El interior del desahuciado paisaje industrial, es la encarnación distópica de su pletórico pasado.

Los despojos de lo que las dos últimas generaciones de habaneros contemplan en la esquina de Infanta y Sitios, son apenas una ínfima fracción de los 16 000 metros cuadrados que originalmente pertenecieron a la confitería La Estrella, la cual ocupaba un extenso perímetro de tres manzanas. Ocasionalmente confundida con la Fábrica de Fósforos La Estrella de Florencio Carrasco, que estuvo ubicada en la propia Infanta, pero en el No.1506, sus albores se remontan a 1889, teniendo como fundadores a Manuel Vilaplana Alemany y Luis Cajete Guerrero. Antes de vencer algunos escoyos legales para su empadronamiento, La Estrella quedó definitivamente instalada el 1ro de enero de 1901 —aunque funcionaba desde unos meses antes—, en Infanta No. 62 entre Sitios y Peñalver, frente a una de las efímeras plazas de toros que intentaron medrar sin éxito en la tradición colonial caribeña.

Los exteriores de la ruina son empleados por los vecinos para cultivar plátanos.

 

Contaba con un edificio de tres cuerpos, cada uno destinado a producir diferentes ofertas: chocolate en la planta baja; en el piso principal, galleticas; y el de los caramelos, confituras y bombones en la planta alta. Cada una de estas líneas productivas tenía sus especificidades tecnológicas, cuya prosperidad y modelo de gestión fue de las más sofisticadas de la época, hito que inclusive aclamó la visita del presidente Tomás Estrada Palma, que no fue un privilegio derivado de su notoriedad histórica y pública, ya que en la tradición mercantil de esta empresa siempre estuvieron contempladas las visitas guiadas para el público en general. Estos tours arrancaban desde la entrada del establecimiento, donde existían amplias vitrinas que anticipaban la diversidad de golosinas facturadas en la casa. Sin rivales comerciales significativos en la isla, entre los que se encontraban, con gracejo publicitario decimonónico y de comienzos de siglo, La Habanera, El Modelo Cubano, La Tropical, La Colonial, Mestre y Martinica, e Isla de Cuba, algunas de ellas terminaron por fusionarse con “La Estrella” de nuestra historia, en 1917, para configurar en su emplazamiento de Infanta la Compañía Manufacturera Nacional, S. A.

Las columnas de hierro fundido prueban fuerzas contra el abandono de su forzoso destino.

 

Las obligadas referencias a La Estrella no sólo se sustentaban en sus virtudes tecnológicas, que contaba con frigoríficos, procesadora de hielo, refinadora de azúcar, una planta eléctrica con capacidad de generación de 1000 caballos; y en sus vastas dependencias se asistía de funcionales talleres para la elaboración de envases de madera y hojalata, como recipientes de sus manufacturas. Todos los salones eran extensos y ventilados, empleando ascensores que dinamizaban la circulación de los procesos de preparación entre niveles, y donde llegaron a trabajar 450 hombres y 190 mujeres. Todas estas estructuras fabriles, de almacenamiento y fiscalizadoras —administrativamente logró consolidar la Sociedad de Ahorros Empleados de La Estrella, en 1908—, podían competir en aquel entonces con las más sofisticadas de Europa o América.

Las ventanas ceden ante las inclemencias del tiempo.

 

Aunque su principal renglón era la confitería chocolatera, con más de 200 000 libras mensuales en el primer cuarto de siglo, otros géneros, como galleticas y dulces, también contemplaban las jaleas y conservas elaboradas con las frutas vernáculas de la isla. Además del consumo nacional, fueron notables las exportaciones a Estados Unidos, Canarias, Centroamérica y Europa. Su sello fue premiado en múltiples ferias internacionales, granjeándole competitividad a escala global. Para la distribución local contó con una amplia infraestructura, que llegó a socorrerse de 30 coches para la distribución de sus rubros, y, a finales de los años 50, con un sofisticado sistema de pizarras telefónicas, del cual apenas quedó en sus predios un teléfono público, tras ser confiscado por la Intervención Revolucionaria en 1960.

A pesar de la desidia, parte de los techos de vigueta y bovedilla se resisten a la gravedad.

 

En 1930 pasó a manos de otra firma, que trasladó su sede principal a Cuba Biscuit —en Buenos Aires y Vía Blanca, colindante con la antigua Crusellas, actualmente rebautizada como Gerardo Abreu Fontán—, viendo mermada su oferta una década después, ante la competencia de otras empresas del ramo. No obstante, su sobrevivencia la debió a la acendrada tradición de sus confecciones, llegando a 1958 como la industria más notable de su estirpe, y alcanzando el número 16 a nivel nacional por el número de empleados, entre las esferas no azucareras. La fábrica inicial de Infanta y Sitios continuó sus producciones con el pertrecho del que siempre dispuso, ciertamente obsoleto hacia finales de la primera mitad del pasado siglo, pero aun marcando una impronta sensorial entre los vecinos y paseantes que por allí circulaban: la refinada fragancia que hacía levitar al más insensible de los mortales.

Un deambulante ofrece su riesgoso espacio con desbordante hospitalidad.

 

Luego de 1959, tras ser nacionalizada —algo así como caer en un voraz agujero negro, mucho más para un astro de la magnitud de La Estrella—, su brillo comenzó a eclipsarse frente a la ineficiencia administrativa y productiva, el déficit de materias primas y el insuficiente mantenimiento. Sus diversas dependencias fueron explotadas arbitrariamente hasta el inexorable deterioro y abandono de sus equipos, como la carpintería, que expiró produciendo juguetes de madera. Con su gradual desuso fabril, fue ocupada por algunas familias, deviniendo en falansterio antes que comenzara a caerse a trozos. La última nave de la otrora esplendorosa factoría, ahora languidece peligrosamente, y su hediondez a desperdicios y defecaciones, en nada evocan el glorioso espíritu del chocolate que de ella emanara.

Nuevos usuarios acompañan con sus improvisados mobiliarios las últimas temporadas de La Estrella.

 

Fotos: Juan Pablo Estrada.

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