
Palas Atenea nació enterita, hasta con el casco y la lanza, de la frente de Júpiter. El llamado Primer Mundo, y con él el resto, padece hoy el complejo de Palas Atenea, pues el individuo individual cree haber nacido de sí mismo, sin más guía que la de su propia experiencia y de su pensamiento inmejorable, y así es, solo que su experiencia es televisiva y su pensar es el mismo que el de los demás televidentes. Pronto ni la televisión en sus diversas maneras logrará competir con la diversidad de pantallas magistrales, que educarán, sin que nadie lo advierta y mucho menos lo denuncie, a los individuos individuales. La desaparición de los maestros, o mejor, su sustitución por aparatos que transmiten mensajes orientadores para que nadie pueda ser maestro de sí mismo ni de sus semejantes, nos conduce hacia un infierno de idiotez colectiva, donde los individuos individuales, sin vínculo con otros individuos amorosos, serán sustituidos normalmente por aparatos que se autoprograman para establecer una tecnología de la ignorancia y la infelicidad. Lo peor es que los individuos individuales se sentirán sabios y felices. Y es probable que se sientan satisfechos de ser menos brutos que sus peinados políticos, y hasta protesten por el reguetón que dice lo que hacen.
Queda la esperanza, sin embargo, de que Occidente, acosado por intolerancias mayores que la propia, y a las que ya no puede someter mediante la superioridad económica y militar, logre escuchar mínimamente, gracias a las libertades civiles de que tanto se precia, al legado oriental de la sucesión de maestros, que en otra época compartiera. Hay países medio occidentales, como Cuba, cuya independencia política fue lograda por una sucesión perfecta maestro-discípulo: Martí, discípulo de Mendive, discípulo de Luz, discípulo de Varela, discípulo de Espada. Como si estuviéramos en la India, cada maestro logró formar al menos un continuador, no un repetidor ni un epígono, que fue profundizando el legado histórico hasta que la nación, entre dolores inconfesables, fue creada. En el siglo XX esta transmisión se hizo más compleja y sufrió los embates de la confusión espantosa del totalitarismo occidental, que no es solo el marxismo o el fascismo, sino también el ateísmo, el culto de la mediocridad terrenal y la basura existencial como desiderátum absoluto.
Pero la tradición Varela-Martí sigue viva en la cultura cubana, y a pesar de que el país parece estar hoy más extraviado que nunca, incluso entre un grupo de intelectuales para el que esa tradición debe ser eliminada de inmediato por el culto del amor a sí mismo y la práctica del jacuzzi mental, nadie ha logrado proponer algo superior —y ciertamente, no lograrán proponerlo— a la praxis espiritual del magisterio cubano que pretende una convivencia con todos y para el bien de todos. Notemos que en esta fórmula cubana de la democracia el bien está en el centro, no el todos. No es el todos ni la mayoría ni el ser humano lo que importa: es el bien. Sobre la idea del bien el magisterio cubano no tiene que buscar nada más: su tarea terrible es desarrollarlo en las condiciones del extravío contemporáneo de los individuos individuales que abolieron la tradición de la búsqueda y la práctica de la sabiduría privada y colectiva, y en medio del atraso, la frustración y el pesimismo de más de medio siglo de equivocaciones. El ejercicio del pensamiento libre por hombres libres, en órganos de prensa, instituciones alternativas y grupos fraternales que defienden la libertad de pensamiento, constituye el cimiento de ese con todos futuro que podemos construir con más calidad que nadie en el planeta, puesto que tenemos las metas de altura y el ejemplo vivo de Martí, y que será la base de un para todos en el que la realidad del bien pueda ser comprobable a cada hora, sin coacciones ni mixtificaciones.
Cuba está entrando en las pantallas de internet con esta problemática en llamas. Es muy difícil pronosticar lo que ocurrirá, y yo no tengo motivos para sentirme optimista ni a corto ni a largo plazo. Tampoco me place sumarme a la crítica apocalíptica del proceso civilizatorio, que acecha especialmente a las personas que como yo entran en la edad mayor. La suposición de que el magisterio profético cubano se extinguió con la desunión soviética es una heredad rusa, no cubana. La sovietización interrumpió la necesariamente difícil pero nunca imposible construcción de la república cubana sobre sus propias bases, para instaurar fácil y rápidamente la sociedad universal y perfecta, cuyos criterios de perfección venían de alemanes y de rusos, que ahora han repudiado esas abominaciones como instrumentos intelectuales ridículos.
Nos hemos convertido en rehenes voluntarios de una ideología de fosa que compramos por jóvenes, por violentos y por tontos. Los maestros se han acabado en Cuba como en cualquier parte, pero además por la práctica moscovita de que hay un solo maestro para todos, el Gran Hermano que todo lo sabe y ante el cual el resto de los ciudadanos no pasan de ser ignorantes irredimibles, sin más porvenir que el de convertirse en perfectos ortofónicos, mudos como no sea para la repetición de la misma inmoral y fracasada consigna. Pero estoy seguro de que estas desgracias las podemos extinguir, por una razón muy sencilla: yo soy un maestro menor, pero de esta línea poderosísima, y no doy abasto para atender al número de muchachos y muchachas que acaban con mi ya reducido tiempo de vida y creación para obtener una orientación mínima, un apoyo paternal, la sensación de pertenecer, como pertenecen, a un linaje sublime, el de la sabiduría real de la existencia humana elaborada por una multitudinaria sucesión de maestros y discípulos mayores y menores a través de los siglos. Oriente y Occidente coinciden en semejante realidad en este perdido archipiélago de la idea global, y esa realidad es, por imprescindible, invencible.
(Publicado originalmente en la revista La Hora de Cuba, versión impresa, 2017, 8)
