Panorámica esquinera de la fachada del Campoamor, de la que muy poco se podrá recuperar a estas alturas. Foto: Juan Pablo Estrada.

Las ruinas habaneras tienen más facha de apariciones que de paredes muertas, desafiando levitantes la gravedad de nuestras circunstancias —y léase gravedad en su doble significado—. La complejidad patrimonial de esta cuestión llega a tal límite, que el abismal desinterés del Estado y sus ramificaciones institucionales por el tema resulta inaudito. A la hora de tomar cartas en el asunto, es la gente quien define un hábitat, por paupérrimo que sea, de una ruina. Haciendo un balance sobre este argumento, es imposible pasar por alto un retrato documental —que carga ya algunos años— titulado Arte nuevo de hacer ruinas, de los alemanes Florian Borchmeyer y Matthias Hentschler, donde residentes en precarias edificaciones habaneras despliegan, cual maltratadas alfombras, su diatriba contra una existencia igualmente en ruinas. Esencial en la dramaturgia del filme, resulta el puntal teórico-literario de Antonio José Ponte, acotador de una subtrama filosófica en paralelo con el día a día de los protagonistas. Uno de estos testimoniantes es Reinaldo, practicante de Tai Chi que habita los restos clausurados del teatro Campoamor. No sabemos si como consecuencia de una delirante evasión, él escucha las voces de las celebridades que por allí desfilaron, atrapadas en las paredes.

Vista superior del ruinoso teatro desde el ángulo comprendido entre las calles Industria y San José. La ausencia de techado y el maltratado perímetro urbano saltan a la vista. Foto: Juan Pablo Estrada.

Típico de las permutas y compraventas inmobiliarias en La Habana de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y coincidiendo con la histórica transición de colonia a república, el bregar del teatro Campoamor no fue menor que el de otras empresas de la época. A ello se suman las cotizaciones de una zona capitalina que, paradójicamente, era nueva en medio de su antigüedad. Se trata del glacis que ocupara la inveterada Muralla de Tierra, comprendida entre Monserrate y el Paseo del Prado, vedada a la construcción civil mientras ese sistema defensivo cumplió su rol estratégico. Una vez derribado el obstáculo, a partir de la segunda mitad del XIX, los lotes comenzaron a venderse al mejor postor. Para ubicar el escenario en contexto, la manzana que hoy ocupa el edificio de la Colección de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes, era ya, a comienzos del siglo XX, propiedad del Centro Asturiano.

El extenso lateral por la calle San José exhibe los maltrechos blasones y balaustradas que adornaran sus paredes. Foto: Juan Pablo Estrada.

Allí, en San Rafael, entre Zulueta y Monserrate, delimitado al fondo por la calle San José, se construyó el primer teatro Campoamor en 1915, a cargo del arquitecto José Ricardo Martínez Prieto, donde previamente radicó el teatro Albisu —con anterioridad llamado Lersundi—. De refinado estilo neoclásico, el plato fuerte del edificio concebido por Martínez lo constituían las funciones de zarzuela, bonanza en cartelera que tuvo efímera existencia, pues en 1918 las inmediaciones del edificio se vieron afectadas por un incendio. Aunque el teatro fue reabierto al público, la decisión de concebir en la manzana un proyecto mayor, dio paso a la construcción del actual palacio del Centro Asturiano. Como el propósito era salvaguardar la memoria del poeta decimonónico asturiano Ramón María de las Mercedes de Campoamor, pocos años después los directivos de la Sociedad deciden comprar el teatro Capitolio, cuyos propietarios adquieren a su vez el local del antiguo cine Montecarlo, ubicado en el Paseo del Prado, y llevándose el nombre consigo.

Desaparecido el edificio contiguo, el otro costado del Campoamor muestra su cara desconocida hacia un improvisado parque infantil, en la esquina de San Rafael e Industria. Foto: Juan Pablo Estrada.

A un costo de 300 000 pesos, la sociedad Santos y Artigas, empresarios escénicos que movían el rango de sus producciones entre el arte circense y el cinematográfico, erigió el inmueble que dio por terminadas sus obras con el nombre de teatro Capitolio —altorrelieve que aún se puede advertir en el friso esquinero del último cuerpo del edificio—, el 20 de octubre de 1921, en la confluencia de Industria y San José. Con capacidad para 2000 espectadores, se construyó siguiendo los patrones de un teatro vienés, en herradura —por la disposición de su planta y alzada—, con barandales de bronce y ornamentos de oropel. Una vez en poder de la Sociedad Asturiana, la identificación del Campoamor se hizo notar con un gran rótulo pintado a base de indeleble caseína sobre el acceso principal. Como plataforma de presentación para celebridades cubanas y extranjeras de la primera mitad del siglo XX, su escenario fue testigo de las actuaciones de Ernesto Lecuona, Bola de Nieve, Esther Borja, Miguel de Grandy, Alicia Rico, Candita Quintana, Rosita Fornés, Blanquita Amaro, Imperio Argentina, Libertad Lamarque y la polémica Lola Flores, que suscitó escándalos entre la mojigata audiencia femenina asidua al teatro. También fungió como cine de estreno, exhibiendo en nuestro país la cinta The Jazz Singer, primera película comercial con sonido sincronizado, el 6 de octubre de 1927, ocasión para la que se hizo instalar en su sala el novedoso sistema de audio Vitaphone; o la proyección de Roma, ciudad abierta, obra maestra del neorrealismo italiano.

El resistente rotulado del Campoamor evoca las pasadas glorias del foro, a escasos metros por encima de la podredumbre. Foto: Juan Pablo Estrada.

Un desplome parcial en 1965 significó el comienzo de un dilatado desahucio para esta reputada institución cultural. Lejos ya de su desempeño escénico, los espacios utilizables cumplieron diferentes funciones, en la medida que el tiempo iba cobrando faltantes a su estructura. Su privilegiada localización, a un costado del Capitolio de la República, ha sido objeto de varias evaluaciones restauradoras por parte de la Oficina del Historiador de la Ciudad, sin que ninguna de ellas se consumara hasta la fecha. En espera de un milagroso evento, los vanos de sus paredes exteriores se han consolidado preventivamente con bloques de hormigón, al tiempo que una valla perimetral cumple la doble función de evitar el acceso, y proteger a los transeúntes de un sorpresivo derrumbe.

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