Desniveles arquitectónicos del edificio de Arte Musical (El Gusano), concebidos para la privacidad acústica de las aulas y talleres.

La cronología constructiva de las Escuelas de Arte del Country Club, constituyen la parábola más elocuente del precipitado tránsito de la revolución romántica hacia el más rancio socialismo estalinista. Un lustro bastó para hacer cambiar de parecer a sus promotores, inaugurando el delirante capricho de trasmutar una sociedad en otra de la noche a la mañana. Como he adelantado en las dos entregas anteriores, medio siglo después de empeños inconclusos en la vida socioeconómica de la isla, también incluyó la pretensión de consumar estos centros de formación artística, a décadas de paralizar su fabricación. Lo que sucedió con estas academias, recuerda la afición que en la centuria decimonónica tuvieron los aristócratas ingleses por fabricar ruinas para adornar sus extensos jardines campestres. Pero, a diferencia de este culterano apego, las cátedras artísticas de Cubanacán estaban destinadas a cumplir la ingente labor de fraguar la identidad cultural de una nación, tal como desde entonces ha ocurrido a contrapelo de improvisaciones e incomodidades, en esos mismos edificios a medio hacer.

Contrafuertes de sostén estructural a los corredores externos.

 

Emplazada en una elevación del terreno opuesta a la Escuela de Ballet, la Escuela de Arte Musical fue uno de los grandes desafíos constructivos que tuvo la ejecución del complejo de cinco edificaciones de la actual Universidad de las Artes. Garatti no implementó allí movimientos de tierra significativos, sino que aprovechó el suave desnivel del suelo para dejar descansar la larguísima tira arquitectónica que contenía los talleres, aulas y locales de ensayo. Su sinuoso recorrido toca en los extremos las riberas del río Quibú, describiendo en toda su extensión una trayectoria curvada y contraria a la del meandro fluvial. Por su ondulante trazado, fue apodado como El Gusano. Este es apenas una ínfima parte de todo el proyecto, aquel que, paisajísticamente, serviría de contrafuerte topográfico a una gigantesca cúpula-auditórium, además de otras que la secundaban, conectadas entre sí superficialmente y por corredores aéreos. Los planos revelan lo que pudo llegar a ser uno de los espacios más suntuosos destinados a la música y su pedagogía a escala global.

Extremo sur de El Gusano, resuelto con terrazas circulares colindantes con el Quibú.

 

Pero sólo nos queda El Gusano, derruido y repleto de excrementos ad libitum. La crisis económica que comenzó tras el desplome soviético, lo hizo blanco de vandalismos, acabando por convertirse en viviendas ilegales, y sus puertas y ventanas de cedro y caoba destinadas a leña para cocinar. Tras su virtual rescate a comienzos de siglo, fungió como aulas de actuación y otros objetivos docentes y administrativos, hasta que fue vaciado para el remozamiento que nunca sucedió. Da grimas ver el potencial latente de este y los restantes inmuebles abandonados, convertidos a partir de 1965 en tabú, en remanentes de “arquitectura burguesa”, preteridos y escondidos para las sucesivas generaciones de ingenieros y arquitectos cubanos y del mundo; inclusive, apenas era mencionado en los programas de estudios de estas especialidades.

Sección del arquitrabe convexo con evidencias de daño infligido intencionalmente en sus bordes.

 

Estas joyas de la arquitectura cubana de todos los tiempos, volvieron a la palestra pública gracias al interés del estadounidense John Loomis, arquitecto y teórico en la especialidad. Durante sus viajes a Cuba en la segunda mitad de los años 90, había mostrado reiterada curiosidad por las casi míticas Escuelas de Arte, pero siempre había algún “contratiempo” disponible que lo alejara de ellas. Fue el maestro Roberto Gottardi —el único de los tres autores residente en Cuba— quien lo llevó hasta Cubanacán en su propio carro. Para Loomis fue una revelación poco más o menos arqueológica, resultado de la cual, en 1997, publicó Revolution of forms. Cuba’s forgotten Art Schools. El “descubrimiento” desencadenó una ola de atracción internacional que arrastró a Norma Barbacci, ejecutiva en World Monuments Fund. New York, a tomar cartas en el asunto. En septiembre de 1999, las Escuelas de Arte ya figuraban en la lista para el siguiente año de los 100 monumentos mundiales más dañados —2000 World monuments watch list of 100 most endangered sites—, incluso, entre otros candidatos de notable antigüedad. Pero esto no se trataba de un mero inventario, sino que traía consigo una cuantiosa suma en efectivo para la recuperación de los mismos.

Panorama de El Gusano desde la orilla opuesta del Quibú.

 

Para aquellos que gustan de colocar el embargo económico como respuesta a nuestras adversidades, pues fue justamente gracias a esto que el donativo no pudo llegar a nuestras costas. Tiempo después, durante un congreso de artistas y escritores, Fidel Castro se da por enterado del chisme, sacando pecho a sus 80 años para asumir el reto de la restauración y acabado de estos emporios culturales… ¡Que paradoja, compay! El asunto es que el embullo parcamente alcanzó para pasarle la mano a los edificios concluidos de Ricardo Porro, y declarar el conjunto Monumento Nacional en 2010. Lo demás se los he contado en estas tres entregas, con un acompañamiento fotográfico de lujo.

La vegetación herbácea ha colonizado los techos de las abandonadas dependencias pedagógicas.

 

Tarea para la casa: no se pierdan el documental estadounidense Unfinished spaces —Espacios inacabados—, producido y dirigido por Alysa Nahmias y Benjamin Murray en 2011; la secuela más visible, literalmente, del “hallazgo” de John Loomis.

El colapso funcional del edificio propicia el desgaste provocado por la intemperie.

 

Fotos: Juan Pablo Estrada

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