
Los historiadores cubanos hacen equilibrios con el suceso de La Mejorana. Según ellos es un enfrentamiento sin importancia, que se resuelve favorablemente con la disculpa de Maceo. Téngase en cuenta que el Diario de Gómez no se publica sino en 1940, y son por lo tanto casi cinco décadas sin el apunte de Gómez, pero también sin el testimonio de Martí, porque su Diario de Campaña estaba en el archivo del general y no se publicó sino intercalado, dentro del Diario de Gómez, en esa fecha. Gómez no publicó su diario, pero, interesante, tampoco el de Martí. Es el hijo de Gómez quien hace esa primera edición tardía. En ningún momento explica cómo es que su padre había recibido ese texto. Probablemente no lo sabía. Lo encontraron en su archivo, y nada más. Gómez hizo una especie de resumen de su Diario, que es lo peor de ese texto, y no menciona el de Martí. Se preocupa por la integridad de su testimonio, pero del suyo nada más. Aun cuando el general carecía de cultura suficiente como para sospechar que estaba ocultando un monumento de la literatura del idioma —aunque él mismo escribió narraciones de mérito, y sabía que Martí era un escritor de fama—, me asombro de que lo secuestrara como documento histórico.
Como es sabido, ese Diario de Campaña de Martí, que se conoce con el nombre De Cabo Haitiano a Dos Ríos, está mutilado. Mientras que el diario anterior, De Montecristi a Cabo Haitiano, fue escrito en hojas sueltas, el que estudiamos está en un cuadernillo cuyas hojas fueron numeradas por el propio Martí. Tal vez él previó lo que podría pasar. Las dos páginas que faltan son las del día 6 de mayo, el siguiente al suceso de La Mejorana.
Durante años escuché la explicación de que las páginas debieron ser arrancadas por los españoles, que se habían quedado con el documento a la muerte de Martí. Nunca entendí cómo los españoles habían sido tan corteses como para devolver semejante diario al general enemigo. Publicarlo era una ventaja, por ejemplo para que sus partidarios se enteraran del pasaje en que Gómez le cuenta a Martí el momento en que, en la guerra anterior, el general Donato Mármol asesina a uno de sus soldados porque le molestaba para dormir la siesta. Si habían además mutilado esas páginas, sería para garantizar la autenticidad de la publicación de las mismas, lo que no ocurrió. Pero en la última edición, anotada, del Diario en 2014, nos enteramos por una nota al pie de la página 89, de que hacía muchos años que se sabía la verdad:
Los pormenores de este hecho no han sido totalmente esclarecidos. Ramón Garriga, custodio del manuscrito en tierra cubana, testimonió para el Diario de la Marina (22 de febrero de 1948), que lo llevaba en sus alforjas y solo se lo entregaba a Martí cuando él iba a realizar sus anotaciones. Por eso lo tenía en su poder durante el combate de Dos Ríos y tras la muerte del Apóstol se lo entregó a Gómez sin que le faltaran hojas.
¿Se puede confiar en este testimonio, posterior a la primera edición del Diario de Martí?
Véanse los datos que aporta esta edición de 2014:
Garriga y de las Cuevas, Ramón (1874-?). Coronel santiaguero, combatiente de la Guerra de Independencia. Había sido enviado por su familia a estudiar a Nueva York, donde matriculó en diversas escuelas y se relacionó con los patriotas cubanos de la emigración. Martí lo conoció en el colegio de Tomás Estrada Palma, del Central Valley, y establecieron una cercana amistad a pesar de la diferencia de edades. Martí le regaló, en diciembre de 1888, un ejemplar de The heroes of Calvary, con la siguiente dedicatoria: “Al caballero Ramón. Su amigo. José Martí”. Garriga regresó a Santiago de Cuba en 1894. Tras el alzamiento de 1895, inmediatamente se incorporó a las tropas baracoenses al mando de Félix Ruenes, e integró la fuerza que va al encuentro de Martí y Gómez tras el desembarco de su expedición por Playita de Cajobabo. Se convierte en ayudante del Apóstol hasta su caída y fue el encargado de custodiar, a partir de la llegada a Cuba, el cuaderno manuscrito donde José Martí hacía sus anotaciones de viaje, conocido, posteriormente, en sus primeras ediciones, como De Cabo Haitiano a Dos Ríos o Diario de Campaña. Garriga fue el hombre que envió Gómez a contactar con José Ximénez de Sandoval, el jefe de la columna española, y hacerle entrega de una carta donde indagaba sobre el hecho. Fue entonces apresado, aunque logró escapar poco después y reunirse con el ejército mambí hasta el fin de la Guerra de Independencia.
¿Qué es lo que no está totalmente esclarecido? ¿Voy a creer que ese soldado de a lo sumo veintiún años hace desaparecer dos páginas del maestro al que ama desde que tenía catorce, y habiéndolo visto morir heroicamente? ¿Y para qué? ¿Y en su edad mayor testimonia que lo entregó completo? ¿A qué extremo de desconfianza se puede llegar para intentar no ver lo que tantos han visto siempre? El general tendría que haber denunciado de alguna manera que había recibido un documento estropeado: y ni siquiera mencionó su existencia. Las páginas fueron arrancadas estando el Diario en posesión de Gómez. ¿Su familia o sus ayudantes las arrancaron? ¿Con precisión y eficacia? El terror a la evidencia es lo que ha hecho que esta información sobre Garriga haya quedado en una pudorosa nota a pie de página, sin mayor comentario.
Cualquier tribunal fallaría que las páginas fueron arrancadas por el general Gómez. Seguiremos viendo por qué estoy de acuerdo con ese criterio.
Enfrentamos pues el problema de que el testimonio de Martí sobre el suceso de La Mejorana está a todas luces incompleto, porque fue mutilado. La razón por la que fueron eliminadas esas páginas y ninguna otra, es que ahí estaba una reflexión del Apóstol sobre el terrible suceso del día anterior.
La pérdida de esas páginas es muy sensible.
El general Gómez, que fue el único que pudo arrancarlas, se comportó como un delincuente. Le robó a Martí, y a todos los cubanos, un documento de excepcional importancia.
Veremos luego cuál era el pensamiento de Gómez, escrito por él mismo, en cuanto a la veracidad de los sucesos históricos. Adelanto que para él esa veracidad no existe, sino sólo el testimonio de los jefes máximos.
Obsérvese que pudo haber suprimido también la anotación del día 5. Pero eso equivalía a haber eliminado del Diario el suceso de La Mejorana, recordado por muchos por haber concluido en reunión pública —pero de ese modo la causa de la eliminación de las páginas se hacía aún más ostensible—. Y en ese primer momento no hay ninguna reflexión de Martí sobre la conducta de Gómez.
Ya hemos visto cómo la anotación de ese día en el diario de Gómez suprime toda alusión a la discusión política, y se limita al escándalo de insubordinación y desprecio de su propio Lugarteniente, sobre el que no tuvo nunca, ni antes ni entonces ni luego, el menor control. Pero la discusión política fue la causa del escándalo.
Veamos en detalle, palabra a palabra, la anotación de Martí:
5. —Maceo nos había citado para Bocucy, adonde no podemos llegar a las 12, a la hora que nos cita. Fue anoche el propio, a que espere en su campamento. Vamos, —con la fuerza toda.
Después de los desembarcos, estas personas no se han encontrado, y es urgente que el líder político electo y los dos jefes militares electos en Consejo de Jefes, se reúnan para organizar la insurrección. El hecho de que puedan reunirse en el suelo de la patria es una victoria de categoría, que se debe a la capacidad del líder político, capaz de sobreponerse a un fracaso sonado y de garantizar la insurrección y los desembarcos. Vemos aquí que había comunicación entre ellos, y que la iniciativa del lugar del encuentro corresponde al general Antonio. Imposibilitados de llegar a la hora establecida, Gómez envía un propio para que los espere en el campamento. Dicho de otra manera, Gómez sabe que Maceo tiene un campamento y dónde está, y hacia ahí quieren, desde luego, dirigirse. Pero no es lo que ocurre. Como hemos visto, Gómez anota con sorpresa que han visto a Maceo, a quien encontramos por aquí, sin que anduviese en operaciones, según nos había anunciado. Lo que entiendo es que al propio le dijeron que no, que no fueran al campamento, porque el jefe andaba en operaciones. De repente, aparece. Y los líderes no llegan al campamento, sino a un almuerzo en un ingenio cercano.
De pronto, unos jinetes. Maceo, con un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas. Salió a buscarnos, porque tiene a su gente de marcha; al ingenio cercano, a Mejorana, va Maspon a que adelanten almuerzo para cien.
La escolta de Maceo parece breve. Subrayo el número porque sería la cifra de los reunidos en el ingenio, y da una idea de la cantidad de hombres que acompañaban a Gómez y Martí. Llegan con casi un centenar, y saldrán con unos veinte.
Maceo se presenta vestido como un hacendado. Gómez estaba orgulloso de su pobreza; Martí nunca tuvo posesiones, era entrega total, vacío absoluto de la persona. Es asombroso que en el escaso tiempo que lleva en el país, Maceo ya se viste como le gusta, y ahora lleva a los líderes a una fiesta rumbosa. Durante años se ha presentado a este general como un hombre de pueblo, por ser mulato. Curioso racismo, porque los Maceo, hijos de un blanco, eran los mulatos con más tierras en Oriente. El jefe de su escolta, Miró Argenter, nos informa que Maceo llevaba un látigo con el que castigaba a los negros —aunque nunca a los mestizos—. Maceo manejaba una hacienda en Costa Rica labrada por sus soldados, y pasaba el fin de semana de fiesta en San José. Los españoles le tiran una prostituta para que lo mate, lo que felizmente no ocurrió. En 1890 fue a Santiago a gestionar los papeles de una herencia: el Titán de Bronce era un apegado a la Propiedad, aunque tuviera que tratar con la miserable legalidad colonial. Y desde luego, se comunicaba con sus pariguales revolucionarios de Oriente, y su presencia en el campo de batalla debe haber movilizado a muchos. Puede que el traje y la silla fueran regalos del dueño o amo del ingenio en cuyo escenario de comida y bebida, y no en el campamento, recibe a sus superiores.
Sigue Martí:
El ingenio nos ve como de fiesta: a criados y trabajadores se les ve el gozo y la admiración: el amo, anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie pequeño, trae vermouth, tabacos, ron, malvasía. “Maten tres, cinco, diez, catorce gallinas”. De seno abierto y chancletas viene una mujer a ofrecernos aguardiente verde, de yerbas: otra trae ron puro. Va y viene el gentío. De ayudante de Maceo lleva y trae, ágil y verboso, Castro Palomino.
Los dos diarios de campaña de Martí están repletos de la presencia popular. Este demócrata es un hombre de pueblo. Los representa como personajes, los interpreta y los escucha. Es su servidor, incluso en la perennidad de su palabra de artista. Que es la de un testigo: una pasmosa objetividad puntual a cuanto le rodea y vive: describe con agrado la fiesta popular que de inmediato se va a agriar de mala manera. Este lírico de máximo nivel nunca se deja dominar por sentimientos.
Maceo y G. hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, —y una Secretaría General: —la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como Secretaría del Ejército.
He aquí lo que algunos llaman discrepancia. Véase ese cuidado: G. Los generales hablan bajo cerca de él, excluyéndolo ostensiblemente. Se trata de un extraño, ellos son amigos de toda la vida y además son generales con mando: aunque Gómez llega con menos de cien y Maceo guarda para sí unos tres mil. Que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno. Esta frase, evidentemente, la dice G. Ya esto es inadmisible. El Lugarteniente General carece de competencias para pronunciarse sobre formas de gobierno que han sido decididas por sus superiores. Como sabemos, Maceo nunca aceptó decisiones de nadie, ni del mismo Gómez, aunque tuviera que someterse por fuerza a algunas de ellas. Pero G. en cambio acepta la propuesta de Maceo. Porque siempre han pensado lo mismo, y según él Martí está torcido y fracasado. La idea dictatorial que ama, el miedo a Maceo y su desprecio por el líder político inducen a Gómez a permitirle a Maceo una discusión que está fuera de discusión. Gómez debió decir: general, eso no se discute. Y a lo sumo: envíe su propuesta a la Asamblea de Representantes. Pero qué va, el futuro de la guerra y del país puede resolverse en un grupito de dos, a lo sumo de tres, aunque el tercero sería formal, ornamental, para la galería. G. lanza de golpe la inaudita propuesta: una junta de generales con mando, a fin de excluir a Martí, a quien Gómez ha designado Mayor General para ponerlo bajo el mando de él: pero, por supuesto, eso nunca podría existir con una reunión efectiva de los generales, imposible en cualquier guerra y más en la manigua mambisa, sino por unos representantes que esos generales designarían personalmente. Ah y unos secretarios para interior, exteriores y otros asuntos logísticos, simbólicos o decorativos.
Me perdonan los maceístas, pero esta idea del Titán no era una discrepancia fraternal sobre formas o métodos, sino una completa traición. El Pueblo en Armas, que no son sólo los alzados, ni siquiera los que viven en Cuba, constituye la patria, no el Ejército ni los jefes del Ejército. Y claro, en esta luminosa creación, no se nos dice quién presidirá esa Junta de Generales sin Martí. El otro era un dominicano.
Lo que propone Maceo es en última instancia la idea de Vicente García, que ya le había señalado Gómez en su Diario: caudillismo, militar sin capacidad política que usurpa el mando y destruye la obra. Gómez no puede disciplinar a Maceo, y Maceo es poco fuera de Oriente. La idea de Maceo era un sinsentido carente de realidad. En su mente, la única realidad era el caudillismo. Lejos de dejar atrás los errores de la guerra anterior, Maceo se propone, y lo logró hasta su muerte, continuarlos.
Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: “¿pero U. se queda conmigo o se va con Gómez?” Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante.
Cuando se carece de argumentos en una discusión, el déficit deja salir la histeria y la falta de respeto. Lo de los generales con mando pasa de la sugerencia a la agresión: usted no tiene gente, nos resulta un incómodo objeto con necesidad de protección, usted es nadie. Los adoradores del Titán se atienen a ese tipo de superioridad. Una lectura del diario de Martí hace evidente que unos cuantos militares están más cerca de Martí que de Gómez. Martí superaba en carisma, inteligencia, carácter y conocimientos de historia militar a estos dos candidatos a la dictadura. Pudo ser un jefe militar, pero le tocaban funciones realmente superiores. Ni en ese momento pierde una batalla. ¿Quién es el flojo en esa discusión?
Lo veo herido —“lo quiero —me dice —menos de lo que lo quería”— por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros.
Otra vez el dinero, como señalara Gómez años antes. Y su uso. Crombet compró la goleta que Maceo decía que era imposible adquirir con el dinero disponible (y no había más, y se le daba la cantidad mayor). Ciertos maceístas afirman que Martí sustituyó a Maceo por Crombet en la dirección de la expedición. Falso, sólo en el encargo de la goleta, puesto que Maceo había declinado la gestión. Maceo, como sabemos por Gómez, se reservaba el uso que hacía de los fondos públicos. Un maceísta celebra a Maceo por haber enviado, estando en esta campaña, una fuerte suma de dinero a su hijo fuera de matrimonio en Costa Rica, para su educación en español y en inglés. ¿Cuál fue el origen de ese dinero? Sabemos que Maceo cobraba por no quemar las propiedades que debía quemar por orden de su general en jefe. Aun si ese dinero era un regalo de sus amigos, era su deber poner la causa por encima de la familia, como hacían Gómez y Martí. El Titán fascinó con su elegancia a Julián del Casal en La Habana, instalado en su mejor hotel, el Inglaterra. Su puerta estaba custodiada por jóvenes de la aristocracia habanera. Me pasma que un individuo que está en una posición de poder frente a un líder que según él se encuentra sin propio amparo, se sienta herido, sin razón suficiente, y mencione sentimientos. Martí es un hombre de sentimientos de otro tipo y se mantiene firme:
Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: “dentro de 15 días estarán con Uds. y serán gentes que no me las pueda enredar allá el Doctor Martí”.
Martí se ofrece para ser eliminado. Depondrá una autoridad que le ha sido otorgada legítimamente, y que de hecho ha ejercido de manera brillante (y por eso Maceo está ahí frente a él, porque él y sus fieles han desembarcado incluso con muchos más recursos que sus superiores). Pero Martí sólo depondrá su autoridad frente a los representantes del Pueblo en Armas, nunca frente a un subordinado insubordinado. De hecho, los cargos que estos hombres ostentaban se lo debían al PRC y tenían que ser confirmados por la Asamblea del Pueblo en Armas. Este militar rebelde intenta falsear la elección a la Asamblea, designando, no eligiendo, como representantes a sus leales, desoyendo la norma del orden democrático de la guerra establecido por sus superiores. Su influencia llegó pues hasta la Asamblea pero no logró imponerse. Tampoco la idea de una Cámara permanente e itinerante, error de la guerra anterior. Maceo ignoraba la evidencia de que se le admiraba como militar pero que carecía de pueblo para hacer política efectiva. El doctor Martí murió peleando como un soldado cualquiera y la Asamblea no se plegó a la desquiciada propuesta del general Antonio.
Que se siente vencido. Porque él ha creído que Martí es un ambicioso, y se encuentra con que está equivocado.
—En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre, —y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir. Que va a caer la noche sobre Cuba, y ha de andar seis horas.
Subrayo el vuélvese porque sugiere que Gómez respalda de algún modo continuar la discusión, o al menos la permite. Martí ha rechazado seguir discutiendo, lo fuerzan. Maceo pasa a la ofensa en público, y Martí le contesta con rudeza y con claridad. Entonces el general Maceo… huye. Seis horas a caballo es un tramo bastante largo, y unas horas después lo encuentran en el campamento. Está nervioso, alardeando y mintiendo. Por cierto, esas operaciones urgentes y dramáticas, ¿quién las orientaba? ¿Las discutió con su General en Jefe? Maceo se comporta como un caudillo sin control. Miente.
Allí cerca, están sus fuerzas: pero no nos lleva a verlas: las fuerzas reunidas de Oriente Rabí, de Jiguaní, Busto, de Cuba, las de José, que trajimos.
Maceo ha concentrado esas tropas sin contar ni siquiera con su superior militar. Se burla de Martí porque carece de tropa, ¡y se ha quedado con las de José Maceo, que venían con Gómez!
A caballo, adiós rápido. “Por ahí se van Uds.” —y seguimos, con la escolta mohína; ya entrada la tarde, sin los asistentes, que quedaron con José, sin rumbo cierto, a un galpón del camino, donde no desensillamos. Van por los asistentes: seguimos, a otro rancho fangoso, fuera de los campamentos, abierto a ataque. Por carne manda G, al campo de José: la traen los asistentes. Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos.
¿Los miembros de la Cámara de Representantes de la primera República en Armas trataron alguna vez de esta manera a los militares? Carezco del dato. Los jefes tienen que pedir comida.
Obsérvese que en esta escena final Gómez está ausente. Era su costumbre presenciar las discusiones sin intervenir, como ocurrió cuando se enfrentaron Maceo y Crombet al final del fracasado plan de 1884. En realidad, Crombet defendía las acusaciones de Gómez contra Maceo, pero Gómez hizo el papel de estar por encima de la bronca. Tal vez aquí hizo lo mismo, pero Maceo le metió un puntapié que pudo costarle la vida y desgraciar el levantamiento. Cuando uno se sabe un caudillo hace lo que le da la gana. El Titán se conduce como una persona descontrolada, injusta, y peligrosa.
Lo que ocurrió en La Mejorana fue un segundo enfrentamiento entre la idea democrática de Martí y la opción por la dictadura militar que jamás desapareció de las mentes y las conductas de Gómez y Maceo —aunque desigualmente—. Otra vez la victoria resulta de Martí, incluso sin su presencia ni orientación, porque es imposible contrastar las aspiraciones libertarias del Pueblo en Armas. Pero sí es posible sabotearlas. En este momento Gómez, pateado por Maceo, está del lado de Martí. La Asamblea se reúne en Camagüey y confirma al General en Jefe y a su Lugarteniente General. Pero las tensiones entre ambas ideas continuaron, en el campo de batalla y en el exilio. A fines de 1896, Maceo, después de la Invasión, ha agotado sus posibilidades en Pinar del Río, burla la Trocha española por mar y avanza hacia el este. Con el propósito de reunirse con Gómez para enfrentar los intentos del Consejo de Gobierno de intervenir en los asuntos militares —según leemos en la página 129 de esta edición del Diario en 2014—. Me abstengo de comentar esta afirmación, porque exige un espacio imposible aquí. Maceo muere antes de intentar sustituir el orden popular y democrático de la guerra mediante alguna variante de su Junta de Generales.
