
No son pocos los que han comparado la devastadora escena en la esquina de Dragones y Zulueta, en el Centro Histórico capitalino, con una ruina romana. Así de evocador resulta el entorno y las circunstancias que han llevado al edificio ubicado en esta intersección habanera a semejante analogía. No obstante, las diferencias son astronómicas. Con sólo esclarecer que los 20 siglos de pertinaz evidencia arqueológica mediterránea no son equivalentes a los 20 años del caso caribeño, habremos resumido con creces los indicadores de desgaste humano e histórico entre ambos asuntos. A tal punto ha llegado el drama que vemos desmoronarse como un castillo de arena en tan conspicua confluencia urbana, que pasamos por alto sus orígenes, en el tránsito de los siglos XIX y XX.

Estrenado como hotel Gran Vía – Vía Blanca —la razón de la doble nomenclatura se ha perdido entre los cascajos y puntales que ahora sostienen sus ruinas, de forma que no sabemos si fue uno u otro consecutivamente, o si era identificado con ambos títulos de manera simultánea— en Zulueta No. 505, entre Dragones y Monte, escogió para su emplazamiento un lugar privilegiado. En entregas anteriores me he referido a la prebenda que facilitó durante el siglo XIX la progresiva demolición de la muralla de tierra, que acordonara el casco tradicional de La Habana desde su fundación. Ello permitió la construcción de modernas edificaciones en ese ámbito, actualmente comprendido entre las calles Monserrate y Paseo del Prado.

La proliferación de hoteles, que abrían el espectro cosmopolita de la urbe pasado su tricentenario, encontró condiciones ideales para que el Gran Vía se incorporara a ese circuito. Como fue recurrente en la primera mitad de la pasada centuria, dichos establecimientos pasaban por diversas categorías de usufructo, dependiendo regularmente de la competitividad. Con las altas y bajas que esto implicaba, nuestro arruinado protagonista llegó a 1959 en función hostelera, justo cuando la Ley de Reforma Urbana convirtió sus habitaciones en apartamentos multifamiliares.

El deterioro acumulado desde entonces, tratándose de un inmueble de gran envergadura y sin ningún interés estatal, dinamitó silenciosa y dilatadamente los entresijos de su verticalidad. La multiplicidad de factores contenidos en tal menoscabo, llevaba décadas emitiendo señales de fatiga, y, como en una célebre partitura de Sindo Garay, parecía reclamar: “Las penas que a mí me matan / son tantas que me atropellan”. Entonces, en el último salto de siglos, con el colapso postsoviético que sentenció los ulteriores derrumbamientos insulares, las grietas del Gran Vía no pudieron esperar por remiendos preventivos. Cuando ello era posible, a los primeros damnificados les otorgaron viviendas en Alamar, al este de la capital. Luego sobrevino el acelerado y definitivo llamado gravitacional, que llevó el inmueble a ser clausurado. En cada episodio de este edilicio apocalipsis, los vecinos no escatimaron en reclamaciones, cartas y denuncias, cada vez menos atendidas por las autoridades. No fueron pocas las ocasiones en que tales diatribas se vertían sin resultados en la Unidad de Policía contigua al edificio, en la acera opuesta de Dragones.

De igual manera que esta isla ha expulsado a su gente como consecuencia de su ruina, el Gran Vía terminó por vomitar al último de sus inquilinos. La paráfrasis cristiana de paredes y fachadas apuntaladas, como cruces y coronas de espinas, determinó su estertor. El perímetro de la comprometida estructura fue vallado con paneles metálicos para preservar la circulación vial y evitar el vandalismo. A la fecha, hasta las vallas corren riesgo de ser sustraídas, y el tránsito acabó por ser inhabilitado en esta intersección. Tal debacle ha sido blanco sistemático de la prensa independiente, como —por sólo citar algunas de las más responsables y visibles en su desempeño informativo— los artículos aparecidos en Diario de Cuba, el 29 de enero de 2021; 14 y Medio, el 21 de septiembre de 2023; o Havana Times, el 26 de enero de 2024.

Por boca de lugareños que brindaron sus testimonios para estos medios, sabemos del penoso abandono que le ha deparado el “destino” a este lugar, refugio para contrataciones sexuales furtivas, guarida ocasional de raptores, y fuente de abastecimiento para la extracción de material constructivo. Cotizados en el mercado negro son los horcones y vigas de maderas preciosas, los mármoles de los pasos de escalera, herrajes de barandas y pretiles, ladrillos y morteros de polvo de piedra, sustraídos en cualquier horario del día a pocos metros de la sede policial de Dragones. Semejantes incursiones han acelerado el desplome total de las pocas paredes que quedan en pie, mediando una suerte de reencarnación de sus antiguas piedras para propósitos venidos a menos.

La feracidad del trópico ha beneficiado el crecimiento de árboles y lianas al interior del extenso cuadrante, confiriéndole con este añadido un exótico atractivo que mucho recuerda al Foro Romano, las termas de Caracalla, el Coliseo o el Templo de Adriano, pero que, objetivamente, no son otra cosa que el crepúsculo de un secular intento civilizatorio por convertir a La Habana en una de las urbes más seductoras del hemisferio occidental.
Fotos: Juan Pablo Estrada.
