Ilustración creada con inteligencia artificial (ChatGpt).

 

La tarde del 23 de junio de 1934 parecía concluir sin sobresaltos para los integrantes de La Hora Auténtica, el programa político que transmitía la emisora CMQ desde El Vedado habanero. Habían terminado su intervención frente al micrófono y abandonaban la estación cuando varios hombres armados les cerraron el paso.

No eran policías.

No presentaron órdenes judiciales.

No explicaron sus motivos.

Simplemente los obligaron a subir a un automóvil bajo la amenaza de ametralladoras.

Horas después, golpeados, humillados y abandonados en un paraje apartado, los periodistas Luis García Quibus, Lorenzo Balbí y Víctor Manuel García regresaban a La Habana con una historia difícil de creer. Según denunciaron ante las autoridades y relataron a la prensa, uno de ellos había sido obligado a ingerir grandes cantidades de aceite de ricino mientras le apuntaban con un arma.

Al día siguiente, El Crisol resumía el episodio en un titular tan extravagante como inquietante: “Obligaron a ingerir aceite de ricino, en grandes dosis, a los de La Hora Auténtica”.

Noventa años después, el hecho conserva intacta su capacidad de sorprender. Sin embargo, aquella historia resulta mucho más reveladora cuando se sitúa dentro del clima político que vivía Cuba en 1934: un país donde las emisoras eran clausuradas, los periodistas terminaban en los tribunales y las disputas ideológicas podían resolverse a culatazos.

Una república en estado de agitación

El año 1934 fue uno de los más convulsos de la historia republicana. Menos de un año antes había caído Gerardo Machado. El gobierno de los Cien Días había sido derribado. Carlos Mendieta ocupaba la presidencia y Fulgencio Batista emergía como figura dominante dentro de las Fuerzas Armadas. Ninguna fuerza política parecía capaz de imponer una estabilidad duradera.

La revolución de septiembre de 1933 había destruido el viejo orden, pero todavía no había construido uno nuevo. Las calles eran escenario frecuente de atentados, manifestaciones, enfrentamientos armados y ajustes de cuentas. Las organizaciones políticas se multiplicaban. Los periódicos combatían entre sí. Los micrófonos se convertían en trincheras ideológicas.

En ese contexto nació La Hora Auténtica.

La Hora Auténtica: una voz incómoda

Las referencias de la prensa de la época muestran que el programa era mucho más que un simple espacio radial. Sus integrantes participaban activamente en campañas públicas, denuncias políticas y controversias nacionales. Entre sus figuras más visibles se encontraban Luis García Quibus, José Rodríguez Díaz, Lorenzo Balbí y otros colaboradores.

La influencia del programa llegó a ser suficiente para despertar la atención del gobierno. El 3 de abril de 1934 la prensa habanera informaba que las autoridades habían clausurado el espacio. José Rodríguez Díaz elevó entonces una protesta formal al presidente Carlos Mendieta, denunciando la medida como una agresión contra la libertad de expresión.

La reacción pública fue inmediata. Diversos sectores protestaron y apenas dos días después la medida fue levantada. La Hora Auténtica regresó a los micrófonos. Pero aquella victoria resultó efímera. La tensión política alrededor del programa no desapareció, y dos meses más tarde ocurriría el episodio que lo convertiría en noticia nacional.

La noche de las ametralladoras

Según la denuncia presentada por los propios afectados, los agresores llevaban tiempo esperando en las inmediaciones de la emisora. Cuando terminó la transmisión, dos automóviles se aproximaron a la salida. Los hombres que viajaban en ellos portaban ametralladoras.

Luis García Quibus, Lorenzo Balbí y Víctor Manuel García fueron obligados a subir a uno de los vehículos. Los secuestradores bajaron las cortinillas para impedir que identificaran el recorrido. Durante aproximadamente veinte minutos avanzaron por calles que no pudieron reconocer.

Finalmente llegaron a un sitio apartado. Allí comenzaron los golpes, los insultos y las amenazas. Y entonces ocurrió el episodio más extraño de toda la historia: uno de los periodistas fue obligado a ingerir una gran cantidad de aceite de ricino bajo la amenaza directa de las armas.

Tras la agresión, los secuestradores abandonaron a sus víctimas y desaparecieron. Los periodistas regresaron a la capital y formularon la correspondiente denuncia ante la Sección de Investigaciones y, posteriormente, ante el juez de guardia. La Asociación de Reporteros de La Habana reaccionó con rapidez y emitió una protesta oficial denunciando el atentado como una agresión contra la libre emisión del pensamiento.

Pero la parte más interesante de la historia estaba todavía por llegar.

La sombra de la Porra Verde

Cuando los responsables de La Hora Auténtica intentaron explicar quién podía estar detrás del atentado, surgió un nombre que para los lectores de la época resultaba inmediatamente reconocible: la Porra Verde.

No era una acusación menor. Durante los años finales del machadato, la expresión había quedado asociada a grupos de choque, matones políticos y prácticas represivas que operaban en los márgenes de la legalidad. Aun después de la caída de Machado, el nombre conservaba una enorme carga simbólica. Decir “Porra Verde” equivalía a invocar el recuerdo de una política ejercida mediante la intimidación, el miedo y la violencia.

Resulta significativo que las víctimas pensaran inmediatamente en ellos. No porque podamos demostrar que efectivamente participaron en el secuestro —las fuentes disponibles no permiten afirmarlo—, sino porque revela el clima de la época: cuando aquellos periodistas intentaron identificar a sus agresores, la imagen que acudió a su mente fue la de los viejos grupos parapoliciales que habían sembrado temor en los años anteriores.

Eso nos dice mucho sobre el ambiente político de 1934. La caída de un gobierno no había eliminado las prácticas violentas. Los nombres podían cambiar. Los uniformes podían cambiar. Los hombres podían cambiar. Los métodos parecían sobrevivir.

El aceite de ricino y la humillación política

Para un lector moderno, el detalle del aceite de ricino puede parecer casi cómico. No lo era.

El aceite de ricino, extraído de la planta Ricinus communis, era conocido desde antiguo por sus propiedades purgantes. En muchos países recibió el nombre de Palma Christi, la “palma de Cristo”, debido a la forma de sus hojas. Durante siglos fue utilizado como remedio medicinal. Pero en la Italia de Benito Mussolini adquirió una reputación completamente distinta.

Los escuadristas fascistas comenzaron a utilizarlo como instrumento de castigo político. Sus adversarios eran secuestrados, golpeados y obligados a ingerir grandes cantidades de aceite de ricino. El objetivo no era únicamente provocar sufrimiento físico: era destruir la dignidad de la víctima, ridiculizarla, exponerla al escarnio y transformar el cuerpo en un escenario de humillación pública. La eficacia simbólica del castigo era tan importante como sus efectos fisiológicos.

Por eso resulta tan llamativo encontrar un episodio semejante en La Habana de 1934. No sabemos si los agresores conocían directamente las prácticas fascistas italianas ni si intentaban imitarlas conscientemente. Pero el paralelismo resulta difícil de ignorar. En ambos casos encontramos la misma lógica: no basta con silenciar al adversario. Es preciso degradarlo, convertirlo en objeto de burla y enviar un mensaje ejemplarizante a quienes piensen actuar como él.

Más que un secuestro

Visto desde la distancia, el episodio del aceite de ricino puede parecer una curiosidad pintoresca de la historia republicana. Sería un error interpretarlo así.

La agresión se produjo después de la clausura gubernamental del programa. Ocurrió contra periodistas identificados públicamente con una posición política. Generó protestas de organizaciones profesionales. Y tuvo lugar en un país donde la violencia seguía siendo un instrumento habitual de la lucha por el poder.

No estamos ante una simple anécdota. Estamos ante una muestra de cómo la libertad de expresión puede convertirse en blanco cuando el clima político se degrada. Las armas utilizadas pueden variar. Las justificaciones también. Pero el mecanismo suele ser el mismo: alguien habla, alguien molesta, alguien decide que el problema no es responder a sus argumentos, sino silenciar su voz.

Una memoria para el presente

Noventa años después, el aceite de ricino ha desaparecido de la caja de herramientas de la represión política cubana. Ya no hay hombres esperando junto a CMQ con ametralladoras ni periodistas obligados a beber Palma Christi bajo amenaza de muerte.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué hacer con quienes utilizan la palabra para incomodar al poder?

La Cuba de 1934 respondió con secuestros, golpes y humillaciones. La Cuba del siglo XXI ha ensayado otros métodos: vigilancia, detenciones arbitrarias, campañas de descrédito, confiscaciones, exilio forzado y censura digital.

Cambian los instrumentos. Permanece la tentación.

Y por eso la historia de aquellos redactores de La Hora Auténtica merece ser recordada. No porque fueran las últimas víctimas de la intolerancia política en Cuba, sino porque fueron algunas de las primeras en sufrir una vieja enfermedad nacional: el miedo de los poderosos a la libertad de expresión.

 

Fuentes consultadas

(Diario El Crisol, La Habana)

El Crisol. “Querella contra el trust de la carne”. 27 de marzo de 1934 (transcripción de denuncia de Mario N. Acevedo; el encabezado del documento indica 1924, pero el contenido y fechas internas corresponden a 1934).

El Crisol. “Clausuró el Gobierno La Hora Auténtica. Su Director se dirige al Presidente Mendieta”. 3 de abril de 1934.

El Crisol. Continuación de la noticia sobre la clausura de La Hora Auténtica (página última, columna 6). 3 de abril de 1934.

El Crisol. “Levantada la clausura a La Hora Auténtica”. 5 de abril de 1934.

El Crisol. “Obligaron a ingerir aceite de ricino, en grandes dosis, a los de la ‘Hora Auténtica’”. 24 de junio de 1934.

El Crisol. Noticia sobre once acusados de San Antonio de los Baños y mención a Luis Martí Borges y Luis García Quibus de La Hora Auténtica”. 5 de octubre de 1934.

El Crisol. “Palabras del Presidente” (mención a agresión contra Luis García Quibus y otros periodistas). 16 de octubre de 1934.

Fuentes secundarias

“Aceite ricino aromatizado”. Cuba Material. https://cubamaterial.com/blog/aceite-ricino/.

“La batalla de La Habana, 1933-35”. OnCuba News. https://oncubanews.com/cuba/la-batalla-de-la-habana-1933-35/.

De la dictadura a la democracia. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. https://www.cepc.gob.es/sites/default/files/2026-08/a-1295-de-la-dictadura-a-la-democracia-accesible.pdf.

“Los últimos días de Orestes Ferrara en Cuba – Parte 1.” CubaMemorias. https://cubamemorias.com/los-ultimos-dias-de-orestes-ferrara-en-cuba-parte-1/.

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