
Obsérvese que digo la pasividad en nuestro país, no la pasividad cubana. Pues deseo deslindarme de inmediato del principal peligro del tema, que es casi una evidencia entre nosotros: que nos hemos convertido en un pueblo de personas pasivas en todos los ámbitos, o peor, que nuestra pasividad es un rasgo nacional, un timbre de idiosincrasia invencible, una fatalidad de la que no podemos escapar, a menos que dejemos de ser cubanos. A mi juicio esas evidencias son de la misma índole de aquella según la cual el Sol gira en torno a la tierra. La pasividad política, social, moral, religiosa, y unas cuantas más, es una característica humana universal. Las personas activas en cualquier plano son y han sido siempre escasas. Pero si nos atenemos solo a la pasividad política, que de alguna manera abarca y también determina muchas otras, empeora el asunto: es más fácil encontrar ciudadanos, en cualquier país, que manifiestan una desbordada diligencia para obtener bienestar, riqueza y poder, por no hablar del sexo, que los que están dispuestos a reaccionar ante las exigencias del bien de la polis. Si no hubiese pasividad política, si la mayoría de los ciudadanos reflexionaran responsablemente sobre el bien social, no harían falta ni la agitación de la propaganda ni las campañas electorales: bastaría la consulta mediante el voto. Y aquí vamos tocando algo muy importante: para el modelo de sociedad contemporánea, el que se establece paulatina y contradictoriamente después que los ingleses decapitaran a su monarca en 1649, el presupuesto de que hay ciudadanos y que son ciudadanos responsables y activos resulta imprescindible. Mientras el poder estaba en manos de la aristocracia, que lo clamaba como la voluntad de Dios en el monarca ungido ante Él, solo un pequeño número de personas eran llamados a ocuparse de la política. Inimaginable que un campesino o un artesano lograra influir en si se construía o no un camino, un palacio o una catedral. Pero cuando comienza a establecerse la sociedad democrática, en cuyos preliminares estamos, el artesano, el campesino, el obrero, el músico emancipado, el escritor independiente, se vuelven sujetos de la política: es lo que se conoce como soberanía popular. Todos los sistemas políticos de Occidente, incluyendo el socialista, tienen ese presupuesto. Y ese presupuesto es, en la práctica, dudoso, resbaloso, y mayormente falso. La mayoría de la gente no quiere ejercer ninguna soberanía. Una buena parte no sabe ni siquiera en qué consiste, aunque se les haya explicado en la escuela (en los países socialistas desde luego eso no se hace). Otros saben lo que es pero se quejan de que los políticos la usurpan: como si no fuera deber de cada uno el ejercerla a cualquier precio. La pasividad política es una realidad, y al menos para el tipo de política que hay hoy en el mundo, es una muy mala realidad, que conduce a una democracia disfuncional, siempre en riesgo de transformarse en anarquía, autoritarismo o dictadura.
Un ejemplo claro ha podido apreciarse en los últimos años en el país en el que se supone que la pasividad política no existe: los Estados Unidos de América. En 2008 Barack Obama fue electo en unas votaciones en las que el pueblo hacía largas colas frente a la oficina electoral. Detrás de ese súbito entusiasmo —pues las elecciones anteriores denotaban un enorme abstencionismo— estaba, desde luego, la pulsión de salir de la crisis económica que se anunciaba como un apocalipsis. Durante los dos primeros años de gobierno, Obama se esforzó por cumplir lo más urgente de su programa, que era parar la crisis y salir de ella con el menor costo social posible. Sin embargo, su partido perdió las elecciones parlamentarias de 2010, y por lo tanto el presidente comenzó la indeseable agonía de un ejecutivo que no puede ejecutar lo que urge. Se reeligió en 2012, pero nunca alcanzó mayoría en las dos cámaras. ¿Cómo es que un presidente popular carece de apoyo popular? La explicación la da el propio Obama una y otra vez, incluso ahora: por favor, vayan a votar. Si los interesados en su línea política, que en realidad son la mayoría del electorado según vemos por los datos de las últimas tres elecciones presidenciales, no van a votar en las elecciones parlamentarias, muy probablemente porque no les simpatizan los candidatos a congresistas que no solo no tienen el carisma de Obama sino tal vez tampoco ni su inteligencia ni sus intenciones, entonces el adversario domina el legislativo y hasta conquista la presidencia, lanzando al basurero los intereses de esa mayoría. ¿Y por qué votan entonces en las presidenciales? Pues porque la pasividad es siempre en primer plano, un estado de irresponsabilidad mental. Votan por el tipo fuerte que ellos creen que, mágicamente, sin que se tomen el trabajo de ganarle el legislativo o apoyarlo en las calles, va a sacarles las castañas del fuego. Cuando eso no pasa porque no puede ocurrir, votan por el candidato opuesto. ¡Con tal de mejorar sin hacer nada!
Si la pasividad política campea en la democracia más antigua del mundo —y en todas las otras, ciertamente—, ¿qué puede esperarse de un país como el nuestro, desprovisto históricamente de tradiciones, hábitos, instituciones o simplemente referencias a la democracia? Hasta hace unos años cuando a una persona se le decía ciudadano en la calle, es porque estaba en riesgo inmediato de ser detenido. Los compañeros son compañeros, es decir, bueyes o súbditos, no ciudadanos. Salvador Allende era el compañero presidente, no Ciudadano Presidente, el título que distinguía a Carlos Manuel de Céspedes y a Salvador Cisneros Betancourt. Como he señalado en un trabajo anterior, una de las pruebas del fracaso del socialismo es su incapacidad para generar una idea jurídica alternativa a la liberal: se sigue hablando de república, constitución, elecciones, parlamentos, ejecutivos, incluso tribunales: como fantasmagoría. La Revolución, sostienen, hace la ley, y por lo tanto no está sometida a la ley, a ninguna ley, ni a la que acaban de dictar. Cuando la ley molesta al líder revolucionario, no tiene por qué cumplirse la ley. Y como esto ocurre sin cesar, pues se hacen leyes para que llueva de abajo hacia arriba y para que la gente pobre se mate trabajando en beneficio de la oligarquía revolucionaria, pues no existe dominio de la ley. Oportunamente se acusa de corrupción a un dirigente, y puede que el señor sea más o menos inocente de ese cargo, pues lo que hizo es lo que tenía que hacer para sacar adelante su tarea en una atmósfera de impotencia y de ilegalidad. Que además se beneficiara es innegable. Combinación de dos para joder a uno, es la idea popular cubiche de la ley. La ley no es tu recurso personal por protección colectiva consensuada, sino tu enemiga personal, y la combates practicando alguna forma permitida de contrabando, hasta que dejen de permitirlo los que hacen la ley, en cuyo caso conocerás el peso de la ley que creías inexistente. Protestando yo por la contaminación de la panadería aledaña a mi casa, la jurista de la Empresa del Pan me dijo que no importaba, puesto que producían pan para el pueblo. Cuando ni los de abajo, ni los de arriba, ni los que debieran tener al menos una idea del derecho por razones profesionales, creen en la ley y su respeto, ¿podemos imaginar una Ley de Leyes, la Constitución, que en cualquier país es objeto de debates y desacuerdos? Millones —yo no— votaron por una enmienda constitucional para dejar sin enmienda posible el régimen de la Constitución vigente por todos los milenios de posible existencia de la nación o incluso de la humanidad. La osadía de que millones y más millones de tataranietos y sus descendientes no van a cambiar un papel porque sus tatarabuelos se creyeron más eternos que Dios, fuera un sainete vulgarísimo si no describiera con exactitud el delirio de soberbia, técnicamente diabólico, que ha conducido a la desaparición de los referentes democráticos en Cuba a nivel de casi todas las mentes. La ausencia de referentes democráticos en la mente del pueblo equivale a un estado de posesión demoníaca, pues las sociedades contemporáneas, incluyendo las socialistas, no pueden funcionar, ni siquiera subsistir a la larga, sin la prédica y la práctica de por lo menos algunos esos referentes, aunque estén mixtificados en el caso del socialismo. Insertos como por fatalidad en semejante espanto, ¿es de extrañar que los no ciudadanos cubiches practiquen la más extrema pasividad política como la única manera, creen ellos, de intentar protegerse del espanto, o al menos de su lado más terrible, el castigo por la actividad política de protesta contra el espanto?
Esto no hay quien lo tumbe, pero tampoco quien lo cambie, es lo que escucho en la calle desde hace cuarenta años. Décadas y décadas constatando el carácter al parecer inmodificable de la pasividad ciudadana cubiche, y deseando, como es normal, inevitable y santo, entender sus causas para poder vencerlo, el demócrata cubano actual, yo mismo durante mucho tiempo, ha llegado a culpar al socialismo como la causa de esa extrema pasividad, y de sus corolarios: el pesimismo, la desconfianza, la asocialidad, el escapismo, la huida, el estancamiento social, el odio a la patria, la miseria moral, el suicidio desde el quinto piso. De manera que si desapareciera el socialismo, o por lo menos si se liberalizara un poco, desaparecería la pasividad y pudiéramos sentarnos tranquila, o intranquilamente, a construir un presente de paz y prosperidad con todos y para el bien de todos. Radical es el que va a las raíces, dijo el Maestro, y no habrá solución radical para una democracia en Cuba si no atendemos, entendemos y eliminamos las raíces del problema. Habiéndomelo planteado no ya como ejercicio intelectual sino como materia de salvación, en la década del noventa el santo cubano, Félix Varela, empezó a taladrar mi conciencia con un término sospechoso: tranquilista. Pues viene mi amigo el babalao, a quien respeto mucho porque ha conquistado cierto bienestar con su propio esfuerzo, y me dice: yo lo que quiero es vivir tranquilo. Es el segundo de mis vecinos muy mayores de edad que me confiesa que se ha construido un garaje para cuando tenga el auto, que es el sueño de sus vidas. La espera del auto que caerá del cielo, no sé si el Tesla interplanetario de Musk, no les permite vivir tranquilos en esos garajes patéticos, que han mutilado el espacio de sus salas de estar… Eliseo Diego contaba que, de joven, aplazaba tareas para cuando ya esté tranquilo… Y a los setenta seguía esperando… ¿En un país de bailadores la gente aspira a vivir tranquila? ¿Un pueblo de guerreros, me dirá el adversario, que ha hecho tantas revoluciones y las ha exportado a tres continentes, que ha librado y supuestamente ganado guerras internacionales, es un pueblo de tranquilistas, envenenados de pasividad? ¿No será que frente a la actividad incontestable de los revolucionarios cubiches, no puede haber otra respuesta que la actual pasividad muy merecida e insuperable, utilísima por demás para su condición de siervos, de los que no fueron predestinados a la categoría suprema de revolucionarios, el escalón evolutivo más alto desde el pistoletazo del Big Bang para acá, que vencen y subordinan naturalmente a los neandertales del tranquilismo?
Y década tras década, la lectura de los olvidados textos de los profetas cubanos ha subvertido mi suposición de que el socialismo es la causa de nuestra pasividad. Se me conoce, desde mis veinte años, como un ensayista que nunca hace una afirmación sin poner a seguidas o a pie de página la reflexión o la referencia que la sustenta, y no me costaría demasiado esfuerzo hilarlas ahora: Varela, Martí, Márquez Sterling, Poveda, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, por mencionar solo los que tengo ahora en mente, un imponente elenco de nuestros pensadores ha enfrentado una y otra vez el escollo de la extrema pasividad política en Cuba. Pero no estamos en época de academia, sino de periodismo responsable: y en fin de cuentas el adversario está advertido de que es fácil comprobar mis afirmaciones. Para colmo, recientemente he descubierto un brevísimo texto que nos libera de quinientas páginas de historiografía y bizantinismos. Padézcanlo:
Somos pusilánimes colectivamente y la psicología de rebaño nos cuadra bien…
¿De dónde salió esta aseveración? ¿Algún disidente pagado por el imperialismo la ha estampado en Cubanet? ¿Fue escrita ayer? La he extraído de una carta del poeta Regino Boti, de fecha… 28 de octubre de 1913. Y para los que suponen que Boti se equivocaba porque era un poeta de torre de marfil —la carta alude a los enemigos de su poemario Arabescos mentales—, encerrado en sus sonetos ebúrneos, ajeno a las luchas heroicas de su pueblo, la verdad es que sus sonetos estaban muy bien escritos y que Boti era el presidente del Partido Conservador en Guantánamo, una especie de cacique local, que además hizo una demoledora, para él, campaña electoral como candidato a representante. Sabía lo que decía, y véase con cuánta precisión: colectivamente, porque él no era un pusilánime. El silencio de los corderos, barato filme de horror, es el epíteto con que popularmente se ha estado definiendo durante décadas el tranquilismo cubiche actual. El fenómeno es tan persistente que hasta las metáforas para denunciarlo se repiten.
La pasividad política en Cuba es un mal histórico de siglos. Procede de y conduce a la pasividad moral, que se expresa en frases bien conocidas: antes de 1959, la melancólica palabra total…, así con puntos suspensivos, que denotaba la inutilidad de cualquier esfuerzo, tan popular que hasta generó un bolero. Después de 1959, el no cojas lucha…, con la misma puntuación. Ya no se oye mucho, pues nadie coge lucha. Cómo surgió y se afianzó en Cuba, antes de 1959, este vicio social, es un enigma que cae fuera de las posibilidades de este trabajo, aunque urge descifrarlo a fondo. El Proyecto Nacional Cubano de Varela-Agramonte-Martí, se inició con un sacerdote cogiendo lucha contra los tranquilistas. Pero durante el siglo XIX el patriciado se mantiene firme en la lucha por la independencia, a pesar del total… del Zanjón. Y finalmente la lograron. Si toda esta gente hubiese salido a la manigua, España no hubiera durado quince días, cuentan que dijo el general Gómez cuando las multitudes lo aclamaban al fin de la guerra. Con esa masa de patriotas de última hora —vaya usted a saber cuántos de los ochenta mil cubanos que tomaron las armas contra los mambises— había que hacer una democracia. ¿Alguno era demócrata? Los ciegos, los unánimes rebaños descritos por José Manuel Poveda, el gran poeta compañero de Boti (parece que la metáfora del rebaño era ya universal a comienzos del siglo XX), no podían, no tenían el menor interés en construir una democracia. Habituación a lo vil, había diagnosticado previamente Martí, que jamás idealizó, como algunos claman, al pueblo que defendía: el hijo de un pueblo esclavo… Los líderes de los rebaños no eran indignos de sus carneritos. Que Boti fuera conservador no le impedía sostener que Menocal, su jefe, era un estúpido. El esfuerzo educativo de la República, que logró alfabetizar a la mayoría del pueblo y a la casi totalidad de los habitantes de las ciudades; el trabajo de cultura de una pléyade no igualada de pensadores, periodistas, escritores, artistas y maestros, que nos puso a la cabeza de América Latina; las instituciones de la democracia que existieron precaria pero realmente en algunos períodos, especialmente entre 1940 y 1952; el desvelo de hombres como Mañach, empeñados en crear, con la obra y con el ejemplo personal, ciudadanos, republicanos, demócratas, no lograron vencer jamás esa conducta pasiva de rebaño, esa inclinación a la burla de la vida seria y por lo tanto difícil, esa pasión por el relajo que poco a poco fue desplazando la idea heroica de la existencia, propia del patriciado decimonónico, por el retrato del cubano como gozador, como sujeto de sexo grosero y de rapiña rápida y fácil, que perdura, a ritmo de reguetón, hasta hoy. No hubo muchas protestas contra el descaradísimo golpe de estado del ¿general? Batista, que liquidó un intento de democracia sin demócratas. Batista era vil pero quién no era vil, quién no hubiera querido hacerse millonario robando como él. Y hacerse obedecer como él. Pues un rebaño necesita un pastor, un führer, un guía.
El correlato imprescindible de la extrema pasividad política es precisamente el otro extremo: la violencia y la dictadura. Hasta Mañach acabó apoyando la violencia verdeolivo, cuando quedó impotente con su club de Amigos de la República, en medio de una masa pasiva de hipócritas habituados a la vileza batistiana… Cuando muchos hombres viven sin decoro, la minoría que acumula el decoro de esos muchos puede optar por la violencia, como hizo en los cincuenta una parte de la clase media culta, inspirada todavía por el Proyecto Nacional. En un pueblo de gente activa un dictador es inimaginable, de hecho no surge nadie así. Pero el hombre pasivo envidia al hombre activo que lo domina, y se subordina a él. Y mientras más activo es ese hombre, más se le subordina. Y si es un autócrata con cualidades excepcionales de jefe, mucho más. Cuando además el jefe —Menocal, José Miguel Gómez, Machado…— ha dirigido tropas y tiene fama de héroe, real o no, imaginémonos a dónde puede llegar la subordinación del hombrecito pasivo del rebaño, del corderito obediente, que jamás supondrá que pudiera anular a ese superhéroe con su voto libre y secreto… si lo tuviera alguna vez. En un filme del ICAIC vemos a ese hombrecito cortando caña no como un negro esclavo, sino como un creyente revolucionario, al que le han puesto como estímulo unos altavoces con una marcha ajena y heroica… Sí, en la década del sesenta una parte de los pasivos, tampoco la mayoría, estuvieron activísimos, pero con una actividad subordinada, en la que faltaba la actividad fundamental, que es la de la autodeterminación. Otra parte, los que integraban la clase alta y la clase media alta, completas, se trasladó a Miami con una celeridad fulmínea, en donde desplegaron la actividad que debían haber ejercido aquí. Los siguió, ya incómodamente, casi toda la clase media. Iniciando la década del setenta los activos por subordinación, bastante hambreados, empezaron a dormirse, a volver al relajo con el título, hoy olvidado por omnipresente, de envolvencia… ¿Cómo anda la envolvencia?, era el saludo de fines de los sesenta y comienzo de los setenta. Aquí, en la envolvencia… siempre puntos suspensivos de vaguedad, de lo no dicho, de lo ni siquiera pensado… Los pasivos se habían envuelto en un traje verdeolivo de hiperactividad que no les interesaba, pero había que vivir… siempre habían sido vividores… ¿alguien podía sobrevivir sin ser un vividor?… La actividad oportunista y el desgano de los sin oportunidades, que eran la mayoría, condujeron a la obediente somnolencia y a la sumisa vagancia de los setenta, a la disfuncionalidad social y a la ruina colectiva, y obligaron a los Mayimbes a sacar la consigna, imposible como suya, de la exigencia. Nadie exigía nada, ni buen trabajo, ni responsabilidad, ni mucho menos honestidad: nadie se exigía nada. ¿Para qué? Total… No cojas lucha. Esto no hay quien lo tumbe, pero tampoco quien lo cambie. Acaba de meterte en la embajada del Perú, que estos tipos no te merecen. Son un rebaño de carneros… En ese balar de los carneros, filme de horror, sobrevivimos todavía.
Con el intento de un capitalismo sin democracia, en variante rusa, o china, o vietnamita, adaptado a las muy diferentes condiciones cubiches —la cercanía a Estados Unidos, la ausencia de grandes recursos naturales, la insuperable insolvencia, la pequeñez del mercado, la existencia de un exilio enfrente, y lo que es peor, de unas tradiciones liberales en el pensamiento cubano—, la Clase Mayimbe tiene ahora su última oportunidad para seguir gobernando el rebaño mansísimo, en beneficio propio, y prosperando mucho. Saben que el rebaño quiere aunque sea un pedacito de capitalismo, y se lo pueden dar, puesto que se van a quedar con la tajada. Democracia no: ¿eso se come? Hágale un comentario político a un cuentapropista y enfrentará usted un apenado silencio vaticano… Pero incluso ese canto del cisne socialista puede tardar bastante, y luego durar, y durar… A la larga, Mayimbes y corderitos están condenados a un nuevo y costosísimo fracaso. El capitalismo sin democracia, ya lo vimos durante Batista, y lo estamos presenciando con los hijos de Putin, produce un capitalismo cacofónico, de ladrones desmedidos, y una inmensa insatisfacción social. No somos chinos, no somos vietnamitas. Nuestra raíz es el proyecto Varela-Agramonte-Martí: la democracia basada en el con todos y para el bien de todos. Ninguna pasividad nos ha privado de esa raíz: este artículo es una prueba. Atención, demócratas: la lucha por la democracia apenas empieza, y será agotadora, descorazonadora. Nunca terminará, porque nunca termina. El apuro, la impaciencia, la prisa, no son signos de actividad sino excusas de la pasividad, para no enfrentar la pasividad ajena con lucidez y perseverancia. Aquí hay que romperse la vida luchando de una y otra manera contra la pasividad colectiva, o convertirse en pasivo, lloroso o gritón, en Santiago o en Miami. Los mayores no veremos ningún resultado. El socialismo profundizó y agravó nuestra pasividad centenaria hasta la degradación antropológica y el callejón sin salida aparente. Para colmo, una legión de gente activa ha escapado, haciendo más dominante el ya abrumador peso social de los aguantones. La escandalosa habituación a lo vil es ahora un relajo callado, light, tranquilista, tropical, reguetonero, idiosincrático, sin fin. Pero a mis sesenta años, pobre y mal de salud, testimonio que vale la pena no ser Mayimbe, no ser carnero. Vale la pena ser activo y feliz, ser demócrata y ayudar al pueblo, como se pueda, a entender los valores y las ventajas de nuestra posible democracia, para que deje de ser un ciego, un unánime rebaño de pasividad Mayimbe: esclavos y fracasados por gusto.
(Publicado originalmente en La Hora de Cuba, versión impresa, año 2018)
