
El culto del cubano, no a la dignidad plena del hombre, sino a la miseria del hombre fuerte, el déspota, el dueño de los caballitos, el genio del castro, es muy total. Una historiadora camagüeyana ha llegado a escribir y publicar que lo que ocurrió en Guáimaro el 10 de abril de 1869 no fue la construcción de una nación democrática, sino un golpe de estado contra Céspedes. Pero hay algo peor todavía: se supone que nuestra historia depende de la magia de ese líder, que puede hacer, desde dentro, lo que quiera, y que el éxito depende de que le obedezcamos con ciega disciplina: lo que curiosamente no ocurre nunca. El fracaso se debe siempre a razones internas, que se adjudican a que somos muy pequeños como personas en comparación con semejantes tipazos. Fallamos, volvemos a fallar por flojos, por zanjoneros. O por el contrario, hay un enemigo externo que nos obliga al fracaso y contra el cual debemos luchar hasta el propio exterminio. Y fallamos. Los historiadores cubanos, para no hablar de los políticos y sus bendecidos ideólogos, describen nuestra historia sin el menor análisis de las circunstancias externas. Seguimos ocupados con lo que no hicimos adentro, o contra quién de afuera. Se sabe poco o nada en Cuba de la historia de España, Estados Unidos o Rusia. Y aunque nuestra historia sigue atada a estos países, falta el menor esfuerzo por entender esas dinámicas ajenas que perturban gravemente, y a veces determinan, la nuestra.
Sin embargo, lo que hoy es un marchamo intelectual era perfectamente perdonable en la mayoría de nuestros líderes del año 1898. Martí llevaba años estudiando a los Estados Unidos —y también a Europa, especialmente a Francia, y desde luego a España—, y a sus líderes políticos, religiosos e intelectuales; pero sus textos circulaban mayormente en los periódicos de México, Venezuela y Argentina, y por extensión en el resto de Iberoamérica. Cierto, en la calle San Martín de Puerto Príncipe se vendía a principios de los ochenta la revista La América, que él dirigiera. Pero no encuentro huellas de que el inmenso despliegue de inteligencia martiano, sincero y riguroso, sobre los Estados Unidos, ejerciera una influencia entre los intelectuales y los políticos de dentro y fuera de la isla.
Ningún cubano ha sido más norteamericano que Martí. Los valores que han sido defendidos durante siglos por los mejores hombres de los Estados Unidos, encarnan perfectamente en su personalidad. El volcánico empuje martiano se robustece en la dinámica arrolladora de ese país. Y precisamente por ser tan fuerte y tan fino como el mejor de los yanquis, denunció lo mismo que denunciaban los mejores norteamericanos de entonces: la eliminación de la república liberal por la república imperial. Menos norteamericanos que él, sus compañeros de la lucha independentista, con la excepción del general Antonio Maceo y no siempre, vivían sometidos al espectáculo de un país de libertades reales y de una enorme potencia creadora, y se atenían a las ideologías que lo proclamaban como la vanguardia de las libertades en el mundo. Ni siquiera Francia, que era la otra nación de las libertades, podía igualar a ese Norte gigante y sin trabas. En un mundo repleto de monarquías verdaderas o de papel, el hombre libre estadounidense era el modelo universal. De la fascinación que ejercía sobre los ciudadanos de pueblos sin libertad, podemos hacernos una idea oyendo el movimiento final de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, capaz de poner de pie al planeta.
Es por eso que el Consejo de Gobierno de la República en Armas, sorprendido por la intervención de los Estados Unidos, la acepta. En efecto, la intervención, que no era salvación, podía ser una solución óptima para el fin de una guerra que se había convertido en peor que brutal por la obstinación de los españoles. El general en jefe Gómez se hallaba además en una situación de penuria absoluta en Las Villas o Camagüey, con Calixto García haciéndole competencia en Oriente, y sin poder hacerse obedecer por otros generales —y la acepta igualmente—. En cuanto al falso delegado Estrada, está de plácemes. Ahora las propiedades de autonomistas y anexionistas, por no hablar de las estadounidenses, estarán a salvo. Hasta qué punto el Gobierno, Gómez y García aceptan la intervención como hecho consumado y, o, como una ayuda conveniente, me resulta imposible precisarlo. Hay que tener en cuenta que estas personas apenas tenían acceso a las noticias a través de los periódicos que les llegaban, con demora, y seguramente en español y por los medios españoles. En inglés, no sé si leían. O si tenían tiempo para leer y pensar en la manigua.
Un caso distinto es el de Estrada, que necesariamente tenía que procesar los documentos oficiales del gobierno de los Estados Unidos que vamos a comentar aquí.
Cuando estalla la guerra en Cuba, preside los Estados Unidos el demócrata Grover Cleveland. Había ganado tres veces el voto popular nacional, porque era valorado por su integridad, y era la segunda vez que ocupaba el cargo, siendo el primero en lograrlo en dos plazos no consecutivos. Era también el primer demócrata en la presidencia después del Guerra de Secesión, en la que había renunciado a pelear pagando a un sustituto. Fue también el primer presidente en enfrentar el paso del país a la república imperial. En este segundo mandato se opuso a la anexión de Hawái, en donde un grupo de empresarios norteamericanos y europeos habían destronado a la reina local y proclamado una república que reclamaba la anexión. Era el antiguo procedimiento Texas, pero en pequeño. Cleveland entendió que ese golpe de estado y sus pretensiones estaban al margen de la política de la nación, y retiró el tratado de anexión que había sido enviado al Senado por el presidente anterior republicano Harrison. Ordenó una investigación que determinó que los hawaianos estaban contra la anexión a los Estados Unidos, pero su intento de restaurar a la reina fracasó y el asunto quedó en una especie de limbo jurídico, hasta que el próximo presidente McKinley aprobó la anexión.
A Cleveland todavía se le define como un antimperialista.
Para evitar confusiones, permítanme aclarar que José Martí nunca se definió como un antimperialista. Esa palabra no aparece en su obra. Imperialismo sí, alguna vez, pero no referida a los Estados Unidos.
El hecho es que mucho antes de que Vladimir Uliánov publicara su famosa teoría del imperialismo como fase superior del capitalismo, en los Estados Unidos había surgido una Sociedad Antimperialista.
Fue creada en Boston el 15 de junio de 1898 como respuesta a la guerra de Estados Unidos contra España, que para sus miembros no tenía como objetivo liberar a Cuba sino seguir robando territorios ajenos, lo que quedó claro con la anexión de Filipinas, después de una guerra que costó más de cuatro mil estadounidenses y por lo menos un cuarto de millón de filipinos, como resultado de la hambruna y las enfermedades. Para acabar con la reconcentración de Weyler, que ya se estaba acabando, Estados Unidos superó esa barbarie en Filipinas y destruyó, no a los españoles que se rindieron rápido, sino a los patriotas que luchaban por la independencia del país.
Para los lectores que ya me clasificaron como miembro de la izquierda radical y activista woke, permítanme invitarles a que se den una vuelta por internet para probar que miento. En cuanto a la Sociedad Antimperialista, a la que Martí no le regaló el nombre, tampoco estaba integrada por miembros del partido comunista sino, por ejemplo, por el multimillonario del acero y filántropo, uno de los hombres más ricos del mundo, Andrew Carnagie, el candidato demócrata a la presidencia Bryan, y, sí, un casi radical, mi hermanito el genial escritor burlón Mark Twain.
Todos ellos fallaban que los valores libertarios y democráticos de los Estados Unidos de América eran incompatibles con la cacería descarada y sangrienta de territorios.
Porque así es.
Y por eso el mismísimo ex presidente Grover Cleveland se sumó a la Sociedad Antimperialista, para oponerse a la anexión de Filipinas. Pues si hemos liberado a Cuba, ¿por qué vamos a colonizar a esos independentistas?
Un problema que tienen los políticos es que no sólo murmuran en los aposentos y deciden con su tropa en cuidadoso silencio, sino que dejan documentos públicos de los que se sienten responsables y orgullosos.
Veamos, por ejemplo, qué encontramos en los mensajes del presidente Cleveland al Congreso de los Estados Unidos, en relación con Cuba. Subrayamos con intención de exégesis, no para criticar el estilo.
Del mensaje al Congreso de 6 de diciembre de 1895:
Cuba vuelve a estar gravemente perturbada. Una insurrección en algunos aspectos más activa que la última revuelta anterior, que continuó de 1868 a 1878, existe ahora en gran parte del interior oriental de la isla, amenazando incluso a algunas poblaciones costeras. Además de trastornar los intercambios comerciales de la isla, de los que nuestro país es la parte predominante, esta flagrante condición de hostilidades, al despertar simpatía sentimental e incitar a un apoyo aventurero entre nuestro pueblo, ha implicado un esfuerzo sincero por parte de este Gobierno para hacer cumplir la obediencia a nuestras leyes de neutralidad y evitar que el territorio de los Estados Unidos sea abusado como terreno de apoyo desde el que ayudar a quienes están armados contra la soberanía española.
(Cuba is again gravely disturbed. An insurrection in some respects more active than the last preceding revolt, which continued from 1868 to 1878, now exists in a large part of the eastern interior of the island, menacing even some populations on the coast. Besides deranging the commercial exchanges of the island, of which our country takes the predominant share, this flagrant condition of hostilities, by arousing sentimental sympathy and inciting adventurous support among our people, has entailed earnest effort on the part of this Government to enforce obedience to our neutrality laws and to prevent the territory of the United States from being abused as a vantage ground from which to aid those in arms against Spanish sovereignty).
Señor presidente, ¿en 1895 ya la guerra de independencia de las Trece Colonias se catalogaba en Washington como una revuelta? ¿y de veras había sido igual de feroz en todas las trece, o con más determinación y fuerza en Massachusetts? Para esa fecha la Invasión ha llegado a Occidente. ¿Y las tropas mambisas amenazaban New York, o fue Washington quien falló una y otra vez en tomar esa ciudad vital de la costa? ¿Una guerra de independencia con los mismos fines de la estadounidense es ahora una flagrante condición de hostilidades? Y desde luego, el político confiesa que la identidad de estas dos guerras despierta simpatías en el pueblo de su país. Pero un presidente no puede dejarse arrebatar por sentimientos, aun cuando sean muy populares… Así que declara que actuará contra la voluntad del pueblo para perseguir las actividades del Partido Revolucionario Cubano. Incluso protesta por el apoyo que los ciudadanos norteamericanos están dando a los patriotas: el desprecio por parte de nuestros ciudadanos de las obligaciones derivadas de su lealtad a su país, que debería impedirles violar como individuos la neutralidad que la nación de la que son miembros está obligada a respetar en sus relaciones con estados soberanos amigos (a disregard on the part of our citizens of the obligations growing out of their allegiance to their country, which should restrain them from violating as individuals the neutrality which the nation of which they are members is bound to observe in its relations to friendly sovereign states). Esos ciudadanos, incluyendo notablemente a Horatio Rubens, abogado del PRC, despreciaban el desprecio del señor presidente por sus propias tradiciones libertarias, hasta el punto de adoptar el lenguaje colonial en contra de la realidad heroica y dolorosa de los libertarios cubanos. Ninguna neutralidad: parcialidad a favor de la potencia colonial, incluso al nivel de la propaganda más burda.
Cleveland es el máximo responsable del fracaso del Plan de Fernandina.
No vale la pena continuar el comentario de este mensaje, que establece el interés del gobierno por continuar tranquilamente con los negocios en la colonia: que se restablezca el orden y la tranquilidad en la distraída isla (order and quiet restored to the distracted island).
El orden colonial, no el republicano.
Distracted, mister president? ¿Distraída o entretenida o desviada de los negocios? ¿O una isla más bien tonta?
Según los patriotas cubanos y yanquis era la Isla Rebelde.
En el mensaje siguiente al Congreso, del 7 de diciembre de 1896, ya sabemos que Cleveland habla de la República en Armas como un gobierno de papel. El número de palabras dedicadas a Cuba se incrementa notablemente, y el tono se hace menos neutral. Porque la revuelta ha prosperado mucho: hay muchas razones para creer que los insurgentes han ganado en cuanto a tropas y prestigio y recursos y siguen inflexibles en su determinación de no cesar la lucha sin asegurar prácticamente los grandes objetivos para los que tomaron las armas (there is much reason to believe that the insurgents have gained in point of numbers and character and resources and are none the less inflexible in their resolve not to succumb without practically securing the great objects for which they took up arms). Cleveland describe la situación con objetividad: Si España todavía conserva La Habana y los puertos y todas las ciudades importantes, los insurgentes controlan al menos dos terceras partes del interior del país (If Spain still holds Havana and the seaports and all the considerable towns, the insurgents still roam at will over at least two-thirds of the inland country). Cleveland se coloca siempre como árbitro de este conflicto: los excesos de ambos lados se hacen más frecuentes y más deplorables (excesses on both sides become more frequent and more deplorable). Siendo el presidente un muchacho razonable que se ausentó de la Guerra de Secesión, le perdono este desconocimiento de lo que ocurre en las guerras ajenas, o propias; mejor lo dejamos para McKinley. Lo que le preocupa es la destrucción de las propiedades, y tiene eso sí el equilibrio de reconocer que los españoles las destruyen por la misma razón que los insurgentes: se actúa sobre la misma teoría que los insurgentes, a saber, que las exigencias de la lucha exigen la aniquilación de la propiedad que puede resultar de uso y ventaja al enemigo (acting upon the same theory as the insurgents, namely, that the exigencies of the contest require the wholesale annihilation of property that it may not prove of use and advantage to the enemy). Y es ahí el punto donde la neutralidad empieza a alterarse.
Los españoles están destruyendo por debilidad o por acción los negocios yanquis:
Se estima razonablemente que, al menos, de 30 millones a 50 millones de capital estadounidense se invirtió en las plantaciones y en ferrocarril, la minería y otras empresas comerciales en la isla. El volumen del comercio entre Estados Unidos y Cuba, que en 1889 ascendió a unos 64 millones dólares, se elevó en 1893 a cerca de 103 millones, y en 1894, el año antes de que la actual insurrección estallara, ascendió a casi 96 millones.
(It is reasonably estimated that at least from $30,000,000 to $50,000,000 of American capital are invested in plantations and in railroad, mining, and other business enterprises on the island. The volume of trade between the United States and Cuba, which in 1889 amounted to about $64,000,000, rose in 1893 to about $103,000,000, and in 1894, the year before the present insurrection broke out, amounted to nearly $96,000,000).
Como el interés es pecuniario, y ese el término que usa el presidente, el entusiasmo espiritual del pueblo yanqui por los cubanos es desechado, se explica que el reconocimiento de la beligerancia dañaría al Estado, y que el Estado ofrece respetuosamente a España la compra de la isla, o por lo menos le pide que instale una autonomía que salve su pecunio. Cleveland se abstiene de promover una guerra con España, pero no deja de considerarla en su sincera diplomacia: Se ha urgido finalmente que, si todos los otros métodos fallan, las luchas intestinas que existe en Cuba debe ser resuelto por nuestra intervención, aun a costa de una guerra entre Estados Unidos y España —una guerra cuyos abogados confiesan en privado que no sería grande ni dudosa en sus resultados—. (It is urged finally that, all other methods failing, the existing internecine strife in Cuba should be terminated by our intervention, even at the cost of a war between the United States and Spain —a war which its advocates confidently prophesy could neither be large in its proportions nor doubtful in its issue). La amenaza es soberbia, insultante y grosera: los Estados Unidos no es una nación para la que la paz sea una necesidad (the United States is not a nation to which peace is a necessity). Puede hacer la guerra para conquistar algo más que cien millones de dólares.
Y es lo que hará el republicano McKinley.
Más adentro de la discusión de los partidos, era una cuestión pecuniaria, y por lo tanto, una necesidad.
El hecho de que el demócrata Cleveland fuera considerado antimperialista por oponerse a la anexión de Filipinas, que era verdaderamente una locura criminal e inútil, para nada borra esta frase. Ni el desprecio por los independentistas cubanos, que son para él sólo unos indeseables destructores de bienes del Norte.
Lo que le pasó a Hawái con Cleveland era el resultado de que ese político estaba entonces distracted de la realidad imperial que se le venía encima con poder incontrastable, y desviando por tanto a la nación de sus orígenes libertarios y democráticos.
Nos queda pues el estudio de los textos de McKinley, que anexionó a Hawái y creó el Imperio estadounidense en el Pacífico y el Caribe.
En cuanto a la Sociedad Antimperialista de Boston, Massachusetts, murió en 1920, cuando el Imperio triunfaba ya incluso en Europa.
