Esto es lo que va quedando de El Mundo, la glamorosa peleteria de las damas cubanas. Foto: Juan Pablo Estrada.

A finales de los años 80, en los concentrados militares donde acribillábamos el tiempo a salva limpia, muchas veces coincidí con un señor de unos sesenta años que, si mal no recuerdo, se llamaba Julio. El viejo era un jaranero de armas tomar, y una de sus expresiones más socorridas era: “Esto no hay zuela que lo aguante”. Decir algo así, jadeando, con sendos discos de sudor en los sobacos, mientras corría con un ridículo AKM de calamina entre los brazos, tenía todas las implicaciones sociopolíticas que se le hubiesen querido adjudicar. Pero, aunque siempre bromeaba a costa de cualquier cosa, su leitmotiv con el calzado tenía que ver con los años consagrados durante su juventud a la manufactura de zapatos Amadeo, una de las joyas de la industria ligera cubana de todos los tiempos.

Pavimento de Nuevo Mundo, la gran peleteria que ofertara zapatos para toda la familia. Foto: Juan Pablo Estrada.

Algunas pesquisas en las páginas digitales Cubamemorias, del 29 de noviembre de 2025, y CubaNet, con fecha del 9 de marzo del año en curso, corroboran que fue el español Amadeo Villa quien fundó, en 1903, una modesta fábrica de zapatos con sala anexa para la venta, a la que llamó Casa Amadeo. Se encontraba en Belascoaín número 107 —actualmente 553—, y a sus talleres se accedía por la calle Chávez, al otro lado de la manzana. En los años 20 la empresa se trasladó para el Cerro, a la calle Patria, donde se fundó la Compañía de Calzado La América, segunda en Cuba dentro del rubro en volumen productivo, y que posteriormente sería vendida a Pedro González Fernández. Su nuevo propietario mantuvo toda la nomenclatura original, empleándose, además, en el suministro de insumos a otras empresas y miembros del gremio. Tal expendio se debió a la exclusiva representatividad y comercialización en la isla de accesorios importados, como las máquinas Champion, las herraduras y tacones de goma Blackey, y cordones elastizados marca Safa. Como parte de su calibre productivo, en 1935 fue aprobada la solicitud de ingreso de la Casa Amadeo a la Asociación Nacional de Industriales de Cuba. Con posterioridad, su auge volvió a requerir de ampliación, al mudarse para Mariano número 460, entre La Rosa y Lombillo, también en el Cerro, relativamente cerca de su anterior sede.

La otrora peleteria La Americana, apenas se vislumbra entre la miseria de la isla. Foto: Juan Pablo Estrada.

Aunque Amadeo fue el más célebre exponente de calzado cubano, no llegó a conseguir la producción de su homólogo Ingelmo, cuya factoría se localizaba en las inmediaciones del estadio Latinoamericano. Su propietario fue también un español, Cristóbal Ingelmo García, que, hacia 1940, llegó a contar con una reputada peletería en Consulado esquina a San Rafael, para las ventas exclusivas de sus producciones. Y como el monopolio del gran calzado nacional estuvo prácticamente en poder de migrantes hispánicos, la marca Bulnes, más pequeña pero igualmente notoria, fue propiedad de Benigno Herrera Bulnes, y su fábrica se encontraba en la calle Patria, esquina a Calzada del Cerro. En el aludido artículo de CubaNet —“La Cuba que fue: cuando tuvimos uno de los mejores calzados del continente”—, de Jorge Luis González Suárez, los argumentos apuntan al progresivo quiebre de este lucrativo sector en la isla luego de 1959.

Aunque Inclán era una cadena de tiendas por departamentos, la venta de zapatos fue una de sus especialidades. Actualmente es uno de los pocos comercios antiguos que subsisten en la capital. Foto: Juan Pablo Estrada.

Sarcasmo incluido, cuando las horas del mundo y lo que en él se utilizaba duraban considerablemente más de una semana, un par de zapatos podía acompañar a cualquier mortal durante casi toda su vida de adulto, y así y todo quedar en heredad para que algún otro lo usara. En Cuba, esta norma tenía garantías avaladas por Amadeo, que, ya visto, fue uno de los sellos de producción más célebres de Cuba y la región, seguido de los ya mentados Ingelmo y Bulnes, capaces de competir en el mercado nacional con reconocidas marcas foráneas, como la estadounidense Florsheim. No obstante, para no carecer de opciones, en La Habana y otras ciudades del país existían más de 185 fábricas de zapatos, cuyas producciones eran comercializadas en las peleterías nacionales. Existiendo en Cuba una amplísima red de estas tiendas especializadas —en el pasado, quiero decir—, me apliqué a la búsqueda sobre algunas de ellas. En el sitio digital Cubamemorias, del 17 de octubre de 2025, figura que El Mundo fue una gran peletería habanera destinada a las damas, que contó con una sucursal para calzado y artículos masculinos llamada El Globo; así como una tercera, para toda la familia, que se identificaba como Nuevo Mundo. Articulando un espectro comercial asombrosamente mayor y diverso en todo el país, estos almacenes pertenecían a la exclusiva firma J. Pérez y Cía., de los que hoy apenas quedan rastros en el pavimento citadino.

Un vago rastro del pasado se esconde en esta mirada desde el interior de los almacenes Inclán, frente al parque de El Curita. Foto: Juan Pablo Estrada.

En su artículo para CubaNet, González Suárez apunta que una estadística de 1954, indica que ese año Cuba produjo quince millones de pares de zapatos, lo que descansadamente equivalía a una vez más la población de la isla en aquel entonces, beneficiando con creces las exportaciones del sector. Lo que antes de 1959 fue una industria con garantías de abastecimiento, rentabilidad y durabilidad, luego no alcanzó ni para cubrir lo básico. A partir de los años 60, mientras existió subvención socialista, alguna cosa se hizo para proveer el mercado nacional, entregado en lo fundamental a las producciones de botas para la agricultura y la defensa. Luego del desmoronamiento del CAME, la industria dio muchos tumbos, con esporádicas producciones y muchas importaciones. En la actualidad, la mayoría de los nacionales calzamos zapatos importados de mediana a mala calidad, confeccionados con materiales sintéticos elaborados en China u otros mercados periféricos.

 

 

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