
El 28 de febrero de 1914 murió Salvador Cisneros Betancourt. Fue alcalde de su ciudad natal un par de veces. Sirvió como presidente de la República en Armas durante la Guerra de los Diez Años y durante la Guerra del 95. Participó como delegado prácticamente en todas las asambleas constituyentes que tuvieron lugar en Cuba a lo largo de su vida. Al conmemorar su natalicio, que tuvo lugar el 10 de febrero de 1828, comentamos desde Cuba Constituyente algunos aspectos de su biografía hasta 1900. Ahora, en el aniversario de su muerte, corresponde tratar su labor en la Constituyente y en el Senado de la República y otras cuestiones relevantes.
El proyecto de bases
Lo primero que merece ser abordado es el proyecto de bases para la Constitución que presentó en la Convención de 1900-1901. Varios delegados presentaron el suyo y Cisneros de ningún modo iba a perder esa oportunidad. Algunos presentaron proyectos muy breves. En ese caso estaban las propuestas de Alfredo Zayas, Enrique Villuendas, Emilio Núñez, José Nicolás Ferrer y Juan Gualberto Gómez. Solían abordar parcialmente algunos temas o presentar ideas generales acerca de cómo tratar ciertas cuestiones. Los proyectos de José de Jesús Monteagudo y Diego Tamayo, sin dejar de ser breves, duplicaban en extensión los anteriores. Consistían casi en proyectos de Constitución los de Juan Ríus Rivera, Martín Morúa, José Braulio Alemán, Gonzalo de Quesada y Leopoldo Berriel. Los de estos dos últimos eran los más extensos.
El proyecto de bases de Cisneros estaba a mitad de camino entre los más breves y los más extensos. Sin dejar de ser conciso, abordaba la mayoría de los temas esenciales desde el punto de vista tanto orgánico como dogmático. Podían reconocerse en él las mismas ideas liberales radicales que habían informado la Constitución de Guáimaro. Contenía preceptos relacionados con la ciudadanía y los derechos individuales, pero se detenía bastante en los órganos de gobierno del Estado y sus atribuciones.
Proponía Cisneros reconocer la ciudadanía a todos los nacidos en el territorio de Cuba o en el extranjero de padres cubanos. También a los que hubieran estado en la Revolución, sin importar su procedencia, y a los africanos con más de 25 años de residencia. Podría serle concedida a los extranjeros en general, con más de 10 años de arraigo en el país. Termina diciendo que la ley habrá de determinar los requisitos necesarios para que los extranjeros adquieran la ley.
Puede llamar la atención del tratamiento separado que hace de los africanos. Evidentemente se está refiriendo a los no nacidos en la isla traídos como esclavos. El lugar de este precepto debió ser una disposición transitoria para evitar interpretaciones discriminatorias respecto a los africanos que arribaran en el futuro. Debe considerarse, sin embargo, que se trataba apenas de un proyecto de bases, un grupo de ideas a partir de las cuales elaborar.
En materia de derechos individuales, estaban todos los defendidos por el liberalismo clásico. Libertad de conciencia, expresión, reunión, asociación, enseñanza, igualdad ante la ley, inviolabilidad del domicilio, de la correspondencia. Incluía el derecho de petición y el derecho electoral, entre otros. En realidad, en estos principios estaba de acuerdo prácticamente la totalidad de los constituyentes.
En cuanto al gobierno, las ideas de Cisneros tampoco se apartaban en varios puntos esenciales de las de los demás. Proponía la tripartición de poderes. Un poder judicial independiente. Un legislativo bicameral. Un ejecutivo encabezado por un presidente, teniendo como sustituto al vicepresidente y sirviéndose de los secretarios de Despacho necesarios. Tanto la Cámara como el Senado debían renovarse por tercios cada dos años. Se presume entonces, porque no lo dice de plano, que sus miembros serían elegidos para servir durante seis.
Es interesante que proponía una Cámara mucho más numerosa que la finalmente adoptada con un Representante por cada 15000 habitantes. En la Cuba de entonces esto significaba más de un centenar de miembros y no los 63 que tuvo la primera elegida en 1901. En el Senado sí proponía un número de miembros igual al que finalmente se adoptó, cuatro por provincias. Llama la atención, sin embargo, que utilizó para referirse a estas el término “Estados”, el mismo utilizado en la Constitución de Guáimaro. El proyecto no hace referencias al régimen municipal o provincial, así que no necesariamente expresa las ideas federalistas que estaban en boga entre algunos delegados.
Entre los rasgos más interesantes del proyecto se encontraba el reconocimiento del derecho del pueblo a poseer y portar armas. También, la reticencia a permitir a los militares el acceso a la presidencia. Cisneros proponía como requisitos para este cargo el haber nacido en Cuba y residido más de 14 años en ella. Debía, además, tener 40 años cumplidos y no haber obtenido grado de general de Brigada hacia arriba en el servicio de la milicia. Durante los debates de la Convención, Cisneros entabló una lucha infructuosa con el resto de la asamblea para conseguir esto. Ni siquiera pudo evitar que se concediera el derecho a aspirar a la presidencia a los nacidos fuera de Cuba. Por supuesto, se trataba de aquellos con más de 10 años de servicio en el Ejército Libertador, cláusula destinada a beneficiar a Máximo Gómez.
La Constituyente
A grandes rasgos, el proyecto de Cisneros estaba inspirado, sobre todo, en el modelo constitucional estadounidense. El resultado final de la Convención, la Constitución de 1901, no se separó demasiado de estos principios salvo, quizá, en detalles que acabaron siendo relevantes. Sobre todo, el hecho de que se diseñara un ejecutivo demasiado poderoso acabó pasando factura a la Constitución.
Durante los debates, Salvador Cisneros participó intensamente defendiendo proposiciones que con frecuencia lo dejaban en la minoría. Su intransigencia con los militares y su radicalismo a ultranza hacían fracasar sus enmiendas. Esta circunstancia provocaba que casi siempre las enmiendas exitosas por las que votaba eran las menos distantes de sus principios que patrocinaban otros delegados. Era, no obstante, uno de los miembros de la Convención más respetados por el público y por sus compañeros.
Su actividad fuera del cónclave era también notoria. Se unía o auspiciaba toda iniciativa que propendiera a fortalecer la nacionalidad cubana o acercar la independencia plena. Durante mucho tiempo encabezó una campaña para que El Vaticano retirara de La Habana un recién nombrado obispo de origen italiano y nombrara uno cubano. Se entendía que Monseñor Sbarreti, ese era su nombre, tenía vínculos estrechos con círculos del gobierno estadounidense. Se temía que pudiera tener influencia negativa en el proceso de la independencia definitiva que se deseaba impulsar. El activismo de Cisneros y otros independentistas consiguió que en diciembre de 1901 el italiano se marchara de Cuba.
De todas maneras, la victoria diferida sobre el obispo quedaría anulada previamente por el mazazo de la Enmienda Platt. Esta sería, para Cisneros, la realización de algunas de sus peores pesadillas. Lucharía contra su imposición en la asamblea hasta el último debate y la última votación. El sueño de su vida había sido ver nacer en la isla una República que, como decía en las bases presentadas, fuera democrática e independiente. La Ley Platt ponía a esa aspiración cortapisas inaceptables.
El Senado
Al concretarse la adición del apéndice constitucional, dedicaría el resto de su vida a luchar por su derogación. En diciembre de 1901 se celebraron elecciones generales con vistas a establecer el primer gobierno de la República. El 24 de febrero de 1902 se eligió, por compromisarios electorales, a los miembros del Senado. Por supuesto que Salvador Cisneros encabezaría la lista de senadores por el Camagüey.
Su actividad en la cámara alta del legislativo fue muy similar a la que había llevado a cabo en la Constituyente. Fungiría como conciencia colectiva a la que siempre se escuchaba, aunque luego no se siguiera su orientación. Hubo etapas en las que desaparecía su voz del diario de sesiones abrumado por el tedio del trabajo legislativo. En las grandes batallas, sin embargo, siempre se dejaba escuchar su opinión a veces excéntrica.
El primer Congreso de la República acometió varios trabajos de gran importancia. Entre 1902 y 1904 se aprobaron algunos tratados muy delicados con los Estados Unidos. Algunos de ellos derivaban directamente del Apéndice Constitucional como el Tratado de bases Navales y Carboneras o el Tratado Permanente de Relaciones. Otros iban por una vía paralela, como el Tratado de Reciprocidad Comercial.
Para Cisneros, que había adquirido gran parte de su acerbo democrático y republicano en los Estados Unidos, era la hora del recelo. Desconfiaba de todo aquello que estrechara los lazos, ya de por sí demasiado apretados según su criterio, entre Cuba y la República del norte. Consideró que el Tratado de Reciprocidad Comercial no podía discutirse en tanto ambos países no se encontraran en un plano de igualdad. Consideraba que la Enmienda Platt era inconstitucional y, por consiguiente, cualquier acuerdo con los Estados Unidos estaba viciado de origen.
El Tratado de Bases Navales y Carboneras le pareció una claudicación imperdonable. Rechazaba, incluso que se discutiera. Al tratarse el Tratado Hay Quesada sobre la Isla de Pinos afirmó que era absurdo considerarlo. La Isla de Pinos nunca había pertenecido a los Estados Unidos, no podía haber acuerdo entre ambos países al respecto. En parte, su actitud ante estos tratados consistía en permanecer en un deliberado estado de negación. No sorprenderá, entonces, cómo exteriorizó sus opiniones respecto al Tratado Permanente de Relaciones. Este era el vehículo por el cual la Enmienda Platt se convertía en obligación internacional. Cisneros ni siquiera participó en los debates, aunque estaba presente.
Fuera de sus trabajos legislativos, se mantuvo como uno de los activistas más enérgicos de la sociedad cubana. Durante la Huelga de los Aprendices, la primera gran huelga de la República, sirvió como mediador entre huelguistas y patronos. Junto a Lacret Morlot defendió el derecho de los obreros a sus peticiones y buscó una solución al conflicto que paralizó a la capital. En el Senado destacaría el rol que jugaron los veteranos para lograr la conclusión de la huelga ante la que el Gobierno había quedado impotente.
A pesar de que su voto e inclinaciones iba a menudo con los radicales y luego con los liberales, nunca se afilió a partido alguno. Se enorgullecía de esa posición que le facilitaba su enorme prestigio. Consideraba que era esencial para mantenerse independiente de otros intereses y no obedecer a otro criterio que el de su conciencia. Curiosamente, para eso mismo los camagüeyanos lo habían puesto ahí y lo mantendrían en ese sitio hasta su muerte.
La guerra civil desencadenada por los desórdenes electorales y la reelección de Tomás Estrada Palma fue otro trago amargo que tuvo que apurar. Durante la segunda Intervención se enfocaría en su faceta de activista. Fundó en 1908 una sociedad llamada Junta Patriótica. Buscaba convertirse en un vehículo para congregar a los veteranos de la independencia con otras organizaciones que tuvieran fines comunes: la independencia plena. En principio, debía servir para unir a los cubanos más allá de su militancia política. La misión más importante de la Junta sería la derogación de la Enmienda Platt.
Al restablecerse la República en 1909 fue elegido una vez más, como no podía ser de otra forma, para ocupar un asiento en el Senado. Al discutirse la famosa Enmienda Morúa, estuvo en contra. Esta normativa pretendía ilegalizar cualquier partido político organizado por concepto de raza o clase social. Estaba dirigida, en lo fundamental, contra el ya existente Partido de los Independientes de Color. Cisneros tenía, en este sentido, una postura similar a la de Juan Gualberto Gómez. Entendía que los negros, y las llamadas personas de color en general, debían tener la posibilidad de asociarse para defender y hacer avanzar sus derechos. En los debates del Senado alertó sobre lo peligrosas que resultarían estas restricciones innecesarias que se querían imponer. En efecto, estos peligros se hicieron efectivos al sublevarse los Independientes de Color en 1912.
La muerte
El 10 de febrero de 1914 cumplió el ex marqués 86 años de edad. Durante la semana posterior a su cumpleaños siguió asistiendo disciplinadamente a los debates del Senado. Alrededor del día 20 enfermó y ya no se volvió a recuperar. El día 26 de febrero, en la primera plana del Diario de la Marina apareció una nota sobre su salud. Celebraba lo que se creía una mejoría. Al día siguiente una nueva nota anunciaba el empeoramiento de su estado general. El Diario se mantuvo reportando en la primera plana de sus dos ediciones diarias el parte médico sobre Cisneros. La edición de la mañana dedicó toda su primera plana a comunicar la noticia fatídica. A las 8 y media de la noche del sábado 28, había muerto en su casa el “Marqués de Santa Lucía”.
La noticia era esperada y se habían tomado las medidas adecuadas para ofrecerle unos funerales con honores de ex presidente de la República. A las 10 y media de la noche, en cuanto estuvo embalsamado, el cadáver fue conducido de la casa mortuoria al Senado donde estaría hasta el amanecer. El edificio del Senado era el que en otros tiempos se llamó Palacio del Segundo Cabo. A las 9 de la mañana fue conducido al Palacio Presidencial en hombros del presidente del Senado y varios senadores. En el Salón Rojo de la sede presidencial —antiguo Palacio de los Capitanes Generales— estaba preparada la Capilla Ardiente para su velatorio.
La primera guardia de honor la hicieron el presidente de la República, Mario García Menocal, el presidente del Senado, el camagüeyano Eugenio Sánchez Agramonte, el gobernador de La Habana y el alcalde de la Ciudad. El gobierno en pleno acudió a los funerales, secretarios de despacho, legisladores, magistrados del Tribunal Supremo y la Audiencia. También los funcionarios provinciales y municipales, así como el pueblo en general. La prensa llamó la atención sobre el hecho de que el presidente Menocal se encontraba enfermo desde hacía días y aún con fiebre quiso presentar sus respetos.
A las 4 y quince minutos de la tarde, el presidente Menocal, junto al presidente del Senado, senadores y veteranos, iniciaron el cortejo hacia la Estación del Ferrocarril. A petición de los camagüeyanos, el cadáver sería inhumado en la ciudad natal del prócer. Durante el trayecto de Palacio a la Estación, la artillería de La Cabaña disparó una salva cada minuto. Según la prensa, toda la ciudad participó en el cortejo fúnebre en el mayor orden, ya como espectador, ya siguiéndolo. Los testigos afirmaron que no se veía una unanimidad tan rotunda en el duelo desde los funerales de Máximo Gómez.
El convoy fúnebre recibió homenajes y muestras de respeto en varias poblaciones por las que atravesó para llegar a Camagüey. Al sepelio asistió el vicepresidente de la República, Enrique José Varona, otro camagüeyano. Lo acompañaron varios gobernadores provinciales que se reunieron para la ocasión. También asistieron muchos legisladores y funcionarios del gobierno, además de las autoridades provinciales y de la ciudad de Camagüey.
En la tarde del 2 de marzo llegó el cortejo al Ayuntamiento de Camagüey. Ahí recibió los honores del pueblo y las autoridades presentes hasta la mañana del día 3. Los homenajes que le fueron rendidos no tenían precedentes en la historia de la ciudad. A las 9 de la mañana salió el cortejo fúnebre. Se había planeado que no se dirigiera directamente al cementerio, sino que tomara en dirección contraria para detenerse frente al Centro de Veteranos. Subió por la calle Cisneros, ya llevaba su nombre, hasta la Plaza de La Merced, para tomar la calle Popular hasta República y luego Avellaneda, donde se encontraba el Centro de Veteranos. A partir de ahí buscaría el Parque Agramonte, entonces Plaza, para volver casi al mismo sitio del que había salido y, finalmente, dirigirse al cementerio por la calle de Cristo.
Los testimonios de la prensa aseguran que todas las plazas, calles, balcones y azoteas estaban atestados a lo largo del trayecto. Se caminaba sobre calles alfombradas de flores. Se decidió entonces que el cortejo hiciera el recorrido planificado dos veces antes de tomar la calle de Cristo. Durante días habían estado llegando los telegramas de condolencias de todas partes de la isla.
El Diario de la Marina destacó, como era lógico de acuerdo a su perfil, la actitud de las sociedades españolas. Especialmente la Colonia Española de Camagüey tuvo un rol destacado en las manifestaciones de duelo, mostrando que no existía rencor entre ellos y el viejo luchador contra el dominio de España.
Además de los representantes del gobierno y el Estado, del cuerpo diplomático y consular, de la cámara de comercio, instituciones religiosas, círculos y gremios de trabajadores, sociedades de recreo y otros miembros de la sociedad civil, acompañaron al viejo constituyente algunos de los que habían elaborado junto a él la Constitución de 1901.
Manuel Ramón Silva, el otro camagüeyano en la Convención, no podía faltar. Estaban también los habaneros Manuel Sanguily y Alfredo Zayas, otro enconado luchador contra la Enmienda. Los matanceros Juan Gualberto Gómez, Domingo Méndez Capote y Pedro Betancourt. El villareño, Emilio Núñez. Asistían al cierre definitivo de una era con la muerte del último patricio de la primera guerra de independencia.
Correspondería despedir el duelo en nombre del Gobierno nada menos que a Manuel Sanguily. Con su gesto de orador célebre diría:
“La historia de su vida sencilla y siempre tranquilamente heroica se identifica con la historia hazañosa y grande de su pueblo, con la historia de esta República, con nuestra ascención trabajosa y continua hacia las cimas luminosas de la justicia, y por eso, por lo que sintió, por lo que amó, por lo que aspiró por nosotros y para nosotros, son carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre sus empeños generosos de patriota”.
Para luego añadir:
“Entre tanto, descanse en paz quien fue obrero infatigable de nuestra generación histórica; duerma confiado su último sueño en el amor y el respeto de la República quien fue uno de sus eximios fundadores. Viva en la gloria quien nunca a sabiendas hizo mal a nadie, quien no alimentó en su ánima sino ideas de bien y ansias de justicia. Repose el sincero demócrata en la misma huesa en que su noble fraternidad dispuso que yaciera aquel Gabino de Quesada, el compañero de la guerra, el negro caballero y puro, uno de los gloriosos treinta y cinco del pasmoso Rescate!”
Y así terminar:
“El piadoso respeto, el cariño entristecido que por donde quiera ha demostrado el pueblo cubano ante los restos de este noble ciudadano, prueba que en su bondad natural reverencia las obras de bien y de verdad, y esto ya de suyo es un estímulo y una consoladora esperanza; y la vida ejemplar que ha terminado ya donde terminan todas las agitaciones de los hombres, es a su vez ejemplo de que la República ha tenido y tiene defensores abnegados… De la fosa que habrá de cerrarse en breve no brotan, pues, las notas desgarradoras del miserere; sino el canto de la vida, el salmo de la esperanza, el himno del triunfo!”
