Lo que a primera vista recuerda una intervención inmobiliaria en cualquier periferia citadina del mundo, son los cimientos del antiguo restaurante Moscú, donde presumiblemente se erigirá un hotel.

Entre los grandes incendios que han consumido total o parcialmente la capital rusa a lo largo de su historia, se cuenta uno que aconteció en La Habana. Corría el año 1989, cuando un siniestro de grandes proporciones devoró el restaurante Moscú, una esquirla soviética encajada en el corazón de La Rampa capitalina. Por mucho que la Rectificación de Errores impugnada por Fidel Castro —como una marcha en reversa hacia la rotonda infinita de la Guerra Fría— pretendiera frenar los aires de cambio que corrían en la metrópoli eslava, algo de la candente situación allende los mares salpicó al Caribe.

Este acceso soterrado desde la calle Humboldt, colindante con el solar yermo, ya evidencia presencia doméstica de «moradores ilegales».

Testigos de aquella noche de sábado, en que la factura de la Historia no tardaría en alcanzarnos, refieren que el ulular de las sirenas era constante, acudiendo desde diferentes puntos de la ciudad hacia el foco de fuego que iluminaba las ventrechas de humo con densos tintes naranjas. Informes periciales arrojaron que se trató de un incendio de origen eléctrico, provocado por una filtración de agua que desató un cortocircuito en las oficinas de ABATUR, empresa de abastecimiento para el turismo radicada en la planta baja del edificio. Otros especulan que fue un atentado, o que, como las cosas no marchaban bien con el Kremlin, aquí le prendieron candela como mismo se la daban a una guardarraya de caña. Las lucubraciones llovían de puntas, pero nadie daba por concluido el enigma, y ahí quedó todo, hasta que, 33 años después, con menos indicios ni interés para desentrañar nada, decidieron demoler las evidencias.

Los improvisados colonizadores dan vida al desolado agujero con ornamentos venidos a menos.

En 1974, como gesto de reciprocidad socialista, ya que en Moscú existía desde hacía algunos años un restaurante llamado Habana, los “bolos” enviaron su equipo de arquitectos e interioristas a remodelar a la usanza rusa un gigantesco salón inutilizado desde hacía 14 años. Se asegura que ha sido el mayor establecimiento gastronómico que ha existido en Cuba, con capacidad para 300 comensales simultáneamente, y un bar con prestaciones para 60 usuarios. Entre otras desproporciones, incluía varios reservados protocolares y una pista de baile que contaba con estrado para presentaciones de solistas y agrupaciones musicales.

Un microvertedero comienza a proliferar, paradógicamente, al amparo de algunas barreras de acceso.

 

Se dice que el proyecto inicial contemplaba, además del restaurante, ubicado en el tercer piso del inmueble, una planta distribuidora de comida con disponibilidad para satisfacer 10 000 entregas diarias. La misma se ubicaría en el segundo nivel, mientras en la planta baja radicaría un comercio con productos de factura soviética. Finalmente, el entusiasmo sólo alcanzó para un restaurante de 1ra categoría, con exóticos platos, entremeses y bebidas. En el imaginario de los cubanos —desde la segunda mitad del pasado siglo hasta el presente­—, habitualmente carentes de estas y otras ofertas, quedó impregnada la sopa salianska, célebre por los contundentes lingotes de carne vacuna que le daban sustancia.

Las vallas de seguridad colocadas por el flanco de la calle P han desaparecido, dejando a la vista los «progresos» del proyecto.

 

El Moscú se ubicaba en calle P, entre 23 y Humboldt, un contexto urbano repleto de hoteles, centros comerciales, gastronómicos y recreativos, que desde los años 40 y 50 se convirtió en un perímetro de intensa actividad administrativa y sociocultural. Al momento del infausto percance, el vasto local se encontraba en remodelación —¡que concurrencia, remodelación del socialismo soviético y también del restaurante!—, facilitando la inadvertida y rápida propagación de las llamas. Pero el factor que precipitó el calcinante desenlace, fue el abundante material combustible empleado en su estructura y decoración: maderas de columnas, falso techos, mobiliario, y hasta el piso, enchapado al mejor estilo moscovita. Los cortinajes, manteles y alfombras añadieron su cuota al siniestro, que dejó al edificio en difíciles condiciones de recuperación, algo así como el preludio de un dilatado Período Especial.

La garita de vigilancia de la calle Humboldt fue abandonada y vandalizada.

 

A comienzos de 2022, perdidas las esperanzas de un nuevo concubinato con Moscú —se rumoró durante algún tiempo que el nuevo Zar de la Tartaria pondría sus manos en el rescate del restaurante—, el síndrome de la hostelería al vacío se apoderó de las ruinas del extinto comedero bolchevique. El perímetro fue vallado para la intervención del inmueble, y en las láminas más visibles se podía leer: “Hotel en construcción”, mientras al interior se dinamitaba lo que quedaba de la vieja edificación. Cuatro años después, y un número de descalabros económicos cuantitativamente mayor, ofrecen un desolador panorama. Las imágenes tomadas por Juan Pablo para esta Bitácora, recuerdan la Europa de la postguerra, o una de esas indiscriminadas demoliciones especulativas en el Bronx neoyorquino. Ahora allí existe un cráter rectangular, guardando la forma del antiguo edificio, que ha sido cavado para cimentar el hotel.

Regresa la noche a esta filial del Inframundo, sorprendiéndonos con el barrido de un fortuito «alumbrón».

 

Pero, de regreso a los orígenes de los orígenes, ¿dónde adquirió Fidel Castro un espacio tan fastuoso para ser ofrecido al camarada Leonid Brézhnev, en su magnánimo afán por convertirlo en una tasca estalinista? Durante las primeras décadas del siglo XX, las prolongaciones del malecón habanero, la Calzada de Infanta y el surgimiento de la Avenida 23, crearon el terreno idóneo para un nodo de nuevo tipo en la expansión de la ciudad. Hay testimonios de que en la parcelación que ocupara el local siniestrado, hubo una agencia de automóviles Dodge y más tarde un cinódromo, hasta que en la década del 40 se construye un gran edificio de tres niveles, como asiento de uno de los cabaret-casino más lujosos del Caribe: el Montmartre. Ambientado con los aires de aquel barrio parisino, en su escena actuaron figuras de relieve internacional como Agustín Lara, Benny Moré, Edith Piaf, Lola Flores, Olga Guillot, el Trío Matamoros y Rita Montaner. A mediados de 1950, Meyer Lansky fue su dueño mayoritario, cuando los accionistas de la mafia comenzaban a tender sus redes habaneras. La historiografía revolucionaria afirma que, en uno de sus ascensores, miembros del movimiento 26 de Julio ajusticiaron a Blanco Rico, jefe de los servicios de inteligencia de Batista. En 1960, durante un giro brusco de los acontecimientos, el Montmartre fue nacionalizado por el Gobierno revolucionario, renaciendo como Moscú tres lustros después.

Fotos: Juan Pablo Estrada

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