
Es un mito que después de muertos nos siga creciendo el pelo indefinidamente. Lo muerto, muerto está. Tampoco es paradójico que al Parque Lenin le siga creciendo la yerba año tras año, mientras sus animadas dependencias, aquellas que le dieron razón de ser, se encuentren totalmente desahuciadas, la mayoría en estado de irreversible recuperación. Tras la defunción de la Unión Soviética, la crisis de abandono que le cayó encima al lagarto caribeño fue sorteada con la misma destreza con la que un borracho logra llegar ileso a su casa. Desde luego que el Parque Lenin se lo sintió, pero, contra todo pronóstico, salió adelante. Ignorando las duras pruebas que le aguardaban, cada recorte presupuestario, cada componente de importación difícil de adquirir, cada engranaje del parque recreativo sin restituir, iba a parar inexorablemente a su cuenta regresiva. El esplendor inicial de la vasta instalación fue eventualmente peor administrado, sometida como estaba a los vaivenes burocráticos y a las directrices económicas de las dos primeras décadas del siglo, que, más que líneas rectas hacia el futuro, parecían seguir la trayectoria de un boomerang.

Como ha sucedido regularmente con las empresas estatales presupuestadas, los ciclos de explotación ininterrumpidos conllevan a su inevitable deterioro, seguido de algo parecido a un remozamiento —formalmente acompañado de cambios en el funcionariado—, en los que la calidad de las instalaciones y servicios suele degenerarse con cada “mejora”, y visiblemente empujados a la desgracia. Las actuales ruinas que configuraron el área de diversiones del Parque Lenin, constituyen la mejor expresión de este patrón: el deslizador acuático, la estrella panorámica, las sillas voladoras, el columpio gigante, el carrusel, la oruga, la montaña rusa, los carritos chocones, los elefantes voladores, todas ellas pudriéndose a la intemperie canicular del trópico. De modo que poco existe de aquella lujuriante donación de esparcimiento y risas hecha por los japoneses hace medio siglo.

Para representarnos la apariencia inicial de La Mariposa del Parque Lenin, pudiéramos remitirnos —antes de que sea demasiado tarde— al Parque Infantil Camilo Cienfuegos, en Camagüey, fundado por Fidel Castro el 17 de julio de 1976. Hasta fecha relativamente reciente, ostentaba mejor conservación, en buena medida por el esmero y cuidado que sus funcionarios y trabajadores le han prodigado, aunque noticias más frescas denuncian la paulatina degradación de su infraestructura. Algo similar ha sucedido con los parques japoneses de los que también fueron beneficiarios los holguineros y santiagueros, sin dejar de mencionar el ya desmantelado en la otrora Ciudad de los Pioneros de Tarará, en las Playas del Este de La Habana, que contó con el único teleférico del país para uso recreativo, uniendo ambas orillas del río, entre el área residencial y el parque propiamente dicho.

Tiende la nostalgia a recordar aquellos eventos y lugares que hicieron gratas nuestra existencia. Atrás quedaron los días fundacionales de aquella enorme obra que hoy se vuelve a ver colonizada por el marabú y el abandono. Cuesta creer que entre los atractivos iniciales del conjunto recreativo habanero figuraron un taller de cerámica con todos los hierros y una galería de arte, la Amelia Peláez. Del exclusivo sistema constructivo empleado en el parque, y al que hacía referencia en la anterior entrega, anoto que fue diseñado en tiempo récord por el arquitecto Juan Tosca y el ingeniero Pimpo Hernández. Los componentes de dicho sistema se fraguaron en una planta fuera del parque, desde donde se trasladarían hasta sus emplazamientos arquitectónicos. Los mismos fueron utilizados en el restaurante Las Ruinas, proyectado sobre los vestigios constructivos de una edificación del siglo XIX, generando contrastes de técnicas exquisitamente acompañadas por un vitral emplomado de René Portocarrero. Auxiliadas de estos módulos, no menos atractivas resultan otras dos instalaciones gastronómicas, La Faralla, diseñada por el propio Juan Tosca y Selma Soto; y Los Jagüeyes, concebido por Andrés Garrudo y Thelma Ascanio. De Thelma Ascanio es también el acuario de especies de agua dulce. Para el mismo se desmarcó del patrón prefabricado general, considerando las exigencias del diseño en espiral de la planta proyectada para el edificio.

No obstante, entre los trabajos más atípicos del parque se encuentra el Anfiteatro, homenaje tropical a los antiguos foros grecolatinos. Obra de los arquitectos Hugo D’ Acosta y Mercedes Álvarez, fue trazado a orillas de un pequeño embalse que nucleaba espacialmente toda la zona. Su escenario consistía en una plataforma flotante sujeta con tensores desde el lecho del embalse, sobre el que se realizaron memorables eventos culturales en los años 70 y 80 del pasado siglo. Una pista para rodeo, ingeniada por Rita María Grau, redondeaba las grandes infraestructuras constructivas, que no disminuyeron las adecuaciones de pequeñas viviendas para diversos usos públicos, a cargo de los arquitectos Mario Girona y Sara Blumenkranz.
Dentro del parque es posible encontrar otros nichos recreativos, como la pista de motocross, un Centro Ecuestre, el Bosque Martiano y el Monte de los Poetas. Su perímetro incluye también dos esculturas monumentales a Lenin y Celia Sánchez, la primera de las cuales, de la autoría del artista ruso Lev Kerbel, fue donada por el gobierno soviético en los años 80, década en la que se añadió al campus un complejo de piscinas y se concluyó el Palacio Central de Pioneros Ernesto Guevara. Con mayor o menor grado de conservación, como en todo sitio arqueológico que se respete, estos hitos que hicieron algo más grata la vida de los cubanos en las postrimerías del siglo XX, se encuentran seriamente amenazados. Pero, sin lugar a dudas, el caso más sufrido de tal abandono es el vértice por el que mejor se recuerda al edén campestre de Arrollo Naranjo: su parque de diversiones. Puede que estas imágenes a full color acentúen la marcada diferencia entre lo que se cuenta de un pasado radiante y lo que ha quedado de él, un potrero equinoccial que recupera los hábitos de una naturaleza preterida.
