Estatua de Manuel Ramón Silva en el Parque Casino de Camagüey (Aliannis Sarduy Hernández).

El jueves 13 de febrero de 1919, en la edición de la mañana del Diario de la Marina, apareció la siguiente noticia:

Se suicidó el Dr. Silva.

Camagüey, febrero 12.

Esta mañana puso fin a su existencia disparándose un tiro en una sien el Dr. Manuel Ramón Silva, ex-senador, ex-Gobernador, ex-Presidente del Partido Conservador, ex-Director del Instituto Provincial y actualmente Catedrático del mismo. Ignórase el móvil que lo impulsara a tomar esa resolución. Momentos antes de suicidarse estuvo en el Banco a poner la cuenta corriente en nombre de su esposa.

EL CORRESPONSAL.

La nota contiene la síntesis despiadada de una vida pública que parecer ir reduciendo paulatinamente el ámbito de su acción. El senador nacional que devino gobernador de su provincia. El director que devino catedrático. El prestigioso líder regional de una facción política, respetado en su profesión y distinguido por su comunidad, que terminó con su propia existencia. Estas consideraciones, sin embargo, aparecen en una segunda lectura. La primera, probablemente, sólo arrojará una pregunta: por qué se suicidó Manuel Ramón Silva. Esa es, se diría, la pregunta más difícil de responder, aunque prefiero calificarla de imposible.

La frialdad telegráfica de la nota contrasta con ese acto final que describe. Ir al banco para ocuparse de la situación financiera de la esposa que dejaba. Supone el cálculo aséptico de un acto desesperado. El abandono matizado por un último acto de consideración. Lo poco que sabemos de Manuel Ramón nos lo revela como un hombre frío y caliente, egoísta y compasivo, obstinado y contemporizador. Todo en una pieza, sin aparente contradicción esencial. ¿O acaso tuvo esto que ver algo en su decisión suicida? Nada podemos asegurar al respecto. No tenemos referencia alguna que nos lo revelen como un hombre atormentado por aparentes contradicciones. Todo lo contrario. Sus definiciones eran implacables. Sus cursos de acción no admitían retroceso. Nadar contra la corriente, ir contra la mayoría, era cuestión que le producía orgullo, más que preocupación. Era, por todo lo anterior, la personificación del clásico solitario camagüeyano.

La nota del Diario de la Marina no pretende ofrecernos respuesta a esa pregunta que arroja. Tampoco la encontraremos en el relato de su vida. Lo que sí puede hacer la nota es orientarnos en ese relato. El resumen que hace de su accionar público queda constreñido a la actividad posterior a la Constituyente. No menciona sus trabajos en la Convención de 1900-1901 ni su labor como periodista. Omite su pasado mambí: teniente coronel del Ejército Libertador y miembro del último Consejo de Gobierno de la República en Armas. Apenas toca de soslayo su condición de médico con ese impreciso “Dr.” que se aplicaba también a los abogados.

Casualmente, de todos estos aspectos de su trayectoria nos ocupamos al conmemorar su natalicio que tuvo lugar el 5 de septiembre de 1866. Por consiguiente, la nota del Diario resume el curriculum de la etapa a la que nos proponíamos atender al conmemorar su muerte. Esta es, para colmo, la que menos se recuerda hoy, por más que fuera la única destacada en el Diario. Senador, gobernador, presidente del Partido Conservador en su Provincia. A cada una de estas facetas de su actividad política tendremos que referirnos. Por suerte contamos con el trabajo de un historiador local que, para saludar el centenario del natalicio del Dr. Silva, se ocupó de su biografía. Se trata de Jorge Suárez Sedeño, entonces historiador de la ciudad de Camagüey, que incluso llegó a entrevistar a antiguos discípulos y conocidos de su biografiado. Para la mayor parte de los aspectos fácticos nos remitiremos a ese trabajo fechado en 1967.

El ex director del Instituto Provincial

Comencemos donde nos quedamos en la ocasión anterior. Dejamos a Manuel Ramón elegido para representar a la provincia de Puerto Príncipe en la Convención Constituyente que sesionó a partir de noviembre de 1900. Recordemos que en aquel momento, y desde el 1 de febrero, fungía como director del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza. Hasta el mes de octubre había ocupado la Cátedra de Anatomía, Fisiología e Higiene e Historia Natural. Durante ese mes se hicieron, por fin, las oposiciones para determinar la titularidad de las cátedras. Hasta ese momento habían sido ocupadas con carácter provisional por designación del gobernador militar. En esas oposiciones el Dr. Silva ganó el puesto que ocuparía hasta su muerte: catedrático de Lógica, Psicología e Instrucción Cívica. También fue confirmado en la dirección del Instituto.

Su participación en los trabajos de la Convención le obligó, sin embargo, a ausentarse en varias ocasiones. Al menos, en los meses finales de 1900 y la primera mitad de 1901 estuvo de licencia. Al ser electo Senador en 1902, tuvo que ser sustituido otra vez por un profesor interino. A la dirección del plantel no volvería más, pero de la Cátedra sería titular vitalicio a pesar de los sucesivos interinatos que provocó.

El ex senador

En el Senado de la República sirvió durante cuatro años. En realidad, el cargo de senador era elegido para un período de ocho años. Una de las disposiciones transitorias de la Constitución, sin embargo, establecía que para la primera elección sería diferente. A cada provincia le correspondía elegir cuatro senadores. La mitad de ellos debía ser renovada cada cuatro años. Como es lógico, en esa primera elección algunos senadores tendrían que servir sólo durante la mitad del período que estaba asignado al cargo. El procedimiento escogido para designarlos, según la disposición transitoria, sería el azar. Esto quiere decir que se definirían por sorteo los dos senadores de cada provincia que servirían ocho años y los dos que servirían sólo cuatro. Al Dr. Silva le tocó en suerte este último caso.

En el Senado, Manuel Ramón jugó un papel mucho más activo del que, al parecer, había jugado en la Convención Constituyente. Al menos en lo que respecta a esta última no hay prácticamente intervenciones suyas en los debates generales. Sí se sabe que fue muy activo en las comisiones de las que formó parte. Lo recoge el periodista Manuel Márquez Sterling en una silueta que escribió sobre él en 1902, lo confirma la biografía de Suárez Sedeño. La oratoria de Manuel Ramón florecía en su terruño. En el mitin de barrio. Los escenarios nacionales lo enmudecían. Eso no quiere decir que en el Senado no tuviera destaque. Formaba parte de la Mesa que presidía la Alta Cámara en calidad de Secretario.

El Secretario tenía una función importantísima. Asistía al Presidente en la conducción de los debates, llevaba el acta de la reunión y recibía las mociones y enmiendas de los senadores. También se encargaban de velar por el cumplimiento del reglamento y dar lectura a todos los documentos que ordenara la presidencia. Redactaban las comunicaciones que debían pasarse a nombre del cuerpo colegislador. Anotaban las votaciones, llevaban la cuenta e informaban al presidente de los turnos pedidos y consumidos en los debates. Solían designarse dos secretarios en cada Cámara. En el caso de esa primera legislatura, el Senado eligió para ese puesto a Manuel Ramón Silva y al cienfueguero José Antonio Frías.

El ex gobernador

Durante la presidencia de Tomás Estrada Palma continuó la reorganización de las fuerzas políticas cubanas. Se hacía política legalmente organizada desde 1979 cuando España permitió la legalización de partidos políticos. El paradigma, entonces, tenía que ver con el estatus de la isla en relación con el Estado Español. ¿Integración, subordinación, autonomía, independencia? La intervención estadounidense zanjó este debate. Otros factores pasaron a jugar papeles protagónicos en la política cubana. Ni durante este período, ni durante la presidencia de Estrada Palma, se llegó a establecer un sistema de partidos estable y duradero.

A la Constituyente llegaron dos grandes coaliciones. Los Republicanos Democráticos por un lado, los Nacionalistas, por el otro. Ambas coaliciones estaban formadas desde la base por grupos locales que gozaban de gran autonomía. Difícilmente podrían considerarse grupos orgánicamente estructurados a escala nacional. Casi en cada provincia había un Partido Republicano cuya plataforma a duras penas configuraba un “republicanismo” nacional. Su aliado, el Partido Unión Democrática, tenía una formación nacional un poco más uniforme, pero también mucho más pequeña. Para las elecciones generales de 1901 acabaría fusionándose con el republicanismo.

La otra gran coalición se nucleaba en torno al Partido Nacional Cubano. Este grupo era fuerte en La Habana, pero tenía aliados importantes en provincias, como Concertación Patriótica en Santiago de Cuba. El grupo nacionalista de Puerto Príncipe, al que pertenecía Manuel Ramón, también era relevante a escala local. El Partido Nacional Cubano pretendía ser eso mismo desde el principio: un partido nacional. Los grupos de provincias que se manifestaban como aliados suyos tardaron en integrarse plenamente. Durante un tiempo, sus candidatos se presentaban como independientes que recibían el apoyo de la maquinaria partidista.

Las elecciones generales de 1901 rompieron este ordenamiento. Es cierto que la candidatura de Estrada Palma a la presidencia fue apoyada ampliamente por elementos de ambas coaliciones. Algunos grupos republicanos, sin embargo, manifestaron su oposición respaldando la candidatura fallida de Bartolomé Masó. Ante este panorama se imponía una reagrupación partidista. Un sector de la coalición de gobierno aprovechó para fomentar la creación de un nuevo partido. Sería el Partido Moderado, cuya primera tarea sería obtener la afiliación y luego la reelección de Estrada Palma. El presidente no había militado en ningún partido hasta entonces.

Silva pertenecía al grupo nacionalista de Camagüey que se integró al Partido Moderado. Al terminar su período de cuatro años como senador no buscó la reelección. Se postuló como candidato a gobernador de su provincia por el Partido Moderado para las elecciones de 1905. El proceso electoral estuvo marcado por incontables irregularidades desde el principio. El gobierno no sólo estaba decidido a la reelección presidencial sino a obtener mayoría en las cámaras y ganar todos los puestos electivos posibles. El problema es que esa determinación rebasaba los límites de la ley tanto como la de sus opositores.

Frente a los moderados se había organizado el Partido Liberal. Tenía dos facciones muy claras. Una dirigida por José Miguel Gómez, con amplios sectores del republicanismo de provincias, principalmente villareño. La otra, por Alfredo Zayas, con elementos del antiguo Partido Nacional y del republicanismo radical anti estradista. Los liberales pretendían oponer la dupla Gómez-Zayas a la de Estrada Palma-Méndez Capote. La violencia desatada llegó a costarle la vida a un antiguo miembro de la Constituyente: Enrique Villuendas. El liberalismo acabó por retraerse, los moderados arrasaron a campo desierto.

El Dr. Silva ganó la elección a gobernador de la provincia de Camagüey. Para ello tuvo que derrotar nada menos que a su cuñado, el gobernador saliente, Lope Recio Loynaz, casado con una hermana de Manuel. Tomaría posesión de su cargo en abril de 1906. En agosto, sin embargo, los liberales desencadenarían una rebelión para protestar por los abusos electorales del gobierno. El resultado de este proceso es harto conocido. Estrada Palma no contaba con los medios necesarios para derrotar militarmente a la revuelta. La intervención estadounidense se hizo inevitable.

Es cierto que el presidente Roosevelt intentó mediar y obtener una salida negociada. No le convenía admitir este fracaso de la “democracia cubana” que acababan de exhibir al mundo como un éxito de su política regional. La intransigencia de ambos bandos fue muy costosa. Especialmente la de Estrada Palma que no aceptó ninguna solución de compromiso. Cuando el gobierno en pleno renunció y el legislativo no tuvo siquiera quorum para designar sucesor legal, se impuso la intervención.

En Camagüey se sintieron los ecos de la llamada Guerrita de Agosto, aunque no fue uno de los escenarios principales. Ese rol quedó reservado a Las Villas, La Habana y Pinar del Río. Se formaron varias partidas de sublevados e incluso se reveló una conspiración para atentar contra la vida del Gobernador en su propia residencia. Finalmente no se concretó el atentado y poco tiempo después comenzaron a llegar los soldados estadounidenses a pacificar el territorio.

A diferencia de la anterior, esta intervención tuvo un carácter civil. Se conservaron los símbolos y atributos del Estado Cubano, incluso las representaciones diplomáticas. En lugar de supeditarse al secretario de Guerra estadounidense, el gobernador civil de la isla se supeditaría al secretario de Estado. El Congreso de la República fue disuelto, así como el gobierno nacional. Los gobiernos locales continuaron funcionando con normalidad y entre estos, también, los gobiernos provinciales.

El gobernador civil de la isla, Charles Magoon, tenía dos tareas fundamentales: fortalecer las instituciones republicanas con la aprobación de ciertas leyes que se consideraban imprescindibles y preparar al país para nuevas elecciones generales. La gestión de Magoon ha sido duramente criticada por la opinión pública y la historiografía cubana casi desde que cesó. Lo cierto es que en ese proceso de reorganización llegó al punto en el que necesitó la renuncia de todos los cargos elegidos en 1905. Especialmente, los gobernadores provinciales. Era una forma de disolver definitivamente al régimen anterior. Hasta los congresistas habían seguido cobrando sus salarios sin trabajar.

La solicitud de renuncia llegó a los gobernadores provinciales en abril de 1908. Todos aceptaron menos Manuel Ramón. En una nota dirigida al gobernador civil expresó que no renunciaría a un cargo para el cual lo había elegido el pueblo. El cese de su gestión debía considerarse una destitución, nunca una renuncia de su parte. Al día siguiente de dejar el cargo de gobernador, volvió a ocupar su cátedra en el Instituto.

El ex presidente del Partido Conservador

La Guerrita de Agosto dejó a los moderados como los grandes derrotados. La intervención estadounidense no fue del todo imparcial y tácitamente dio la razón a los liberales. El Partido Moderado se disolvió y dejó un vacío en el espectro político cubano. A las dos facciones liberales no se oponía ningún grupo organizado de tendencias conservadoras. Este vacío fue llenado por una nueva organización política que llevaría precisamente el nombre de Partido Conservador Nacional. Se nucleó en torno a algunas figuras que no habían participado en la contienda, sino que habían tratado de mediar entre las facciones en pugna. Su líder era Mario García Menocal. Contaba con figuras de prestigio nacional como Antonio Bravo y Correoso, Cosme de la Torriente y Carlos Manuel de Céspedes y Quesada. Los conservadores consiguieron aglutinar a las huestes dispersas del moderantismo. Manuel Ramón Silva fue elegido presidente del Partido Conservador en la provincia de Camagüey.

A partir de este momento, el Dr. Silva no volvió a ocupar ningún cargo electivo, pero participó activamente en la política local. Las primeras elecciones generales posteriores a la segunda intervención se saldaron con una paliza de los liberales a los recién organizados conservadores. José Miguel Gómez fue electo presidente ganando casi el doble de los votos que su oponente Menocal. Cuando las dos facciones liberales se unían, eran invencibles. El reto era, precisamente, mantenerlas unidas. Este sería el punto crítico para las siguientes elecciones generales.

La presidencia de José Miguel Gómez tuvo que enfrentar varios retos que menoscabaron la unidad liberal. De especial relevancia fueron el movimiento veteranista y la sublevación de los Independientes de Color. Los veteranistas, entre otras cosas, se empecinaban en ser priorizados para ocupar cargos públicos en relación con los que no habían peleado por la independencia. Se cuestionó duramente a los antiguos autonomistas y el rol tan importante que habían desempeñado en los sucesivos gobiernos y como funcionarios. El Partido de los Independientes de Color, que había sido legalizado por Magoon, se sublevó contra la ley del Congreso que lo ilegalizaba.

Silva, a pesar de estar en la oposición, no formó parte del movimiento veteranista ni aprobó sus lineamientos. Entendía que la capacidad debía ser el factor determinante en la designación del funcionariado y el ejercicio de cargos públicos. En relación con los Independientes de Color, sí hizo escuchar su voz. Ante las noticias que llegaban de Oriente respecto a la represión de que eran objeto, realizó manifestaciones públicas casi cotidianas en solidaridad con ellos. Hacía en la calle Maceo mítines espontáneos que se desplazaban a la Plaza de la Soledad cuando se reunía suficiente público.

Las sucesivas crisis y las ambiciones y rencillas personales fracturaron la unidad liberal. En las elecciones del 1 de noviembre de 1912 ganó la dupla que llevaba a Menocal como presidente y a Enrique José Varona como vicepresidente. Silva jugó un papel destacado en garantizar los votos compromisarios de la provincia de Camagüey. Él mismo fue compromisario y presidió la mesa donde se realizaría en segundo grado la elección presidencial. Como líder de los conservadores camagüeyanos no podía estar más satisfecho. Según cuenta Suárez Sedeño, Menocal le ofreció a Silva escoger una Secretaría de Despacho en su gobierno. Las alternativas eran Sanidad y Beneficencia o Instrucción Pública y Bellas Artes. Manuel Ramón no quiso aceptar ninguna en tanto prefería Gobernación o Hacienda.

Se trataba, sin duda, de dos de las más importantes. Una tenía el control del orden interior del estado y la fuerza pública. La otra regía la política económica y financiera del gobierno. Los votos de Camagüey valían, pero no tanto. Era la provincia que menos votos aportaba a la elección. El líder provincial de la facción vencedora podía aspirar a una Secretaría de Despacho, pero no a las más importantes.

El catedrático de Instrucción Cívica

De todas maneras, el Dr. Silva continuó en su Cátedra y su militancia conservadora con la mayor tranquilidad del mundo. Esto es especulativo, pero sus exigencias no parecen haber estado motivadas por la ambición. Nada en su trayectoria es consistente con muestras de ambición desmedida. Me atrevería a barajar la hipótesis de que simplemente estaba poniendo un precio adecuado al abandono de su terruño.

En su ciudad parecía tener todo lo que podía desear. Era una de las personas más respetadas y conocidas. Su influencia política era real y protagónica. Habitaba una casona en el barrio de La Caridad que, sin llegar a ser lujosa, tenía las comodidades necesarias para una vida holgada. En el Instituto veía realizada su vocación de maestro.

Los testimonios recogidos por Suárez Sedeño lo perfilan como uno de esos profesores entrañables, respetados y queridos por sus discípulos. Se dice que estaba siempre dispuesto a asistir a sus alumnos interesados en superar el curso. A veces les impartía clases en su domicilio fuera de los horarios lectivos. Además de ofrecerlas gratuitamente, en ocasiones ayudaba a los alumnos pobres a cubrir su matrícula.

Su localismo no lo aislaba del mundo ni lo hacía reacio a los adelantos modernos. Fue propietario de uno de los primeros automóviles en la ciudad, aunque con frecuencia se trasladaba en el tranvía. En 1908 apareció brevemente, como celebridad local, en una de las primeras obras cinematográficas filmadas en Camagüey: Los festejos de La Caridad. Fue captado junto a su familia en el portal de su vivienda mientras era espectador de los festejos. La película se ha perdido, pero los testimonios al respecto afirman que el Dr. Silva mostró gran interés por la nueva tecnología.

Además de las visitas de sus estudiantes, recibía regularmente a diversas figuras de la sociedad y la intelectualidad local. Celebraba tertulias en su domicilio y frecuentaba la que tenía lugar en “La Estrella”. Este establecimiento se encontraba en los bajos del Consulado de España, en el edificio que hoy es el Museo Casa Natal Ignacio Agramonte.

Para él, la política dejó de ser una actividad de aliento nacional. Fue transformándose, cada vez más, en la cívica cotidiana del terruño. Cuando dentro del Partido Conservador tomó fuerza la corriente reeleccionista, Silva la criticó con determinación. Menocal volvía a incurrir en el error de Estrada Palma. Esta vez el Dr. Silva no se limitaría a evitar involucrarse de manera directa. Manifestaría su rechazo al reeleccionismo, aunque sin abandonar la pertenencia al Partido.

Cuando los liberales intentaron un nuevo alzamiento en febrero de 1917, Silva procuró mediar entre las facciones. Contribuyó, incluso, a proteger y salvar la vida de algunos alzados ante la represión de las fuerzas del gobierno. En este esfuerzo lo acompañaron muchos otros conservadores camagüeyanos. De Manuel Ramón se recuerdan, además de su actitud durante el conflicto, algunas de sus acciones posteriores en relación con las consecuencias del mismo. Que obtuvo, por ejemplo, la reposición en su puesto de un director de escuela pública que había sido cesado por involucrarse en el alzamiento.

El último solitario

En septiembre de 1926 Manuel Márquez Sterling publicó en La Nación un artículo titulado: “Ha pasado el tiempo de los Solitarios”. Tenía toda la razón. Ahora bien, eso no significa que los solitarios se hubieran extinguido. La sociedad, simplemente, dejó de acogerlos como referentes porque dejó de estimar ciertas virtudes como esenciales al paradigma del político. Desde entonces ha tenido Cuba incontables solitarios, algunos anónimos, otros célebres, la mayoría de las veces ignorados o recordados a destiempo.

En el Dr. Silva confluían muchas de las facetas del solitario. Era un hombre honesto. Sus coterráneos lo distinguían y acudían a él en señal de respeto a su autoridad moral. Aunque hizo actividad partidista, no era del tipo intrigante que busca ventajas personales o para su clientela política. Es cierto, podía subirse a una tribuna para arengar a sus seguidores. No perseguía, sin embargo, honores públicos, ni albergaba ambiciones desmedidas. Con su hoja de servicios y lo que conocemos de su biografía, podríamos suponerlo un hombre realizado y satisfecho.

El 12 de febrero de 1919, después de dejar en regla sus asuntos personales, se disparó en la cabeza. No en la sien, como supuso el corresponsal del Diario de la Marina. Según Suárez Sedeño, el médico forense que atendió el caso, Dr. Luis Sanz Agramonte, lo describió como un “tiro científico”. Fue realizado desde la parte posterior de la cabeza, con mínimo derramamiento de sangre y sin destrucción del cráneo o pérdida de masa encefálica. Basados en la convicción del suicidio, según el Dr. Sanz, doce médicos de la ciudad solicitaron al Juez Instructor que no se hiciera autopsia. Llenaron las actas de la autopsia sin realizarla, para no verse obligados a profanar el cadáver.

¿Qué impulsó a Manuel Ramón Silva a quitarse la vida a sus 52 años? Con la información de la que hoy disponemos es imposible saberlo. Las conjeturas podrían ser infinitas, pero eso es materia para la literatura. Dejó una nota a su esposa en la que le recordaba que ese era el primer disgusto que le daba. También pedía que no se culpara a nadie de su muerte.

Los homenajes que le prodigaron los camagüeyanos comenzaron de inmediato. Sus funerales fueron celebrados el 13 de febrero con la asistencia de discípulos, autoridades y numerosos vecinos de la ciudad. Un par de años más tarde fue erigida una estatua en su honor frente a la Iglesia de la Caridad, muy cerca de su domicilio. La estatua hoy se encuentra en el Parque Casino, muy cerca de la de Salvador Cisneros, el otro constituyente camagüeyano. El hospital provincial llevó su nombre durante mucho tiempo hasta que se mudó a nuevas instalaciones. También se llama Manuel Ramón Silva una calle de la ciudad, aunque habitualmente se siga usando el antiguo de San José.

La figura del Dr. Silva sigue siendo una incógnita del mismo modo que lo es su participación en la Constituyente. No se conservan sus numerosos discursos ni existe obra suya escrita. Del mismo modo, casi no pronunció palabra en los debates públicos de la Constituyente. Tenía, eso sí, fuertes opiniones en defensa de las cuales era capaz de desafiar cualquier autoridad. No temía ir contra la corriente ni arriesgar su carrera, como demostró en varias ocasiones. En la Asamblea su influencia debe haberse dejado sentir en el trabajo de las comisiones y los diálogos de pasillo. No tenemos, sin embargo, evidencias fehacientes que nos permitan reconstruir sus aportes a la Convención más allá de las votaciones nominales.

Si en algo fue consistente el Dr. Silva, fue en ser siempre, como dicen los novelistas cursis, el dueño de su destino. Decidió, según su antojo, dónde y hasta cuando quería estar. No pareció perseguir nunca una finalidad más allá de la órbita de su propia personalidad, ni necesitar ayuda externa para hacerlo. Eso lo hacía un solitario cabal. Ningún solitario se parece a otro, por eso cada uno de ellos es siempre el último.

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