
Antes de entrar en el examen de la conducta de Máximo Gómez y Tomás Estrada como factores del protectorado y de la disolución del poder democrático cubano, conviene estudiar mínimamente sus antecedentes sociales. Porque no estoy juzgando personas, sino hechos. Que no son reliquias de los mil años del Imperio Bizantino, sino acontecimientos que conforman el día de hoy de Cuba. Mi propio y difícil día de hoy, y de tantos. Mi persona me importa menos que el clásico rábano, que ojalá tuviera en mi mesa; pero no mi condición de ciudadano, porque incluye a todos mis conciudadanos. La ciudadanía no es un asunto personal y privado. Es un asunto personal y público. Ambos personajes están lejos de mi simpatía, pero sus incapacidades o vicios para nada fueron factores mágicos que se impusieron en la historia. Emerson decía que no había historia sino biografías de los grandes hombres. Ahora mismo vivimos aquí la crisis de las biografías de una familia, que se ha impuesto en nuestra historia para dañarla, atrasarla y desvirtuarla: y afuera, el narcisismo emersoniano convertido en caricatura. Para mí hay un Señor de la Historia, y el que quiera poner su efímera personita contra esa majestad, puede abusar muchísimo, pero está condenado al fracaso.
Veamos pues los antecedentes de la errónea jefatura política de Gómez y Estrada desde su origen, en un personaje que sí me simpatiza, y no solo por haber muerto heroicamente: el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes y Castillo.
Desde el mismo momento del Grito de Yara, este padre tiene hijos muy rebeldes para con él. Así que no me atendré a esas opiniones, perfectamente legítimas y algunas veces equivocadas, sino al estudio de su propia palabra, en su Diario.
El Diario, o más bien las libretas que lo conforman, cayó en manos de los españoles cuando Céspedes fue abatido en San Lorenzo. Interesante, los españoles no lo publicaron. En algún momento fue vendido al general Julio Sanguily. A la muerte de este, el documento pasó a manos de su hermano, el coronel Manuel Sanguily, brillante patriota e intelectual, que no amaba a Céspedes. A la muerte de Manuel, lo hereda su hijo —un hombre responsable y culto que editó y publicó la obra de su padre—, y luego la viuda de este, que lo entrega a un historiador no muy relevante, que tampoco lo publica, incluso se niega a compartirlo con su amigo Eusebio Leal. Sólo a su muerte le entregan a Leal el documento. Que se atreve, tal vez no sin consulta con el poder político, a publicarlo.
Cuba se ha convertido en un país donde no sólo no se puede hablar, sino que tampoco se puede… leer.
Comprendo que la familia Sanguily, a cargo de un enorme archivo del patriarca, tuviera otras prioridades que la publicación del Diario. Céspedes no menciona en él a ninguno de los Sanguily, así que ellos no lo dejaron inédito con el fin de ocultar una opinión. Tampoco ocultaron o despreciaron el texto, pues la viuda de Céspedes se lo reclamó a Manuel, y él se negó a entregarlo, diciendo que su hermano lo había comprado y era de su propiedad. Después hay un historiador que evidentemente teme ser acusado de publicar, o simplemente poseer, secretos peligrosos, pero que lo custodia y decide entregarlo post mortem a un amigo en cuya probidad confía.
Había un pánico a destrozar un icono nacional si leíamos lo que Céspedes escribiera.
No que había, sino que parece que sigue existiendo. No encuentro el estudio que merece ese documento principal de nuestra historia.
De haber sido yo un contemporáneo de Céspedes, casi seguramente no me hubiera simpatizado.
Pero le agradezco al Padre de la Patria esas páginas, que nos permiten reconstruir parte de la novela de aquellos años tremendos, y que tienen el enorme mérito de ser sinceras. A diferencia de buena parte de los líderes mambises, este masón sabía que uno está siempre en presencia de Dios. Como toda persona, tendría asuntos que eludía mencionar. Al menos el nombre de Ignacio Agramonte está ausente del documento. Aunque comienza en julio de 1873, y Agramonte cayó en mayo de ese año, es notable esa ausencia. Por otro lado, seguramente no fue el único diario que escribió. Falta una página, pero a diferencia del Diario de Campaña de Martí, carecemos de algún indicio de que hubiese sido suprimida para ocultar algo, y con probabilidad fue más bien una página que se desprendió y perdió. El diario abarca desde el viernes 25 de julio de 1873 hasta el viernes 27 de febrero de 1874, el día en que murió en combate. Siete meses agónicos, en los que su presidencia está bajo cuestionamiento, y es destituido y apartado del poder, que había ejercido desde el 10 de abril de 1869, esto es, durante más de cuatro años.
Se me dirá que hay que remontar la fecha hasta el 10 de octubre de 1868. Y eso es lo que piensan buena parte de los historiadores oficialistas: que Céspedes era el Poder Cubano. Y todo otro líder tenía que subordinarse a ese Poder. Es la Idea Dictatorial Cubana, que tiene sus propios y originales partidarios en cualquier parte del mundo, y en estos momentos es ya un ridículo culto idolátrico, pero con armas de destrucción en masa y recursos tecnológicos de hegemonía bastante peores, y amenazando con un fascismo de novísima planta, apoyado en la Inteligencia Artificial, nuevo y tal vez definitivo Gran Hermano. Estos historiadores patinan siempre con varias evidencias innegables, la primera de las cuales basta para deshacer ese principio: Céspedes no fue un dictador. Su carácter era autoritario, y creía firmemente en el principio de autoridad, o de su autoridad, al menos para ganar la guerra. Pero se sometió a la autoridad de sus compañeros al ser electo Presidente dentro de una legalidad colectiva, y al aceptar la destitución determinada por esa legalidad. Nunca intentó violar el orden democrático ni se reservó una acción futura contra ese orden. Tampoco podía intentarlo porque carecía de tropa y de seguidores con mando, pero de ninguna manera puede afirmarse que esa fuera su voluntad. Como vemos en el Diario, su intención era abandonar el país, y su mayor conflicto con sus sucesores era que su salida estaba siendo cuestionada o demorada.
Así, estos historiadores de la dictadura dejan caer la tesis de los dos… golpes de estado.
Un primer golpe es nada menos que la Asamblea de Guáimaro.
Un segundo golpe es la destitución de Céspedes.
Si usted no cree en el valor de la democracia, acabará padeciendo esas pesadillas absurdas y traicioneras.
Pero aquello que los historiadores a la violeta verdeolivo consideran un error, era justamente lo que exigían los que estaban arriesgando la vida en nuestra primera guerra de independencia.
No deseaban sustituir la dictadura española por una dictadura cubana. Y el carácter aristocrático y autoritario de Céspedes acabó por resultarles insoportable.
La Cámara tenía derecho a deponer al presidente: su destitución fue perfectamente legal, por amplia mayoría, aunque sin un imposible quorum teórico: la Cámara había acordado que, en las condiciones de la guerra, un cuarenta por ciento de representantes era quorum. Y fue incluso popular: los representantes estaban respaldados por los principales jefes militares y sus tropas. Después de cuatro años en el poder, un plazo de gobierno democrático ya popularizado por los yanquis, la guerra estaba estancada, según los militares y los políticos. Sus sucesores lo hicieron tal vez peor, pero en ese momento creyeron que podían hacerlo mejor sin Céspedes. El único posible sucesor exitoso había muerto: el Mayor. Ignacio Agramonte era el fino demócrata verdadero que se entendía con el pueblo viviendo como él, y desplegaba un enorme talento como militar. Céspedes nunca fue un jefe militar, el pueblo lo veía como un aristócrata, los militares como un jefe arbitrario y grosero, y fracasó como jefe político por su incapacidad para entenderse con su propia gente. Al final estaba a punto de comprender que Agramonte no era un muchacho arrogante lleno de fantasías democráticas, sino un líder real que podía ser un aliado suyo. El desencuentro entre estas dos personas, se ha dicho siempre, fue una desgracia ruinosa… Hay un fallo de liderazgo en la primera etapa de la guerra, pero eso no tiene nada de que ver con una invalidez de la Idea Democrática Cubana, sino de la incapacidad colectiva para cumplirla. Y ese fallo de liderazgo tampoco es la causa principal de la derrota.
La democracia no consiste en que cada cual tiene derecho a ser un autócrata, sino que nadie tiene ni puede tener el menor derecho a serlo.
Esa evidencia le faltaba a un liderazgo y a un pueblo de combatientes que habían nacido y crecido en una tiranía. Me inclino ante esa debilidad, porque con tantas contradicciones inevitables o insalvables, con tantos caudillos de mentirita, nunca, de ninguna manera, y en ningún momento, el mambisado en su conjunto defendió la autocracia, la dictadura, el autoritarismo.
Hubo partidarios explícitos de la dictadura, como es el caso de Antonio Maceo, y otros que se manejaron con discreción, como Gómez y Estrada —y por la indiscreción y el apoyo de los yanquis terminaron imponiéndose—. Pero el conjunto del mambisado, líderes y pueblo, fue siempre democrático. Veremos luego cómo al final de esta guerra Máximo Gómez propone la dictadura. Y nadie le hace caso.
La debilidad existía, desde luego. La tiranía española atacaba a la dignidad personal. Sublevarse contra la tiranía era recuperar la dignidad. Y como los insurrectos eran una minoría en un pueblo de gente sin dignidad, se hinchaban de orgullo. De ahí al autoritarismo hay sólo un paso, y la verdad es que nunca triunfó del todo. Por el contrario, el personalismo sin estructura fue causa de la derrota. Me inclino frente a unos hombres que enfrentaron demonios de orgullo y siguieron sirviendo en riesgo de muerte a una causa aparentemente perdida o imposible.
Por otro lado, los insurrectos estaban desintegrados porque el país carecía de integración. Había un país revolucionario y liberal de Las Villas a Santiago, y un país sometido en Occidente. Para colmo, el levantamiento espontáneo y fallido de La Habana de enero de 1869, conocido como los Sucesos del Teatro Villanueva, acabó con los revolucionarios de la capital. La Sublevación de La Habana costó la muerte de muchos posibles, imprescindibles líderes del Occidente: mártires a los que todavía le debemos reconocimiento y homenaje. Y en el patriótico Oriente los revolucionarios carecían por completo de prácticas políticas y de experiencia militar. Ni siquiera de reunirse y discutir. Céspedes se alzó en armas por su cuenta violando un acuerdo mínimo de los conspiradores, lo que se recordó siempre en la Cámara —y algunos historiadores, entre ellos Manuel Sanguily, han sostenido siempre este criterio— como un error, o incluso como un daño decisivo. Los miembros del Congreso Continental yanqui, en cambio, heredaban un siglo de las prácticas parlamentarias de la autonomía de las Trece Colonias, y disponían de un militar de carrera, Washington. Y a pesar de esas y otras ventajas, el Congreso tardó mucho en declarar la independencia —y con diputados ausentándose—. El Pueblo Cubano en Armas hacía un esfuerzo tremendo y a veces tortuoso para alcanzar la independencia y la democracia. Así es la historia de los hombres, y siempre hay hombres en la historia que se mantienen lúcidos e íntegros. Es el caso de Ignacio Agramonte.
El mambisado cayó rápidamente en el personalismo. Y por tanto, en la división.
Y Céspedes fue uno de sus protagonistas.
Cuando se publicó por primera vez el Diario, causó estupor su página final.
El día mismo de su caída en combate, Céspedes escribe, y no llegará a escribir una línea más, sobre sus adversarios:
Viernes 27. A causa de la mucha lluvia resolvimos no ir hoy á casa de Millan.[47] Debo consignar p[or] lo q. importar pueda en adelante q. Tomas Estrada Palma, antes de la revolucion, estaba cargado de deudas y era tan inmoral en sus costumbres privadas como hipócritas en sus manifestaciones públicas. Después de ecsijir en las mujeres una pureza ideal, seducía y hacía madres á las hijas de los mayorales, y p[or] último lo hizo con una joven de buena familia q. vivía en casa de él en compañía de su anciana madre. Al estallar la revolución fué tan opuesto á ella q. se comisionó p[ara] hacer desistir á los jefes principales como creo haberlo dicho en otra parte. Fernando Fornaris y Céspedes (Antúnez, mejor dicho) también fué opuesto al levantam[iento]; estaba empeñado y pobre; y después de la revolución se ha desacreditado con varios pedidos de dinero y otras cosas. En Bayamo se metió en la cama de una jóven el año ppdo y trató de abusar de ella contra su voluntad. El Marqués tenia en Camagüey pésima opinión. Ygnorante, arruinado, petardista, vicioso, puerco, no gozaba de mas consideración q. la q. le daba su título. Aunque mezclado en la conspiración revolucionaria, no salió al campo insurrecto sino cuando fueron los españoles á prenderlo. Después se ha distinguido p[or] su crasa ignorancia, bajeza de miras y solapada ambición personal, y encenegado en la crápula con mujercillas de baja ralea, no abandonó al parecer sus vicios, hasta q. no compendió q. no le hacían gracias p[ara] sus aspiraciones. Betancourt (Luis V.) no se ocupaba de sus funciones en la Cámara desde 1870: nunca ha tenido opinión propia; siempre ha sido eco de otro. Ramón Pérez Trujullo (no se está muy seguro acerca de sus apellidos) fué en La Habana un pillete sin figura ninguna: entró en la revolución p[ara] medrar y nada sacrificó. Ygnorante, presuntuoso, cobarde y sanguinario, se sació en las vidas de porción de infelices en Sibanicú, lo mismo q. Betancourt, como miembro de la Corte Marcial en 1869, carnicería á q. yo puse término. De aquí y de su envidia contra todo lo q. sobresale, su odio en mi contra. Ynmoral y miserable, se ha echado queridas p[ara] q. otros se las mantengan. Desafiado á muerte, p[or] su carácter grosero, con el Comand[ante] S. Rosado, se ha fingido ciego para aplazar el desafío y pretende embarcarse p[ara] Jamaica. No es digno este sujeto de las muchas pájinas q. me consumiria la relacion de sus ruindades. La historia de Marcos García ha ido apareciendo en este libro á relámpagos. Apedillado Zabulón p[or] sus contemporáneos, estos fueron los más opuestos en la Cámara á q. se le confirmaran el grado de Gral de Brigada q. él mismo había asumido y no quería quitarle el Ejecutivo p[o]r su influencia en la Division de Santo Espiritu como ajitador. Jamás se encontró en una acción; pero se aprovechaba de las hazañas de los otros é intrigaba siempre p[ara] cojer el primer puesto. Por fin fué necesario sumariarlo en 1870 y no apareció más hasta ahora q. vino á atacarme con desvergüenza p[ara] q. la Cámara le reconociera su grado. Enemigo del G. Quesada; p[or] q. este le mandó formar causa, es un hombre cínico, charlatán, descarado e intrigante, q. lo mismo se le da de Cuba q. de España en consiguiendo medrar. Eduardo Machado, q. se distingue p[or] su miedo á los españoles, también tiene en este Diario algunos rasgos de su vida q. le hacen poco favor. De poco ha servido en la revolución; pues la mayor parte del tiempo lo ha pasado en lo ranchos, huyendo y consumiendo los recursos de las familias. Jesús Rodríguez es un hombre de pocas luces, p[ero] sin opinión propia, q. hasta el último momento estuvo sosteniendo mi administración: no se atrevió, sin embargo, á aislarse á su parecer. De este no puedo decir con certeza sino q. lo creo ambicioso, habiendo oído decir q. antes de la revolución se manejaba con escasa probidad. Falta el necio Juan Spotorno, q. en teniendo de quien hablar mal está satisfecho. Lijero, imprudente, ignorante de los negocios públicos y poco amigo de hallarse en contacto con el soldado (español) no obstante ser un Coronel del ejército, tiene todas las malas cualidades de los hombres q. hablan con dos voces y harán de él los demás todo lo q. quieran, siempre q. le arrojen alguna presa en q. hincar el diente. Abrazando ahora en conjunto á todos estos Lejisladores, concluiré asegurando q. ninguno sabe lo que es Ley.
Me asombra que los españoles no publicaran estas palabras, que estremecen al lector cubano por ser las últimas que escribió, pero que no fueron las únicas. El Diario posee otros momentos de denuncias como estas, y mucho más agresivas. Lo que apunta sobre Juan Bautista Spotorno, que fuera luego electo presidente de la República, está en los límites: Parece q. en un periódico español se dice q. yo soy muerto y como le argüían de embustero, dijo Spotorno con su voz atiplada, aunque es un hombrón de 6. pies: “¿Qué mas muerto lo quieren?” Dios te lo premie, maricón! Otro momento difícil de asimilar es su comentario inmediatamente después del entierro de Francisco Maceo, en el que participa. Maceo había formado parte de su gabinete, pero lo había expulsado por denuncias de que había sido violador de mujeres. Lo que a su vez provocara comentarios de Maceo sobre la vida privada de Céspedes. A la muerte por enfermedad de Maceo, Céspedes apunta: La escena se prestaba á ciertas reflecsiones, aquel hombre q. se educó en Madrid, q. siempre él y toda su familia estuvieron ál servicio de los españoles y fueron empleados p[or] ello, no pudo lanzarse a la revolución p[or] espíritu de independencia y amor á la libertad de Cuba, sino p[or] ambición personal, creído de q. el poder español bamboleaba y q. p[ara] medrar en el nuevo réjimen, debía también darle su empujoncito. Su posterior conducta en la revolución lo ha acreditado así. Juicios de este tipo, que suponen motivaciones descifradas y descalificaciones perfectas, dejan una duda acerca del sentido de la justicia del que los escribe. Céspedes está herido con este hombre al que él rechazó por buenas o malas razones, y que desde luego es su enemigo: Hipócrita y corrompido, s[iem]pre procuró situarse al amparo del más fuerte, ya q. nunca p[or] sus antecedentes y su cobardía, consiguió ocupar la primera línea. En los últimos días, conocidos p[or] todos, no quería separarse de la costa del mar; p[or] q. su fin era embarcarse p[ara] el estranjero; p[ero] viendo sin duda una probabilidad más favorable p[ara] hacerlo, entró en la liga contra mi formada, cuyo buen ecsito, p[or] mi actitud de mom[ento] comprendió. Es imposible saber hasta qué punto Céspedes enfrentaba a gente de veras desechable, o si se dejaba cegar por rencor u odio. Lo que dice del joven Estrada Palma en el orden político es cierto pero malintencionado: el maestro bayamés de algo más de treinta años fue enviado por los españoles a convencer a Céspedes de que depusiera las armas, pero lo que hace Estrada es sumarse a la insurrección. Sanguily sostiene que fue siempre un anexionista, pero en época de Céspedes, Estrada nunca presentó ambigüedades con respecto a España, y arriesgó su vida durante toda la guerra. En cuanto a las peripecias de la vida sexual de estos personajes, el propio Céspedes estaba señalado de algunas irregularidades, pero un hombre de su categoría jamás debió acudir a esos recursos. Y menos en un documento de su puño y letra, que podía caer en manos del enemigo, como ocurrió.
Eso sí, atender hoy a este tipo de conflictos equivale a repetirlos; y se están repitiendo: yo no me sumo a esas miserias. Lo importante es la línea final: Abrazando ahora en conjunto á todos estos Lejisladores, concluiré asegurando q. ninguno sabe lo que es Ley. ¿Qué entendía Céspedes por Ley? Quizás lo hubiera aclarado luego en algún documento, o en el propio Diario. Al menos yo no logro sino hacer suposiciones. Veo en Céspedes —traductor de La Eneida que de cuando en cuando lanza en el Diario una frase en latín—, una idea romana, de la república romana, de la sociedad y la moral. A la muerte de Agramonte lo compara con los Gracos. El Mayor tenía desde la adolescencia una idea propiamente liberal, no romana ni napoleónica, de la sociedad. Sabía que los institutos de la democracia tienen que existir y funcionar y ser respetados, aunque a uno no le gusten, aunque sus funcionarios le parezcan lo peor. Es conocida la escena, en el tiempo de su enfrentamiento con Céspedes, en que rechaza que sus subordinados ofendan al presidente de la República. Nunca intentó nada contra los órdenes del presidente: una y otra vez le presentó la renuncia como general: Céspedes, y no la Cámara, estropeaba sus iniciativas tácticas. Recordemos que había renunciado antes a su sitio en la Cámara para convertirse en jefe militar. La Cámara permanente, nómada y discutidora fue, a todas luces, un error que pudo haber sido superado sin escándalo, pero era la expresión legítima del anhelo de democracia y buen gobierno por el que peleaban los mejores. Céspedes nunca entendió ese anhelo. Los hechos indican que para él la Ley significaba Autoridad, la Autoridad de una Persona. Se sublevó sin contar con nadie, lanzó un Manifiesto personal, se nombró a sí mismo Capitán General, izó una bandera propia, asumió él y su grupo en la Asamblea de Guáimaro los cargos máximos de la Revolución, y nombró a su cuñado como general en jefe. Durante cuatro años de gobierno ofendió a sus compañeros, tanto políticos como militares. Los legisladores de la Cámara no eran necesariamente mejores que él, pero ellos eran la fuente de la Ley, según la Ley. Y sí que lo sabían. Se ha argumentado que los miembros electos de la Cámara eran quince, que en la reunión sólo estaban presentes siete, y de estos, cinco votaron a favor de la destitución, que sería ilegal por representar a un tercio y no a la mayoría de la Cámara. Pero ese es un argumento pobre, porque en las circunstancias de la guerra, la Cámara no podía reunir a representantes lejanos, perseguidos, enfermos o en el extranjero. Y para nada se trata de un golpe parlamentario: la destitución es apoyada por los generales Calixto García, Máximo Gómez y Antonio Maceo. Todavía en 1895, Martí, el único de ellos que entendió a Céspedes, anota que Gómez le dice que con Céspedes no había nada.
De ahí que tres días antes de la destitución, Céspedes anota:
Viernes 24. Hago un manifiesto al Pueblo y el Ejército p[ara] q. manifiesten si es su voto q. deje la Presidencia. No temo ser tachado de precipitación; p[or] q. además de q. son públicas las voces á q. he aludido, y tengo firme conviccion de q. algunos jefes militares han entrado en coalición con la Cámara, lo q. varios miembros de esta han escrito al estranjero, los Mensajes descorteses y resoluciones maliciosas ó arbitrarias q. me han pasado, á pesar de mis terminantes manifestaciones, no me dejan duda de q. ha emprendido conmigo una lucha á muerte en q. cuenta con intrigas misteriosas de mal jénero en q. yo no puedo, ni debo, ni quiero seguirla. Es, pues, forzoso instruir al Pueblo y al Ejército de lo q. se trama, p[ara] q. forme su juicio, tomen sus medidas y no les coja de nuevo un golpe inesperado.
Unos días antes ha escrito:
Martes 7. Anoche cumplieron 5. años q. en la junta revolucionaria del Injenio el “Rosario” fui elejido p[or] unanimidad Jefe Militar Único y Encargado del Gobno. Provisional.
Obsérvese: elegido por unanimidad por su gente. No por el resto del Pueblo en Armas. Con todos los poderes imaginables, e imaginarios. Y continúa:
He tenido varias conferencias con Calvar y otros militares. y me aseguran q. en lo q. á ellos se les alcanza, ni el Pueblo, ni el Ejército desean mi separación del Gobno. p[or] q. calculan q. causaría grandes males á la Rep[ública] á todos he manifestado q. me importa poco mi deposición p[or] la Cámara, p[or] q. descansaba en mi conciencia; p[ero] q. presentaría en el acto mi dimisión, si era rechazado p[or] el Pueblo y el Ejército.
El Pueblo y el Ejército, no la Cámara. Pero el Pueblo no son los amigos del ingenio El Rosario, ni los bayameses. Y el Ejército tampoco es Calvar. La Cámara representa al Pueblo en Armas, que incluye al Ejército. Esta frase descalifica la función de la Cámara. Cuando, una vez depuesto, sus partidarios le dicen que habrá nuevas elecciones a la Cámara y puede regresar como presidente, Céspedes anota:
yo no quería volver á ser Presidente; pues además de q. nunca me había reconocido con la capacidad necesaria, si una vez me sacrifiqué y acepté ese puesto con la actual Constitución, fué p[ara] q. no se dijera q. yo no deseaba más q. el poder absoluto y q. á esa aspiración sacrificaba el bien de la patria separándome del mando y dirección de los negocios y dejándola abandonada en momentos tan comprometidos.
En verdad, los hechos demostraron que patriotas como Ignacio Agramonte, Calixto García y Antonio Maceo, entre otros, no iban a abandonar a Cuba. Y los tiempos fueron siempre igualmente comprometidos. También lo eran en el momento de su destitución, que aceptó, tal vez con dudas acerca de su desempeño: soy presa de pensamientos encontrados y espero tiempos de mayor calma p[ara] juzgar con mejor acierto.
Viernes 7. He pensado varias veces q. no pudiendo asegurar quien (de la Cámara ó yo) era el equivocado, no debía acudir al derramam[iento] de sangre (á q. instintivam[ente] tengo horror) sin esponerme á hacerlo injustam[ente]. Cuando el provenir haya despejado la incógnita los q. tomen las riendas del gobierno sabrán positivam[ente] á q. atenerse.
Bravo. Ese es el Céspedes que admiro. Y aquí también:
yo no podía obrar de otro modo sin romper la Constitución y halagar las ambiciones de los jefes militares. No podía transijir con la Cámara sin empañar mi prestijio. Mis adversarios tampoco podían ceder sin mantener p[or] lo menos el statu quo, y ellos lo q. querían era medrar. Todo paso hubiera sido inútil, ridículo y tal vez, al fin, la guerra civil. Yo debía de inmolarme y me inmolé.
Así razona y decide un príncipe de la patria.
Que sabe dónde está el problema fundamental, del que él forma parte:
Poco ha adelantado nuestra educación republicana. No se oyen más q. chismes: no se ven más q. corrillos. Ninguno ejercita en forma el dro de reunión, de la palabra etc. Confunden el orden con el despotismo y la libertad con la licencia. En nada se toma el justo medio. O vocean, ó callan; ó intrigan, ó no se mueven. Esto es doloroso!
Un siglo y medio después, la patria sigue padeciendo esos vicios.
Con el dolor de los buenos servidores públicos y la decisión del sacrificio personal, don Carlos Manuel de Céspedes será siempre el Padre de la Patria.
Aprendamos.
