
Ya hemos visto cómo, en el libro de la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana Máximo Gómez: 100 Años, la compiladora Ana Cairo incluyó la carta de Máximo Gómez a Tomás Estrada que estudiamos en el artículo anterior, precedida de la carta de Martí a Estrada de unos meses antes. La compiladora elude comentar: se limita a poner los documentos en orden cronológico. Ese orden, sin embargo, contiene una estructura de sentido. La carta de Martí revela cuál es el trasfondo de ese desprecio con que Gómez le injuria. Con este recurso la historiadora ponía en contexto las frases rotundas del general, falsas y ofensivas para todo patriota cubano. Aquí hemos adoptado la estrategia inversa, estudiar primero la carta de Gómez, de la que nadie habla nunca, y sin intención de escándalo desde luego, sino para deshacer, incluso prescindiendo del auxilio de las verdades martianas y ateniéndonos sólo a los datos históricos, las falsedades que esa carta contiene. La carta de Gómez dista de ser un momentáneo exabrupto por las tremendas dificultades que supone para él la pérdida de aquel que él llamara el mejor de los compañeros. Veremos minuciosamente, en este y otros artículos, cómo Gómez saboteó el proyecto democrático de Martí y del Pueblo en Armas, puesto que nunca había creído en él. Para ese fin nada mejor que estudiar la carta de Martí, porque contiene las claves del asunto de manera completa e incontestable.
Martí le escribe a Estrada el 16 de marzo de 1895 desde Montecristi, República Dominicana. Es carta segura, porque la lleva su hijo espiritual Manuel Mantilla. Martí puede pues ser completamente sincero, y confiesa que escribe a escondidas: y añade: yo, que me muero de vergüenza, en cuanto tengo un solo instante que ocultar la verdad. La circunstancia es pues muy difícil para él, pero no en el inevitable plano personal —y considérese que Martí, como cualquiera en la época, poseía un elevado concepto de su honor—, sino porque está en juego el destino de Cuba. La carta era complementaria al mensaje verbal que transmitiría Mantilla. Nos falta ese testimonio privado, pero el hecho mismo de que Martí lo encargue significa que lo que él escribe es menos rico y menos dramático que aquello que está viviendo: me ha visto vivir, —y morir más, —en estos días. Martí ha ido a Dominicana a organizar el difícil desembarco en Cuba de Gómez y algunos patriotas, y por supuesto aspira a pertenecer a ese grupo. Gómez se opone, como sabemos. El argumento es que Martí es más útil fuera, pero es sólo un pretexto. Martí en efecto era más útil fuera, y no tanto para la organización de las expediciones, mecanismo ya creado por él, sino para la batalla diplomática con Estados Unidos, la América hispana y las potencias europeas, que podían reconocer la beligerancia de los mambises, respaldar nuevos desembarcos, y detener cualquier posibilidad de intervención extranjera. Martí, hasta ese momento un hombre enfermo, pero exultante en cuanto pone un pie en Playitas, ha soñado siempre estar en el campo de batalla. No quiere morir como líder o general, sino como cualquier combatiente. El amor a la muerte, a la Muerte Amiga, fue siempre, desde que era un adolescente, el recurso moral mayor de Martí. Pero esas pasiones están lejos de perturbar su sentido del deber. Al principio acepta regresar a Nueva York, hasta que presiona a Gómez, que accede. Ha de desembarcar con ellos, cuando él, Martí, encuentre la vía.
Para la fecha de la carta de Martí a Estrada, Gómez permite que Martí llegue a Cuba: Yo creo que al fin, podré poner el pie en Cuba, como un verdadero preso. Véase el término: cree. El jefe militar decide por su cuenta qué hará el jefe político. Y de ella, se me echará, sin darme ocasión a componer una forma viable de gobierno. Pues bien, Gómez firmó con Martí la convocatoria a la Asamblea de Representantes, y los hechos indican que se dirigían hacia Camagüey con ese propósito. Y la Asamblea se reunió en Jimaguayú, sin Martí. Lo que ocurre es que, contrariando las sospechas e insultos de Maceo en La Mejorana, Martí no era un leguleyo; y la formalidad jurídica de la Revolución, siendo desde luego inexcusable además de inevitable, era apenas un instrumento para el servicio mayor: ajustar, como hubiera sido mi oficio, las diferencias ya visibles entre los que no entienden que para defender la libertad se deba comenzar abdicando de ella, —y los que a la misma libertad entregan, y vuelven la espalda, si no les viene en beneficio propio. Lejos de pretender continuar con los conflictos de la primera República en Armas, Martí identifica, con responsable realismo, las diferencias que obstaculizan la libertad dentro del campo mambí, y se propone ajustarlas. Es lo que hace un líder democrático: Entre las realidades funestas, y las rebeldías imprudentes, me hubiera puesto yo: pero no se me permitirá. La realidad funesta queda clara en la petición que Martí le hace a Estrada de mover declaraciones discretas a favor de la democracia, para impedir que en Cuba se prohíba, como se quiere ya prohibir toda organización de la guerra —que ya lleva en sí una república, que no sea la sumisión absoluta a la regla militar, a la que de antemano y por naturaleza se opone el país, y que detendría —o acaso cerraría totalmente —el paso de las armas libertadoras. Este tipo de criterio es lo que Gómez llamaría luego el torcerse de Martí. Que consiste en rechazar la dictadura militar. Gómez, Maceo y algunos otros jefes históricos menores amigos de ellos, veían el PRC sólo como la manera de encontrar dinero para la guerra que ellos debían presidir. Maceo lo expresa con su idea de un gobierno integrado por una Junta de Generales. Qué haría esa Junta de Generales después de obtenida la independencia, quedaba en el misterio.
En el cuidadoso texto de Martí queda claro que Gómez lo presiona para que renuncie a lo que considera por lo menos una inutilidad: la constitución de un gobierno civil. Martí sabe que una Junta de Generales hará que el alzamiento quede desautorizado por la mayoría del Pueblo en Armas, fuera y dentro del país. Incluyendo a unos cuantos generales. Recuérdese que fue el general Lacret Morlot, como presidente de la Asamblea del Cerro, el que se ofreció para fusilar a Gómez cuando este traicionó al poder civil y se entendió con los yanquis. Veremos enseguida cómo se manejaban entre sí los dos partidarios de la regla militar. Por rechazo de cualquier dictadura, y también por elemental sentido político y práctico, Martí tiene que defender la República en Armas. No hay indicios de que esta propuesta fuera presentada por Gómez con anterioridad, pues se trata del mismo conflicto que los había enfrentado en 1884. Es en ese momento, cuando Gómez cree que Martí está fracasado y buscando su amparo, cuando lo presiona hasta el punto de oponerse a que desembarque para cumplir su función de líder político. Ahora bien, Gómez fue siempre un pragmático muy hábil. El Delegado se tuerce, insiste en cumplir su deber. Sin el PRC y su Delegado, Gómez es un ciudadano privado buscando empleo, y empleo de gloria. De ninguna manera puede confesar que abandona a Martí porque el líder quiere desembarcar —comportarse con integridad, responsabilidad y valentía—, y porque se opone a un gobierno civil, que es lo que desea y defiende el Partido que lo financia. Ahora bien, Martí es un hombre de renuncia y un diplomático de corazón. Por eso le dice a Estrada: voy preso, y seguro de mi inmediato destierro: —y también de la utilidad para mi patria de este martirio. Y expresa su táctica: No espere de mí, porque sería injusto, aquella ofuscación de la persona propia, y escondido deseo de noble premio, que pudiera entorpecer los acomodos indispensables, aun cuando ilógicos y violentos, a una realidad necesaria y urgente. Sabe pues que debe acomodarse a ese permiso de desembarcar, aunque no de quedarse, para que la República en Armas exista. Martí pudo regresar a Nueva York y volver luego con Calixto García. Pero eso arruinaba la unidad del frente militar. Escribe el Delegado: ni extremaré por la mayor justicia, conflicto de que, en vez de su victoria, nazca un desacuerdo fatal. Martí teme que estas diferencias puedan complicarse en el futuro, y así ocurrió en La Mejorana, y luego a lo largo de la guerra, y especialmente durante la intervención norteamericana, y por eso escribe: a toda exigencia de naturaleza pública, si me viera en el doloroso caso de hacerla, precederá la desistencia total de mi persona. De su persona, nunca del principio democrático del Pueblo en Armas. De manera que por ahí empieza: Gómez se acomoda a la idea de que Martí le organice el desembarco y haga un peligroso paseo por Cuba, y Martí se acomoda a la idea de que habrá de ser desterrado, pero antes llegará hasta la Asamblea para deponer su autoridad y constituir la nueva legalidad mambisa. A mi juicio, era un pacto político correcto. Pero sin claudicación por parte de Martí, que pide a Estrada que mueva la opinión a favor de la democracia, con la fuerza mayor de lo indirecto, esto es, sin agresividad ni escándalo que pueda ofender y espantar a los militares partidarios de la dictadura. Ninguna rebeldía imprudente que pueda arruinar la unidad del Pueblo en Armas y por tanto la existencia de la República. Martí tenía el deber inexcusable de exigir la convocatoria a la Asamblea y a participar en ella, y todo derecho a ser proclamado Presidente electo y a permanecer en el país como combatiente. Pero aceptaba regresar a Nueva York. Logró la convocatoria, que era la pieza imprescindible, aunque no suficiente, de la nueva República en Armas. Y el Pueblo en Armas respondió de inmediato a la convocatoria.
Lo que no está claro es si Gómez le permitía llegar hasta la Asamblea. Los guajiros cuyo testimonio aparece en Martí a flor de labios, el famoso libro de Froilán Escobar, hablan de que Martí estaba vestío de población, es decir, como listo para salir del país. De inmediato, o cuando se presentara la posibilidad. Gómez podía gestionar su salida antes de la Asamblea. Por cierto, la idea de que este hombre conocidísimo podía salir del país como si fuera un turista, nos indica el poco respeto de Gómez. No sólo era un destierro, sino que lo lanzaba a un peligro extremo de muerte. Hasta donde recuerdo, ningún líder cubano pudo hacer semejante viaje. Si entrar era difícil, salir debía ser mucho peor. El heroísmo de Martí durante el desembarco provoca la admiración de Gómez: pero al nombrarlo Mayor General otra vez está desconociendo la autoridad civil: lo pone bajo su mando. Probablemente tiene en la cabeza la Junta de Generales de Maceo, idéntica al proyecto de 1884, en la que el jefe político se convertiría en uno más, y sin tropa. Para Martí es sólo un homenaje inmerecido. (Un adolescente condenado por su integridad a trabajos forzados siempre me resulta más heroico que un general a caballo durante diez años, pero eso Gómez sólo lo consideraba, en su Diario, como algún prestigio). Hubo demasiados generales en el Ejército Libertador, y algunos fueron malos militares y malas personas. Desde luego, habiendo comprobado que Martí no era un flojo, el asunto se complica para Gómez. Es entonces que ocurre el decisivo episodio de La Mejorana.
Para entenderlo nada mejor que acudir al Diario de Gómez, y subrayo:
Día 5, nos movimos por el Triunfo almorzando en el Ingenio…. en unión del General Antonio Maceo, cuyo Gefe (sic) encontramos por aquí, sin que anduviese en operaciones, según nos había anunciado.
Después, y como a eso de las 4 de la tarde nos condujo a las afueras de su campamento, en donde pernoctamos solos y desamparados, apenas escoltados por 20 hombres bisoños y mal armados.
Día 6, al marchar rumbo hacia Bayamo, confusos y abismados con la conducta del General Antonio Maceo, tropezamos con una de las avanzadas de su campamento de más de dos mil hombres y fuerza nos fue entrar. El General se disculpó como pudo, nosotros no hicimos caso de las disculpas como lo habíamos hecho del desaire y nuestra amarga decepción de la víspera quedó curada con el entusiasmo y respeto con que fuimos recibidos y vitoriados (sic) por aquellas tropas.
Dos horas después continuamos marcha, abandonando también el campamento del General, pues él salía en operaciones.
Gómez comienza por olvidar el nombre del ingenio La Mejorana. Y para los que conocemos el sucedido, resulta que olvida mucho ahí. Lo que apunta es el conflicto con su Lugarteniente General. Ni una palabra sobre la discusión política. Ahora bien, el conflicto es, en su propia anotación, significativo. Su Lugarteniente lo deja solo con veinte hombres de los peores, cuando tiene más de dos mil. Y la causa es evidente: Gómez no le ha apoyado en su intento de obligar a Martí a renunciar a la República en Armas. Por lo tanto, le hace sentir su superioridad dejándolos solos en medio del enemigo. Lo que ocurre al día siguiente suele ser considerado como una rectificación por parte de Maceo pero no lo es. Es sólo por casualidad que Martí y Gómez entran al campamento de Maceo, y es la aclamación popular la que induce las disculpas del Lugarteniente. La visita dura apenas dos horas y el anfitrión se marcha. Ni siquiera entonces Maceo cubre las necesidades de protección de los dos líderes.
El Generalísimo es sometido por su subordinado Maceo a la regla militar. Es humillado por un caudillo exitoso. Pues según esta gentecita, el que puede, puede; incluso, abusa, y hay que admitírselo. Justamente ese tipo de actitudes había hecho fracasar la guerra anterior. Ahora la sufre el propio Gómez: la insubordinación y el desprecio de su subordinado. En 1884 Maceo le había dicho a Martí que la Revolución era asunto personal de Gómez; y vean a qué regla se atiene. La República en Armas de Martí era una defensa de los intereses y las personas del Pueblo en Armas, futuro y presente, civiles o militares. Desgraciadamente Gómez no entendió nunca lo que había ocurrido en La Mejorana. Pudo haberse enderezado ahí, dejar de torcerse como un militar sin orientación política. Su mente estaba sometida a la regla militar. Decide buscar su propia tropa y su propio éxito, sin poder someter a la regla militar a su propio Lugarteniente. Esa estrategia causó el suceso de Dos Ríos. Llegó a Camagüey con unos pocos hombres, después de la muerte de Martí. Nunca llegó a ser realmente un caudillo.
A partir de este momento comienza el fracaso de Gómez como general en jefe. Maceo criticó una y otra vez sus decisiones: por ejemplo, rechaza la designación de Calixto García como jefe del departamento oriental, pues según Maceo ese cargo correspondía a su hermano José, de cuyas habilidades como jefe nos enteramos cuando Antonio, al salir hacia Occidente, le deja conformado el estado mayor. Amigo de Martí, hombre bravo que murió en combate, José Maceo no le hacía competencia a Calixto. El general Antonio no deja de señalarle a Gómez que todo el mundo sabe que el general García es un agente del gobierno español… Ni después de la muerte de Maceo logró Gómez una autoridad real sobre sus generales. Era un táctico victorioso, pero no creó ninguna estrategia de victoria. Y su manera de tratar a sus subordinados que tanto le admiraban, los alejaba una y otra vez.
Fue una suerte para Cuba y para Maceo mismo que ninguna tropa española se enterara de ese grupo fácilmente aniquilable de patriotas, entre los cuales se encontraban los dos líderes. La Revolución pudo haber quedado descabezada, y Maceo clasificado como traidor. Y también fue suerte que las avanzadillas de Maceo los encontraran y los llevaran en triunfo al campamento. Si el campamento no hubiera vitoreado a los líderes, tal vez Maceo nunca se hubiera disculpado. Y retiró las palabras como pudo, pero no rectificó ni la desobediencia al superior ni el desamparo de los líderes. El suceso pudo haberse enconado para todas las partes. Gómez dice estar abismado. Algunos historiadores sometidos a la regla militar han insinuado que el fracaso del plan Gómez Maceo de 1884 se debió a que Martí dejó de apoyarlos. En realidad, en esa fecha los seguidores del Apóstol eran poco numerosos y estaban concentrados en Nueva York. Pero si visitamos el Diario de Gómez hallamos otras causas del desastre:
El 1 de agosto de 1885 anota Gómez: Ha llegado el General Maceo, de New York, y ni me da cuenta de lo que ha colectado. Y en junio 17 de 1886, cuando Crombet ha logrado comprar una goleta y se prepara para un desembarco: insisto en detener el avance, dudoso del éxito, pero al mismo tiempo que no encuentro al General Maceo dispuesto a obedecer mis órdenes a este respecto, no encontramos la manera de salvar los elementos ya en movimiento. Para esta fecha Gómez y su familia están en Jamaica pasando hambre y desamparo: he tenido que ocurrir a algunos cubanos en solicitud de dinero y en calidad de préstamo y no lo he podido conseguir. Duda incluso: no debí haber entrado en este asunto sin antes tenerlo asegurado todo—y sobre todo la subsistencia para mi familia, por lo menos 4 años. Pasa entonces a Panamá, y ahí anota: nadie está dispuesto a dar un centavo para la Revolución. La opinión de Martí no alcanzaba a Panamá, por supuesto. Regresa a Jamaica, y se encuentra con esta noticia: En la correspondencia que de New York me ha guardado mi esposa encuentro un acta que extendió el Capitán del barco, en que en vez de recalar a Puerto Plata, echó el armamento al agua y siguió para New York. Vamos, que lo de Fernandina tenía peores antecedentes… Aunque los expedicionarios van abandonando el proyecto, y una reunión para reanimarlo termina con el famoso enfrentamiento de Maceo y Crombet, que se desafían a muerte, Gómez persiste: Me propongo levantar el espíritu que ha tiempo había decaído y que el fracaso del General Maceo; casi casi, ha muerto por completo. Gómez está claro de dónde procede el desastre: El General Maceo puede quedar aquí, hasta tanto se pase un poco la mala impresión del fracaso sufrido, que indudablemente no ha de dejar muy inclinadas a su favor la opinión de la mayoría. Lo que sigue identifica el problema: Ahora se requiere que los Gefes (sic) menos gastados en la misión de recoger dinero sean los que más impulsen las emigraciones. Maceo ha fracasado en esa gestión. No hay apoyo ni dinero. Porque son jefes los que piden ayuda a las emigraciones… Finalmente Gómez dice lo que pasa, y subrayo:
En medio de todas estas dificultades y desgracias, me faltaba recoger un nuevo desengaño en la amistad del General Maceo. —Este Gefe (sic) porque no estaba de acuerdo con él, en sufragar los gastos que sin necesidad se continuaban haciendo en la manutención de algunos, entre estos él mismo—y con cuanta mayor razón que yo no disponía de dinero, se disgusta conmigo y me dirige cartas irrespetuosas y hasta insultantes si se quiere, las cuales, así como las contestaciones que a ellas he dado—existen en mis papeles.
No me ha sorprendido esta conducta del General Maceo—pues hace tiempo que sospecho que parece que de un tiempo a esta parte y por las ovaciones de que fue objeto por Cayo Hueso y aquellas partes de los Estados Unidos—se ha acrecentado en él un amor propio mal entendido y ha podido quizás creerse que goza de inmunidades ante los intereses de la revolución—y de aquí su conducta altanera en asunto de tan poca monta, y lo que es más que justifica mis juicios, que nunca me ha dado cuenta de sus operaciones, con especialidad de la parte financiera.—Siquiera fuera para salvar su responsabilidad.—Todo esto, me demuestra que este hombre sin inteligencia política, me aceptaba como Gefe (sic) del movimiento; pero como mera forma.
La misma conducta del General Vicente García con toda superioridad oficial, que ninguno pudo al fin aceptar sin pensar si él gozaba de condiciones bastantes suficientes para asumirla.—Así en política, es preciso considerar, si se cuenta con prestigio suficiente para encauzar cualquier situación; entonces puede tener alguna explicación favorable para el individuo y para la causa misma cualquier pretensión, por descabellada que parezca.
En el caso presente y tratándose de Maceo, nada me queda que esperar para que este Gefe (sic) no sea una oposición a todo lo que yo disponga, así aquí como en el campo. Si no ha sabido ser amigo fiel y leal compañero, y solamente porque no puedo pagar los gastos de manutención que él mismo y otros están haciendo, se ha desatado en insultos que así debo llamar, el estilo de sus cartas; cómo debo juzgarlos? Qué buena voluntad debo esperar de un compañero de este género? (sic)
Para fines del verano de 1886, el plan militarista de Gómez y Maceo ha fracasado en forma vergonzosa, con un enfrentamiento muy feo de los dos jefes. Cada uno culpa al otro de comportarse como un dictador. El superior sabe que el inferior nunca le obedecerá. Lo compara con Vicente García, caudillo que se hizo de la presidencia de la República y fue protagonista de su desaparición. Gómez sospecha del uso del dinero por parte de Maceo: lo está acusando de corrupción. El dominicano sin patria está sumido en la pobreza absoluta y tiene que ocuparse en cualquier trabajo en cualquier país.
Debo insistir en que estas verdades carecen de la intención de juzgar a estos personajes o hacerles desmerecer del aprecio de los cubanos. Comparados con otros caudillos de la época, incluso posteriores —Pancho Villa y Zapata, por ejemplo—, ambos resultan casi excelsos. La historia política es ardua, dificilísima —sobre todo cuando pasa por la violencia—, y por lo tanto una máquina de moler reputaciones. Me duele que Gómez jamás entendiera que él también carecía de suficiente inteligencia política, y que la que tenía podía estar tentado de usarla mal: cualquier pretensión, por descabellada que parezca; y lo que es peor aún, que no entendiera que marchaba a su lado un compañero de un superior género, un político único en la historia política, que le amaba como un hermano menor, y que le había organizado con enorme esfuerzo y renunciamiento la oportunidad de su vida.
Estuvo a punto de entenderlo, como vemos por la entrada del 1 de febrero de 1888, un año y medio después de aquel escandaloso fracaso:
Los cubanos de New York, un grupo; a la cabeza José Martí, hombre de talento y de algún prestigio; se han reunido y tratan de organizar la revolución. —Me pasan una carta, para que yo me someta a su dictamen.
E1 asunto no se presenta bien claro, pues tal parece que se trata de eliminar al elemento militar, y yo he contestado en los términos más concisos y patrióticos, a la voz que me ha dictado mi conciencia, como defensor leal y desinteresado de la independencia de Cuba.
La lectura de esa comunicación ha modificado un tanto mis ideas sobre proyectos revolucionarios; pues es prudente esperar un poco a ver qué sale de todo eso.
¿Eliminar el elemento militar?
Pues bien, de todo eso salió la presencia de Gómez en La Mejorana, como general en jefe del Pueblo en Armas.
De su ambivalencia en ese momento nos ocuparemos en el próximo artículo.
