
Para los carriles de esa montaña rusa que es la Historia, hace tres décadas que estamos de regreso al mundo unipolar. Hasta los años 90 del pasado siglo, nadie creyó que tal cosa fuera posible, y resulta curioso y rondón —sin que cambie para nada la cronología de los acontecimientos—, que en Rusia llamen montaña americana a este escalofriante entretenimiento de ferias, a no ser porque la loma se sube del lado ruso y se baja del americano, o viceversa. Aunque fue una solución política apremiante dividir el planeta en dos, justo en la misma mitad de la pasada centuria, los cambios provocados por esta fractura generaron una escalada entre los sistemas rivales, sin los cuales no hubiésemos pegado el brinco tecnológico que nos ha traído —pasando por la Luna— hasta la actualidad. Pero no todo fue tan elaborado ni hi tech. También hubo remiendos, empates y chapucerías demostrativas de un lado y otro.

Y tratándose de polos opuestos —aunque fuera en sus mínimas expresiones domésticas—, nada más sintomático y refrescante que una cerveza —¡Polar!—, patrimonio etílico de uno de los enclaves más neurálgicos y estratégicos del mundo en los años 60 del pasado siglo. Si bien no se trató de la única o la mejor, la Polar fue la segunda fábrica en importancia entre las tres compañías de su tipo en Cuba. La que terminó identificando popularmente a toda una industria y su red comercial, esta cerveza fue solo un rubro más de una cadena de ofertas generadas por la Compañía Cervecera Internacional S. A., que, entre otras muchas ofertas, también producía hielo, y una bebida no alcohólica —valga la triple redundancia— marca Trimalta. Ubicada en la zona industrial de Puentes Grandes, junto a la Papelera Cubana y la cervecería La Tropical, en la frontera del actual municipio Cerro con Marianao, su alcance laboral llegó a emplear cerca de 520 trabajadores. Aunque estableció su marca de fábrica el 21 de agosto de 1916, fue inaugurada el 23 de abril de 1911 por Jesús Rodríguez Bautista, contando con el accionismo de prestigiosos miembros de una eficiente junta directiva. Entre los mismos se encontraban acaudalados empresarios vinculados a lo más boyante de la economía nacional de la primera mitad del pasado siglo, como Emeterio Zorrilla y sus descendientes, propietarios de la Spanish American Light and Power Company Consolidated, la empresa del Diario de la Marina S. A., y cofundadores de la Compañía Cubana de Aviación.

En CubaNet, una de las fuentes consultadas para documentar estas líneas, hallé un reportaje del 13 de abril de 2026, bajo el título: Cervecería Polar: la industria que el comunismo devastó, en el que no solo se destaca el rol productivo que en su momento de mayor esplendor tuvo esa efervescente elaboración nacional. Independientemente de las ofertas mercantiles que le dieron sentido, los espacios para el ocio y el esparcimiento tipificaron la notoriedad de esta empresa. Propio del tributo social, que desde comienzos del empresariado nacional no solo se expresaba en términos de impuestos recaudados por los fondos del Estado, sino que también se derramaba en beneficios públicos directos, los Jardines de la Polar constituyeron un espacio de recreación al alcance de vastos sectores sociales. Igual que sucedía con su vecina y rival La Tropical; con los Jardines de La Cotorra, en Guanabacoa; o los del acueducto de Albear, en el Cerro; así como otros establecimientos pertenecientes a empresas privadas con acceso público o semipúblico, entre sus ofertas recreativas se encontraban salones de baile, terrenos deportivos, áreas de juego, parques y locales gastronómicos.

Uno de los atractivos de los Jardines de La Polar, documentado entre los antiguos registros periódicos y publicitarios de la época, es la recreación de un templo de inspiración oriental en el que destacaba la escultura de Buda, de la que, sin ninguna constancia en las últimas décadas, se desconoce su paradero; o la monumental glorieta de ferrocemento a orillas del Almendares, que en la actualidad más deterioro no puede albergar.

Por esa abrupta falla sobre el terreno histórico que escalonó los eventos nacionales con posterioridad al año 1959, también se despeñó la Compañía Cervecera Internacional S. A. Entre las expropiaciones empresariales y la emigración de sus accionistas y propietarios, la industria quedó en poder de una administración estatal poco diligente, que poco podía progresar frente a las exigentes importaciones de insumos tecnológicos y materia prima. Luego de tres décadas, lo que nadie quería prever sucedió durante la crisis económica postsoviética, cuando la improductividad de la fábrica y la falta de piezas y componentes pusieron punto final a su irregular producción. Mal que bien, con levadura venida a menos, la cerveza que alguna vez fuera Polar había sobrevivido espuriamente al relicto del bloque socialista. Aun cuando una planta de hielo fue lo último que quedó en funcionamiento, sus averiados generadores nunca fueron restituidos. Con posterioridad al año 2010, el acceso al área productiva fue limitado por riesgo de derrumbe en sus instalaciones. De los Jardines no se puede contar nada distinto, salvo que los senderos y parterres que antes trazaran los recorridos de las festividades dominicales, ahora rodeados de maleza y basureros, se encuentran ocupados por residentes ilegales que, lejos de los espacios más visibles de la ciudad, han improvisado allí sus precarias viviendas de palletes y chapas metálicas.
