
No, no, no me refiero al apagón en el que escribo, ni a una visita a la tienda con los bolsillos ligeros.
Tampoco deseo sumarme a la letanía de quejas y denuncias acerca de lo dura que es nuestra vida actual. Otros lo hacen mejor.
Observo además que una tan imprescindible pero abrumadora cantidad de lamentaciones o de indignaciones, ciertamente mucho más moral y útil que el aguantar con la boca y la voluntad clausuradas, puede volverse a la larga un hábito peligroso, una comodidad que ayuda a seguir aguantando con la excusa de que yo protesto, un contradictorio saboteo voluntario del carácter.
Hasta la miseria material y moral puede volverse de algún modo cómoda. O por lo menos, o más o menos, soportable.
Cuando en 1980 me botaron de la universidad de Camagüey me dediqué a la piscina.
En el tiempo que me sobraba, en las tardes de verano, después de trabajar en la investigación de mi primer libro sobre Martí.
Fue entonces cuando un yanqui —Dios mío, siempre los yanquis, no sólo en los seriales de la TV—, me orientó en cómo corregir mi desastroso desempeño en los cuatro estilos de natación.
De eso no aprendí mucho en el libro de James Counsilman La natación. Ciencia y técnica para la preparación de campeones, publicado por el Instituto Cubano del Libro en 1974.
Desde luego, la culpa de mi fracaso era mi incapacidad y no del maestro, que por ser yanqui no dejaba de ser sublime.
Counsilman fue el entrenador de los campeones estadounidenses de natación de los años sesenta. Él mismo había sido recordista mundial del estilo pecho, piloto de guerra y doctor en ciencias. Aunque supongo que el libro haya sido ya superado, su descripción de la técnica de los cuatro estilos me sigue pareciendo una joya. Incluía dibujos precisos, en una época en la que los videos de las redes ni se soñaban.
Pero lo mejor del libro son sus planes de entrenamiento. Para la etapa decisiva, Counsilman obligaba a sus muchachos, bien comidos desde luego, a salir de lo que llamaba la zona de comodidad del nadador, y escalar hacia el dolor, para luego seguir subiendo hasta la angustia, y finalmente culminar en la agonía. Al muchacho lo sacaban de la piscina en mal estado.
Un tiempo después le colgaban la medalla olímpica.
Ya he confesado que no nací para campeón. Sólo quiero significar que esas tres dimensiones de la vida que no nos simpatizan mucho, para nada constituyen maldiciones de las que hay que huir a cualquier precio. Forman parte de la tarea de la existencia, y es determinante para todo aquel que quiere obtener un resultado noble en el mediocre y único turno que pasamos en el universo.
Ni hablar del que se define como cristiano, porque se trata de la omnipresencia de la Pasión.
La vejez, la enfermedad, la desgracia y la muerte las contienen de otra manera. Y no hay forma de evitarlas.
Ejerzámoslas, sin embargo, para el Triunfo de la Vida, como los olímpicos de Counsilman.
