
Que un burro muera no suele detener los titulares; que su muerte conmueva a una ciudad entera, provoque homenajes y ocupe espacio en la prensa nacional e internacional es otra cosa. Eso ocurrió en Santa Clara en febrero de 1947. El protagonista tenía nombre propio, una larga historia de amistad con los vecinos y cuatro patas en lugar de credenciales: se llamaba Perico.
El domingo 23 de marzo de aquel año, la revista Bohemia publicó la crónica de Luis Felipe Rodríguez titulada “Murió el burro Perico”. El periodista, figura destacada del criollismo cubano, no la presentó como simple curiosidad zoológica. Su relato daba cuenta de una pérdida que movilizó a toda una comunidad y que, por su eco, terminó trascendiendo los límites de la antigua provincia de Las Villas.
Un vecino de cuatro patas
La historia arrancaba con una paradoja: Perico no era ciudadano, pero Santa Clara lo había adoptado como uno de los suyos. Carecía de partida de bautismo y no podía reclamar el título de pilongo por los cauces habituales, pero pocos discutían su condición de villareño. La ciudad lo había incorporado a su paisaje cotidiano hasta convertirlo en presencia familiar, querida por niños y adultos, conocida por vecinos de distintas clases.
Según las reconstrucciones locales, nació hacia 1914 en la finca Los Pacheco, en las inmediaciones de Cerro Calvo. Durante la segunda mitad de la década de 1920 pasó a manos de Bienvenido Pérez Lea, quien se dedicaba a recoger botellas y vender granizados. Al principio el animal tiraba de un carrito; con el tiempo adquirió una independencia poco común para un burro de su época.
Perico conocía las calles, las rutinas y las costumbres de Santa Clara. Circulaba con una familiaridad que parecía otorgarle derechos de vecindad. Visitaba casas conocidas, se acercaba a las puertas y reclamaba atención con rebuznos o golpes de cascos. No buscaba grandes banquetes: le bastaban un pedazo de pan, alguna fruta, un dulce o un poco de agua. La gente terminó por reconocer sus visitas y, en no pocas ocasiones, esperaba su llegada con afecto.
En su crónica, Rodríguez describió con humor una de aquellas escenas. Durante una visita al doctor Urbano Tristá, el médico intentaba hacerse el desentendido ante la insistencia del animal. Perico no se marchaba sin recibir algo. Continuó su serenata hasta que Tristá lo atendió y lo presentó al periodista como “otro viejo bohemio”, reconociendo en aquel visitante de cuatro patas a un compañero de hábitos y vocación callejera.
La popularidad de Perico no se limitaba a sus recorridos cotidianos. Las reconstrucciones también lo sitúan al frente de desfiles carnavalescos, tirando de una carroza decorada que habría obtenido un primer premio. El burro había dejado de ser sólo animal de trabajo: se había convertido en personaje público, parte de la memoria compartida de la ciudad.
La muerte que detuvo a una ciudad
El afecto de los santaclareños se pondría a prueba la noche del 26 de febrero de 1947, cuando Perico falleció en el establo de la botellería de la calle San Cristóbal, entre Unión y Maceo, establecimiento de Bienvenido Pérez y su esposa Cándida Victoria Caso. Un vigilante encontró el cuerpo. Según la crónica de Bohemia, la autopsia determinó un “síncope cardíaco”.
La noticia se propagó con rapidez. Al amanecer, Santa Clara supo que había perdido a uno de sus personajes más reconocibles. Entonces ocurrió lo que convierte esta historia en memoria viva: la reacción colectiva desbordó cualquier proporción esperable para la muerte de un animal.
La prensa habanera se hizo eco. Periódicos y revistas como Diario de la Marina, El Mundo, Prensa Libre y Bohemia dedicaron un espacio a Perico. La noticia llegó a lectores de otras provincias y convirtió el duelo santaclareño en curiosidad nacional. Se habla también de obituarios impresos y de telegramas enviados por personas que vivían fuera de la ciudad, pero que habían conocido al burro u oído hablar de él.
La repercusión habría cruzado incluso las fronteras cubanas. Se conservan referencias en publicaciones estadounidenses como The New York Times, Life y The Evening Post. La muerte del burro alcanzó una difusión insólita: de las calles de Santa Clara a las páginas de medios extranjeros. La anécdota parece salida de una fábula, pero la prensa de la época contribuyó a convertirla en noticia.
Honores de ciudadano
En Santa Clara el duelo tuvo manifestaciones concretas. Los relatos locales recuerdan flores depositadas por niños y vecinos, así como la suspensión de clases y actividades escolares. Se atribuye al doctor Pedro Monteagudo, junto con alumnos del Instituto de Segunda Enseñanza y de otros centros, un papel destacado en aquellas iniciativas. La imagen de los escolares abandonando las aulas para despedir a un burro resulta, todavía hoy, difícil de olvidar.
Hubo también homenajes de instituciones y figuras públicas. La crónica de Rodríguez menciona las ofrendas florales de los clubes Leones y Rotarios, así como la intervención del senador Fileno de Cárdenas, quien viajó desde La Habana. Otras versiones describen una corona de rosas rojas en forma de herradura, atribuida a los rotarios. El episodio mezclaba cariño popular, solemnidad de actos públicos y una inevitable nota de comicidad.
A Perico se le despidió con honores que habrían resultado extraordinarios incluso para muchas personas. La frase que se atribuye a Cárdenas resume la singularidad del acontecimiento: “Perico, el burro Perico que en vida fue la alegría de los niños y de toda Santa Clara, ha muerto. La noticia ha dejado consternada a toda una ciudad que hoy le rinde tributo”. En el mismo discurso se le habría presentado como ejemplo para quienes sí podían reclamar la condición de humanos.
Otra frase, atribuida al periodista Ismael Rosell, condensaba la popularidad del animal y la ironía cubana: “Al burro Perico la policía lo defiende, los muchachos lo respetan, los hombres lo admiran, los políticos lo imitan y las mujeres pilongas le dan de comer”.
Ser pilongo era, en el habla tradicional de Santa Clara, una condición vinculada al bautismo en la pila de la Parroquial Mayor. La historia de Perico quedó asociada a esa identidad local hasta el punto de que algunas versiones sostienen que recibió simbólicamente tal reconocimiento. No importaba que el animal no pudiera acreditar el requisito religioso: a esas alturas, su pertenencia a la ciudad dependía menos de los registros parroquiales que del cariño de sus habitantes.
Lo que permanece claro es la extraña dimensión humana que alcanzó aquel burro. Perico no fue héroe militar, político ni artista. No escribió libros ni pronunció discursos. Su mérito consistió en recorrer una ciudad, reconocer sus casas y dejarse reconocer por sus habitantes. Supo ganarse el pan sin perder la simpatía de quienes se lo daban. Su celebridad no nació de una hazaña extraordinaria, sino de una familiaridad acumulada durante años, hasta que su ausencia hizo visible cuánto había llegado a significar.
Quizá por eso Luis Felipe Rodríguez pudo escribir sobre él con una mezcla de ternura, humor y melancolía. La muerte de Perico obligaba a preguntarse por qué una comunidad podía llorar a un animal con una intensidad reservada, por lo común, a las personas. La respuesta no necesita demasiada solemnidad: a veces quienes forman parte de nuestra vida cotidiana terminan perteneciendo también a nuestra memoria colectiva, aunque no aparezcan en los censos ni tengan voz en las asambleas.
Epílogo: saber cuándo rebuznar
Perico poseía, al parecer, ciertas habilidades sociales que no se aprenden en ninguna escuela diplomática. Sabía a qué puerta acercarse, cómo hacerse escuchar sin enemistarse con todo el vecindario y cuándo convenía guardar silencio. Gracias a ese talento conseguía pan, agua y afecto; y cuando se marchó, dejó detrás una ciudad dispuesta a rendirle honores.
No todos los burros que hoy frecuentan las grandes asambleas internacionales parecen haber heredado semejante prudencia. Perico, al menos, entendía que hacerse oír no consiste necesariamente en rebuznar más alto que los demás. A veces el verdadero arte está en saber cuándo hablar, cuándo callar y cómo conseguir que, al final, alguien quiera invitarnos a comer.
Fuentes consultadas
Rodríguez, Luis Felipe. “Murió el burro Perico”. Bohemia, año 39, núm. 12, 23 de marzo de 1947.
Carrio, Orlando. “Perico: el burrito pilongo”. OnCubaNews, 2 de junio de 2019. Consultar artículo en OnCuba News.
CiberCuba. “La historia del burro Perico de Santa Clara”. 24 de mayo de 2007.
Rodríguez Fuentes, Laura. “Tres historias singulares de Santa Clara, el día de su 336 aniversario”. CubaNet.
