Imagen creada con Gemini.

No se puede hacer la guerra sin armas. Y no podía haber independencia cubana sin guerra. El precipitado alzamiento de 1868 obligó a pelear con muy escaso armamento. Los mambises fueron hábiles para quitarles las armas al enemigo, y en la batalla de Palo Seco, el general Gómez pudo haberse llevado la artillería de la columna española que había diezmado, de no ser porque en ese momento no contaba con infantes para arrastrarla. Por supuesto, semejante recurso era esporádico, costoso en sangre, y muy insuficiente. Los insurrectos dependían pues de la ayuda del exterior en forma de expediciones, que procedían de los Estados Unidos, un país cuyo gobierno se mostró siempre como estrecho aliado de España. Esa monarquía seguía siendo una potencia militar, un imperio sostenido por las armas en el Caribe, África y el Pacífico. Poseía una armada numerosa, tecnología de combate en tierra bastante actualizada, un cuerpo de oficiales e ingenieros de categoría, siglos de experiencia combativa, y capacidad para movilizar cientos de miles de soldados. España era sobre todo un sitio de negocios que no se podía perder. De manera que la república del Norte se mantuvo en amistad con esa potencia. Y también, hay que dejarlo claro, todos los países latinoamericanos. El colmo fue Argentina, a quien tanto había servido Martí como diplomático: sus más poderosos políticos se negaban a apoyar a los mambises, porque esos porteños eran… antinorteamericanos (y muy probritánicos). Pues sí, pensaban que era mejor que Cuba fuera una colonia española y no una colonia yanqui: no concedían a los mambises la menor oportunidad de conquistar una verdadera independencia. Pero las expediciones no venían de Perú, ni siquiera de México, de donde se intentaron. Tenían que venir de los Estados Unidos, donde estaba el mercado de armas, el dinero para adquirirlas, y unas libertades y derechos (hoy mismo inimaginables) para la acción política y práctica. Para mantener la paz de los negocios con España, el gobierno norteamericano tenía que perseguir esos esfuerzos, por mucho que el pueblo apoyara a los cubanos. Era una política de Estado sólidamente establecida por la realpolitik de los dos partidos nacionales.

Todavía pueden leerse hoy unos elogios a la moderación del presidente Grover Cleveland, que evitó con mucho cuidado un conflicto con España. Era un tipo pacífico, que había pagado a un conciudadano para que lo sustituyera como recluta en la Guerra de Secesión. Creía en los valores libertarios tradicionales yanquis, de manera que se negó a anexar a Hawái, cuando la mayor parte de los nativos rechazó la anexión. Sostenía que en Cuba había otra revuelta, con unos generales que cometían atropellos y un gobierno cualquiera, pero de papel. Ninguna empatía con la causa cubana, y por eso resulta muy rara esa carta de última hora de Gómez, excepto porque él creyó haber sido reconocido y apoyado por Cleveland en sus ambiciones de protagonismo político. Para muchos mambises, el fin del mandato del hostil Cleveland y el triunfo del candidato de la oposición, el republicano McKinley, era la esperanza de un cambio de política que favoreciera la causa cubana. Sin embargo, la carta de Gómez al nuevo presidente, como hemos visto, no añade ningún reclamo nuevo en esa dirección. Su contenido concreto es la coincidencia de su narrativa con la de la clase política norteamericana: la República en Armas es un gobierno de papel, y la única personalidad real es Gómez. Esto era absolutamente falso, y finalmente el mismo gobierno de McKinley lo declarará en la guerra, usando a Calixto García como el verdadero e impresentable protagonista.

Los mambises se equivocaban al esperar con McKinley un cambio de política favorable a la independencia cubana. Basta examinar el primer mensaje del presidente al Congreso, el 6 de diciembre de 1897, para comprender que republicanos y demócratas pensaban lo mismo, y pensaban mal, acerca de la lucha por la independencia en Cuba:

La historia de Cuba durante muchos años ha sido de inquietud, creciente descontento, un esfuerzo hacia un mayor disfrute de la libertad y el autocontrol, de una resistencia organizada hacia la madre patria, de depresión tras la angustia y la guerra, y de un acuerdo ineficaz seguido por una renovada revuelta.

(The story of Cuba for many years has been one of unrest, growing discontent, an effort toward a larger enjoyment of liberty and self-control, of organized resistance to the mother country, of depression after distress and warfare, and of ineffectual settlement to be followed by renewed revolt).

Nunca una guerra de independencia, con una plataforma y una estructura democrática, como la que habían hecho las Trece Colonias, sino una revuelta. ¡Y una revuelta otra vez! ¡Otra vez las propiedades estadounidenses están siendo dañadas! Es el mismo término que usara Cleveland en su último mensaje, excepto que aquí se habla de una resistencia organizada to the mother country: habla como un español, o por lo menos como un autonomista. No, señor, nuestra madre patria era desde hacía mucho tiempo, para los mejores cubanos, Cuba, no la retrógrada España. Mucha sangre se había derramado y se derramaba entonces por esa patria. No había, ni en demócratas ni en republicanos, ningún respeto para la patria cubana.

La revuelta y los esfuerzos por sofocarla causaron destrucción en todos los rincones de la isla, desarrollando proporciones amplias y desafiando los esfuerzos de España para su supresión. El código civilizado de guerra ha sido ignorado, no menos por los españoles que por los cubanos.

(The revolt and the efforts to subdue it carried destruction to every quarter of the island, developing wide proportions and defying the efforts of Spain for its suppression. The civilized code of war has been disregarded, no less so by the Spaniards than by the Cubans).

El general en jefe Gómez les había escrito a los dos presidentes quejándose de los abusos de Weyler. Pero resulta que para McKinley los cubanos cometen abusos que traspasan los códigos de la guerra civilizada; y como Gómez es el general en jefe de los cubanos, es el mayor abusador de los revoltosos.

No tengo idea de si Gómez leía bien en inglés, o si le traducían con mala intención.

Examinemos esa frase con cuidado.

¿Había cometido Gómez tales abusos?

No encuentro un solo testimonio de abusos de Gómez contra civiles de ninguna nacionalidad. Eso sí, era severísimo con su tropa y disgustaba a todos ahorcando por delitos que seguramente no merecían ese castigo. Su propio ayudante, el general Boza, lo señala en su diario. En cuanto a los abusos que pudieran haber cometido sus subordinados —sobre los que no podía ejercer, por distintas razones, suficiente mando—, en efecto existieron, y eso es lo que explica que el general en jefe cite al joven general Roberto Bermúdez, conocido entre los insurrectos como el Weyler cubano, y lo someta a consejo de guerra, y lo fusile. Dicen que Bermúdez era carismático y un hombre muy útil por su ferocidad en los combates, pero las numerosas acusaciones en su contra convencieron a Gómez. Por ejemplo, Bermúdez mató a machetazos a uno de sus soldados. Fue el único general fusilado por los mambises. Tampoco creo que fuera el único que lo mereciera.

Sí, el general José Miró Argenter, custodio de Antonio Maceo, cuenta cómo el incendio de un pueblo por los mambises en Pinar del Río causó la muerte de un niño en una casa.

La guerra es el último de los recursos de la política. Debe ser evitada. Una vez que se desata la guerra, la barbarie es inevitable.

Ahora bien, la queja de McKinley contra los abusos de los mambises merece ser contrastada.

¿Ignoraba el abogado William McKinley los abusos contra civiles por parte de las tropas independentistas de las Trece Colonias?

Tal vez se los ocultaron sus maestros de escuela y los historiadores áulicos.

Los patriotas yanquis llevaron a cabo actos de intimidación, humillación y agresiones físicas contra colonos que permanecían fieles a la corona, incluyendo los famosos tarring and feathering (alquitrán y emplumado), una forma de tortura pública por venganza.

Hubo golpizas, saqueos y destrucción de propiedades de los leales al rey; expulsiones forzadas de comunidades enteras; masacres y asesinatos en enfrentamientos locales; milicias patriotas que actuaron con crueldad desproporcionada en zonas rurales.

Desde luego, el general George Washington no ordenaba esas barbaries. Pero existieron y no sé si se fusiló a algún oficial por cometerlas o permitirlas.

Entonces hay un doble rasero: a los estadounidenses se les excusaba cometer abusos en su justa y desigual lucha por la independencia. A los mambises no.

Se me dirá que eran acontecimientos del salvaje siglo XVIII, y McKinley vivía a fines del XIX…

Argumento aceptable quizás frente al presidente Grover Cleveland, un abogado sin participación en guerra alguna.

Pero está hablando al Congreso de los Estados Unidos el mayor de la Guerra de Secesión William McKinley…

A diferencia de Cleveland, este hombre se ofreció como voluntario para defender al Norte. Destacó algo en la guerra, en la que terminó como capitán. Al final fue ascendido a mayor. Luego ayudó a contarla, en un famoso libro dedicado a los combatientes de Ohio.

Participó en campañas bajo el mando del general William Tecumseh Sherman.

En 1863 participó en Vicksburg en operaciones en el frente occidental, donde Sherman era uno de los principales generales junto a Ulysses S. Grant.

En 1864 McKinley estuvo en las campañas de Georgia, dirigidas por Sherman, incluyendo la toma de Atlanta y la famosa “Marcha hacia el mar”.

En 1865 participó también en la campaña final de Sherman hacia las Carolinas, que contribuyó al colapso de la Confederación.

Y aunque después McKinley contó lo que vio, resulta que no vio lo que hacía Sherman. Y a pesar de su interés por la historia del período, no investigó ni se enteró. O eso supongo.

La Marcha hacia el Mar es el primer caso contemporáneo de tierra arrasada. Sherman vació la ciudad de Atlanta y la quemó completa. ¿No quedó ningún niño dentro? Se le suplicó piedad y dijo que cumplía órdenes y que sus daños eran imprescindibles.

En la Guerra de Secesión, un conflicto interno por la unidad o la fragmentación del país, la barbarie fue notable por ambas partes, y murieron no menos de medio millón de ciudadanos.

Un soldado de esa guerra, a las órdenes de un bárbaro, dice que Gómez y su gente cometen violaciones del código de la guerra civilizada.

Que por primera vez existía…

En efecto, la propia barbarie era tan evidente, que el Norte creó en 1863 el código Lieber, primer intento de hacer menos salvaje la guerra, al menos en los papeles.

Su nombre oficial es Instrucciones para el gobierno de los ejércitos de los Estados Unidos en campaña, es decir, no es un código moral y universal sino práctico, motivado por la guerra. Fue la Orden General número 100 de Abraham Lincoln, y abarcaba la autoridad militar, el tratamiento a los prisioneros de guerra, espías y desertores, la protección de civiles y la aplicación de represalias al enemigo. Fue el primer intento de codificar las normas morales consuetudinarias de las guerras, si es que existían de algún modo, y ha tenido una influencia decisiva en todos los intentos ulteriores, especialmente el Convenio de Ginebra de 1949. Lieber era un jurista germano estadounidense, y hay que celebrarlo a él y a Lincoln por ese código de alcance mundial.

Desde luego no lo respetaron, ni los confederados ni los de la Unión. La arrasadora Marcha hacia el Mar ocurrió en 1864. En Camp Douglas, campo de concentración para prisioneros de la Unión en Chicago de 1862 a 1865, miles de confederados murieron por enfermedades, condiciones inhumanas, frío extremo y falta de atención médica. En el Elmira Prision Camp, de Nueva York, murieron 2 970 soldados confederados entre 1864 y 1865.

Ni hablar de los confederados, que usaban a sus esclavos como animales parlantes.

Lo que el viento se llevó, eh, y luego gloria.

Pero en 1890 seguía la secular Guerra contra los Amerindios, y 200 de ellos murieron en la Masacre de Wuonded Knee. Los asesinos fueron condecorados.

El general Nelson Miles, que quedó angustiado con la masacre de los indios, era el jefe responsable máximo de la masacre, y fue luego el general en jefe de McKinley. Gómez dijo que tenía una combinación con Miles.

En cuanto al Sherman creador de la tierra arrasada, llevaba por segundo nombre Tecumseh, pues su padre admiraba a un jefe indio de ese nombre, que había combatido a los invasores blancos.

Los admiradores de McKinley, que son legión hoy, podrán decir que eso era para él antique history, que un capitán no responde por las decisiones de los generales.

Como Comandante en Jefe de los Estados Unidos, William McKinley invadió Filipinas y comenzó una guerra contra las fuerzas independentistas locales que duró tres años: una campaña de tierra arrasada cuyo número de víctimas más conservador es de 200 mil muertos.

Un famoso general, Jacob Smith, dio la orden de matar a todo filipino mayor de diez años.

Cuando terminó su trabajo fue destituido. Nunca fue juzgado. Cumplía órdenes.

Pero en ese mensaje de Cleveland, Gómez es lo mismo que Weyler, un violador de las leyes de la guerra civilizada, el código Lieber.

La óptica moral del código estaba desequilibrada por la necesidad de defender los intereses norteamericanos en Cuba, dañados por la guerra. Pero un país no es sólo esos intereses, y la causa cubana era popular en el pueblo, y había llegado hasta el mismo Congreso. De manera que McKinley debía considerar cuáles eran las opciones para el caso de la isla. Y va explicándolas con detalle.

Comienza declarando que coincide con esta opinión:

El general Grant pronunció estas palabras, que ahora, como entonces, resumen los elementos del problema:

Un reconocimiento de la independencia de Cuba es, en mi opinión, impracticable e indefendible

(General Grant uttered these words, which now, as then, sum up the elements of the problem:

A recognition of the independence of Cuba being, in my opinion, impracticable and indefensible)

Ciertamente eso significaba la guerra de Estados Unidos contra España, que en fin de cuentas sería declarada como imprescindible y practicable por él mismo apenas unos meses después. La diplomacia mambisa, muy defectuosa puesto que estaba encabezada por el ciudadano norteamericano Estrada, solicitaba al menos el reconocimiento de la beligerancia.

Hoy en día el concepto de beligerancia ha quedado olvidado en el Derecho Internacional. No había ningún tratado o código que lo definiera. En aquella fecha significaba que los mambises fueran reconocidos como una fuerza política armada, lo que no necesariamente obligaba a un apoyo material o diplomático. Pero si Estados Unidos o cualquier otra nación del hemisferio reconocía la beligerancia, las expediciones dejarían de ser perseguidas, y el colapso del dominio español en Cuba, ya cercano, se precipitaría.

Ninguna nación reconoció la beligerancia de los mambises.

Y la que realmente importaba, los Estados Unidos, tuvo la audacia de explicar, a través de sus dos presidentes comprometidos, por qué.

Si, según Grover Cleveland y Máximo Gómez, la República en Armas era un gobierno de papel, ciertamente no se le podía reconocer. Y, para desgracia de Gómez, las tropas republicanas no eran sino bandidos.

McKinley es perfectamente explícito en su mensaje al Congreso:

No logro encontrar en la insurrección la existencia de una organización política tan sustancial, real, palpable y manifiesta para el mundo, con las formas y capacidad de las funciones ordinarias de gobierno hacia su propio pueblo y otros estados, con tribunales para la administración de justicia, con una sede local, poseedora de tal organización de fuerzas, tal material, tal ocupación territorial, que saquen la contienda de la categoría de mera insurrección rebelde o escaramuzas ocasionales y la coloquen en la terrible condición de la guerra, a la cual quedaría elevada por el reconocimiento de la beligerancia.

I fail to find in the insurrection the existence of such a substantial political organization, real, palpable, and manifest to the world, having the forms and capable of the ordinary functions of government toward its own people and to other states, with courts for the administration of justice, with a local habitation, possessing such organization of force, such material, such occupation of territory, as to take the contest out of the category of a mere rebellious insurrection or occasional skirmishes and place it on the terrible footing of war, to which a recognition of belligerency would aim to elevate it.

Sí, el inglés aporta a veces matices de significados que se vuelven interesantes en la traducción… I fail to find: el I, yo, que fracasa, fail, en encontrar lo que todo el mundo sabe, incluso en el Congreso ante el cual habla el presidente, esto es, que los mambises son una República en Amas. En eso de que él no va a elevar a la insurrección cubana a la condición de la guerra, honestamente I fail to find otro pensamiento que no sea sino que la guerra, de la que él salió como mayor, y que le llevó a la presidencia, es una condición a la que se deba elevar la acción humana… Por lo menos los abusos sí que fueron elevados en la Guerra de Secesión, y lo serán luego, bajo su mando, en la de la anexión de Filipinas. El Ejército Libertador cubano libró una guerra de mucho orden y heroísmo contra un enemigo muy superior en número y recursos; y su dirección política era de una condición admirable. El joven Orestes Ferrara, estudiante de leyes en Italia, quedó pasmado del nivel intelectual de los representantes reunidos en la Asamblea de La Yaya. Por cierto, lo de la sede del gobierno también revela el doble rasero del político. ¿Olvidaba ese guerrero que los patriotas yanquis perdieron el control de su capital, Filadelfia, y sólo la recuperaron con la ayuda de las tropas francesas? ¿No debían ayudar pues a los mambises a conquistar una sede, para lo cual lo esencial era disponer de artillería? McKinley menciona también la ausencia de un puerto. ¿Nunca se enteró de que Washington jamás pudo tomar Nueva York, incluso con los franceses, los españoles y los holandeses ayudándole con tropas, una flota, armas y una montaña de dinero? El presidente considera pues, con esas iluminaciones, que el reconocimiento de la beligerancia mambisa es indefendible como asunto de derecho (indefensible as a measure of right). Obsérvese que el principio que se confiesa ni siquiera es pragmático: evitar un conflicto con España. Se apela a una noción de derecho jamás escrita ni definida en ningún convenio, y completamente divorciada de la realidad.

Pero la realidad existe más acá de las previsiones de los políticos. Ya para la fecha del discurso se presentan dos acontecimientos decisivos para la guerra: el asesinato del gobernante español, el liberal conservador Cánovas, a manos de un anarquista; y su sustitución por el no conservador, dizque liberal Sagasta, que suprime de inmediato la fracasada Reconcentración de Weyler y se atreve al último recurso: la autonomía para Cuba. De esa manera pretende calmar a McKinley y minar la consigna mambisa de independencia o muerte. Un general mambí, Masó Parra, se acoge a la autonomía con buena parte de su tropa. Los consulados informan que, en efecto, los campesinos hacinados en las ciudades están regresando a sus hogares. Pero también que el caos reina en las ciudades, los mambises siguen dominando el campo, y por lo tanto la autonomía no tiene cómo elegir un Parlamento Insular auténtico.

La autonosuya fracasa antes de comenzar. Hizo daño a la causa mambisa, pero no la perjudicó. Desde luego que en Washington lo habían previsto, al mismo tiempo que negaban la realidad de la independencia cubana.

Si de ahora en adelante parece un deber impuesto por nuestras obligaciones hacia nosotros mismos, hacia la civilización y la humanidad intervenir por la fuerza, será sin culpa nuestra y solo porque la necesidad de tal acción será tan clara como para contar con el apoyo y la aprobación del mundo civilizado.

(If it shall hereafter appear to be a duty imposed by our obligations to ourselves, to civilization and humanity to intervene with force, it shall be without fault on our part and only because the necessity for such action will be so clear as to command the support and approval of the civilized world).

Con esa previsión termina el texto dedicado a Cuba en el mensaje, y a seguidas se refiere a la anexión de Hawái.

Y estas palabras sí que eran reales.

McKinley envía a La Habana el acorazado Maine.

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