
Lo cierto es que el Socialismo cambió el espacio de la mujer: a la igualdad, pero en la miseria; a la ignorancia erigida con la censura de ideas distintas a la oficial; del supuesto martirio del servicio hogareño, al coaccionado en la fábrica estatal, bajo el ojo sindical. Una degradación moral se dio cuando madres y padres debieron robar de sus centros laborales bienes básicos para subsistir. Dos lógicas operaban allí: “si el Estado hace como que me paga, yo hago como que trabajo”, y “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Ambas, forzadas conscientemente o no por el sistema socialista, se alejaban de patrones cristianos.
En cuanto a la prostitución en Cuba antes de 1959, la Revolución no acabó con ella, sólo la ocultó bajo el manto de “favores” a funcionarios, con los que se accedía a bienes de lujo como una pastilla de jabón, comida o un auto soviético; el mal retoñó en el boom turístico del fin del Campo Socialista.
Desde el período 1970-1979 la población ocupada superó por mucho el de la población general. Coincidió con el declive de la fecundidad a partir de 1965 y el aumento de mujeres en la actividad económica fuera del hogar. En 1976 más de 600 mil se incorporaron a la producción y los servicios, figurando como un 25.3 % de la fuerza laboral nacional[1].
En 1983 las que participaban “activamente en la construcción del Socialismo” eran el 35,2%. Aun así, intelectuales socialistas lamentaban, la persistencia de “dificultades tanto de orden objetivo como subjetivo que impiden su plena incorporación”[2]. Nótese que las principales profesiones femeninas sobre esas fechas seguían orientadas hacia lo relacional, no lo objetual, mayoritario entre hombres: medicina, educación, cultura y arte, control y planificación, seguridad social, turismo y comercio[3]. Las amas de casa también habían cambiado. Ya no eran “las mujeres que tradicionalmente vivían para resolver únicamente los problemas individuales o de la familia: hoy contribuyen también con su trabajo, su iniciativa y entusiasmo o la obra de la Revolución”[4].
Sin embargo, para los expertos socialistas, no era suficiente, y en cambio recomendaban que debía investigarse “la magnitud cuantitativa de aquellas que constituyen ‘amas de casa tradicionales’ y las razones para su no incorporación”[5]. Había que lanzar una batalla en el terreno de la conciencia, porque allí subsistían “concepciones atrasadas que arrastramos del pasado”[6].
¿Aceptaría la intelectualidad marxista que una mujer prefiriera dedicar tiempo a su esposo e hijos, que a otros obreros o al jefe sindical? No. La moral revolucionaria desdeñaba tal decisión. El Estado señalaba a “la joven ociosa” que “desaprovecha las posibilidades que se le brindan para no quedar rezagada”. ¿Aquellas en un rol hogareño tradicional, cristianas incluidas? Para liberarlas, impondría “un profundo trabajo ideológico” y cuotas de género. Pero esa política, centrada en cargos directivos, fracasó. Una encuesta de 1974 preguntó a mujeres si, de haber sido electas directivas, habrían estado dispuestas a asumir. Sólo un 45,7 % dijo sí[7].
El castrismo consideraba las labores domésticas una “injusta sobrecarga de trabajo para la mujer” y, en consecuencia, injustas para las trabajadoras. Lo privado se hacía político. Las labores domésticas, una vez terminada la jornada laboral, constituían un freno “para la participación [femenina] e implica para ella un desgaste mucho mayor de energía”[8]. El mayoral-Estado no admitía gasto de energía fuera del cañaveral y, preocupado, inventariaba:
Si sumamos la cantidad de tiempo que emplea para trasladarse del hogar al centro de trabajo, llevar los niños al círculo o escuela, realizar compras de productos alimenticios e industriales, lavar, planchar, cocinar, limpiar, cuidar los niños, atender enfermos o ancianos en la familia, se ve claramente que tendrá que hacer grandes esfuerzos para estudiar y dispondrá de muy poco o ningún tiempo para participar en actividades culturales o recreativas y descansar. Agréguese a esto, en muchas ocasiones, el tiempo que requiere el cumplimiento de actividades en organizaciones políticas y de masas[9].
La “sobrecarga”, por supuesto, sólo se daba en el modelo revolucionario: la empleada estatal que, a su vez, velaba por el hogar. En el tradicional, más allá del cansancio físico-mental de cualquier labor y responsabilidad, el foco de trabajo era el segundo espacio, la administración financiera, el orden interior en la vivienda y el cuidado de los niños, fundamentalmente.
Para las mujeres consagradas al rol hogareño a tiempo completo, el camino fue difícil. Además de la presión cultural, de organizaciones estatales o el “trabajo ideológico”, estaban incapacitadas para comprar electrodomésticos que aligeraran su carga; pues sólo se vendían u otorgaban a mujeres destacadas en centros del Estado, que los importaba del bloque Socialista este-europeo.
Como las estructuras político-económica, la Revolución reventaba las estructuras íntimas (del estilo de vida doméstico a las relaciones interpersonales) con un sistema de castigos e incentivos. Pedía una nueva división de tareas hogareñas, negando roles clásicos del padre, proveedor, protector, y la madre, cuidadora y mentora. “No puede existir una moral para la mujer y otra para el hombre; es contrario a la ideología marxistaleninista, a los principios de esta Revolución”[10]. Igualar, igualar, igualar. Presionando lo social, pensaban cambiar lo psicológico y lo biológico.
Los “rezagos en el plano de las relaciones sexuales” eran calificados como “de origen pequeño burgués”[11]; “fenómenos del pasado que el presente socialista debería excluir”, y pedía un hombre y mujer “libres, responsables por igual al determinar sus relaciones en el campo de la vida sexual”[12]. (Otro contraste moral con el cristianismo, que ajusta el goce sexual en el Matrimonio).
Los concursos de belleza fueron vetados; productoras musicales, espectáculos escénicos, editoras, medios, debían promover una imagen femenil distinta a la “del pasado capitalista, objeto sexual, decorativo, pasivo, limitada a las labores del hogar, cuya máxima aspiración era el matrimonio”[13].
El cristianismo loa a virtuosas mujeres; de jueces como Débora a seguidoras de Jesús como Marta; y, en su rol materno, las eleva a maestras de generaciones, madres de civilizaciones. El sexo que niega la teleología, aquel fuera del pacto marital, ciñe a la mujer a un animal, genital y mundano orden.
El cristianismo no insta a la pasividad. Manda a la mujer a ser hacendosa, recoger espigas, acompañar a la viuda, ser corona de su marido. Para la nueva moral socialista, de otro lado, el Matrimonio y su fruto, el crecimiento de la familia mediante los hijos, queda en segundo plano.
En los años 1980, intelectuales argüían que los marxistas podían entender y asimilar aspectos del concepto “patriarcado”, porque actuaban “como mecanismos del sistema capitalista y se oponen a las modificaciones que exige la construcción de la sociedad socialista”. Pero, las feministas pedían ir más allá de “la transformación económica” (que arruinaba a Cuba), porque “no garantiza —ni puede hacerlo— la automática modificación ideológica”. Se unían las voluntades totalitaria y feminista en lo cultural: “la lucha debe ser común, simultánea, las mujeres tienen que luchar por la creación de una sociedad nueva y tienen que hacerlo también por su propia liberación”[14].
Hacia los años 1970 el Feminismo exhibía dos vertientes revolucionarias muy difundidas.
La Radical, de Shulamith Firestone, creía lograr la liberación real volando la familia nuclear (cuya opresión patriarcal nacía de una causa biológica: la función reproductiva), y confiscando “el control de la reproducción” y toda entidad dirigida al alumbramiento y educación de los hijos[15]. La Socialista, de Zillah Eisenstein, se alejaba del biologicismo y volvía al patriarcado, pero desde la división sexual jerárquica del trabajo —que, creía, permeaba toda relación social.
Esta vertiente parece ser la base de los primeros textos sobre Matrimonio y Familia, del castrismo. Elena Díaz, figura importante de los estudios de género en Cuba, propuso en la década de 1980 desarrollar una teoría que superara a Firestone e Eisenstein, integrándolas[16]. ¿Llegó a aplicarse?
En definitiva, todo el esfuerzo de ingeniería social, ¿cómo afectó a corto y largo plazo a la Familia? En la composición familiar posterior a 1959, aumentó la tasa de nietos viviendo con el jefe censal (4,3% en 1953 y 5,1% en 1970). Escaseaban los prometidos círculos infantiles, viviendas —tras dejar un sistema de libre mercado a uno centralista y la ola femenil al aparato productivo estatal[17].
Un informe de 1971 evaluó la evolución de los roles familiares a través de seis núcleos citadinos, mediante variables como extensión, nivel cultural, ingreso de la mujer al trabajo e integración revolucionaria. Concluyó que en las familias había una “revisión de las viejas normas” morales, mayor independencia de los hijos, y que la figura materna pasó a ser la autoridad en la familia[18], acaso propiciado por altos índices de divorcialidad y un repunte de madres solteras.
En 1970 la población soltera (31,7%) superó a la casada (19,2%)[19]. Cuba ha padecido por décadas algunas de las mayores tasas de divorcios mundiales[20].
En 1984, los científicos sociales del régimen lamentaban que, “si bien la transformación de la base económica y por ende las relaciones sociales” había sido amplia y profunda, subsistían en “determinados grupos familiares, factores materiales, normas y valores”, que influían “negativamente en la concepción científica del mundo de los jóvenes constituyendo formas de desviaciones ideológicas y conductuales”, que no se correspondían “con la nueva ideología”[21]. La nota no es menor: a 25 años de sistema, había resistencia cultural. Los cristianos, seguro, al frente.
La moral socialista detonaba en un ambiente cultural revolucionario, que llamaba “progreso” a la irrupción, la inestabilidad, la rebeldía, no la firmeza, el conservar lo bueno, respetar la tradición. ¿Por qué salvar un Matrimonio, si es simple disolverlo y el divorcio está socialmente extendido y aceptado? ¿Para qué cuidar al hijo en el vientre, si el Estado subvenciona su desmembramiento?
Sacando a Dios de la ecuación, se nublan los valores trascendentes. Bajo el totalitarismo no hay Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que respetar, sino un Estado finito; no se escucha al Eterno, sino a hombres que estercolan la tierra y a ella regresan.
La guía bíblica para la Familia y el Matrimonio es antitética, en sus bases teóricas y resultados prácticos, a la propuesta por la filosofía socialista o la secular. Quizá porque la cristiana reconoce en su justa medida la naturaleza humana e incorpora una figuración sacramental que las exalta.
Si a inicios de la Revolución el Feminismo Socialista vendía “amor libre” e iba contra la tradición para llevar más esclavos al aparato estatal, en el siglo XXI una fusión con el Radical (a lo soñado por Elena Díaz), sirvió al castrismo para reescribir dos instituciones: Matrimonio y Familia. Así, la etiqueta “feminista” pasó al primer plano del discurso mediático estatal y de la FMC. Eran las mismas fechas en que el Palacio de la Revolución forzaba la IG en el cuerpo legal nacional.
En 2023 Teresa Amarelle Boué, presidente de la organización, explicitó la absorción oficial la interseccionalidad en boga: “Asumimos que la FMC es un espacio donde caben todas las mujeres: feministas, ambientalistas, animalistas, afrodescendientes; pero también personas con identidades de género y orientaciones sexuales diferentes; profesionales, obreras y amas de casa”. Algo que calificó como el feminismo que Vilma Espín reconoció siempre y del que seguían orgullosas[22].
Para el siglo XXI el maridaje totalitarismo-feminismo era patente en las voces de conocidas activistas. Lirianis Gordillo, quien publicaba en el sistema de medios estatal y el think tank Cuba Posible escribió: “Se sueña feminista para hacer radical la utopía comunista”[23].
Historias de fanatismo izquierdista abundan en Cuba. También la de un liderazgo evangélico en el primer cuarto del siglo XXI, que deben contarse, para inspirar y confrontar conciencias. Pero no todas pueden narrarse aquí. Sólo una parte. La otra, de valientes aún en la isla, debe permanecer en silencio.
La Iglesia es, físicamente un edificio, legal y administrativamente una estructura, pero escencialmente, su gente. Oscar Elías Biscet, la mujer anónima que da comida al hambriento, el pastor que predica contra la injusticia, María Cristina Garrido y sus poemas del presidio político.
Después de la huelga de San Isidro, a finales de 2020, varios participantes fueron puestos en reclusión domiciliar. Uno de ellos, el autor musulmán Abu Duyanah, pasó semanas sin poder salir a conseguir alimentos, con un patrullero policial apostado a la entrada de su casa. Cuando lo visité, con algo de comida, oré por él y le dije: “hoy te visité yo, pero también la Iglesia”.
Iglesia ¿qué haremos en la tierra donde Dios nos puso?
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Partido Comunista de Cuba, I Congreso del PCC. Tesis y Resoluciones. Sobre el pleno ejercicio de la igualdad de la mujer (La Habana, 1975). 3. ↑
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C. Cárdenas et al, Posición jurídico-social de la mujer en Cuba (La Habana: Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, 1983). ↑
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C.E.E. Dirección de Demografía, Principales características laborales, 1979. ↑
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Partido Comunista de Cuba, Tesis y Resoluciones, 566. ↑
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Roca Moreira, Planteamientos y políticas sobre familia, 8. ↑
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Partido Comunista de Cuba, Tesis y Resoluciones, 571. ↑
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Ibíd., 587-589. ↑
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Ibíd., 572-573. ↑
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Ibíd., 573. ↑
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Ibíd., 598. ↑
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Roca Moreira, Planteamientos y políticas sobre familia, 18. ↑
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Partido Comunista de Cuba, Tesis y Resoluciones, 589. ↑
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Ibíd. ↑
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E. Díaz, “Análisis preliminar: marxismo y feminismo. Ponencia a la V Conferencia Científica de Ciencias Sociales”, Universidad de La Habana, 1987, 7-9. ↑
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Amén de diferencias teóricas con el marxismo, para Firestone sólo una revolución izquierdista ejecutaría la agenda feminista radical: “Como el objeto final de la revolución socialista no se limitaba a eliminar los privilegios de los estamentos económicos, sino que alcanzaba a eliminar la distinción misma de clases, el objeto final de la revolución feminista no debe limitarse —a diferencia de los primeros grupos— a eliminar los privilegios masculinos, sino que debe alcanzar a la distinción misma de sexo; las diferencias genitales entre seres humanos deberían pasar a ser culturalmente neutras. (Una vuelta a una pansexualidad sin trabas —la ‘perversidad polimórfica’ de Freud— reemplazaría probablemente a la hetero/homo/bisexualidad). La reproducción de la especie a través de uno de los sexos en beneficio de ambos, sería sustituida por la reproducción artificial (por lo menos cabría optar por ella): los niños nacerían para ambos sexos por igual o en independencia de ambos, según quiera mirarse; la dependencia del hijo con respecto a la madre (y viceversa) sería reemplazada por una dependencia mucho más reducida con respecto a un pequeño grupo de otros en general y cualquier inferioridad de vigor físico frente a los adultos estaría compensada culturalmente. La división del trabajo desaparecería mediante la eliminación total del mismo (cybernation). Se destruiría así la tiranía de la familia biológica”. Shulamith Firestone, La dialéctica del sexo (Barcelona: Kairós, 1976), 13. ↑
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En esa transición, la FMC se involucró en la creación de la Cátedra de Mujer y Familia del Instituto Pedagógico de Villa Clara (1989), y la Cátedra de la Mujer (1991), que unió a estudiosas de la Universidad de La Habana. Dalia Acosta, “Cuba: Cátedra de la Mujer con mirada crítica”, Cubainformación, 20 de octubre de 2011, https://n9.cl/ev2g9. ↑
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Niurka Pérez Rojas, Características sociodemográficas de la familia cubana, 1953-1970 (La Habana: Ciencias Sociales, 1979), 69. ↑
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Ángela Casaña, Estudio de la evaluación de los roles familiares a partir de la revolución en seis familias urbanas-cubanas (Informe de investigación, Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, 1971). ↑
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Ibíd. ↑
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Cheng- Tong Lir Wang y Evan Schofer, “Coming Out of the Penumbras: World Culture and Cross-National Variation in Divorce Rates”, Social Forces 97, n.º 2 (2018): 675-704, https://doi.org/10.1093/sf/soy070. ↑
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Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana-FMC, La influencia de la familia en la formación de la concepción del mundo y del modo de vida socialista en las nuevas generaciones (La Habana, 1984). ↑
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Dixie Edith, “FMC: Un espacio para todas las mujeres”. ↑
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Lirians Gordillo Piña, “8 de marzo, una siembra para sentires y acciones feministas”, Cubainformación,10 de marzo de 2023, https://n9.cl/2guev. ↑
