
Hace unos meses, de esos que últimamente parecen duplicarse, Mario Ramírez nos propuso echarle un vistazo al inmueble que hoy ocupará la atención de nuestra columna, especificando que no se trataba de uno que corriera peligro de desplome inminente, y mucho menos que se encontrara en ruinas. Lo que reclamó la atención inicial de nuestro colega, fue la deliberada modificación de uno de sus elementos constructivos, que, si bien no comprometía físicamente la totalidad de su estructura, sí lo hacía a una escala espiritual —a todas luces vandálica—, violatoria de los más elementales principios ecuménicos, y degradante de la obra concluida de un reconocido arquitecto. Abierto el caso, y por una fortuita y lamentable colindancia temática, no me deja de inspirar para esta entrega el título de un libro de Yoe Suárez —que desearía leer prontamente—, y que por estos días ha sido muy celebrado entre la intelectualidad cubana que abraza el civismo al que aspiramos: Hoz y Cruz. Evangélicos, resistencia no violenta y el último régimen totalitario de Occidente, ganador del primer concurso “Manuel Márquez Sterling”, auspiciado por Ediciones Memoria y Ediciones Homagno.

Corrían los tumultuosos meses de 1959, y la construcción del templo concebido para la Iglesia Luterana de Cristo Redentor llegaba a término. Emplazado en la elegante esquina de 7ma. y 60, perteneciente al no menos distinguido barrio habanero de Miramar, su sofisticada presencia se hizo notar favorablemente en la trama urbana de esta zona de la ciudad. Diseñado por el destacado arquitecto Vicente R. Morales, el santuario ampliaba la red eclesiástica del Sínodo de Missouri, simultáneamente con otro templo en Isla de Pinos. La radical iconoclastia del proceso sociopolítico en marcha, apenas dio margen para que estas parroquias oficiaran, ya que fueron expropiadas en muy poco tiempo. Su transfiguración las redestinó a varios propósitos venidos a menos, lejos del cuidado y la atención de sus propietarios originales. De la suerte corrida por la capilla pinera no podemos dar mucha fe documental, pero de la habanera sabemos que en la década del 70 sirvió como estudio de Cinematografía Educativa (CINED), perteneciente al Ministerio de Educación, donde se realizaban audiovisuales didácticos para apoyar los procesos docentes implementados luego de 1959. Tras la desaparición de CINED, durante la crisis de los 90, sus locales fueron empleados para diversos fines, hasta su investimento como Casa de Cultura del occidental municipio capitalino.

La suigéneris verticalidad de este templo, inspirada en las pautas arquitectónicas del gótico europeo, fue reinterpretada desde los códigos del racionalismo cubano de los años 50. La proyección futurista de sus líneas, trasluce el nuevo empaque de la prédica reformista de mediados del pasado siglo. Su poder de síntesis deja clara la función espiritual que cumple, liberando sus formas en rampas voladizas como las que se aprecian en el acceso principal y el alero del pórtico; o en el patrón hexagonal que se reitera, tanto en la articulación estructural del cuerpo horizontal del edificio, como en las amplias y ventiladas fenestraciones. Los costados de la nave arrancan desde los cimientos con una perceptible inclinación, reforzada por contrafuertes-compluvios remedados del medioevo. Dichas laderas terminan rematadas en la cubierta por un techo a dos aguas. Y por si estos atisbos inspiradores no alcanzaran para una declaración visual de intenciones, la torre sobre la fachada enfatiza su naturaleza litúrgica. A guisa de referente espiritual, el pináculo fue dotado de una sugestiva transparencia estructural, dispuesta de cuatro pilares que soportan una pequeña placa techada, unidos por sendas cruces de hormigón en los laterales.

Y aquí sobreviene la parte sórdida del asunto: en el centro de este entramado cuasi escultórico, bajo la discreta cubierta que alguna vez tuvo luminarias, existió una tercera cruz a la que le fueron mutilados los brazos, mientras que a las laterales le añadieron nuevas traviesas para desvirtuar su genésico simbolismo. La descualificación religiosa de la que fue objeto al pasar a manos del nuevo régimen, desestimó no sólo el talante ideológico de este foco referencial, sino también su valía artístico-arquitectónica. Para alguien no advertido de la engañifa revolucionaria, la “sutil rectificación” pasaría de largo sin más, ignorando las repercusiones sociohistóricas que latrocinios de esta naturaleza han dejado en la isla durante las últimas seis décadas. De modo que no es una mera formalidad iconográfica, sino la evidencia de un profundo daño estructural en la composición múltiple de nuestra identidad nacional. Todas estas toneladas de hormigón, vaciadas del ritual para las que se fraguaron, nacieron a la vista y con la conmiseración de un vecino que reputaba la planificación urbana de esta intersección de Miramar. Se trata del edificio residencial ubicado en la esquina diagonal del templo, un icónico exponente del racionalismo cubano de mediados del pasado siglo, proyectado en 1956 por el célebre arquitecto Mario Romañach. Congelado el progreso de este cuadrante citadino con el advenimiento revolucionario, ambos exponentes edilicios se han perpetuado como referentes estilísticos de la evolución física capitalina.

Entrado el milenio, transformado el templo en Casa de la Cultura Municipal Félix Pita Rodríguez, ha servido de escenario a no pocas exhibiciones y espectáculos propios de su condición comunitaria, no siempre bien ponderada. En 2009 la institución fungió como espacio colateral a la Bienal de Artes Plásticas de La Habana, donde se efectuó una exposición de proyectos destinados a la refuncionalización e intervención del patrimonio arquitectónico moderno en Cuba, incluida la sede de la muestra. En aquel momento, los arquitectos Orlando Inclán y Claudia Castillo lanzaron una propuesta virtual para darle el tiro de gracia al vapuleado inmueble luterano, con el diseño y modificación estructural de sus espacios, a fin de emplearlo como un centro cultural de mayor alcance profesional. Pero, por suerte, aun cuando se hace indispensable replantear la Cuba de mañana, hay energías que impiden mover un solo átomo que altere los asuntos pendientes de este archipiélago.
