Ilustración creada con inteligencia artificial (ChatGpt).

En la Tregua Fecunda, el período de entreguerras, los mambises asimilan la derrota indagando y pensando. El fracaso se les antoja inverosímil, a pesar de su carácter rotundo y en verdad unánime: los que quieren seguir la lucha desatan luego la Guerra Chiquita, que se queda pequeña, excepto en coraje y fidelidad. Es en ese momento que José Martí, para decirlo en términos homéricos, inicia su principalía. Fracasado ese último esfuerzo en el que Martí ha participado, para salvar el honor de muchos, como gestor político desde Nueva York, concibe la idea de un Partido para retomar a Guáimaro, y le escribe al respecto a Gómez y Maceo en 1882. Martí es joven y proactivo, le interesa el futuro. Interpreta sagazmente el pasado con los datos que le llegan de viva voz, pero está lejos de quedarse en la contemplación de unos errores que para él son de veras rectificables, porque se atiene a lo fundamental: Guáimaro, la democracia cubana, la república posible. Sabe que hay un tesoro ahí que puede y debe ser continuado, y por eso el Partido se funda en 1892 un 10 de abril, la fecha de Guáimaro. Mientras, los que pelearon diez años en el campo y carecen de claridad acerca de por qué les sobrevino el desastre, investigan, hablan, escriben y… publican.

De esos muy conocidos libros ninguno ha tenido una influencia tan decisiva en nuestra historiografía, y también en los acontecimientos históricos posteriores, como Desde Yara hasta el Zanjón, de Enrique Collazo, publicado en 1893 en La Habana.

Todo cubano debiera leer con atención ese libro. Es un testimonio importantísimo, en cuanto el autor fue un peleador mambí y estuvo cerca de los acontecimientos fundamentales y de sus protagonistas. Como firmante del Pacto del Zanjón, se sentía especialmente responsable para explicar el fracaso. Y lo hace con conclusiones erróneas, y como veremos contradictorias, porque siempre se atiene a los hechos con honestidad absoluta. Se equivoca, pero no miente, ni sobre los sucesos ni sobre las personas. Eso, en historia, es mucho, sobre todo si viene de un historiador que es juez y parte, y como parte le ha tocado lo peor: ser protagonista de un fracaso muy sensible. Volverá a pelear, como si fuera poco, en la nueva jornada presidida por Martí, en cuyo liderazgo no cree. Durante el protectorado se opuso, como antes, a los yanquis. Fue un soldado que nunca se rindió. Y nada más que un soldado.

Enrique Collazo Tejada siempre quiso ser y fue, un militar. Nacido en Santiago en 1848, un tío se lo llevó a España de niño, y en 1862 ingresó en la Escuela de Artillería de Segovia, donde se graduó como alférez en 1866, esto es, con dieciocho años. Dos años después lo hacen teniente. En los meses de Yara, en diciembre de 1868, protagoniza en la Academia de Artillería un incidente por el que lo expulsan en enero del 69. Desconozco el suceso, si fue el resultado de su sangre de veinte años o un primer acto de patriotismo. En marzo se va a Nueva York y en mayo llega a Cuba por la bahía de Nipe en la expedición del vapor Perrit, como soldado de nadie menos que del yanqui Thomas Jordan, que será general en jefe de Céspedes. Combate y es herido por primera vez en el desembarco. Personaje de novela, le faltan días para cumplir veintiún años. Ha alcanzado, en verdad, su destino, como un soldado en una guerra, como un héroe en su tierra natal, al filo de la edad en que entonces se establecía la mayoría de edad. Ignoro cómo logró incorporarse a la expedición de Jordan en apenas unas semanas, pero esa cercanía con un general, con un jefe importante al que el soldado obedece, va a definir su visión de sí mismo y de la historia. Aunque terminó la guerra de independencia con el grado de Brigadier —como su hermano mucho menor Tomás—, Enrique Collazo nunca fue lo que entendemos en Jordan o en Gómez: un general. Fue constituyente en La Yaya, historiador y periodista, pero siempre un militar. En el siglo XIX, los militares escribían porque eran militares. Hoy se le recuerda como historiador. Era un soldado, un comandante, un coronel que necesita un jefe superior, para obedecerle con excelencia, y alcanzar gloria inigualable y victoria segura. Estuvo bajo Gómez en las dos guerras y bajo Calixto en la segunda.

Y por esa alma suya de soldado, Collazo es el primer cubano en optar por un Dictador.

Fijémonos: no una dictadura, sino un Dictador.

Desde Yara hasta el Zanjón comienza con una cita que expone la tesis del libro:

“¿Cuál sería nuestra suerte sí en la presente crisis nos distrajésemos del fin principal, la expulsión de nuestros enemigos, por contraernos á organizar un gobierno representativo desde la formación de censos, asambleas primarias y demás, hasta la tarda instalación de un cuerpo legislativo compuesto de diversas cámaras? (…) No es necesario ser gran político para prever que correríamos precipitados á ponernos en las manos de nuestros enemigos”. “Pongámonos fuera del alcance de nuestros enemigos, expulsémoslos enteramente y entonces sea restablecido el gobierno representativo. Yo tan celoso como el primero porque llegue tan deseado período, le considero absolutamente impracticable en estas circunstancias”. “El gran Washington, aquel genio tutelar de la libertad de los Estados Unidos del Norte, no fué menos que un dictador, pues aunque existía un congreso al cual estaban sometidas las disposiciones de aquel general, la sabiduría y acierto de aquellas jamás sufrieron la reforma ni la contradicción de aquel cuerpo: de suerte que, en realidad, fué un dictador en todo el tiempo que lo exigió el estado de la guerra, hasta cuya total conclusión conservó el carácter y dignidad de tal, que le habían dado las más calamitosas y apuradas circunstancias”. “Aún no es tiempo de novar cosa alguna en el mando supremo. Este es mi voto: este es el de la Municipalidad: y este es el de todo el pueblo que me oye, y se halla en libertad de expresar á la voz, si interpreto con equivocación su voluntad”. “Continúe V. E. de Dictador: perfeccione la obra de salvar la patria: y cuando lo haya conseguido, restitúyale el ejercicio de su soberanía, planteando el gobierno democrático”.

(Alocución de D. Juan Antonio Rodríguez, pronunciada en la asamblea de Caracas, al ser proclamado Dictador el general Simón Bolívar, el 2 de Enero de 1814.)

Ahí está la inspiración de la plataforma militarista de Collazo. Recurre a una cita histórica, respetable para cualquier patriota. Queda claro pues que la Guerra de Independencia de Cuba debe ser dirigida bajo la dictadura de un dictador, para que luego el dictador se retire y haya un gobierno representativo. Y si la guerra de los Diez Años fracasó, fue porque no hubo un dictador. Y no lo hubo porque había un gobierno democrático, esto es, un estorbo para los militares. Todos los partidarios de la Idea Dictatorial Cubana estarán siempre acudiendo a esta plataforma. Durante sesenta años se les ha instruido ese disparate interesado a todos los estudiantes de la enseñanza media en este país, donde carecer, como es mi caso, de conducta u opinión dictatorial aunque sea de mentirita, te condena al ostracismo. Yo, encantado.

Desde luego, la tesis es falsa desde esa cita inicial.

Juan Antonio Rodríguez fue un civil, un político que firmó la independencia de Venezuela. Pero esa independencia había sido declarada, no por él ni por Bolívar, sino por una junta electa. En efecto, fue presidente de la Asamblea de Caracas y ofreció la condición de dictador a Bolívar. Y el Libertador no la aceptó. Sí lo hizo en Perú y en la Gran Colombia años después, en forma transitoria y sólo por necesidad militar. Bolívar era autoritario, pero ante todo un republicano que se negaba a las autocracias, incluyendo la propia. La tragedia de Bolívar fue que es imposible que un hombre, por brillante, heroico y bienintencionado que sea, funde un país. Y él lo sabía. Rodríguez murió en el exilio, y ni siquiera se le recuerda demasiado en Venezuela hoy.

Rodríguez define a Washington como dictador y le atribuye a esa dictadura el éxito de la independencia norteamericana. Falso. Las contradicciones del militar de carrera Washington con el Congreso Continental fueron episodios normales de la guerra y la política, como el mismo Rodríguez sugiere. La independencia de los Estados Unidos no se logró en la batalla de Saratoga ni en ningún acontecimiento militar dirigido por el general en jefe. Sin el apoyo militar de Francia, España y los Países Bajos, y el dinero francés, y sobre todo el pragmatismo del parlamento británico, preocupado por el costo de la guerra, la independencia tal vez hubiera tardado muchísimo. Atribuirla a la dictadura imaginaria de Washington pertenece al plano de la mitología. Y desde luego, Washington hubiera seguido siendo un oficial sin gloria del ejército inglés, de no haber sido por la labor esclarecida de los políticos de las Trece Colonias: Franklin, Jefferson, Adams, Hamilton, entre otros.

Para nada intento un presentismo de la exégesis de la historia. Rodríguez y Collazo carecían de datos que hoy se manejan como evidencias. Hago estas aclaraciones porque el cubano seguirá soñando con tipos duros que le hagan el trabajo recio y sucio —mientras se tira en la piscina, para luego medrar como siervo de la gleba democrática o como cipayo.

Es con este convencimiento de la eficacia de una dictadura militar temporal, de tiempo de guerra, como el comandante Collazo enfrenta el fracaso de la Guerra de los Diez Años.

Ciertamente no hubo un dictador. Céspedes entendía menos de democracia que Bolívar, pero respetó el orden democrático, y nunca tuvo mando militar real. Sus seguidores eran figuras sin mando ni carisma, y muy teóricos. Agramonte murió con fama de demócrata. Gómez era dominicano. Quería la dictadura pero no se la admitieron.

Collazo opina que la culpa de que no haya un dictador bueno, que según él garantizaría la victoria, era la opción de los mambises por la democracia:

Al constituirnos creamos la Cámara, que era donde realmente residía el poder; pero poder ineficaz para los momentos difíciles y solo útil para evitar la dictadura; es decir, el que hubiera un hombre que por sus cualidades morales o por las circunstancias arrastrara y se sobrepusiera a todos.

Subrayo la frase: las cualidades morales son secundarias para el dictador. Así que cuando obtenga la victoria, tal vez ignore la moral sensata de un Washington, y se atenga a las favorables circunstancias que le permitan arrastrar y sobreponerse a sus conciudadanos. En cuanto a la Cámara, resulta tener facultades mágicas para impedir que surja un líder militar respetable. El líder existió y fue miembro y fundador de la Cámara, y Collazo lo ve justamente como el hombre providencial que perdimos. La Cámara no causó la muerte de Agramonte. Era Céspedes el que lo ponía en dificultades quitándole los recursos. ¿Y de qué Cámara habla Collazo? La Cámara de 1869 no está formada por las mismas personas que destituyeron a Céspedes, admitieron las rebeliones militares y firmaron el Zanjón. Pero para Collazo la Cámara es siempre la Cámara. un instituto malo:

Así se ve estudiando el curso de los sucesos: la encontramos dura y altiva hasta el ensañamiento con Quesada; rigurosa con Céspedes; no titubeando para sostener la Constitución y las leyes, en despojar de su puesto al que tuvo la audacia de dar en Yara el grito de nuestra Redención y el que tal vez más tarde, rodeado de prestigio, realzado por el tiempo y por sus propios méritos, nos hubiera devuelto la confianza y el valor necesarios en los días tristes, para poder evitar la muerte de nuestros ideales y del porvenir de nuestra Patria.

Pero cuando el motín y la indisciplina levantan erguida la cabeza, tanto en las Lagunas de Varona como en las Villas y en Santa Rita, la vemos cohibida y triste transigir con el desorden; mostrar su verdadero poder, su debilidad; demostrando de este modo la inutilidad de su existencia.

Collazo presenta la rebelión de los militares como si fuera un ciclón o un terremoto, como si el estamento militar careciera de culpa, y como si la Cámara pudiera actuar sin los militares. Nunca estuvo entre los sediciosos y los condenó, pero evoca la misma ilusión que sostuvieron los cespedistas que fueron los teóricos de la sedición del general Vicente García: un Céspedes dictador. Collazo parece pensar que Céspedes pudo haberse ido al extranjero y regresar triunfante. Con todo, aclara:

Pero esta ligera reseña de los hechos no es un cargo a los que componían la Cámara; nada podían hacer fuera de lo que hicieron, el mal no consistía en las individualidades, estaba en la institución; en situaciones de guerra, en que las decisiones han de ser prontas y enérgicas, no hay lugar a oír la opinión de varios y discutir las medidas que se adopten: el éxito, es sólo del genio y de la popularidad, y esto sólo lo puede conseguir aquel á quien el soldado está acostumbrado a obedecer, querer y respetar.

Collazo jamás hubiese aceptado aquella definición de que la guerra es la política por otros medios. Para él la guerra es un proceso previo a la política. Pero hizo política en las dos guerras: con triste fortuna en la primera, puesto que fue agente del Zanjón; y sin resultado en la segunda, puesto que participó en la Constituyente de La Yaya, en la que civiles y militares legislaron contra el autoritarismo de Gómez. Durante el protectorado ocupó un cargo de representante en la Cámara, y otros puestos de la administración republicana.

Collazo fue un muchacho criado en España y estuvo pues al margen del surgimiento del proceso político de la independencia en su país. La necesidad de democracia que tenía el Pueblo en Armas en 1869 le resultaba pues ajena. Quería éxito. Victoria sobre el enemigo. Ya después se vería qué hacía el dictador triunfante. Pero los políticos de la Cámara sabían muy bien cómo los jefes latinoamericanos habían cobrado sus servicios. Los independentistas cubanos siempre fueron republicanos y demócratas. Los de encargo civil y los de trabajo militar. Aquí a nadie se le ocurrió nunca proclamar el Imperio de Iturbide, ni solicitar un fino Emperador francés.

La dimensión política de la guerra está ausente de la reflexión de Collazo.

Más bien una ensoñación… militar.

Para Collazo la Constitución de Guáimaro fue un ensueño. Todo estudiante cubano recibe en alguna clase esta cita:

Hicieron una República con una Constitución modelo, cuando aún no teníamos un palmo de tierra seguro en que clavar nuestra bandera; pusieron todo su empeño en resguardarse del fantasma de la Dictadura, olvidando al enemigo que nos combatía; pensaron asegurar la libertad sin ver que aún no teníamos patria; hicieron ciudadanos cuando necesitábamos soldados; dieron, en fin, al recién nacido, el régimen de vida de un hombre de edad madura.

Patria y Libertad era la consigna mambisa. Enfrentar ambos términos no es profecía, es un peligro. La Constitución era ciertamente un modelo en el sentido de que había salido del consenso de los firmantes, y muy sencilla. Apenas hay un artículo que se refiere a las libertades civiles. Es verdad que la estructura de poder pudo ser más eficiente, pero tampoco hubo intentos serios de reformar la Constitución. Los que habían iniciado el combate, la quisieron así. Se necesitaban soldados que fueran ciudadanos más que militares. Agramonte lo fue. Se necesitaban ciudadanos no militares que representaran a los militares y a los no militares —que no peleaban con armas porque tenían otras funciones, o limitaciones personales o familiares—, y que tuvieran tiempo, fuera de las urgencias de los combates hasta donde eso era posible, para pensar en los asuntos políticos, entre ellos los de la política exterior.

Fue tal vez una desgracia que la República se constituyera en un momento de calma y en un territorio de que estábamos hecho dueños, permitiendo a los noveles legisladores olvidarse del peligro real, y forjarse engañosas esperanzas que debían ver muy pronto desvanecidas.

El más novel y presionante de los legisladores era su admirado Agramonte, que de inmediato renuncia a legislar y se dedica a la guerra. La reunión dura un día en Guáimaro porque el peligro era real y lo conocían. Esas personas renunciaban a todo y arriesgaban su vida por una democracia, no por el posible éxito de un dictador. Además, no había dictador alguno disponible.

Si el día de la proclamación de la República se hubieran oído en Guáimaro los disparos de los rifles o de los cañones enemigos, hubiéramos tenido una Constitución menos republicana y un gobierno más adecuado a nuestras necesidades.

No, Brigadier, esas personas estaban luchando por eso que establecieron, no por una dictadura.

Lo hecho en Guáimaro es prueba patente de inexperiencia, de lo lejos que se estaba de la realidad; de que se desconocía lo que era ya en aquella época la guerra en Oriente y de lo que debía ser más tarde; se procedió como si no hubiéramos tenido enemigo al frente: se constituyó un pueblo libre, en el pleno ejercicio de sus derechos y con todas sus libertades garantizadas, se redimió al esclavo, se hizo hombre al negro.

Brigadier, los Maceo eran mulatos… ¿Había que mantener la esclavitud? La proclamación de esos derechos no era solo justa y querida, sino imprescindible para convocar al pueblo a la lucha. Y para constituir la república después.

Ahora bien, hay una diferencia entre el presupuesto de una investigación y los resultados que el investigador proclama —y sus resultados comprobables–.

El propio Collazo destroza esos prejuicios en este libro honesto —y contradictorio—.

Según Collazo, Guáimaro debió elegir una dictadura temporal y un dictador. El único que podía aspirar al título era Céspedes. Y entonces los camagüeyanos y los villareños se dejaron estafar con ideas democráticas…

Como ya hemos visto, Céspedes había sido electo jefe por unanimidad… bayamesa.

Ya los santiagueros eran otro cantar:

del título adoptado por Céspedes de Capitán General, surgió que Eduardo Mármol, jefe de Estado Mayor del General Donato Mármol, lanzase la idea de nombrar a Mármol Dictador, desconociendo la autoridad de Céspedes, lo que se llevó a efecto en el Cuartel General.

He aquí una circunstancia en que un hermano proclama a su hermano como Dictador. No hay superioridad moral pero sí más circunstancias:

Noticioso Céspedes de lo ocurrido, marchó a Holguín acompañado del General Francisco Aguilera, encontrando a las fuerzas de Cuba en Tacajó; aquí tuvo lugar una reunión, a la que asistió también Napoleón Arango, que había venido de Camagüey a tratar con Céspedes.

El trance era difícil, pues el ánimo en las fuerzas de Cuba, diestramente preparado por Eduardo Mármol, estaba predispuesto al conflicto, hablándose por algunos de hacer fuego a Céspedes si se presentaba en el Campamento.

¿La dictadura era una desconfianza teórica o un peligro a evitar?

Los bayameses y santiagueros se ponen de acuerdo, puesto que Céspedes se arrepiente de su propio título:

Sagazmente tomó la palabra el General Félix Figueredo, exponiendo que lo sucedido obedecía a dos causas: a la falta de noticias del Gobierno de Céspedes, quo hacía sentir la necesidad de unificar el mando en la revolución para conseguir el triunfo; y, por otro lado, el disgusto que había producido entre los revolucionarios el título de Capitán General adoptado por Céspedes, pero que, allanadas estas dificultades, no tenían inconveniente alguno en anular el nombramiento de Dictador dado al General Mármol, y reconocer como jefe supremo de la revolución á Céspedes.

Y ahí estaba el camagüeyano Arango. Así que lo de jefe supremo era votación adelantada.

Señala Collazo: ya reconocido Céspedes, pensó marchar a Camagüey para intentar la unificación total de los revolucionarios.

Supongo que había pactado con Napoleón Arango esa visita.

Céspedes llega a Guáimaro con un consenso en realidad frágil de los orientales. Ni siquiera ellos le admiten el absurdo título español de capitán general. No era un asunto exclusivo de la democracia agramontina. Los camagüeyanos reconocerán a Céspedes y le darán a él y a su grupo todos los cargos importantes. Pero al igual que los santiagueros o los villareños, evitan declararlo dictador, o rendirle obediencia como si lo fuera.

Este es uno de los tantos momentos en que Collazo refuta sus presupuestos y sus conclusiones, por atenerse honestamente al dato. Él siempre quiso un dictador para él, a fin de sobrepasarse a sí mismo obedeciéndolo, pero no lo había, y además, nadie lo quería ni lo permitiría. Cuando al fin encuentra Collazo un líder de moral superior y de enorme carisma, José Martí, le tildará de capitán araña.

Collazo presenta más de una verdad en contra de Céspedes, Gómez y Calixto. Por no hablar del dictador golpista y traidor Vicente García.

Asombrosamente, no aporta información de peso contra… el gobierno civil.

Incluso cuando dice que la Cámara se ensañó con Manuel de Quesada —nacido en Puerto Príncipe, por cierto— no deja de criticarlo:

como General en Jefe no supo Quesada aprovechar los grandes elementos con que contaba la Revolución, ni tuvo el talento militar necesario para organizar y subordinar los hombres a sus órdenes, aprovechando la calma y tranquilidad en que le dejara el enemigo.

¿En qué quedamos, Brigadier?

Destituido Quesada, Céspedes envía a su cuñado a Estados Unidos para el asunto de las expediciones, y el mismo Collazo dice que a partir de entonces casi no viene ninguna. Si la Cámara depone a Céspedes entre otras razones por nepotismo, tal vez exageraba —porque el número de personas confiables era mínimo—, pero no sin razón. El fracaso de las expediciones fue clave para el desastre de los mambises. Y Quesada tuvo la culpa mayor. En su Diario, Céspedes manifiesta desconfianza por Quesada. Lo había nombrado él.

Veamos qué cuenta Collazo de la visita que Gómez y él le hacen al presidente:

En el momento de nuestra llegada estaba Céspedes jugando una partida de ajedrez; todos los que le rodeaban estaban bien vestidos y calzados, con el lujo de llevar camisas y chamarretas y lujosas polainas, limpios y aplanchados como quien vive sin apuros. El General Gómez llevaba por todo vestuario una camisa blanca, hecha totalmente tiras, salvo la pechera y los puños, y un pantalón de paño negro; el grupo de sus ayudantes estaba aún peor, haciendo raro contraste nuestro traje con el de los descansados gobernantes: nosotros habíamos sentido los efectos de la guerra desde su principio; para el Gobierno todavía la Revolución era una fiesta en que otros tocaban la música y pagaban los gastos.

Recuérdese que Céspedes se burla en su Diario del traje del marqués Cisneros y de que lavaba tripas de animales para hacer morcilla.

La Cámara tenía sus razones para deponer al aristócrata, y si no las tenía en cuanto a la interferencia en asuntos militares, lo cierto es que Collazo presenta más bien rectificaciones oportunas:

la Cámara, en vista de la dificultad que tenía para reunirse, amplió las facultades del Poder Ejecutivo y los Jefes militares quedaron, de hecho en completa libertad de acción.

En cuanto a los presidentes sucesores de Céspedes, Collazo los elogia. Es notable lo que dice de Cisneros, el diputado civil por excelencia, que permaneció todo el tiempo en la Cámara, que la presidió, que recibió el cargo de presidente en forma interina y fue derrocado por el golpe militar de los cespedistas lidereado por Vicente García.

El esfuerzo del Gobierno de Cisneros es notable, pues indicaba un adelanto en nuestra organización militar y probaba la necesidad, ya conocida, de que se emprendieran por el ejército cubano operaciones en grandes columnas y se siguiera un plan fijo y general en el territorio revolucionario. La oposición que encontrara fue tenaz aunque no franca, pues el General Calixto García no veía con buenos ojos la salida de esas fuerzas que, con jefes y soldados escogidos y entusiastas, marchaban de su territorio a incorporarse al General Gómez, a pesar de que no se hacía sentir su falta en Oriente.

¿El presidente constitucional, con o sin la Cámara, frenaba a los militares, o eran los caudillos militares los que se negaban a auxiliar a los otros jefes militares, saboteando las acciones militares que eran política y militarmente decisivas, como todos sabían?

Collazo narra en detalle cómo los caudillos derrocaron a Cisneros, sabotearon la Cámara, crearon el caos político y moral, y lanzaron la República al Zanjón.

Me pasma la estupidez colectiva que ha convertido los presupuestos y conclusiones erróneas de este libro de Enrique Collazo en una guía para dictadores, historiógrafos dictatoriales y escolares de una dictadura.

Collazo siguió esperando otro Agramonte, un hombre fuerte, para él.

Cuba le dio a Martí, que a menudo estaba enfermo. Collazo lo insultó y luego lo siguió.

El heredero de Guáimaro, el jefe de la democracia cubana, el organizador de la guerra, el capitán araña de Collazo, cayó heroicamente en Dos Ríos.

El militar de nacimiento murió en su casa en La Habana.

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