
La Habana es un animal que ha experimentado tanta indolencia en las últimas seis décadas, que es prácticamente imposible seguirle la pista a las delirantes mutaciones que ha sufrido a nivel celular.
El 6 de febrero de 2022, varias publicaciones oficiales capitalinas exaltaron la reinauguración de la librería Alma Mater, ubicada en Infanta y San Lázaro, que solía ser una de las esquinas más animadas de la ciudad. Entre otras, El Portal del Ciudadano de La Habana, Trabajadores y Tribuna de La Habana, se deshicieron en alabanzas sobre el acontecimiento. Todo bonito, por supuesto. Tuve que navegar más a fondo para desentrañar pormenores y antecedentes del evento. En un artículo de Yania Suárez para el medio independiente Diario de Cuba, del 14 de febrero del propio año, da cuenta del pésimo estado del establecimiento previo a su reapertura, mientras estuvo clausurado como consecuencia de un apoteósico estallido de aguas albañales procedentes de los apartamentos superiores del inmueble. Sin embargo, el reportaje en cuestión se centra en el meollo funcional del establecimiento, relatando la triste oferta de la industria editorial cubana desde la pandemia hasta esa fecha.

Del relanzamiento de la librería, tributaria de la Universidad de La Habana, también se hicieron eco otros medios, como El Caimán Barbudo, perteneciente a la Casa Editora Abril, sacando a la luz un caustico fotorreportaje de Pedro Sosa Tabio —cuando ello era posible en las editoriales culturales oficialistas—, referente al antes y después del 2022. Pero, sorpresa apabullante, resulta que hubo una temporada previa de abandono a 2013, cuando fue reestrenada luego de otro ciclo de churre y descuido. Así lo da a conocer Daisy Valera para Havana Times, el 5 de febrero de 2014, aludiendo al hecho acaecido el 30 de septiembre del año anterior, en conmemoración de la Tángana Estudiantil de 1930. No tengo la menor idea de cuantas veces ha sucedido este bucle de esplendor y decadencia, sólo sé que, en algún momento entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, de pronto hubo una librería llamada Alma Mater en el cruce de estas dos conocidas arterias habaneras. En honor a la verdad, tampoco recuerdo qué hubo ahí antes de ese momento, aunque perfectamente pudo ser una farmacia, taller de reparaciones, OFICODA…, no lo sé. De más está aclarar que el actual estado de la librería —quizás en su última ronda de barbecho— es lúgubre. A través de sus vidrieras cubiertas de polvo, una brumosa panorámica hacia el interior descubre los escasos y desteñidos libros que asoman desde sus anaqueles, abandonados a su suerte como retaguardia de un repliegue nada discreto.

Atenazado por una frustración intelectual que le derretiría el espíritu al más pinto, existe un dato infinidad de veces pisoteado por quienes, en el pasado, frecuentábamos el establecimiento en busca de novedades literarias. En el umbral de su acceso principal, indeleblemente fraguado en granito, hay una marca dislocada y extraviada en el tiempo, que en nada la relaciona con actividad bibliográfica alguna: Lámparas Quesada. Tal desconexión, luego está, les zarandea el instinto arqueológico a no pocos moradores de esta urbe puteada y maltratada a lo largo de su última media centuria. En la página digital Libre, del 15 de mayo de 2021, puede encontrarse una novelera reseña de Álvaro Álvarez referida a Lámparas Quesada, la reconocida empresa fundada en Santiago de Cuba el 20 de abril de 1923 por Idelfonso Quesada López-Chávez —en 1958 su establecimiento santiaguero estaba en Aguilera No. 209—. Para 1928 se traslada a La Habana, instalando su fábrica y almacenes en Espada No. 251 esquina a Ánimas, y empleando en aquel entonces a 120 trabajadores. Para no perder tiempo ni oportunidades, su tienda matriz fue emplazada muy cerca de allí, en una zona de la ciudad que conectaba el lado antiguo con los barrios emergentes, en la consabida esquina de Infanta y San Lázaro. Aunque poseía filiales en las antiguas seis provincias —como se puede advertir en la bruñida inscripción bajo la puerta del establecimiento de marras—, las sucursales de mayor peso se encontraban en Camagüey, en la populosa calle República No. 464; y en Santa Clara, en Candelaria No. 15.
La reputación del negocio le hizo extender sus sedes a Panamá, en 1936; Venezuela, 1947; y a Puerto Rico y República Dominicana, en 1950 —siendo en este último país donde radica la empresa actualmente—. La calidad de sus producciones motivó que prestigiosos arquitectos e interioristas de la época contaran con sus distintivos modelos —exclusivamente elaborados con cristales de Bohemia—, entre ellos Morris Lapidus, artífice de un considerable número de hoteles en Miami Beach. Significativo resulta que la hostelería habanera de los años 50 no quedó a la zaga de tanto brillo, acudiendo igualmente a esta firma para ambientar los suntuosos recintos del Habana Hilton, Capri y Riviera. Los testimonios de la época evidencian que en su bazar de lujo, impecablemente tapizado con alfombras azules, se ofertaba la más extensa y alucinante diversidad de lámparas. Tanto glamour contrastaba —enclavada en la urbe altisonante que fue alguna vez— con la frecuencia que el trashumante Caballero de París convirtió sus portales en uno de los sitios de estancia y escala preferentes. El 13 de octubre de 1960, mediante la Ley 890, Lámparas Quesada fue expropiada, destellando por última vez en Cuba. Después ya sabemos lo que sobrevino: una oscuridad parpadeante, para nada metafórica.




Fotos: Juan Pablo Estrada.
