
¿Tuvieron qué ver en el rediseño cultural y sus consecuencias entidades como el Grupo Nacional de Trabajo de Educación Sexual (luego Centro Nacional de Educación Sexual, CENESEX), de 1972? El Grupo, de máximo interés para el régimen, asesoró las legislaciones de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), elaboró y aplicó programas docentes, que consideraban prioritarios “lograr el ejercicio pleno de la igualdad de la mujer, también en la esfera íntima”[1].
Detrás de ello estaban “expertos”, ingenieros sociales, tecnócratas experimentando con millones, pero sin cualificación. La feminista alemana Monika Krause, a quien el Grupo confió crear el Programa Nacional de Educación Sexual, admitió que “no tenía idea” de cómo concebirlo; a lo que Vilma Espín replicó: “en Cuba nadie está capacitado para implementar la educación sexual”, y la invitó a leer del tema[2].
El Estado, desde las primeras décadas, registró “escasa preparación” de los maestros para impartir la educación sexual[3]. Pero ello no impidió que, para al primer cuarto de siglo revolucionario, el Estado fuera la fuente principal de información sexual entre niños de 12 y 15 años, mediante “bibliografía científico-popular especializada en la temática”, seguida por “trabajos desarrollados por los medios de difusión masiva, muy especialmente los programas de TV y radio”[4].
¿Resultados? Leamos algunos de 1987. Más de la mitad de los nacidos eran hijos de mujeres sin vínculo conyugal legal; las uniones consensuales de cubanos y cubanas entre 15 y 19 años excedían las legales en casi todas las provincias; se dio un “alarmante” aumento de embarazos adolescentes y abortos como medio de control natal. Ante el número de desposados, crecía el de los divorcios, con prevalente tendencia en las edades más fértiles, mujeres de 20 a 35 y hombres de 25 a 40. Acompañaba la divorcialidad joven una corta duración matrimonial: más de la mitad de los divorcios entre menores de 30 años se daban en los dos primeros años de casados[5].
Los expertos anotaban dos causas, una material, otra inmaterial. Primero, al ocaso económico general, con expresiones como varias generaciones cohabitando una vivienda, falta de alimentos, bienes, etc. Dos: “pobreza espiritual” conyugal, traducida en “déficits de temas de comunicación referidos a la cultura, la política internacional, la relación íntimo-personal y reflexiones sobre la propia personalidad”, y el no agotar todas las vías para zanjar disputas en el marco marital[6]. El precoz inicio de la vida sexual y sus efectos, admitían los expertos, llevaba a la “absolutización de la esfera sexual y falta de intereses en la vida espiritual”. A 30 años de la nueva sociedad, no había “un modelo actual de relaciones que corresponde a la fase preparatoria al matrimonio”[7].
La cultura socialista no promovía el Matrimonio para edificar hogares, menos como institución sacramental y, en el siglo XXI, ni siquiera una anclada a la ley natural. Más bien se concebía como una cárcel para la mujer. ¿Se esperaba un resultado distinto al completo desdén por parte de millones de cubanos?
Los intelectuales pedían más intervención estatal: implementar más programas educativos juveniles corto y largoplacistas; y reforzar el conocimiento y uso de métodos anticonceptivos. Atacaban apenas la consecuencia natural de una vida sexual desordenada, no la causa: una moral laxa causada por una cultura en la que el aborto aumentaba, con aprobación tácita social. “La joven, su pareja, su familia y la sociedad en general asocian la solución a un embarazo no deseado al aborto inducido; resulta más ‘normal’ hablar de qué se va a hacer ante un embarazo no deseado”[8]. Apelaban a una solución tecnológica y a la muerte, ante un vacío de virtud.
Una capa de arrogancia revolucionaria y miopía cientificista impedía examinar la vuelta a la ética cristiana para evitar la desintegración social. El problema con las ideologías futuristas es creer que, permanentemente, debe seguirse hacia adelante, aunque lo que haya en frente sea un abismo.
Junto al adoctrinamiento infanto-juvenil, para erosionar el modelo familiar cristiano, vino el ataque a la mujer. El PCC anunció programáticamente en 1976 que, “la Revolución sentó las bases para la liberación de la mujer y es tarea del Partido en esta etapa lograr su plena igualdad social, incrementar su participación en el trabajo social y su promoción a cargos de dirección”[9].
Esto se traducía en servir a la casta política en el extendido y único sistema de empleo posible, el estatal, en detrimento de la atención familiar, cuya educación caería, mayormente, en el Estado. A las madres se les repetía la promesa leninista, de absorber parte del trabajo doméstico ampliando y mejorando servicios públicos, círculos infantiles, seminternados o internados[10], y el aseguramiento de artículos electrodomésticos[11]. Pero poco cumplió el empobrecedor Socialismo.
La “célula básica de la sociedad” debía abrazar “principios de la moral y la educación que postula nuestra Revolución, eliminando progresivamente elementos de dependencia material entre sus miembros, consolidándose sobre la base de intereses espirituales comunes”[12].
En la asimilación moral revolucionaria, ¿qué es lo espiritual? ¿Significa lo mismo en un régimen ateo, que en una entidad cristiana? La eliminación progresiva de elementos de dependencia material, ¿se refiere solo a las relaciones marido-mujer o incluye también las relaciones padres-hijos? ¿Sería el Estado y no el padre, no solo el adoctrinador, sino el proveedor?
La suplantación del rol paterno es tan importante para el control social, como el distanciamiento entre la madre y el hogar. Un individuo, no solo atomizado y sin identidad, sino atado ideológica y laboralmente a la maquinaria Estado-Partido la mayor parte de su vida productiva, también debilita los lazos sociales internos y es infinitamente más fácil de manipular. La lealtad, primero, al régimen. La primera patria ya no era la familia.
En mi memoria de exiliado aún guardo las tardes calurosas de La Habana en que mi madre se sentaba al borde de su cama junto a mi hijo, de cuatro años. Leía para él historias milenarias: hombres que miraban a Dios y derrotaban ejércitos, otros que no se arrodillaban a la tiranía. En la voz de la abuela se extendía la tradición, testimonio de virtud, hasta los ojos del niño. Abiertos los sentidos, queriendo nombrarlo todo, mi hijo hacía silencio ante la mujer que lo abrazaba y sintetizaba el mundo más allá de lo que él lograba ver, detrás del horizonte y del tiempo.
-
Marta Krause, Educación sexual en Cuba (La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1984). ↑
-
Ileana Medina y Manuel Zayas, “En el Punto G de la Revolución”, Diario de Cuba, 24 de febrero de 2012, https://n9.cl/6kp62. ↑
-
Águila y Acebal, Estudio sobre información y actitudes y la relación de parejas en adolescentes, padres y maestros, (s.f.), Facultad de Psicología, Universidad de La Habana. ↑
-
H. Romero, Grado de preparación del personal directamente vinculado al trabajo pioneril para acometer la educación sexual de las nuevas generaciones (s.f.), Centro de Estudios de la Juventud, Universidad de La Habana. ↑
-
Inés Roca et al., “Caracterización de algunas tendencias en la formación de pareja y familia en la población joven”, Anuario del Centro de Investigaciones Psico Sociales (La Habana: Centro de Investigaciones Psico Sociales, 1989), 54—86. ↑
-
Ibíd., 110. ↑
-
Ibíd., 114-115. ↑
-
Ibíd., 112. ↑
-
Ibíd. ↑
-
Vladimir Ilich Lenin, “Una gran iniciativa”, en Obras completas, tomo 39 (Junio—diciembre de 1919; Moscú: Editorial Progreso, 1975), 13—18, 21—26. ↑
-
Ibíd. ↑
-
Partido Comunista de Cuba, Plataforma Programática, 103—104. ↑
