1. La imponente presencia del Palace al anochecer parece eterna, pero ya muestra síntomas de fatiga. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

A pesar de su extensión, para los habaneros no es complicado hacernos un mapa mental de la capital, toda vez que sus hitos arquitectónicos referenciales han experimentado muy poco cambio, salvo por su alarmante deterioro o ausencia. En la esquina sureste de la Avenida de los Presidentes (G) y calle 25, se erige una de esas estructuras cardinales, indefectiblemente archivada en la memoria visual de quienes conocemos al dedillo el trazado de esta ciudad. Pero, a favor de su imponente volumetría clásica —exponente de un modelo fugaz en la evolución de la arquitectura republicana—, el hotel de apartamentos Palace merece más atención que la nulidad con la que es tratado, ya próximo a su centenario.

2. Desde las desvencijadas ventanas se aprecia el reemplazo del Palace por otras torres caprichosas. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Concluido entre 1927-28 como residencial de altos quilates, fue obra del arquitecto Alberto Prieto Suárez, y su ejecución corrió a cargo de la empresa constructora J. Pérez Benitoa. En su momento constituyó un progreso tecnológico sin precedentes en el ámbito nacional, y sus 10 espigados niveles estuvieron a la punta del gradual crecimiento vertical de la ciudad. Sus émulos, el edificio Alaska —demolido hace poco más de una década—, el hotel Presidente, y el que se ubica en Paseo y 25, conformaban esa vanguardia de acero y concreto. Aunque para la fecha el empleo del hormigón no era infrecuente en Cuba como material constructivo, fue el primer edificio en el que se utilizó integralmente, decisión asumida luego de constatar la vulnerabilidad de otras estructuras altas de la época, que sufrieron algunos percances en el transcurso de su realización, tomando como indicador de resistencia el ciclón de 1926.

3. Detalle de la baranda en la escalera, que aun conserva sus elaborados motivos decorativos. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Siendo un pionero de su estirpe en el Caribe insular, las cotas de seguridad para su fabricación contemplaron columnas de 80 cm de espesor en el primer nivel, además de una cimentación faraónica. No conformes con tales garantías, en el sótano y la planta baja se emplearon raíles en el entramado de refuerzo, y cabillas en los restantes niveles. Ello permitió que contara con una jerárquica torre esquinera de tres pisos, apenas perceptible en nuestros días, ya que fue igualada por similar cantidad de plantas, añadidas a la totalidad del inmueble en 1958. Aun cuando la ingeniería de esta mole ha soportado descansadamente el peso de tales anexos, su incoherencia estilística y poca gracia fue el presagio de una decadencia, no solo estética y funcional, sino, en su devenir habitacional, también social.

4. Copón de concreto al que ya van faltando perfiles y lucimiento. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Su porte grandilocuente, a la manera estadounidense de concebir semejantes torres entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, aislado de otros elementos contiguos que lo rivalicen en altura, dan la impresión de un peñasco finamente esculpido flotando en la atmósfera, Aunque siempre lo supe ahí, fue en mi adolescencia que comencé a incorporar elementos adicionales de su historia, lamentablemente, nada elogiosos. Uno de esos primeros indicios fueron los testimonios de un correligionario del preuniversitario que vivía en una discreta vivienda de una planta a la sombra del Palace. Para mi asombro, su anecdotario contenía la zozobra constante de cartuchos de excrementos que caían en su patio y techo, acompañados por un escalofriante silbido como el que hacen las bombas al caer. Eso, en el peor de los casos, compartido con sus vecinos de los bajos en igualdad de circunstancias, contemplaba un variado menú que incluía desde bolsas enteras de desperdicios, pasando por lluvias de orines, hasta fragmentos desprendidos por el deterioro de los accesorios constructivos del inmueble. Según su relato, igual panorama —algo más comedido quizás—, sucedía por la banda del Palace que daba a la avenida, donde existía una parada de ómnibus sobre la que caían escupitajos, cáscaras de plátanos y colillas de cigarros encendidas.

5. La preservación de los corredores ha sido preterida a favor de una vigilancia estéril durante el último medio siglo. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Pero, como antítesis del maná celestial, no sólo ha caído mierda desde allá arriba a lo largo de su historia. A partir de unas décadas, y cada vez con más recurrencia, comenzó a explorarse como trampolín para suicidas, y no son pocos los que se cuentan. Los moradores dicen que esa definitiva práctica ha sido empleada por algunos vecinos desde sus apartamentos, pero la mayoría son personas ajenas al lugar, aduciendo que las ventanas rotas constituyen una invitación para saltar al vacío. Con tal de evitarlo, eventualmente, los mismos residentes han enrejado con candado y llave la puerta principal y las peligrosas aberturas que lindan con los corredores y pasos de escalera de los pisos superiores. No obstante su solidez constructiva, lo anterior es reflejo del deterioro del inmueble en todos los órdenes. Ejemplo de ello son los ascensores, que, según sarcásticos comentarios en las redes referidos al tema, Fulgencio Batista se los llevó al largarse de Cuba. Ciertamente han existido desperfectos que han dejado a la gente atorada por horas entre un piso y otro, además de las largas temporadas de ausencia de este indispensable servicio, en una edificación de su envergadura. Los inquilinos también comentan que, después de tanto esperar, muchos ancianos solo han podido bajar a la calle con los pies por delante, rumbo al cementerio.

6. Un brinco de suerte nos revela la fortuita parada del ascensor en uno de sus niveles. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Hace demasiadas décadas que la otrora magnificencia del Palace es acreedora de una rehabilitación a fondo, mientras el hacinamiento, las modificaciones estructurales inconsultas, la obsolescencia de las redes hidráulicas, eléctricas y de gas, campean por su respeto. Todo parece indicar que habrá Palace por algún tiempo más, pero las evidencias de sus quiebres estructurales y de su fallida dinámica poblacional, no auguran un final feliz para este monumental ícono. Anocheciendo, al contemplarlo en su conjunto desde la alameda de G, me asalta la memoria “Amor, que malo eres”, un bolerazo de Luis Marquetti que cierra así: “Te duele saber de mi / Amor cuidado con la vida / Las torres que en el cielo se creyeron / Un día cayeron en la humillación”.

7. Penosas «coyunturas» hacen que los inquilinos apelen a desesperadas soluciones para el almacenamiento de agua, afectando así la carga estructural del inmueble. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

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