Ilustración de José Luis de Cárdenas.

Desde comienzos de año se habla mucho, al menos en la burbuja que me tocó habitar por estos lares cibernéticos, de una posibilidad real de cambio para Cuba. A mí lo de la tal posibilidad me deja impávido; en cuanto a la realidad, todavía el sol de la isla calienta mi cabeza lo suficiente, como para colgarle esa etiqueta a cualquier cosa. Sigo siendo un pesimista con preocupaciones mundanas como la subida del dólar, o el precio del paquete de pollo en la mypime. Ah, ¿que no sabes a cuánto está el pollo en la mypime? ¿Que no tienes idea de cómo hacer una remesa en dólares? ¿Que prefieres hablar de algo más agradable, más real, como la transición? 

 

Mira tú, debe ser que estoy sugestionado por años de persistencia en un país donde el transporte no funciona, pero cada vez que escucho la palabra transición por estos lares, me imagino un viaje tortuoso, digamos en guarandinga, por un terraplén lleno de baches. Claro que hay quien promete que la transición sería como trasladarse en un Lamborghini por Varadero, y entonces me viene a la cabeza la imagen de ese automóvil de lujo hundiendo sus gomas en la arena blanquísima y artificial de las playas burguesas. Parece baladí recordarlo, pero transición procede del latín transitio, que significa moverse de un lugar a otro, bajo una ley de acción y efecto. ¿Qué acción? ¿Cuáles efectos? ¿Hacia qué lugar nos moveremos los cubanos?

 

Como todo esto sigue por pensarse, a pesar de los numerosos tanques pensantes que aparecen en las redes, y como yo no estoy capacitado ni dispongo del tiempo suficiente —tengo marcado en la cola del pollo— me limitaré a mencionar algunos tips desde mi experiencia de cubano a lo Jonás; esto es, sin poder escapar, atrapado en el vientre del cetáceo y punzando hasta donde me es viable para provocar una indigestión liberadora.

 

A diferencia de otros contextos donde la crisis es caótica y ruidosa, el control en la isla es silencioso y profundo, una situación más difícil de enfrentar, pues no ofrece puntos de choque visibles. Dicho control opera por capas: administración de la escasez, vigilancia social, monopolio informativo y cooptación institucional, un diseño que disuelve el conflicto en la vida cotidiana y convierte la supervivencia en política. ¿Hay espacio real para la acción? Lo hay, pero es estrecho y exige inteligencia cívica: microautonomías —comunidad, parroquia, proyecto cultural, emprendimiento—, redes de confianza, documentación rigurosa y lenguaje desideologizado. La clave es convertir esos espacios en escuelas de ciudadanía: prácticas de transparencia, cooperación y deliberación que erosionen el tutelaje sin caer en el ruido estéril.

 

En cuanto a si la acción debe ser externa, o debe preservarse un equilibrio entre el respeto a la soberanía y el apoyo internacional, diría que lo primero es entender que la soberanía no es un blindaje para la impunidad ni un fetiche para perpetuar el daño. La solución debe ser liderada desde dentro, pero apoyada por un entorno internacional que proteja derechos y abra oportunidades. ¿Cuál entiendo que sería un apoyo legítimo? Pues uno que incluya observación y garantías de derechos humanos; apertura de archivos y cooperación académica; facilitación de corredores humanitarios y financiamiento a sociedad civil, iglesias y proyectos culturales; apoyo técnico a reformas institucionales y económicas y un largo etcétera, teniendo siempre en cuenta que no se trata de tutelas, sustitución o imposiciones, sino más bien, acompañamiento.

 

A mi juicio el punto de quiebre es muy probable que sea institucional, aunque sin descartar otro estallido callejero. Un panorama factible podría ocurrir cuando la administración de la escasez deje de funcionar y los costos políticos superen los beneficios del control. La calle expresa el límite moral; la fractura dentro del aparato —funcionarios, gestores, técnicos— marca el límite operativo. Un cambio sostenible precisa combinar ambos: descontento visible que legitima, y desalineación interna que viabiliza. Por eso es crucial documentar, ofrecer salidas concretas —reglas, garantías, amnistías, profesionalización— y construir canales para que la deserción del control tenga dónde aterrizar.

 

En Cuba existen sectores con madurez: sociedad civil cultural y educativa, iglesias con experiencia comunitaria, redes profesionales, proyectos editoriales y de archivo, y un ecosistema intelectual que ha aprendido a trabajar sin estridencia. ¿Suficiente? Sólo si se articulan en protocolos mínimos: acceso a la información, seguridad jurídica, administración municipal, cadena de suministros, y una pedagogía cívica que convierta el pluralismo en orden. La transición no se improvisa: se ensaya en pequeño —parroquias, bibliotecas, cooperativas, medios— y se escala cuando el sistema colapsa. ¿Alguien ya propuso ensayar?

 

¿Y qué hacemos si se produce el por muchos temido “acuerdo pragmático”, mediante el cual sectores del aparato político-económico estatal deciden sacrificar la ideología a cambio de salvar sus propias economía y seguridad? ¿Mal menor o traición a la libertad? En mi opinión, depende de las condiciones. Si el acuerdo incluye garantías de derechos, apertura informativa, separación de poderes progresiva, legalización del pluralismo y cronograma verificable, es un mal menor funcional que evita el caos y abre caminos a la libertad. Si sólo cambia el discurso para conservar el control, es una traición diferida. La brújula es simple: instituciones y derechos primero; sin ellos, cualquier pragmatismo resulta un maquillaje.

 

Entiendo que todo esto es mucho más de lo que nadie, hasta ahora, me ha preguntado. Acepto que le puede agriar la cerveza mental a muchos que, de la pregonada transición, sólo alcanzarían a golosear la espuma. Lo siento, pero transitar no es hacer acrobacias sobre el abismo de las ilusiones. Para ser vomitados, como Jonás, hacia el mundo libre, hay que arponear a la ballena por dentro, via doloris. Yo, que no me llamo Ismael, estoy dispuesto.

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