
Después de más de un mes de tregua fecunda entre libros y archivos, vuelvo a estas bitácoras —que alguna vez nombré así para hallarme a mí mismo en una infancia de novelas de mar y aventuras del espacio— contento de que el tema no diste demasiado de los libros, ni del espíritu que las motivó, que no fue otro que el recuento de nuestra realidad, por muy absurda que esta sea, siempre que siga siendo cubana. Y heme aquí, con las turbinas de la nave Enterprise humeando por el nuevo viaje, batido con el mercadeo irresponsable de frases martianas sacadas de contexto y gritadas a mansalva en cuanto hueco del universo Facebook uno se encuentra.
Para empezar este viernes —porque la columna es breve y en próximos episodios volveremos con otras citas— pongamos el caso reciente de cierto internauta que, para defender a Silvio Rodríguez de una caricatura, invocó nada menos que al Apóstol: “El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”. No estoy ni siquiera seguro —tampoco voy a revisar— de que el sujeto citara exactamente, con el correcto orden y las precisas palabras, esta manida frase del Maestro, que se ha convertido en escudo ideológico para las más variopintas culpas del prójimo.
Ah, sí, Silvio Rodríguez —aclaro para el futuro siempre demoledor con los ídolos de paja, sic transit gloria mundi— es un trovador de la llamada nueva trova, cantor de las glorias invisibles de la revolución cubana, defensor acérrimo del castrismo y la voz de matutinos, actos políticos y reuniones de las organizaciones de masa en Cuba. Todo un expediente que ya quisiera haber tenido un trobar clus medieval en la corte de Federico II Hohenstaufen.
Lo que sucede es que, volviendo a la frase en cuestión, Martí se refiere a los libertadores de América: Simón Bolívar, Miguel Hidalgo y José de San Martín, en su texto “Tres héroes”, que mi mamá me leyó a los seis años junto con todo lo demás de La Edad de Oro. De esos soles imperfectos nos habla Martí y nosotros, sempiternos y bruñidos infantes, seguimos sin aplaudir la audacia de decirle a un continente entero, niños y padres de los niños, lo que las escuelas, incluso hoy, callan: que el sol quema y tiene manchas…
No es una lección de astronomía, sino una metáfora eficaz, con esa eficacia verbal que caracterizaba todo lo que escribía este genio. Martí, sin embargo, no se ocupa aquí de las quemaduras o las manchas solares. Entiende que a los tres próceres de la independencia americana “se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas”. Nosotros, de acuerdo con él, tampoco nos ocuparemos del tema, aunque nos asiste el derecho de hacerlo, por ser ciudadanos libres y pensar, como él quería que pensáramos, por nosotros mismos. En páginas como esta, baste el ejemplo, hay la crítica a las machas del sol Martí, que desde entonces nos calienta e ilumina mejor.
Dicho lo cual, respetado trovoapologeta, ¿de qué sistema se escapó el sol que intentas defender equiparándolo, por el peso de la frase y su contexto, a los héroes de América? ¿Cuál es la cantidad de bien que avala al susodicho para perdonarle sus continuas defensas y sus rememoradas loas a los dictadores de un pueblo que sigue siendo oprimido, dividido y, si dejamos la trova y atendemos a la realidad, dentro de poco exterminado? La luz que Martí invoca no es la del sol que todo lo justifica, sino la del juicio que sabe distinguir entre el error perdonable y el crimen persistente.
Los agradecidos con la iluminación martiana te invitamos a esa lectura donde uno que se sabe sol y conoce sus manchas, habla de los soles pasados sin idolatría, sin la intemperie de los fanatismos que termina por achicharrarnos el criterio propio. Y como estoy todavía en contexto —aun el mismo párrafo— por qué no hablar también del “decoro”, esa propiedad de “los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro”. ¿Reconoces tú, en lo que defiendes, algún indicio de esto?
No hay que ser sol para cegar o quemar. Pero el sol, de verdad, existe. Yo me siento, por lo menos, tan decoroso como la llama y el elefante. Espero que entiendas.