Emilio Cueto en su «Emilioteca» (Centro Cultural Cubano de New York).

Entre dos apartamentos de un sencillo hogar de la capital estadounidense quizás, encontramos hoy, la mayor colección de lo cubano fuera de la isla. Este improvisado museo cubano en Washington guarda desde aquellas cosas más comunes hasta las más increíbles: libros, revistas, mapas, periódicos, afiches, platos, sellos, grabados hasta marquillas de tabaco, cuernos de pólvora y partituras musicales sobre Cuba hechas en los Estados Unidos durante las guerras de independencia.

El cubanísimo Emilio Cueto posee un imponente santuario de objetos donde absolutamente todo lo que “huele” a Cuba encuentra un espacio. Es Cueto un anticuario exquisito y simpático, la mayoría de las tiendas de antigüedades de los cuatro confines del planeta lo conoce, “no es que persiga lo cubano sino que ya viene a él” dice la escritora Uva de Aragón.

Los cubanos que visitan esta “Emilioteca” no dejan de evocar la cubanía que traspasa el recinto ubicado en pleno corazón de los EE. UU. Para mí fue todo un placer conversar con Emilio sobre esta inmensa colección que ya se le va de las manos, porque perdió la cuenta de cuantos objetos acumula. Con certeza puedo decir que el mayor tesoro que guarda Emilio es su eterna cubanía, gracias a ella este habanero ha salvado para la cultura cubana miles de objetos que de otra manera se hubieran perdido para siempre.

—Emilio, usted es uno de los mayores coleccionistas sobre artículos cubanos que existen en el mundo ¿Cuándo comenzó esa pasión por coleccionar todo lo cubano?

—Mi coleccionismo —quizás como todo coleccionismo— ha tenido varias etapas y no siempre es fácil ubicar cuando empieza una y cuándo otra. Comencé acumulando materiales sobre Cuba por motivos de mis estudios universitarios. Me diplomé en Ciencias Políticas (Licenciatura y Máster) y seguí estudios para el doctorado (que nunca terminé). Mi intención en aquella época (1969) era hacer mi tesis sobre las relaciones de Cuba y la Unión Soviética. Los primeros libros y artículos de mi colección, por ende, estaban relacionados con política de la etapa revolucionaria, relaciones exteriores, e historia.

Interesado también, por motivos de mi educación religiosa, en temas de la Iglesia Católica en Cuba, comencé a coleccionar materiales de este tipo. Igualmente, mi interés por la literatura me hacía adquirir libros de esta naturaleza. Poco a poco la colección se fue expandiendo. Fueron varios los motivos. En primer lugar porque todo lo cubano (todo lo humano, en realidad) está relacionado. Una canción, por ejemplo, tiene un compositor musical (música), un letrista (literatura), a veces un artista que ilustra la partitura (artes plásticas) y el tema de la canción puede versar sobre otros asuntos (biografía, historia, deportes). Para que las cosas acumuladas tuvieran mejor sentido, y poder mejor entender sus contextos comencé a coleccionar prácticamente todo lo que se relacionaba con Cuba.

En segundo lugar porque me percaté, bien pronto, que los insulares, por muchos motivos (políticos principalmente, luego también económicos) no estaban teniendo acceso a la producción de los exilados cubanos. Me aterrorizó ver este fenómeno de rechazo cultural donde se cercenaba una parte integral de nuestra cultura. Y me propuse que, en la medida de mis fuerzas, no iba a permitir esa amputación ni esa bifurcación de nuestro patrimonio. La Cultura Cubana es Una. Y, por supuesto, coleccionaba todo, lo de adentro y lo de afuera de Cuba, sin mirar puntos de vista ni dejarme guiar por sesgos doctrinarios o políticos. Adopté el lema de “Nada cubano me es ajeno”. No porque todo me guste o lo aprecie igualmente, sino porque es lo nuestro (y ¡qué agrio a veces!).

En tercer lugar porque me fui dando cuenta con el tiempo que, además del material de y sobre exilados que el gobierno insular rechazaba o ignoraba, había una gran cantidad de materiales sobre Cuba atravesando varios siglos (en artes plásticas, música, literatura, cine, etc.) que, por diversas razones, nunca había llegado a Cuba y que, por lo tanto, los cubanos insulares no conocían. Me refiero a partituras musicales de compositores extranjeros inspirados en Cuba; a poemas de extranjeros dedicados a Cuba; a novelas, cuentos o filmes de extranjeros (y en muchos idiomas) ambientados en Cuba; a películas extranjeras que, de alguna manera tocaban el tema cubano. A esto, que yo llamo “la mirada del otro”, le dedico ahora una gran parte de mi tiempo por considerarlo novedoso, desconocido y esencial para el conocimiento de la imagen que hemos dado al mundo (y que se tiene de nosotros).

A lo largo de todos estos años, ¿cuántos objetos ha acumulado en su casa?

—Muchísimos, es la mejor respuesta. No sé a ciencia cierta. Libros y revistas deben ser casi 15 mil. Mapas, varios cientos. Grabados con imágenes de Cuba colonial varios cientos también. Ídem de partituras. Igual de habilitaciones de tabaco con tema cubano. Cerámicas, de todo tipo, más de doscientas. Fotocopias y recortes deben pasar fácilmente el millón.

—De su vasta colección, ¿cuáles artículos guarda con más celo? ¿Cuáles fueron los más difíciles de obtener?

—Con más “celo” guardo los más frágiles y los más raros, claro está. Quizás mi colección de platos de loza y porcelana con imágenes cubanas sean un buen ejemplo. Entre las piezas más difíciles de obtener están, precisamente, los platos hechos en España en el siglo XIX. Muchos grabados del XIX también fueron extremadamente difíciles de adquirir.

—¿Su libro más preciado?

—Eso es bien difícil de responder. Ciertamente, no es el de mayor precio. Mucho más importante para mí es la rareza y la relevancia que el costo. Quizás sea el Libro de los peces de Parra (1787), pues mi copia está en perfecto estado de conservación e iluminada a mano de modo verdaderamente exquisito. Por otro lado, tengo un suelto impreso (no es un libro, sino un volante) de los 1760s con unos versos inéditos y este es posiblemente aún más preciado, pues no conozco otro ejemplar. En general aprecio significativamente lo que se llama “efímera de papel”. O sea, aquellos materiales que, por su naturaleza, no fueron llamados a ser atesorados sino tirados a la papelera luego de su uso normal. Por ejemplo, programas de espectáculos, invitaciones a eventos, abanicos de cartón, postalitas, afiches, billetes, periódicos, etc. Con el paso del tiempo estos se vuelven rarísimos.

—¿Su objeto más peculiar?

—Quizás dos cuernos de pólvora que datan de la época de la Toma de La Habana por las fuerzas angloamericanas en 1762. Tienen dibujos grabados representando mapas, barcos, etc. Especialmente, uno de ellos, por su tamaño, es el mayor de los que conozco en el mundo (que son solamente 22, según mi cuenta). O quizás sea la acuarela de un artista francés con una alegoría de la Independencia de Cuba, hecha en Nueva York hacia 1898, también una pieza única.

—En su búsqueda incesante de objetos sobre la isla, ¿qué anécdotas interesantes puede narrarnos?

—Bueno, una vez en Hamburgo buscando un grabado de La Habana que en Cuba estaba atribuido a un artista alemán llamado Augusto Vind, la especialista de la tienda de antigüedades me explicó que ese no era el nombre de un grabador sino el nombre, en latín, de la ciudad de Augsburgo. Y la información que aparecía en el grabado antiguo lo que indicaba era que había sido grabado en Augsburgo, y no por el Sr. Vind.

Otra vez, en Londres, me encontré casualmente en la calle al dueño de una de las más importantes librerías anticuarias y él me indicó que acababan de adquirir esa semana una pieza muy importante pero que no estaba en la sección de “viajes”, donde normalmente se encuentra el material cubano, sino en Ciencias Naturales. Fue así que adquirí, antes de que lo pusieran en catálogo, mi libro de los peces de Parra, de 1787. Una suerte inaudita.

También puedo comentarte que, en los 1980s, en Nueva York, divisé una tienda con el insólito nombre de “Cheese and Antiques” y decidí entrar para comprobar que, en efecto, la dueña vendía simultáneamente quesos y antigüedades. Y ahí encontré mi primer plato holandés con vistas cubanas. Y compré un queso, por supuesto.

Una última. Viajaba una vez de Washington a París, pero, antes de embarcar, se descompuso el avión y me enviaron a Francia vía Holanda. Como tenía varias horas de escala en Ámsterdam, recorrí varios anticuarios y allí encontré mi primera tabaquera de porcelana de Delft, del siglo XVIII, con el nombre “Havana”, para indicar la procedencia del tabaco que la misma guardaría. Y todo porque Air France tuvo un desperfecto imprevisto al otro lado del Atlántico.

—Emilio, ¿añora tener algún afiche, mapa, libro o cualquier otra cosa sobre Cuba en particular que haya perseguido mucho tiempo y no haya conseguido?

—Por supuesto. Por ejemplo, en mi colección de grabados faltan algunos de Laplante que no he logrado conseguir; en mi sección de mapas hay varios del Caribe del siglo XVI que, por su precio, han estado fuera de mi alcance; en mis materiales sobre música de las guerras de independencia hay muchas piezas que aún no han llegado (y muchas jamás llegarán) a mi radar; y en mi colección de cerámicas aún quedan varias piezas inglesas y españolas que siempre busco. Es una tarea en todo sentido interminable. Pero bueno, hay también que hacer una distinción entre saber y tener. Hay muchas cosas que no tengo y jamás podré tener. Pero si logro identificarlas y conocer de su existencia, entonces ahí hay un paso de avance importantísimo. ¡Del lobo un pelo!

 

—Debido a su afán coleccionista, de rescate y búsqueda de todo lo cubano ha concebido exposiciones de mapas sobre la mayor de las Antillas de los siglos XVIII y XIX y ha organizado un concierto musical donde se cantan las canciones que se compusieron durante nuestras guerras de independencia, ambos eventos celebrados en Miami. ¿Qué han significado estos acontecimientos en la vida de Emilio Cueto?

—Han sido momentos verdaderamente extraordinarios. Si investigar es una pasión y descubrir cosas nuevas es una hermosa recompensa, compartir los hallazgos con mis compatriotas es un verdadero privilegio. Es, en verdad, el principio y fin de mi colección. He sido el comisario de tres exposiciones, he presentado dos conciertos y una obra de teatro. Tengo otras actividades culturales en perspectiva y, si continúo con energía, en los próximos años pienso llevarlas a buen puerto.

—Después de una vida entera dedicada al estudio de la cultura cubana donde la definición de lo cubano se me antoja cada día más resbaladiza, me gustaría preguntarle ¿Cómo siente la cubanía Emilio Cueto? ¿Qué es para usted lo cubano?

—Esa es la pregunta de los 64 000 pesos, como se decía en mi adolescencia. Yo “siento” a Cuba y a mi pueblo profundamente, especialmente en su dolor, su tenacidad, sus logros, su profunda y larga huella a lo largo y ancho del planeta. Se dice “Cuba” y yo me detengo. “Lo cubano” es una compleja —y constantemente cambiante— mezcla de historia, demografía, geografía y cultura. Como todo lo humano, ha tenido cosas buenas, mejores, malas y peores. Trato de no olvidarme de ninguna: las mejores para enorgullecerme; las del extremo opuesto para deplorarlas y ver cómo se pueden enderezar.

—¿Algún sueño irrealizado?

—Varios. Algunos ya no podrán ser realizados pues se les pasó la hora. Otros espero que sí sean realidad algún día. El más importante es volver a vivir, trabajar, crear y compartir dentro de Cuba. Además, sigo soñando. Uno nunca sabe.

(Entrevista publicada originalmente en Palabra Nueva)

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