
El calamitoso estado de la que fuera residencia campestre de Manuel Aspuru, es, junto a una espigada chimenea de hormigón, el único nexo reconocible que los enlaza con un patrimonial emporio azucarero. Pero una singularidad aún más distintiva caracteriza estos vestigios, al tratarse del emplazamiento de su tipo más antiguo de Cuba, localizado en el mismo sitio donde fuera fundado hace casi 400 años, y siendo el único exponente agroindustrial azucarero que sobrevivió al tiempo para quedar incluido en el área metropolitana de La Habana. Y si de excepciones se trata —esta vez en la memoria reciente—, las personas de mi generación recordarán, hace unos 30 años, el fuerte olor de la refinación del azúcar suspendido en el aire, cuando las emanaciones de su actividad fabril alcanzaban la zona de mayor densidad urbana en Marianao.

Lo que demolieron en los primeros años de este siglo con el nombre de Complejo Agroindustrial Manuel Martínez Prieto, tuvo su primera utilidad productiva a partir de la segunda mitad del siglo XVII, cuando Diego Franco de Castro, director de un coro eclesiástico, estableció un ingenio bautizado con el nombre de San Andrés, el 2 de diciembre de 1675, en una dependencia de la jurisdicción de Marianao conocida como Los Quemados. Para 1762 la fábrica fue comprada por Juana de Sotolongo, ampliando y rebautizando el enclave como Nuestra Señora del Carmen, que ya en 1783 figuraba en propiedad de Gabriel González de Álamo, cuya familia lo heredó hasta mediados del siglo XIX. En una apretada síntesis usufructuaria, se sabe que en 1850 el conde de Santovenia lo vendió a Marcelino del Allo, y ocho años después fue copropiedad de Durañona- Goicochea-Tuero, hasta que en 1865 quedó como único dueño Francisco Durañona, aun cuando algunos cronistas aseveran que este hecho ocurrió en 1856. En poder exclusivo de Durañona, este lo nombró Toledo, su ciudad de nacimiento.

Las tres hijas de Francisco contrajeron matrimonio con los descendientes de su antiguo socio Goicochea, a su vez patrones de otras propiedades de igual talante, quedando todas administradas de conjunto. En 1909 el Toledo fue comprado por Manuel Aspuru Isasi, quien lo gerenció hasta su fallecimiento en 1917, sustituyéndolo su hijo de igual nombre. A un año de morir su padre, Manuel junior amplió la capacidad productiva del central, incorporándole un tándem tipo Fulton, que debió acicalar tras el paso del ciclón del 26, meteoro que afectó considerablemente las instalaciones. Pero Manuel no cejaba en la modernización de su empresa, añadiéndole una refinería de carbón activado en 1933, y en 1954 seis unidades para la filtración de licores. Para los años 50, las extensiones cañeras que abastecían el Toledo se encontraban al este y el sureste, en los territorios de Bauta, Caimito, así como Boyeros, San Antonio de los Baños y el propio Marianao.

La afición de Manuel Aspuru por los deportes, lo llevó a fomentar la práctica del beisbol y el softbol, construyendo un estadio en los terrenos del central, donde, desde 1947, se constituyó la Liga Amateur Libre del Central Toledo. Ante tal prosperidad, ha de suponerse que la opulencia del potentado azucarero luciera su refinamiento un poco más allá del de un terreno de pelota, cuando hizo construir en las parcelas del central una mansión campestre, que nada le debe a las más suntuosas del corazón capitalino. A La Casa Blanca, paradigmático nombre que no guarda relación alguna con Humphrey Bogart ni el clásico filme que protagonizó, y mucho menos con la residencia de gobierno norteamericana —simplemente fue pintada de blanco desde su construcción, hasta que alguien se dignara a darle algunos brochazos a finales del pasado siglo—, Manuel iba de vez en vez, cuando de manejar sus asuntos en el central se trataba, o bien para darle la utilidad social que su clase demandaba. El radio de influencias de Aspuru resultaba considerablemente notable y bien apuntalado, y se evidenció durante la visita del vicepresidente estadounidense Richard Nixon a Cuba, quien fuera huésped de esta otra Casa Blanca por algunos días, en febrero de 1955.

En 1958, el alcance productivo de Aspuru lo impulsó a inscribir el Toledo, junto al Central Fajardo, igualmente suyo, como Compañía Azucarera Central Toledo. Pero, como a todo propietario privado en la segunda mitad del siglo XX cubano, a Manuel le llegó un 1959 cargado de sorpresas, viendo nacionalizada su flamante compañía de un pestañazo. Luego de un siglo conservando el mismo nombre, el Toledo volvió a ser rebautizado, esta vez con el patronímico de uno de sus antiguos trabajadores —asesinado durante la dictadura de Batista—, llamado Manuel, igual que su empleador. Como si no hubiese otras opciones, La Casa Blanca pasó a convertirse en oficinas de la fábrica, y, durante la ejecución del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, la administración del central la concedió a la nueva universidad, disputándosela en los años 80, ante los visibles daños ocasionados por la falta de mantenimiento.
Desde la creación de las Casas Estudiantiles de la FEU, mediante la Resolución rectoral No. 1269 de 1978, La Casa Blanca cumplió el rol de esparcimiento para las que estas fueron concebidas, en este caso brindando prestaciones a la universidad politécnica en expansión. En paralelo, la suerte del central no iba nada bien. Pesimamente administrado, incumplió su plan de producción en cuatro de los cinco años del quinquenio 1976-1980. Figurando entre los 16 ingenios del país en producir azúcar refino, los síntomas de ineficiencia lograron pesar más en la báscula, y a comienzos del presente siglo fue víctima de la Tarea Álvaro Reynoso —uno de los disparates económicos más graves cometidos en Cuba a lo largo de su historia—, cuando fue reducida a chatarra toda su infraestructura. Aun cuando se intentó convertir en museo temático de la industria azucarera, su desenlace apenas deja en pie una chimenea y una mansión en ruinas.
