La ausencia de la gruesa fachada permite ver desde la calle las interioridades de la antigua Casa de las Cadenas. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

¿Se imaginan que en Cuba existiera alguna evidencia física que atestigüe una de las pautas jurídicas —por Decreto Real— más antiguas de la Europa medieval? Pues ese hito tuvo lugar, y se mantuvo maltrechamente en pie hasta hace poco más de una década, a contrapelo de una indolente y corrosiva armazón político-económica. Tratándose de un ingrediente más en un deliberado engranaje de amnesia histórica generalizada, y no por simbólico, la omisión y abandono de la Casa de las Cadenas, en Guanabacoa, no deja de tener sentido a la luz de la realidad en la que hoy sobrevivimos. Para más singularidad, esta casa era una, de las tres de su estirpe, en toda la vastedad territorial y cronológica del Imperio Español. Las otras dos se encuentran en Sevilla, España, y una tercera en México.

En esta vista desde la portada principal, se aprecian los vestigios del primer nivel, de los dos que ostentara en su momento de esplendor. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Poco se valora la impronta de Guanabacoa en la historia nacional, villa fundada como Pueblo de Indios en 1554, para reconcentrar a la dispersa población aborigen de la zona. Un año después, se convirtió en capital provisional de la isla durante seis meses, tiempo que duró la ocupación de La Habana por el corsario francés Jacques de Sores, trasladándose allí todas las funciones político-administrativas y eclesiásticas de la colonia; de modo que sí, en aquel entonces, La Habana si cupo en Guanabacoa. El 14 de agosto de 1743, el Rey Felipe V de España, “el Animoso”, le confiere al próspero asentamiento el título de Villa de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, acompañado de un Escudo de Armas. Para 1755, durante la visita del Obispo Morell de Santa Cruz, el mismo da a conocer que la villa cuenta con 434 casas, de las cuales 120 se encontraban techadas con tejas —sin distinción entre las de paredes de madera y las de sillería— y las restantes de guano, identificando a la de las Cadenas como una de las tres tejadas de dos niveles. En 1762, Guanabacoa fue baluarte defensivo durante la ocupación de La Habana por los ingleses, destacándose en tal confrontación el ilustre Pepe Antonio. Sin embargo, la sostenida celebridad de la villa la debe a ser cuna de destacados artistas, intelectuales y patriotas, así como territorio de notables instituciones.

El mismo panorama de desolación se constata por el costado colindante con la calle Adolfo del Castillo, todavía llamada Cadenas. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

En estos dominios se erigió la Casa de las Cadenas, construida en una parcela contigua a la Iglesia Nuestra Señora de la Asunción, Parroquial de la Villa, concedida al capitán Don Esteban Pérez de Rivero en 1720. Se sabe de su fábrica original en torno a 1724, y era considerada una de las construcciones más antiguas de la localidad, cuyas actuales ruinas se ubican en las calles División, esquina a Adolfo del Castillo (Cadenas), ocupando un cuarto de manzana. Un lustro después, vivienda y propietario son retribuidos con la condición de “asilo sagrado”, luego de acoger, durante el paso de un huracán, todas las reliquias, documentación y liturgia de la vecina Parroquia, amenazada de derrumbe ante la contingencia climática. Esta prebenda le fue otorgada el 14 de julio de 1729 por Felipe V —incluso antes de que el poblado fuera proclamado Villa—, rodeando la casa de cadenas, según tradición y disposición de Real Cédula consignada en Sevilla.

Aspecto del interior de la casa, que originalmente limitaba con el patio central y su aljibe. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Tal edicto tiene sus orígenes en una remota ordenanza medieval, que, entre otras sacras disposiciones, y previo consentimiento del potentado que gozara de semejante franquicia, garantizaba a cualquier prófugo o renegado de la justicia acogerse al amparo y automática absolución de su causa en cualquier templo, monasterio o morada que estuviese beneficiada con este favor, que, ya visto, no pasaban de tres en todo el imperio. Todo era tan sencillo como que el desertor alcanzara las cadenas y se asiera a ellas, aunque no hay evidencias oficiales de que, en vigencia de esta facultad, alguien tuviese la suerte de tocarlas. No obstante preservarse los eslabones originales por más de un siglo, la casa que con ellos fuera abrazada sufrió modificaciones a lo largo del tiempo. Su tipología, que en nada envidiaba a las grandes mansiones biplantas de La Habana intramural, siguió los patrones de la herencia hispano mudéjar, ajustando sus reformas estilísticas hasta exhibir el frugal neoclásico con el que a duras penas arribó al siglo XXI.

En este ángulo hacia el segundo piso, se advierten los detalles evolutivos en la construcción del icónico monumento. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

En 1849, la residencia era propiedad de Don Miguel Renté, protector del linaje de los Pérez de Rivero, delegando como administrador y albacea a su primo Don Federico Lima y Renté; siendo este último quien resguardara en su mansión —actualmente ocupada por el Museo Municipal de Guanabacoa— el Escudo de Armas de los Pérez de Rivero y las cadenas originales de la casa bajo su custodia, de las cuales no existen evidencias claras sobre su paradero final, especulándose acerca de su probable enterramiento para mejor conservación —dato este que carece de confirmación histórica—. Al fallecer Don Miguel Renté y su esposa, la casa es transferida a descendientes lejanos. En 1893 es comprada por el español Don José Lezama Larrea, quien la vende, en el cruce de siglos, a The Havana Central Railroad Company, de New Jersey, cambiando por primera vez su hábito doméstico por el comercial. En 1928 cambia nuevamente de usufructuario, al ser adquirida por The United Railways of the Havana and Regla Warehouse Limited, de Londres.

El solar resultante de los sucesivos desplomes y demoliciones, se ha convertido en un muladar. Al fondo, la sacristía de la Parroquial. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Desde la década del 30 del pasado siglo, y hasta 1960, la planta superior de la casa sirvió de sede a la Unión 25 de los Caballeros Católicos de Guanabacoa, compartiendo dependencias con una Oficina de Servicios Jurídico-Mercantiles. Con posterioridad a 1959, la Unión 25 solicitó a las autoridades revolucionarias el interés de su gremio en preservar sus oficinas y abrir en la planta baja un museo y una biblioteca de uso público. Tras tajante negativa, el inmueble cumplió funciones varias, para finalmente retornar a su utilidad doméstica, convertido en falansterio. El 30 de enero de 1990, al ser declarado el Centro Histórico Urbano de Guanabacoa como Monumento Nacional, a la Casa de las Cadenas se le concedió el Grado de Protección No. 1, prebenda convertida en letra muerta antes de que su tinta secara. La objetiva vacuidad de este designio encendió las alarmas de los especialistas, quienes propusieron la urgente proclamación de la localidad como Patrimonio en Peligro.

La esquina que otrora estuvo abrazada por las cadenas, hoy solo exhibe desahucio. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

En días recientes, la lamentable noticia del incendio en uno de los claustros de los Escolapios, se suma a las irreparables pérdidas del patrimonio nacional radicado en Guanabacoa. El infausto declive de varias décadas, que llevó a la ruina a la Casa de las Cadenas, se ha convertido en rutina para esta preterida localidad habanera, añadiendo a la vetusta casona en una dolorosa nómina que incluye, someramente, a la casa de los Condes de Jaruco, la casa natal de Ernesto Lecuona o la estación de trenes Fesser. ¿A qué cadena aferrarnos hoy por el delito de denunciar el vaciado de nuestra memoria, derechos y aspiraciones…?

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