
Mucho se ha especulado sobre la apariencia que tendría la Tierra si se fundieran los casquetes polares. La configuración de tales pronósticos es espantosa, y no me refiero a la menoscabada disposición geográfica resultante, sino a las repercusiones humanas que ello representaría, tomando en consideración la densidad demográfica en las líneas costeras del mundo. En tal escenario, la Loma de Chaple —66 metros sobre el nivel del mar (msnm)—, perteneciente al municipio capitalino Diez de Octubre, quedaría virtualmente convertida en un islote rocoso al estilo del mont Saint-Michel, cuando la marea alta lo separa de tierra firme. Salvando las distancias histórico-culturales entre estos promontorios de la barriada habanera de Santos Suárez y el ubicado en Normandía, un asunto de mayor peso patrimonial tensaría la sensible comparación hasta invalidarla por completo. Tratándose uno de un conspicuo asiento medieval, celosamente conservado hasta lo minúsculo de sus piedras, a la pintoresca elevación caribeña le ha caído un maleficio al que su altura no ha podido salvar: el más miserable abandono.

Aunque ya era secularmente conocida por los habaneros —tomando en cuenta su vecindad con la transitada Calzada de Jesús del Monte—, no fue hasta las primeras décadas del pasado siglo que la burguesía republicana le echó el ojo a esta colina para instalarse sobre la ciudad. Y digo así, sobre la ciudad, porque su envidiable ubicación implicaba una ganancia jerárquica físicamente ostensible. Se trata de una de las elevaciones más prominentes del ámbito capitalino, a la que había que tener ganas de apostar por ella, o, como en efecto, disponer de suficientes recursos para hacerlo. También conocida como Loma de Joaquín o de Luz, su urbanización corrió a cargo del arquitecto Eduardo Chaple, quien dejó su apellido para la posteridad como topónimo más popular. Rápidamente convertida en condominio —casi feudo— de reconocidas y acaudaladas familias criollas, el crecimiento de los barrios que la circundan tardaría algunas décadas en alcanzar sus laderas.

Luego de 1959 —ese marcador que figura como el gran parteaguas en nuestro declive histórico, Ley de Reforma Urbana mediante—, el destino de este barrio elitista, como el de todo un país, no pudo correr peor suerte. Escenario cinematográfico por excelencia, en el que el término escenario no es baladí, sus edificaciones suelen ser víctimas del más cruel y superficial maquillaje para el rodaje de filmes y videoclips, ante la ilusionada contemplación de sus actuales residentes, herederos por carambola de toda aquella enjundia constructiva. Típico del despojo postrevolucionario, muchas de las grandes residencias y sus solidas hechuras serían ocupadas por entidades oficiales, como aquella que fuera una de las casas del presidente Alfredo Zayas —a quien debe el nombre de la calle que le da acceso—, convertida en sede del centro de capacitación de SEPROT; o la que perteneció a la empresa ASISTEL, que contaba con una atractiva torrecilla, derribada durante su remodelación.

Significativa resulta la mansión de cinco pisos —según el desnivel desde el que se observe—, erigida en 1923, y actualmente perteneciente a la Cruz Roja Cubana, que contó con elevador y garaje para dos autos. Por el ala este del inmueble, y de frente a la calle Zayas, la mansión dispone de un patio escalonado de dos terrazas, cuyos detalles de loza esmaltada sevillana lo convierten en una joya republicana del diseño doméstico de exteriores, al que, salvo un altar a la virgen, los restantes ornamentos de su tipo le han sido vandalizados. Sabido es que la Cruz Roja es una “ONG” que en nuestro ámbito no cuenta con respaldo económico para devolver al edificio su esplendor original, por lo que las esperanzas de recuperación son inciertas. Durante el último medio siglo, algunas de estas mansiones fueron convertidas en asilos para ancianos, una de las cuales, ubicada en Luz Oeste y Morell, contaba con quince habitaciones, hoy tapizada con ofrendas de santería y las deposiciones fecales de apremios incontenibles. La otra se encuentra en la intersección de las calles Luz y Eulalia, frente al parque Wangüemert, devenida en falansterio multifamiliar.

Con algo de tino, armado de esa arqueología empírica que solemos llevar dentro, es posible advertir lo que caracterizó a este sui géneris barriecillo del hoy municipio Diez de Octubre. Las escalinatas de acceso a los elevados portales, las réplicas escultóricas de piezas grecolatinas, los mármoles y herrajes de las escaleras interiores, los coloridos vitrales de los entresuelos y la fina carpintería de puertas y ventanas, son los destellos que se intuyen de lo que alguna vez colmó las interioridades de estos palacetes, un número considerable de ellos al filo de poder ser recuperados, no ya quizás para sus propósitos originales, pero si para restituirle a la ciudad un lustre arquitectónico que hable de su desarrollo histórico-espacial.
Y volviendo a los referentes foráneos, allegándolos a los exquisitos valores paisajísticos y ambientales de Chaple, me remito a otros cuadrantes urbanos del mundo, en los que las colinas han jugado un rol de contemplación y esparcimiento muy valorados, sobre todo desde el punto de vista turístico. Tales son las elevaciones parisinas, entre las que destacan la muy celebrada Montmartre, que rebasa los 130 msnm, o Belleville, Ménilmntant, Passy, Chaillot, o la distinguida Montparnasse —que comparte igual altura que la de Chaple—, hasta sumar diez, incluyendo la periférica Mont Valérien. O, para no pecar de afrancesamiento, podría mencionar las siete colinas de Roma, con más de un milenio de notoriedad que las parisinas, donde figuran las archi referenciadas colinas Caelian, Capitolina, Palatina, Viminal, Vaticana, del Quirinal, o el Monte Aventino, que han dado consistencia a la milenaria historia de la Ciudad Eterna. Si bien no todas las alturas habaneras llegaron a ser trazadas y edificadas durante su expansión urbana, la de Chaple constituye un caso peculiar, que valdría la pena recuperar de los 66 metros en que se encuentra sumergida bajo la inmundicia y la desidia.
