Ruinas del primer tramo constructivo —desde la fachada hacia el fondo— de la antigua Fábrica de Camisas. En un segundo plano, se aprecia la imponente vecindad de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Aunque le parezca extraño a las nuevas generaciones, en Cuba hubo una fábrica de camisas, y quien dice una, dice varias. Pero también se confeccionaban zapatos de competencia internacional, como los célebres Amadeo, los segundos mejor pagados en la República; o relojes, como el mundialmente reconocido Cuervo y Sobrinos. La industria ligera y de accesorios constituía un emporio en la isla, del que disponía habitualmente la economía del mundo en la primera mitad del pasado siglo; despuntando igualmente la industria pesada y la minería de alto calibre. Sin ir más lejos, las camisas —y otras producciones textiles— que menciono, se estuvieron confeccionando hasta hace poco más de una década, no en La Habana, sino en Camagüey, provincia con un potencial económico-productivo de envidiable tradición secular.

Interior de la antigua nave techada, convertida en estéril explanada para evitar focos insalubres.

 

El 23 de abril de 2016, torrenciales aguaceros que afectaron la región centro-oriental de la isla, ocasionaron el colapso del techo en el viejo inmueble que acogió a la Fábrica de Camisas, en Luaces No. 7, dentro del perímetro fundacional de la capital agramontina. Su emplazamiento puede ser calificado de privilegiado y simbólico, ya que se ubica frente al parque José Martí, antigua plaza de San Francisco de Asís, configurando un entorno arquitectónico-urbanístico de gran relevancia ambiental e histórica. Las ruinas de la otrora factoría, contigua a la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, de un comedido y regio estilo neogótico, también comparte fachadas con la escuela secundaria y el preuniversitario Inés Luaces —en este caso de estilo neoclásico tardío—, asiento en el pasado de las Escuelas Pías de Camagüey. Otras edificaciones, como el Colegio de Monjas Salesianas, devenido en unidad asistencial de salud, y la casa de San Fernando No. 2, complementan la armoniosa atmósfera de la que forma parte el interfecto establecimiento textil. Siendo esta una de las principales áreas objeto de conservación en el casco antiguo, fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 2008.

Vista de las ruinas desde la vía pública, en la que se observan tras las vallas la ausencia de fachada, desplomada con posterioridad a la caída del techo.

 

Acerca del irreparable desplome, el intelectual Pedro Armando Junco expresó que “el deterioro interno del inmueble obligó a la dirección de industrias locales a evacuarlo con vistas a una futura reparación, por sus muchos años de existencia sin el auxilio de mantenimientos y cuidados; pero, como siempre sucede, así quedó todo en proyectos burocráticos hasta la noche del colapso”. La antigüedad del local, según abunda el escritor, a diferencia de otras industrias territoriales —casi todas del ramo alimentario—, que contaban con edificaciones concebidas en la segunda mitad del siglo XX para fines productivos específicos, la de camisas se instalaba en un viejo inmueble refuncionalizado.

El brazo extendido de un «avecindado de nuevo tipo» —devenido en guía local— señala hacia la antigua fachada del inmueble desde el interior del recinto.

 

Se trata de una casona que había fungido como vivienda, mercado y otros usos de la más diversa índole. De modo que al convertirse en sede del centro de confecciones con el que llegó a expirar hace 10 años, su rentable trayectoria ya había sido larga y plural. Por su aspecto anodino e irrelevancia histórica, el edificio adoleció de la debida atención estructural e investigativo-documental, siendo explotado sin miramientos hasta que los síntomas de alarma hicieron peligrar la maquinaria productiva en su interior. Como también apuntaría Pedro Armando en sus palabras, en el espacio se planificó la ejecución de Las Arcas, un centro de negocios del Fondo de Bienes Culturales, que no consideraba demasiados requisitos patrimoniales durante su intervención —salvo el respeto al entorno inmobiliario— para la implementación del proyecto, a cargo del arquitecto Henry Mazorra Acosta, por encomienda de la Oficina del Historiador de Camagüey. Como todo un país, la aspiración aguarda la llegada de tiempos mejores.

El nuevo vecino del área en ruinas, muestra ladrillos recuperados del desastre.

 

Aprovechando la opacidad de horizontes futuros, las miradas se han vuelto al pasado. A finales de 2018, haciendo parte del Primer Taller de Estudios Históricos y Arqueológicos en Contextos Urbanos, el ámbito del parque José Martí y las ruinas de la Fábrica de Camisas fueron escenario de excavaciones exploratorias, con la participación de especialistas de cinco provincias, cuyos centros urbanos también han sido declarados patrimoniales. El evento contó igualmente con el accionar de arqueólogos extranjeros y estudiantes de la disciplina. Tomando en cuenta los precedentes sobre el terreno y la pericia de los involucrados, los hallazgos no sorprendieron a nadie, pero ayudaron a esclarecer las yuxtaposiciones y localización estratigráfica de los restos encontrados. Los mismos validan las conjeturas evolutivas del área investigada, con la confirmación de trasiegos cotidianos y mercantiles en siglos pasados. Como parte de los resultados —enfocados en desentrañar los restos de la ermita de San Francisco de las Llagas, consagrado a Nuestra Señora de Santa Ana en el siglo XVIII—, figuraron vestigios aborígenes relacionados con sus prehistóricos asentamientos en la región.

Algunos elementos, fijos o móviles, son indicadores de la virtual habitabilidad del lugar.

 

Como sucede con cada derrumbe en nuestro difícil contexto, en sus ruinas se han instalado temerarios residentes, ocupando sesgadamente los rincones habitables del desastre, apenas percibidos para los advenedizos. Luego de tanto abandono, las mutiladas paredes de la vieja factoría fueron valladas de frente a la calle, mientras sus desmesurados espacios interiores se asolan a falta de tejado, como cuando allí no había nada y llegaron los primeros humanos que alguna vez habitaron esta isla, encueros, descamisados.

La silueta de un gato en el ocaso, desafía el equilibrio entre lo que está en pie y lo que puede caer.

Fotos: Juan Pablo Estrada.

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