La atomización del decoro y la dignidad, convierte los restos humanos en una doble muerte. Foto: Juan Pablo Estrada.

Cuando la subjetividad de los mitos y leyendas era el único terreno para explicar empíricamente los fenómenos de la existencia, la gente podía seguir viviendo y muriendo —a conveniencia de la tribu— en una dimensión que los conservaba en la duermevela de la memoria colectiva. De hecho, incluso a contracorriente de las más actuales evidencias científicas, esto todavía sucede. Cuando se pensó trasladar los restos de Cristóbal Colón, desde la catedral de La Habana para una necrópolis en El Vedado que llevaba su nombre, las incidencias de la gesta independentista hicieron que la permuta no sólo no tuviera lugar, sino que se llevaran al muerto bien lejos, hasta la catedral de Sevilla. Pero de algo valió que, una vez más, se repitiera la exhumación e inhumación de sus huesos, mientras la necrópolis conservó su nombre. A 140 años de inaugurado, con sus 57 hectáreas de extensión, es uno de los más celebrados monumentos de su tipo en el mundo, principalmente por las muestras arquitectónicas y escultóricas que lo conforman. Su proyectista principal fue el arquitecto gallego Calixto de Loira y Cardoso, quien trazó la generalidad de los planos y cuadrículas, así como su portada principal, rematada por una escultura grupal de la autoría de José Vilalta y Saavedra, que representa las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad.

La mutilación escultórica de representaciones cristianas son una constante de vandalismo. Foto: Juan Pablo Estrada.

Los orígenes de tan magno camposanto se remiten a mediados del siglo XIX, cuando se planificó reemplazar al viejo Cementerio de Espada —inaugurado en 1806—, cuyo diseño y capacidades, para una ciudad que comenzaba a expandirse gradualmente, ya no prestaba las condiciones de salubridad adecuadas. De ahí que el marqués de la Pezuela, entonces gobernador de la isla, promoviera en 1854 la construcción de un camposanto que cubriera las expectativas contemporáneas para una obra de su estirpe. Las limitaciones presupuestarias y administrativas impidieron que fuese ejecutado en aquel entonces, extendiéndose su prórroga por doce años, hasta que, el 28 de julio de 1866, por Real Decreto, se autorizó su fabricación. Un lustro después, el 30 de octubre de 1871, se colocó la primera piedra de un empeño que duraría quince años en completarse, y en el que estuvieron involucrados urbanistas, arquitectos y escultores, para ir configurando sus áreas a lo largo del tiempo.

Arte y profanación, antagonistas de una batalla espiritual. Foto: Juan Pablo Estrada.

Erigidos conforme a la evolución estilística predominante desde mediados del siglo XIX, panteones, mausoleos y criptas, se convierten en brillantes ejercicios interpretativos del románico, neoclásico y neogótico, en una deriva estética hacia el eclecticismo de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Muchas de estas corrientes fueron posteriormente asimiladas desde la impronta del Art Decó, constituyendo este estilo su mayor patrimonio edificado dentro del cementerio. En este rico panorama constructivo, no son escasos los exponentes de las vanguardias, destacando el modernismo cubano de los años 50. Entre sus atractivos visuales, particular notoriedad alcanza la estatuaria, de la que abundan las extendidas copias decimonónicas de procedencia italiana, española y francesa, en prácticamente todos los formatos y modalidades, con predominio del mármol y el bronce como soporte escultórico. De aquellas que alcanzan mayor notoriedad por su ejecución, volumen y significación, se encuentra el Panteón del Cuerpo de Bomberos, o la copia de La Piedad de Miguel Ángel Buonarroti. Destino final de prominentes figuras del panorama nacional, en este recinto descansan los restos de Máximo Gómez, José Raúl Capablanca, Alejo Carpentier, Juan Chabás, Eliseo Diego, Tomás Gutiérrez Alea, Ibrahim Ferrer, Alberto Korda, Lezama Lima, Dulce María Loynaz, entre centenares de no menos trascendencia.

Panorámica nocturna del cementerio desde calle Zapata. Al interior, un foco de luz recuerda el fuego fatuo. Foto: Juan Pablo Estrada.

La concepción del Cementerio de Colón, con una planeada retícula que anticipaba la de los repartos en ciernes del Vedado, estaba orientada espacialmente a favor de los puntos cardinales, colocando su portada principal hacia el norte. La jerarquía de sus calzadas arboladas, tomando como eje la capilla central, continuó su organizado desarrollo en las postrimerías del siglo XIX y a lo largo del XX, constituyendo un ejemplo de respeto a sus ordenanzas constructivas originales. En 1987, atendiendo a estos aspectos, la riqueza de sus edificaciones, anexos escultóricos y las relevantes figuras que en él reposan, fue declarado Monumento Nacional. Aunque desde su inauguración la extensa necrópolis ha sido sometida a diversos procesos de mantenimiento y reparación, su progresivo deterioro determinó que a comienzos del presente siglo la Oficina del Historiador de La Habana emprendiera numerosos proyectos de restauración, estableciendo zonas de prioridad patrimonial, entre las que figura como destacada el tramo comprendido entre la portada principal y la capilla Central.

Quieran las ánimas que la necrópolis se perpetúe. Foto: Juan Pablo Estrada.

A pesar de su grado de consagración patrimonial, la escasa vigilancia y custodia del enorme recinto, han facilitado el hurto, así como actividades vandálicas y de profanación. En 2024, circularon en redes sociales imágenes y reportajes que denunciaban las secuelas de un prolongado abandono, que ha sido consecuencia sistemática de malas prácticas administrativas en las últimas décadas. En una nota publicada el pasado 13 de abril en Martí Noticias: “Revelan ‘escalofriante’ escena de abandono en el Cementerio de Colón”, un recuento de Ariane González, donde aborda la labor de la periodista Camila Acosta, quien denunció el grave deterioro y dejadez de varios espacios, documentando la existencia de restos humanos exhumados y amontonados como escombros, que recordaban el holocausto perpetrado por los fascistas. Avisada por amigos, la periodista dio con el macabro depósito ubicado en un área de difícil acceso, dentro de un cubículo que se encuentra detrás del crematorio. No por escondida, la escena deja de ser horripilante, dejando al descubierto el irrespetuoso trato a centenares de restos humanos, de quienes se desconocen sus nichos de procedencia. Asunto alarmante derivado del anterior, se encuentra en las implicaciones sanitarias, ya que la exposición al aire libre de las osamentas se convierte en foco para la proliferación de agentes transmisores de enfermedades virales y bacterianas.

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