Alejandro Rodríguez en 1906 (fotografía tomada de El Fígaro).

En la tarde del 27 de febrero de 1915 murió en su casa de Compostela 19 —número antiguo— el mayor general Alejandro Rodríguez Velazco. Al momento de su muerte no se encontraba activo en el servicio armado ni en la política. Recibió en sus funerales, no obstante, los honores dignos de su condición de mayor general y prócer de las guerras de independencia.

Con ocasión de su natalicio, que tuvo lugar en noviembre de 1852, pudimos hablar de su historial previo a la Convención Constituyente. Corresponde conmemorar su deceso retomando el hilo de su vida a partir de ahí. Recordemos que en la Constituyente participó mientras fungía como primer alcalde electo de La Habana, tras el fin de la soberanía española sobre Cuba.

No era un orador destacado y en los debates destinados a elaborar la Constitución no tuvo protagonismo. Como alcalde fue reconocida su honestidad y el honor con que desempeñó el cargo. Tenía un carácter fuerte que no le impedía hacerse querer. Carecía, sin embargo, de las condiciones de organizador e impulsor de la disciplina que requería el desempeño de ese cargo. Además, esto es lo más importante, no tenía las habilidades necesarias para el tipo de política a la que se vería exigido por las circunstancias.

En el Ayuntamiento de La Habana lo acompañaban muchos concejales tan probos como él. Los había también, y no en escaso número, incapaces y logreros que frustrarían el éxito de su mandato. Las intrigas y las jugarretas fueron creciendo en importancia a medida que avanzaban los meses. El alcalde Rodríguez se vio enfrentado a numerosas crisis. El Ayuntamiento fue perdiendo popularidad a medida que los problemas del municipio se iban haciendo más notorios. Según Rafael Martínez Ortiz en su obra Cuba. Primeros años de Independencia el general no conseguía ordenar el desaguisado.

“…El general Rodríguez se irritaba contra todo lo que tenía sello de despilfarro o de abuso, pero nada sacaba en limpio, amén el mal rato sufrido y los alfilerazos de la crítica zumbona, que se daba gusto en caricaturas y chanzonetas” (Martínez Ortiz. Tomo I, p. 340).

La situación era desesperante. La ciudad tenía grandes ingresos con motivo de las contribuciones que se cobraban a tipos máximos. La mayor parte, sin embargo, se iba en gastos de personal. Muchos de los servicios públicos corrían a cargo del Estado cuando deberían haber sido atendidos por el Ayuntamiento. La imposibilidad de estructurar una administración eficiente, a pesar de todos sus esfuerzos, llevó al alcalde a la desesperación. Presentaría su dimisión ante el Gobernador Leonard Wood en el primer trimestre de 1901.

Sería elegido para sustituirlo el entonces secretario de Justicia, Miguel Gener. Había sido compañero de Rodríguez en la Constituyente y militaba en el mismo Partido Nacional. Habían sido, sin embargo, rivales en las primarias del partido para designar candidato a la alcaldía el año anterior. Los problemas del Ayuntamiento, no obstante, borrarían esta pequeña victoria de Gener sobre Rodríguez. Menos de un año después, el antiguo secretario de Justicia sería destituido de su nuevo cargo. Solicitaron su destitución al gobernador civil de la provincia, Emilio Núñez, 23 de los 28 concejales. El gobernador Wood la llevó a efecto el 8 de febrero de 1902. Los problemas dejados por Rodríguez no habían hecho más que crecer durante el mandato de Gener.

Alejandro Rodríguez vería abrirse ante sus ojos un nuevo camino en el cuál podría pensarse que estaría protegido de las intrigas políticas que tanto padeciera. Al reorganizar los cuerpos armados de la isla, el gobernador Wood lo nombró jefe de la Guardia Rural en el mes de abril. Tendría a otro compañero de la Convención y general del Ejército Libertador, José de Jesús Monteagudo, como su segundo al mando. A diferencia de Rodríguez, Monteagudo no había terminado con la política. Unos meses después renunciaría a la Guardia Rural para presentar su candidatura al Senado de la República. El 31 de diciembre de 1901 tuvieron lugar las elecciones y el 24 de febrero de 1902 fueron designados los senadores. El 20 de mayo sería inaugurada la República y contaría con Alejandro Rodríguez como primer jefe de la Guardia Rural, fuerzas armadas de Cuba independiente.

Este cuerpo armado, como todos los de orden público, se subordinaban a la Secretaría de Gobernación. Una de las primeras solicitudes del presidente Estrada Palma al Congreso de la República fue proveer los fondos suficientes para ampliar estas fuerzas. Se consideraba que no eran suficientes aún para mantener el orden público en los campos de Cuba. Debe tenerse en cuenta que no se trataba de lo que podría considerarse como tropa regular apta para el combate moderno. Era exactamente eso, un cuerpo de orden público con capacidades aumentadas. Consistía en una infantería montada que utilizaba armas largas. Podía enfrentarse al bandidaje o a una pequeña insurgencia. De ningún estaba adaptada para enfrentarse a una fuerza de mayores dimensiones y poder de fuego. Tampoco estaba preparada, a nivel logístico, para desarrollar operaciones de envergadura.

Todas estas limitaciones se harían evidentes, por desgracia, muy poco tiempo después de inaugurada la República. Los conflictos entre las diferentes facciones políticas se harían cada vez más intensos y complejos. Estrada Palma había llegado al poder con el apoyo de dos partidos dominantes. Por un lado, el Partido Nacional Cubano en el que militaban Alejandro Rodríguez, Emilio Núñez y que contaba con el beneplácito de Máximo Gómez. Por el otro, el Partido Republicano Conservador de figuras como Méndez Capote y José Miguel Gómez. Esta última fuerza era el resultado de la coalición ente los partidos republicanos de Las Villas y La Habana, fundamentalmente. Tenía también elementos importantes en Matanzas. Frente a ellos se encontraban los republicanos radicales que no habían respaldado la candidatura de Estrada Palma.

El presidente, no obstante, había llegado al poder como un independiente. Los republicanos conservadores y los nacionales le profesaban su apoyo en tanto no se decantara por uno de ellos. Esta decantación, sin embargo, se hizo inevitable. Las elecciones parciales que debían renovar la mitad de la Cámara de Representantes fueron poco menos que caóticas. Todos los partidos se valieron de cuanto recurso estuviera en sus manos, legal o no, para imponerse. El resultado fue una Cámara disfuncional en la que se hizo casi imposible validar buena parte de las actas de los representantes electos.

Los republicanos de La Habana habían venido estableciendo posiciones cercanas al presidente desde hacía tiempo. Los senadores Méndez Capote, Párraga y Dolz lo cortejaban con asiduidad y acabaron por convencerle de unirse a la nueva formación política que estaban tramando. Nació así el Partido Moderado. Lo componían la mayor parte de los elementos de los republicanos de La Habana y algunas disidencias del Partido Nacional, especialmente en provincias. A los republicanos de Las Villas no les gustó la jugada. Su líder, José Miguel Gómez, aspiraba a suceder a Estrada Palma en la Primera Magistratura. Dentro del Partido Moderado quedaría en un segundo plano tras Méndez Capote. Los republicanos de Las Villas abandonarían la coalición.

El remanente del Partido Nacional, por su parte, se había aproximado a los radicales para formar un nuevo partido. Nacía así el Partido Liberal Nacional con líderes como Alfredo Zayas y Juan Gualberto Gómez. Tras el anuncio de Estrada Palma en febrero de 1905 de su afiliación al Partido Moderado y su voluntad de reelegirse, la suerte estaría echada. Los Republicanos de Las Villas se integrarían al Partido Liberal Nacional para presentar una candidatura presidencial frente a la de Estrada Palma y Méndez Capote. José Miguel Gómez aspiraría a la presidencia y Alfredo Zayas a la vicepresidencia en las elecciones generales de ese año.

La campaña fue, sin embargo, muy irregular. Esta vez no fue cosa sólo de partidos, el gobierno intervino también para adulterar las elecciones. El resultado fue violencia casi irrestricta, retraimiento liberal y victoria moderada en las elecciones. La mayor derrotada fue, sin embargo, la República. Los liberales se sublevaron en el verano de 1906 y se encontraron con una Guardia Rural que no estuvo nunca en condiciones de hacerles frente.

Martínez Ortiz, en su obra ya citada, afirma que Alejandro Rodríguez carecía de las dotes necesarias para organizar el cuerpo de manera efectiva. Debe reconocerse, sin embargo, que desde un principio carecía de los recursos para enfrentar el movimiento que desencadenó. La conspiración liberal era casi pública. El Gobierno tardó en reaccionar para atajarla a tiempo. Cuando se decidió a pasar a la acción ya era tarde. Aunque logró apresar a los principales líderes en poco tiempo no logró descabezar el movimiento. Estaba demasiado extendido. Lo único que logró fue precipitarlo sin contar con fuerzas para reprimirlo.

Se formaron importantes partidas de alzados en Pinar del Río, La Habana y Las Villas que salieron casi siempre airosas al combatir con los gubernamentales. La Guardia Rural, por su propio cometido, era una fuerza dispersa. Se tardó en disponer de medios para organizar un contingente suficiente que hiciera frente a la insurgencia. Cuando se anunció la movilización el gobierno estaba tan desacreditado que algunos se alistaban para unirse luego a los sublevados con armas y pertrechos.

Las responsabilidades de Alejandro Rodríguez en estos errores son mínimas. Desde el principio las operaciones gubernamentales quedaron a cargo del general Rafael Montalvo. Era el secretario de Gobernación, superior de Rodríguez, y gozaba de la confianza del ejecutivo con mayor plenitud. La refriega era eminentemente política y Rodríguez podía considerarse en este punto prácticamente neutral.

Así lo demostró cuando entró en juego el gobierno de los Estados Unidos. Se inició primero una mediación entre gobierno y alzados. Cuando se interrogó al general Rodríguez acerca de sus lealtades aseguró que no era partidario de ninguna facción en particular. Tanto él como las fuerzas bajo su mando se pondrían a las órdenes del gobierno constituido o que se constituyere. Cuando las negociaciones no llegaron a buen puerto y se decretó la intervención, Rodríguez quedó al frente de la Guardia Rural.

Se mantuvo en su puesto durante la mayor parte de la Segunda Intervención, bajo el mando del gobernador Charles Magoon. Durante ese período se procedió a la reorganización de la República y, de paso, de sus fuerzas armadas. Nació así el Ejército Permanente, una fuerza capaz de todo aquello que la Guardia Rural no había podido hacer durante la sublevación. En 1909 quedó restablecida la República. Se habían celebrado elecciones generales donde por fin triunfó la dupla liberal de José Miguel Gómez y Alfredo Zayas. Quedaban derrotados Mario García Menocal y Rafael Montoro, por el Partido Conservador Nacional, heredero espiritual del Partido Moderado.

Al acercarse la entrega de poderes al nuevo gobierno por parte de la administración estadounidense, se percibió otro problema. Era necesario nombrar un nuevo jefe del Ejército y, sobre todo, de la Guardia Rural que fuera de la confianza del nuevo presidente. A petición de José Miguel Gómez, Magoon asumió la tarea en enero de 1909. Nombro a Faustino Pino Guerra jefe del Ejército y a José de Jesús Monteagudo, jefe de la Guardia Rural. Alejandro Rodríguez pasaría a retiro y fue despedido con todos los honores.

Esta sustitución fue la última para él. A partir de este momento, y por el resto de su vida, se dedicó a sus asuntos privados. Toda su actividad se concentró, fundamentalmente, a atender sus negocios ganaderos en la provincia de Camagüey, aunque residía la mayor parte del tiempo en La Habana.

La muerte lo sorprendió a los 62 años en su casa de La Habana, rodeado por su familia, según cuenta la prensa de la época. La noticia tuvo repercusión inmediata. El alcalde, Fernando Freyre de Andrade, declaró el duelo en la ciudad y suspendió actividades recreativas y espectáculos. El Ayuntamiento se reunió en sesión extraordinaria a las 10 de la noche para organizar las honras fúnebres que tendrían lugar al día siguiente. El Ejecutivo nacional también emitió declaraciones y tomó medidas para la ocasión. El presidente Menocal no se encontraba en La Habana, pero dispuso que se le ofrecieran todos los honres como mayor general al difunto. Menocal lo conocía desde hacía muchos años. Se había alzado contra España en Camagüey bajo el mando de Rodríguez cuando este era comandante del Ejército Libertador.

El Secretario de Gobernación, Aurelio Hevia, quedó a cargo de representar al gobierno en las exequias. El Ayuntamiento había acordado exponer el cadáver en capilla ardiente en los salones de la Cámara Municipal. Ahí estuvo custodiado por amigos, familiares y autoridades desde las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde del 28 de febrero. A esa hora salió el cortejo para el Cementerio de Colón. El cortejo estuvo compuesto por fuerzas de la policía, el ejército y la Guardia Rural. Desfilaron con él miembros del gabinete presidencial, senadores y representantes, autoridades municipales y otras figuras de la política y la sociedad. Casi al anochecer se procedió a la inhumación que fue seguida por descargas de fusilería de acuerdo al protocolo para mayores generales.

No tuvo que transcurrir mucho tiempo para que se erigiera un monumento al general Alejandro Rodríguez. Fue inaugurado en la Calle Paseo en 1917. Hoy algunos podrán cuestionarse si tenía méritos que justificaran un homenaje de tanta envergadura. Lo cierto es que méritos tenía muchos. Arriesgó la vida repetidamente por una causa que le parecía noble. Su honestidad fue reconocida hasta por sus detractores. Sirvió en la medida de sus capacidades sin dejarse arrastrar por ambiciones desmedidas. ¿Otros han recibido menos honores teniendo más merecimientos? La culpa debe recaer, exclusivamente, en aquellos que debían haber prodigado esos honores que se echan en falta.

 

 

 

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