
A inicios de 1958 Gastón Baquero es una figura respetada dentro del gremio periodístico cubano. Ha ganado los más prestigiosos premios periodísticos de la época, y es jefe de Redacción del decano de la prensa cubana: el Diario de la Marina. Baquero también es reconocido por ser un gran polemista. En febrero de ese año publica una columna en la que cuestiona la existencia de más de una veintena de premios para periodistas colegiados y muy escasos concursos para otros géneros de las letras como el ensayo, la poesía, el cuento y la novela[1].
El periodista expresa: “Una clase, la nuestra, la de los periodistas colegiados recibe todos los estímulos e incentivos representados por los premios en metálico. Cada vez que una agencia de publicidad quiere ofrecerle a un cliente la manera de obtener muchas pulgadas de anuncio con muy poco costo, se inventa un premio periodístico. Es una manera de halagar a la prensa, de mantener contentos a los periodistas”.
Baquero atribuye la gran diversidad de premios periodísticos a razones puramente comerciales y aduce poco interés por parte de instituciones estatales en premiar géneros puramente literarios. Es cierto además que dichos premios en sus bases exigían a sus participantes ser un periodista colegiado (estar debidamente inscrito ante el Colegio Provincial y Nacional de Periodistas), lo cual limitaba que otras personas con inquietudes intelectuales pudieran presentar sus trabajos en los concursos. Para Baquero esa cláusula empobrecía la cultura nacional, y limitaba que el talento en Cuba fluyera libremente.
La propuesta del columnista del Diario de la Marina era esta: “que sirvan los premios para cribar nuevos valores, o para medir la real calidad de los valores conocidos. Se está perdiendo la riqueza de la comparación. Se está malgastando una riqueza que puede y debe servir al progreso cultural”.
De igual modo lanza un reto a su propio gremio: “¿Tememos a los libres? Si son mejores que nosotros que venzan”. Y pide a los periodistas colegiados que con la excepción del premio “Juan Gualberto Gómez”, por ser propiamente para periodistas, el resto de los lauros se abran para cualquier persona que desee participar en ellos.
En su crítica Baquero censuró el hecho de que muchos premios son “arreglados de antemano”, que los jurados reciben sugerencias y presiones de personas poderosas, los cuales desean que el agasajo recaiga en un “amigo”.
Justo es decir que esas prácticas han sucedido a lo largo de la historia de muchos premios en cualquier parte del mundo y en cierto sentido forman parte de la naturaleza humana.
Finalmente, Baquero vuelve a su punto central: “Negar oportunidades no contribuye al engrandecimiento propio. Se es grande de veras cuando la estatura ha de medirse en toda una muchedumbre y no solo en un reducido grupo. Tanto hemos reducido la altura del debate de los premios, que todos nos vamos sintiendo ya demasiados pequeños”.
La amable réplica a Baquero no se haría esperar, y vendría de otro peso pesado del periodismo nacional como Arturo Alfonso Roselló, quien para esa fecha era subdirector del periódico Mañana, y también había conquistado varios premios periodísticos de relevancia[2].
Alfonso Roselló comienza exponiendo que este era un tema que desde hacía tiempo deseaba abordar y que las ideas expuestas por Baquero le habían dado el impulso definitivo. Sin embargo, el subdirector de Mañana considera que, si se abren los premios periodísticos para los “libres”, no sólo se demerita la labor de los periodistas, una clase que no gozaba de buenos salarios, sino que estos dejarían de escribir con el refinamiento, la orfebrería y calidad que exigen los concursos al ver que otros intelectuales pudieran aspirar en igualdad de condiciones.
Alfonso Roselló hace ver que la mayoría de los reporteros, apremiados por el diarismo, en la práctica no podrían competir en igualdad de condiciones contra profesores, abogados o cualquier otra persona que, sin el apremio del diarismo, pueden pulir un artículo o miniensayo para un periódico o revista, tarea que a muchos reporteros les es más difícil por sus obligaciones reporteriles.
“Todo ese aéropago sublime de escritores potenciales no colegiados, que hoy no compiten, encerrados en sus capillas, aguardarán pacientemente las convocatorias generosas para disputarle al periodista los mil pesos del ‘Justo de Lara’, los mil pesos de una compañía de petróleo”.
Sobre el tema de los amaños y los favoritismos en los premios, Alfonso Roselló atribuye esas componendas a la deficiente selección de los jurados y de ellos juzga: “Muchos aceptan, pero no se reúnen. Otros no leen los trabajos presentados y votan con la mayoría. Y otros siguen consignas amistosas. A ese procedimiento se han acogido muchos escritores que han tenido la previsión de colegiarse sin ser propiamente periodistas”.
Casi al final de su trabajo Alfonso Roselló sugiere lo mismo que Baquero, que en los premios participen todos, pero hace una sugerencia adicional, que se compita por premios puramente honoríficos: “entonces vamos a presenciar este espectáculo melancólico; los periodistas de verdad, los que no hacemos otra cosa que seguir fundiéndonos los sesos (…) mal retribuidos y sin seguridad para la vejez, es posible que en mala prosa (…) pero con la conciencia del deber cumplido seguiremos comentando, opinando, encarándonos con la actualidad. En tanto los otros, los escritores ilustres (…) los hombres de biblioteca y de toga se retirarán a sus cátedras, a sus juntas directivas y a sus cenáculos, sin tocar un problema público, a menos que les represente un interés político, porque lo que les importaba no era la doctrina sino el cheque”.
Como en toda polémica de alto vuelo intelectual, hay razones de lado y lado y la verdad se encuentra a medio camino entre uno y otro polemista. Es cierto que el requisito de ser un periodista colegiado podía impedir que algún talento emergente alcanzara un “Justo de Lara” o un premio “José I. Rivero”, pero los talentos jóvenes o desconocidos casi siempre son excepcionales y no la regla. Los nuevos talentos también deben pulirse y para ello nunca es desdeñable la preparación y el estudio. El premio hace visible a un potencial buen escritor o periodista, pero este deberá demostrar su valía con mucho más que un artículo bien escrito.
Alfonso Roselló señaló algo que Baquero pasó por alto, al recordar que vivimos en un “mundo proletarizado”, con lo cual quería decir que la especialización sería la norma comúnmente aceptada en las sociedades modernas. No le faltaba razón.
El diletantismo y la improvisación no son aceptados por ningún jurado que se respete en profesión alguna. Tal vez en manifestaciones artísticas como el canto, la pintura u otra el talento natural puede llegar muy lejos, sin embargo, siempre será mejor o más aceptable pulirlo y mejorarlo con estudios o capacitaciones para que la persona alcance el estrellato. En el mundo de las letras es casi imposible poder desplegar todo el talento sin estudios previos o posteriores, aunque sea de forma empírica debes estudiar a los que te antecedieron y ejercitar la lectura de grandes clásicos.
Coincido con Baquero que había que potenciar el talento en toda su magnitud, darle cauce y concurso, pero aún el talento más libre definitivamente tendría sus reglas. Roselló defendía que los concursos periodísticos elevaban la calidad de lo escrito por los periodistas, constituían su mejor estímulo y venían en muchos casos a compensar salarios que no alcanzaban, en esos puntos no iba tan desacertado.
El debate entre estos dos periodistas cubanos prontamente caería en el olvido. En poco más de dos años el panorama político y económico cambiaría tanto en Cuba que ya ni siquiera se podía hablar de que existieran premios periodísticos, publicidad comercial y competencia entre medios de comunicación. El totalitarismo había barrido con todo ello y cualquier discrepancia pública podía llevarte al infame paredón. Apenas un año después de sus artículos, tanto Baquero como Alfonso Roselló habían partido al exilio, del cual nunca regresarían.
