lo que todavía quedaba por discutir. Al releer hoy aquellas páginas, no puedo dejar de sentir que la pregunta sigue abierta: no solo como recuerdo histórico, sino como invitación a mirar con honestidad las distancias que aún separan el derecho escrito de la vida vivida.
Fuentes consultadas
Aguirre, Severo. “El P.R.C. no defiende a los negros”. Hoy, 5 de mayo de 1948, 2.
Arredondo Gutiérrez, Alberto. “¿Progresa o se estanca el cubano negro? Un reportaje estadístico”. Bohemia 39, n.º 12 (23 de marzo de 1947): 10.
Mañach, Jorge. “Sobre la discriminación racial”. Bohemia 40, n.º 26 (27 de junio de 1948): 25, 72–73.
Mañach, Jorge. “La barquilla de la Caridad del Cobre (II)”. Bohemia 40, n.º 27 (4 de julio de 1948): 24, 95–96.
Pinto, Ángel C. “¿Progresa o se estanca el negro?”. Nuevos Rumbos 2, n.º 3 (marzo-abril de 1947): 5, 25.
