
La historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, a partir del advenimiento de la Revolución Cubana, ha sido objeto de estudio de numerosos investigadores desde diversos campos en las últimas décadas. No sucede igual con la etapa anterior a 1959, aunque es de destacar en años recientes la obra del investigador italiano Vanni Pettiná titulada Cuba y Estados Unidos: Del compromiso nacionalista al conflicto (2011), la cual se centra en las relaciones económicas y políticas de ambos países entre 1933 y 1958.
Sin embargo, deseo reseñar la historia de uno de los mejores empeños culturales que hermanó a ambos países por espacio de más de una década: se trata del Instituto Cultural Cubano-Norteamericano (ICCN), que vio la luz oficialmente el 24 de mayo de 1943 y tenía como principal objetivo promover el entendimiento cultural y estrechar los lazos entre ambos pueblos. Este instituto surgió a iniciativa del Comité Cubano-Norteamericano de Relaciones Culturales, creado en 1942, y que fue disuelto para dar paso al instituto, el cual radicó primeramente en la calle Prado no. 112.
No era el primero de su tipo entre un país latinoamericano y Estados Unidos. Ya desde 1927, con la creación del Instituto Cultural Argentino-Norteamericano, existían este tipo de asociaciones que fueron expandiéndose por otros países de la región como Brasil, México, Perú, Uruguay y Venezuela.
La fundación del ICCN tenía como principales metas el desarrollo y mantenimiento de un centro de estudios en el que se ofrecían cursos regulares y conferencias sobre la historia, el idioma, la literatura, el pensamiento filosófico, la organización económica y las instituciones políticas de ambas naciones.
Se proponía además la cooperación e intercambio de profesores y estudiantes de ambos países y la creación de una biblioteca pública. También la organización de conciertos y exposiciones de las más variadas manifestaciones culturales y la mayor divulgación posible de estas actividades.
El primer curso comenzó en septiembre de 1943 con más de 200 alumnos y en el ICCN, aparte de los demandados cursos de idioma inglés, también se ofrecieron ese año cursos de leyes sociales para hombres de negocios e Historia de América y de Cuba.
Los fondos del instituto provenían de varias fuentes, en primer lugar de sus socios titulares, muchos de ellos acaudalados empresarios cubanos o norteamericanos, quienes realizaron generosas donaciones para el desenvolvimiento financiero de la institución. Entre ellos, destacan el magnate azucarero Julio Lobo; Humbero Solís, dueño de la mayor tienda por departamentos de Cuba, El Encanto; o el banquero Juan Gelats, entre otros empresarios de ambos países.
El mayor impulso por la parte cubana corresponde al profesor universitario e historiador Herminio Portell Vilá, quien fungió como Director del ICCN, sin cobrar un centavo por ese cargo, desde su creación hasta su desaparición. Sin el decidido empeño de Portell Vilá y un grupo de norteamericanos como Teodoro Johnson y William P. Field, este centro docente no hubiera podido llegar a buen puerto.
La historia de la Biblioteca Pública “Martí-Lincoln” del ICCN es sumamente interesante, pues era una de las pocas de carácter circulante que existían en La Habana en aquellos años, en que ni la Biblioteca Nacional ni la Municipal, ni tampoco la de la Universidad de la Habana tenían ese servicio.
A la entrada de la biblioteca podía observarse un gran cuadro de uno de los grandes exponentes del muralismo mexicano, David Alfaro Siqueiros, con los rostros hermanados de José Martí y Abraham Lincoln, como símbolo de los ideales comunes de estos dos próceres. Desconozco donde pudiera hallarse en la actualidad ese fresco del pintor mexicano de un valor incalculable.
Cuando abrió sus puertas al público, la Martí-Lincoln sólo tenía un libro en sus fondos, pero la colección fue creciendo debido a numerosas donaciones, tanto de sus socios como del gobierno de Estados Unidos. Ya para finales de la década del 50 su colección rebasaba los 25 mil libros, junto a más de dos mil discos fonográficos. Era el único lugar de Cuba donde podían hallarse las más importantes publicaciones norteamericanas, como The New York Times, Vogue, Life, Time, Newsweek, Foreign Affairs, entre muchas otras.
Entre las donaciones más significativas estuvo la que realizó la Secretaría de Guerra de Estados Unidos, cuando decidió cerrar la base militar de San Antonio de los Baños al término de la Segunda Guerra Mundial y ceder al instituto más de cuatro mil libros sobre ciencias, artes y literatura. O la del Presidente del ICCN, Teodoro Johnson, quien compró para uso exclusivo de la biblioteca todos los fondos de Carlos Ardavín, un coleccionista de libros cubanos raros y valiosos, quien tenía ejemplares de varias revistas del siglo XIX y principios del XX como Revista de Cuba, El Curioso Americano, Revista Bimestre Cubana, Cuba Contemporánea, entre otras.
Johnson fue un entusiasta mecenas de este centro cultural, pues hizo varios donativos por valor de varios miles de pesos, entre ellos el costoso y moderno tarjetero de la biblioteca y créditos para encuadernaciones.
Dicha biblioteca poseía además la mejor colección de libros y revistas existentes en la isla sobre la Segunda Guerra Mundial, debido a que su director, Portell Vilá, dictaba un Seminario de Actualidad Mundial en la Universidad y recibía bibliografía de diversas naciones europeas sobre la última gran conflagración mundial que ha vivido la humanidad.
El ICCN comenzó a publicar a partir de 1945 un pequeño boletín titulado Dos Pueblos, de frecuencia inconstante, donde venía información sobre los cubanos que habían participado en la Segunda Guerra Mundial, las actividades del instituto y otras notas de interés histórico o cultural, escritos tanto en idioma inglés como en español. Dicho boletín sólo circuló en sus inicios entre los socios y alumnos del centro, pero su aceptación conllevó a que aumentara su tirada de 600 ejemplares a 1000 y que bibliotecas de Estados Unidos, Brasil, Chile y Perú se interesaran por recibir esta publicación[1].
También durante las ferias del libro habaneras, las cuales se realizaban en el Parque Central en los meses de noviembre o diciembre, el Instituto Cultural Cubano-Norteamericano tenía un stand propio donde eran exhibidos cada año alrededor de mil libros de autores estadounidenses, en su mayoría en idioma inglés, de variadísimas temáticas, que iban desde novelas hasta libros sobre agricultura. Los patrocinadores calculan que las visitas al stand del ICCN llegaron a las 15 mil personas en cada edición de las ferias.
Una de las labores del ICCN fue tramitar el otorgamiento de becas a profesionales cubanos para estudiar en diferentes universidades norteamericanas. Para finales de la década del 40, de más de 800 solicitudes presentadas, se habían otorgado más de 300 becas a estudiantes cubanos, mayormente en las carreras de pedagogía, meteorología y aviación. Actividad que continuó en la década siguiente, pero de la que este autor no pudo obtener más datos.
Ya para finales de la década del 40 el local de Prado 112 —en condición de arrendamiento— se hacía muy pequeño para el Instituto, que iba aumentando su matrícula de manera constante, pues si empezó con 243 estudiantes en 1943, ya para 1950 llegaba a los 900 alumnos y sólo tenía disponible cuatro aulas. De igual manera la Biblioteca aumentaba sus fondos todos los años y pedía a gritos un local más amplio, por ello la Junta Directiva decidió tener edificio propio y con la ayuda del Gobierno cubano y varios de sus socios titulares compraron en 1950 un palacete ubicado en Calzada y H, en El Vedado, a un costo de 70 mil pesos.
La expansión del Instituto Cultural no quedó allí, pues a partir de 1953 en los terrenos aledaños se mandaron a construir dos pabellones de cuatro pisos cada uno, el primero tendría por nombre el de nuestro héroe nacional y estaba destinado a la Biblioteca Pública “Martí-Lincoln” y sus diferentes salas; el otro estaba concebido para el Centro de Estudios, oficinas y un gran salón de actos.
A finales de 1957, con la terminación de estas edificaciones el Instituto Cultural Cubano-Norteamericano contaba ya con 23 aulas y una capacidad para acoger a seis mil alumnos, una biblioteca pública de cuatro pisos con servicio de aire acondicionado, un enorme patio central, un gran salón de actos, restaurante, ascensores, numerosos servicios sanitarios y jardines. A esa magna obra habían contribuido desde las autoridades gubernamentales del país y sus más solventes socios, hasta alumnos, quienes hicieron varias colectas para contribuir a levantar estas modernas instalaciones de la mano de la firma de arquitectos Gelabert-Navia.
Consta que en su visita a La Habana en febrero de 1955, el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, quiso conocer el instituto y después de visitarlo elogió la labor de todos sus asociados. En carta que enviara desde México al máximo responsable del ICCN, Nixon expresó: “Se me hace difícil encontrar las palabras que describan la importancia de la obra que Uds. realizan y sólo puedo decir que el instituto sirve como un elemento vital en el desarrollo de las cada día más estrechas relaciones cubano-norteamericanas”[2].
Pero apenas un lustro después ambos países se enemistarían en un conflicto que llega hasta la actualidad y el Instituto Cultural Cubano-Norteamericano fue intervenido una vez el nuevo régimen que alcanzó el poder en 1959 avanzaba hacia el totalitarismo comunista. Por ello es loable recordar lo que pueden hacer pueblos y gobiernos cuando deciden juntar sus destinos y la indeleble huella que siempre queda en el recuerdo. Este instituto es una prueba de ello y tal vez sus nobles propósitos no apaguen el deseo de tantos de que Cuba y Estados Unidos vuelvan —de una vez y para siempre— a ser países amigos.
(Publicado originalmente en Palabra Nueva)
