Tomas Estrada Palma. Imagen restaurada con ChatGpt.

—Niño, eso es en Estradapalma.

Ahora me quedo pensando en La Strada, filme genial de Fellini. Me han dicho que en italiano estrada significa camino, vía o calle —y también en español—. De manera que la traducción de este misterio de la infancia sería la calle de la Palma. Pero no, Palma es la calle del fondo de mi casa. La rúa que corta a mi calle Rosario era esa otrora famosa estrada de tiendas y cines. El nombre oficial de Rosario es Enrique Villuendas. Pero el camagüeyano es tradicionalista y le sigue diciendo Rosario, a pesar de los alcaldes republicanos y Google. No gustan aquí los cambios de nombre. Al lado de la iglesia de Nuestra Señora de La Merced hay una minúscula área no construida donde, estando yo en séptimo grado en 1968, había un busto de don Tomás Estrada Palma, nuestro primer presidente. Se le ponía siempre el don delante, en el lenguaje popular. Años después el busto desapareció y la estrada, quiero decir la calle, pasó a ser llamada Ignacio Agramonte, puesto que en el extremo, frente a La Merced, está la casa natal de El Mayor. Asombrosamente, ese cambio ha prendido en el pueblo y los más jóvenes ni siquiera saben que al viejo don le fuese conferida tanta palma alguna vez.

En casa me decían que era el único presidente que no había robado. En efecto, Tomás Estrada Palma murió en la pobreza, y repudiado por muchos. Porque no robar no es lo mismo que ser honrado. Reelegirse a la fuerza, hacer fraude en las elecciones para mantenerse en el poder, entregar la recién nacida república a un gobierno extranjero, es ser peor que deshonesto, aunque sea usted un pobre de solemnidad y jamás robara un quilo. Estrada es el primer presidente de la República de Cuba, y es también el primer fraudulento, el primer entreguista a los yanquis y el primer autócrata civil.

A todos los personalistas le ruego que piensen en el triste destino de este individuo.

Había sido un mambí de los de Bayamo, había presidido un tiempo la primera República en Armas, había sustituido a su amigo Martí en la dirección del exilio, lo habían electo legalmente aunque no por sufragio universal y directo, había gobernado sin corrupción personal, el país había mantenido durante cuatro años nuestro primer sistema representativo aunque fuera con un funcionamiento deficiente, inevitable en un país de analfabetos; y pudo haber entregado el poder a sus adversarios con la misma fama de hombre bueno que. probablemente con justicia, se le atribuía. Buena parte de sus adversarios no eran, a mi juicio, mejores que él en ningún plano; otros eran jóvenes un tanto delirantes, pero demócratas de verdad. ¿Cómo es que este hombre arruina su prestigio, destruye la primera democracia mediante el fraude y la violencia, y de hecho pone en peligro la existencia misma de la República, obligando al presidente de los Estados Unidos a una intervención que estaba lejos de las intenciones del Norte?

La persona es un misterio. Sólo Dios conoce al hombre. La historia se hace con personas, y las más fuertes creen hacer la historia a su antojo. Esas personas pueden hacer avanzar la historia o perjudicarla en medida monstruosa. Hitler lanzó a su país y al mundo a una hecatombe inútil, en la que pereció miserablemente. Ha habido socialismo en Cuba gracias a la existencia de la Unión Soviética, y nunca hubiese existido ese país ni ningún socialismo si el emperador Guillermo II, de quien uno de sus generales decía que era un cobarde de pies a cabeza, no hubiese arrastrado a su aliada Austria a una guerra mundial. Ninguna comunidad humana logra prescindir de la necesidad de orientación, organización y dirección, que se efectúa a través de la personalidad de los individuos que ambicionan o se atreven a desempeñar esa función ardua y riesgosísima, que tantas veces concluye en el crimen y el ridículo.

Durante la Guerra de los Diez Años, el maestro Estrada, hijo de españoles con dinero, sirvió como político, no como líder militar. Fue general en jefe durante unos meses siendo presidente de la República en Armas, pero nunca fue un guerrero. Era presidente cuando fue capturado por los españoles, que lo encarcelaron, lo deportaron y lo dejaron libre después del Zanjón. No fue pues la suya una gestión significativa —aunque el desdén de los historiadores cubanos por el gobierno civil tal vez eluda algo de peso—. En su Diario, Gómez se refiere al fin de la administración Estrada como un problema insignificante: lo sustituyó el vice y nada más. Parece como que se alegra, porque Estrada tenía oposición.

En la Tregua Fecunda, Estrada se estableció en los Estados Unidos, se hizo ciudadano de ese país, y creó en el estado de Nueva York, en Central Valley, a ochenta kilómetros de la ciudad, una escuela para niños y niñas de los exiliados latinos, especialmente hondureños y cubanos. El político fue pues un maestro exitoso. Y desde luego se mantuvo vivo en política. Haber presidido la República en Armas le daba un respaldo a nivel de símbolo en Estados Unidos, pues de los cinco presidentes que sobrevivieron, sólo Salvador Cisneros, que seguía en Cuba, se mantuvo también. Para Martí, era el presidente inmaculado de nuestra república que en su momento había defendido la fe de Guáimaro. A principios de los años ochenta Martí y Estrada se hicieron amigos. Eran dos maestros naturales y dos patriotas cubanos probados. Martí celebraría el colegio de Central Valley como una cátedra para formar latinos y yanquis responsables de sus personas y sus países. Cuando Estrada se incorpora al PRC, Martí está justamente jubiloso y le escribe a Gonzalo de Quesada: ¡Hubiera oído a Estrada Palma, cuando nos dio, y se dio con nosotros, por los continuadores legítimos de Guáimaro! Para él ese hombre creativo y firme que es Estrada resulta el vínculo vivo con lo mejor del esfuerzo mambí anterior, para continuar la revolución democrática con el espíritu de los constituyentes de Guáimaro.

Algunos creen que Martí designó o sugirió a Estrada como su sucesor en la dirección del PRC. No existe texto alguno que respalde ese criterio. Martí no era un monarca que designa un príncipe de la corona. Era un demócrata de verdad, de la verdad de su país. Su poder, que era el poder del sacrificio, venía del voto. Los Estatutos del Partido establecían que si faltaba el Delegado, los clubes debían elegir el sustituto. Y eso fue lo que se hizo, y Estrada fue electo casi por unanimidad. Su cercanía con Martí le avalaba mucho. Pero el hecho es que se trataba de una persona de inmenso respeto y mérito, con probada capacidad de dirección, un buen manejo del inglés y muchas relaciones con el mundo norteamericano. Enrique José Varona y Manuel Sanguily, ambos muy superiores en el plano intelectual, le hicieron la competencia. Pero Estrada gozaba de un prestigio popular inconmovible.

Siempre atenido al criterio democrático, Martí no dejó establecido si consideraba que el PRC continuaría existiendo una vez que se constituyeran la Asamblea de Representantes y la República en Armas. Podía desaparecer y quedar sólo la Secretaría en el Exterior de la República. Con un Departamento de Expediciones, adjunto o separado. O el Partido continuaba la labor política en el exilio y la extendía por el territorio libre de Cuba. La Asamblea de Jimaguayú no determinó ni solicitó la disolución del Partido, lo que demuestra cuánto se le apreciaba, ni la división de funciones, y esto último resultó un grave error. La República tenía en Cuba un secretario de Exteriores, que podía hacer muy poco desde acá. Esta es una de las razones por las que el nuevo delegado del Partido se convierte en el hacedor real de la política internacional de la República, al mismo tiempo que dirige la opinión de las emigraciones, y organiza las expediciones. Demasiado. Finalmente le pasa la gestión de las expediciones a una persona realmente competente y muy compatible con él, el joven coronel Emilio Núñez. Para los que luchaban en Cuba lo más importante eran las expediciones. Ese era también un criterio erróneo, y la falta de atención o prioridad o entendimiento de la importancia de la política del Partido, dentro y fuera, y de su representación y gestión internacionales, fueron fatales para la República.

Muerto Martí, Estrada se posiciona como su sucesor. Incluso antes de la elección, ya actúa como si fuera el delegado. Hemos visto que Gómez le escribía desde que logró desembarcar. Es probable que ya por entonces Estrada se escribiera también con Maceo. Hasta donde conozco, nos falta esa correspondencia, y tal vez las cartas se perdieran en el torbellino de la guerra. Pero sí tenemos las respuestas de estos dos líderes y también de Calixto García. Es otro asunto por explorar.

Una vez electo como delegado del PRC, Estrada procede a desmantelar minuciosamente la democracia martiana para convertir el Partido en una oficina personal.

Hay un detalle más que simbólico: el periódico Patria se convierte en órgano oficial del PRC. Cuando Martí creó Patria, el entusiasmo de sus lectores en Tampa les llevó a solicitar que se le diera ese rango. Martí contestó con el admirable artículo Patria, no órgano. Martí sabía que había muchos tipos de opinión en las emigraciones, que los cubanos eran celosos de ellas, y que imponer un criterio, aunque fuera justo, sería disgregador. El Partido poseía una derecha y una izquierda en cuyo centro se encontraba el delegado electo por todos. Martí quería una Patria con todos, no un periódico oficial de un país sin coherencia. Estrada, sin permiso o solicitud de los clubes, convierte su opinión, incluso su información o desinformación, en oficial. Desde luego, no puede evitar que surja La doctrina de Martí, la publicación de Rafael Serra, porque todos están dentro de la libertad de prensa norteamericana. Pero ahora es Patria quien guía la opinión oficialmente, a pesar de que el único cargo oficial de Estrada es el de Ministro de la República en el Exterior. Las publicaciones oficiales de la República en Armas podían ser publicadas en Patria con ese tenor, sin necesidad de esa oficialidad del periódico. Estrada simplemente quiere modelar una opinión rectora y única. Y lo logra.

Es verdad que el Partido estaba ahora en medio de la guerra y con funciones más complicadas. Los cambios eran seguramente necesarios. Para hacerlos estaban los clubes y sus líderes, y los Estatutos discutidos y aprobados por todos. Martí sólo se reservaba los asuntos relativos a la conspiración. Informaba a los Consejos de Clubes periódicamente y de hecho los educaba en el respeto riguroso de la transparencia y las formas de la democracia. Era un delegado de su pueblo, ni siquiera un presidente. Sus informes son admirables y también los documentos internos de los clubes, que están publicados. Esa democracia concreta es la que sostuvo todo el tiempo al Partido, y a la que le debemos el alzamiento y los auxilios a los insurgentes, y a unos cuantos combatientes heroicos, incluso mártires como el general Serafín Sánchez. Los cubanos fueron unidos por la democracia martiana y la unión fue tan firme como para respetar a Estrada, a pesar de que muchos se daban cuenta de que la política de Martí estaba siendo subvertida.

No hace falta entrar en los avatares de este auténtico golpe de estado político. En el libro de Ibrahim Hidalgo que hemos citado, Cuba 1895-1898. Contradicciones y disoluciones, puede encontrarse un resumen más amplio. Voy a señalar sólo los puntos nodales de esta traición.

La guerra era para Martí y los suyos la continuación de la democracia de Guáimaro. Formalmente, nadie discutía esa orientación, excepto Maceo y Gómez. Lo demuestra las dos convocatorias a la Asamblea de Representantes, la redacción y el cumplimiento celoso de las dos Constituciones —la segunda, más detallada y democrática que la primera—, y el funcionamiento con autoridad del Consejo de Gobierno. Por esa casi unanimidad de civiles y militares no hubo una atención suficiente, si es que la hubo, a la política del Partido. El Gobierno al menos debió insistir en aquello que Martí le reclama a Estrada en la carta que hemos comentado: que mueva la opinión pública a favor de la democracia. El Partido tenía que ser algo más que un gestor de expediciones, y de hecho lo fue, pues incluso Patria hacía política, y La doctrina de Martí insistía en sus verdades. Pero desde el momento en que Estrada es electo, la Delegación desdeña la política colectiva y de hecho la anula, sin contar con nadie. Usa su autoridad real, formal o simbólica para destruir la democracia. El reclamo de la necesaria unidad de acción del Partido se convierte en la indeseable unidad en torno a su persona.

Estrada elimina el orden democrático del Partido y de las emigraciones en forma inconsulta. Viola los Estatutos, sin la menor discusión pública, creando subdelegados. Él los nombra y a él responden. Sí, urgía la organización clandestina y peligrosa de muchas expediciones desde distintos puntos de los Estados Unidos. Esto parece razonable, excepto porque resulta un mal organizador de esas expediciones, que sólo funcionan de veras cuando las dirige Emilio Núñez. Los Cuerpos de Consejo de los clubes, la autoridad local del Partido, quedan subordinados a esos agentes personales de Estrada. Los clubes protestan en vano. Sus jefes han sido elegidos, esos agentes no. Estrada los impone. La política del Partido va pasando de la autoridad de los clubes, perfectamente independientes, a la autoridad del delegado, que no se apoya en los clubes sino en sus seguidores. El hecho es que el Partido sigue, como puede, luchando por la democracia, y respetando a Estrada. Obsérvese que en este partido civil hay discrepancias graves, pero no enfrentamientos por el poder ni ruptura de la unidad de acción.

Con la consigna y la realidad de la unidad, Estrada suprime la elección del delegado. Es verdad que consulta a los Cuerpos de Consejo, que acatan esta decisión en su mayoría. Pero es un hecho: Martí se presentaba, junto al tesorero, a elección anual. Don Tomás se convierte en delegado perpetuo, con lo cual los Cuerpos de Consejo, que según los Estatutos martianos tenían derecho a deponer al delegado, quedan como adornos, desprovistos de verdadero poder.

Estrada se declara autócrata.

Hijo de españoles con dinero, self made man en Central Valley, ciudadano exitoso de los Estados Unidos, Estrada se separa de la democracia martiana de los hombres y mujeres de la clase media y de los trabajadores que constituían la base del Partido, y se acerca a los empresarios españoles y cubanos autonomistas y anexionistas, que quieren salvar sus propiedades. Estrada se felicita del ingreso al Partido, o por lo menos a sus políticas, de esos nuevos y prestigiosos militantes. Esta apertura, en sí, para nada puede clasificarse como errónea, era inevitable y en efecto resultaba un éxito de los independentistas. Lo censurable es que las políticas de Estrada empiezan a estar subordinadas a esas personas, no al propósito independentista y democrático. Martí los hubiera recibido prometiéndoles un futuro brillante para sus propiedades en la República, si aceptaban ahora un sacrificio menor del que hacían por ellos los héroes y mártires independentistas. Pero Estrada lucha para que las propiedades de estos individuos escapen a la tea incendiaria, que era la estrategia ganadora mambisa. En noviembre de 1896 algunos ex autonomistas y anexionistas notables crean una Sociedad de Estudios Jurídicos y Económicos, que eligió como presidente a Enrique José Varona, y que se proponía guiar a la Cuba futura. Lo que pasa es que iba más allá en lo inmediato y se erigía en un segundo partido.

La oposición del PRC obligó a esta Sociedad a determinar si se subordinaba o no al PRC. Y se disolvió antes que subordinarse. Eran otro bando. Varona había sido independentista, anti independentista, pro español, autonomista; y en el futuro sería antimperialista con Julio Antonio Mella. Filósofo positivista y amigo del padre Olallo, ateo y presidente del Partido Conservador, nunca he sabido qué pensar de este paisano. Habiendo sido enemigo de Martí, fue coherente al negarse a esa subordinación, que en este momento era a Estrada, no a Martí. Estrada no admitía oposición, era el delegado inamovible, y la Sociedad se disolvió tranquilamente, pues en verdad la acción de Estrada era perfectamente compatible con las aspiraciones de estos sabios. El mando, eso sí, era de él y de nadie más.

es el delegado del partido pero no se somete a la autoridad del partido. es el ministro plenipotenciario en el exterior del Consejo de Gobierno de la República en Armas, pero tampoco se somete a su autoridad.

El Consejo de Gobierno, vilipendiado por los historiadores partidarios de la autocracia y la regla militar, no sólo era considerado como basura por el gobierno de los Estados Unidos y los generales Gómez y Maceo, sino por este civil, Estrada, que se había robado el partido creado por Martí, para realizar una política absolutamente opuesta.

¿A Estrada no le gustaba Cisneros, otro civil? ¿Viejas rencillas de la guerra anterior? El hecho es que antes de que se conformara el gobierno de Cisneros, ya Estrada se escribía al menos con Gómez. Durante toda la guerra establecerá correspondencia con Maceo y Calixto. Y qué casualidad, Cisneros, ya presidente, se queja de que Estrada no le responde.

Dicho con la brevedad urgente aquí, y para ahorrarme la náusea de los detalles: Estrada sabotea el poder del Consejo de Gobierno, y se comunica directamente con los militares. A los que tampoco obedece. Se desmarca de los puertorriqueños, que fallan en organizar un levantamiento y que poseen también un bando anexionista, explícito. Frena la política de la tea incendiaria. Negocia con empresarios yanquis comprometiendo las finanzas de la futura república. Actúa al margen del Gobierno, o contra él. Abusa de la confianza de sus compatriotas de una forma brutal, hasta el punto de que el Consejo le retira sus poderes. Entonces negocia y se le devuelven los poderes. Y sigue haciendo lo mismo. Puede hacer eso porque el Consejo y los militares dependen de las expediciones que supuestamente él garantiza, desde un puesto del que nadie lo puede sacar formalmente. Nadie está dispuesto a romper la unidad. Tampoco hay con quién reemplazar a este individuo. El único candidato sería el coronel Manuel Sanguily, pero había estado dentro del mundo autonomista; y su hermano el general Julio, alardoso y corrupto, había sido la vergüenza del Partido.

Estrada se siente único y poderoso y actúa como tal.

Y además está en los Estados Unidos.

El jefe del partido independentista era en realidad un anexionista subrepticio. Como quiera que sea, había sabido convertirse en un ciudadano estadounidense exitoso. El éxito que se le había negado en su país de origen lo había logrado en ese magnífico país de libertades, trabajo y progreso. Lo intolerable es el fingimiento y la traición. Cuando ya su país de adopción, los Estados Unidos, ha conquistado militarmente la isla, Estrada declara el 17 de agosto de 1898 en su periódico Patria: lo primero que debe hacer el pueblo cubano es constituir un gobierno estable e independiente, después de lo cual si desea formar parte de los Estados Unidos podrá realizarlo por la espontánea y formal expresión de su voluntad. En esa fecha todavía existe, y con todo rigor formal, el Consejo de Gobierno de la República en Armas, del que Estrada es un funcionario. O con más precisión: un traidor. Ese gobierno al que se debe resulta que, en sus palabras, no es independiente, ni estable. ¿Qué entendía este señor con esos términos? El gobierno de Estrada de 1902 a 1906 será un modelo de dependencia a los Estados Unidos y un caos político que acaba en sedición por las armas —y en un llamado a una segunda intervención—. En 1898 el presidente Masó daba un ejemplo de responsabilidad y estabilidad jurídica al convocar, según la Constitución de La Yaya, a la Asamblea de Representantes, que se reúne el 24 de octubre. Esta declaración de Estrada es la confesión de su desprecio por el gobierno independentista y de sus sueños anexionistas. No nos extrañemos pues que en diciembre de ese año, el delegado liquida el PRC, pues según dice ya ha cumplido su función, que era la independencia. ¿Qué independencia, señor don? El país está ocupado por una potencia extranjera que no reconoce al único gobierno real del país, con capacidad para gobernar el país. Ni siquiera se sabe si habrá independencia o anexión. Lo que ocurre es simple: este individuo ha luchado para independizar a Cuba de España y luego buscar la anexión a los Estados Unidos. Solamente él y un grupo insignificante de cubanos posee esos deseos. Y todo eso lo hace, como se decía entonces, de por sí y ante sí.

Estrada es nuestro primer autócrata civil. No es un demócrata y no tiene el menor respeto por sus conciudadanos. Tan personal y privada era la deriva anexionadora de este líder, que cuando se eligió, con el país ocupado y bajo amenaza de anexión, la Asamblea Constituyente de 1901, ningún anexionista la integraba, y la enmienda Platt fue impuesta por pocos votos, después de duros debates.

De esa manera antidemocrática se comportará Estrada cuando los yanquis le den la presidencia del protectorado, gracias al general Gómez.

Su última función como supuesto independentista es preparar, con Gómez, la liquidación del Poder Cubano para hacer inevitable el protectorado.

En nuestra guerra de independencia no hubo pues un conflicto entre civiles y militares, sino entre la democracia popular, defendida por Martí y apoyada por militares y civiles, y la autocracia instalada a la fuerza por los yanquis con dos traidores: un general sin dictadura posible y un deshonesto autócrata civil.

En la revuelta provocada por las ambiciones de Estrada murió, sin violencia de su parte, aunque era un opositor, el coronel mambí Enrique Villuendas, el más joven de los constituyentes de 1901, representante a la Cámara, respetado por tantos. Esa pérdida estremeció al país.

Desde luego, en este momento de 2026 en que diríase que a muy pocos interesa de veras la posibilidad de una Cuba independiente y democrática, me gritarán que, en efecto, esa liquidación era, y es, realpolitik, que Cuba no puede ser otra cosa que un protectorado yanqui —para que revivamos el despelote del don Tomás, de Gerardo el perínclito, y del resplandeciente Fulgencio—. O del Fiel al Castro. Otra vez ruso, o chino, o transnacional; pero siempre el castro, el campamento.

Nunca la democracia de Guáimaro.

Como camagüeyano yo prefiero coincidir con mi propia gente, y seguir llamando a esa calle que corta a Enrique Villuendas, la de la esquina de mi casa, con el nombre de Ignacio Agramonte, única estrada por la que Dios me autoriza a transitar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *