
Valiéndose del chismorreo filosófico entre Timeo y Critias, Platón da cuenta de una isla que sucumbió en el océano como consecuencia de la negligencia moral de sus gobernantes, a los que la soberbia quizás los hizo delirar con ese mensaje frecuentemente encontrado en las botellas, y que la mayoría de los náufragos repiten como un mantra en tales circunstancias: “será mejor hundirnos en el mar, que antes traicionar…”, bueno, todos lo conocemos; es casi un bolero. Aunque este precedente simbólico gravita sobre el inconsciente colectivo —y demasiadas veces revisitado a lo largo de la historia—, con la interrogante de esta bitácora me refiero a ruinas que, literalmente, sobrenadan.

El Paseo Marítimo Flotante, inaugurado en La Habana en 2014, fue la airosa y contemporánea alternativa para remplazar tres desahuciados espigones frente a la Alameda de Paula, en la Avenida del Puerto. Pero, maldito abandono, a doce años de ser anclados para el esparcimiento público, ya su estado es lamentable. El empleo de este segmento del litoral, ventana interior a la rada habanera, se remonta a los orígenes mismos del establecimiento y expansión de la ciudad, perímetro que invariablemente fue guardado para fines militares y comerciales a cuenta de la administración colonial. Los mismos eran concedidos eventualmente, a modo de usufructos temporales, a privados y emprendedores de paso. Esta práctica fue igualmente reproducida por el Ejército de Ocupación estadounidense entre 1898 y 1902, hasta que en 1910 el Estado Cubano, aplicado a los mismos requerimientos, establece como exigencia la ejecución de los tres espigones de marras, como una de las condiciones en el trueque de terrenos con los Ferrocarriles Unidos de La Habana y Almacenes de Regla Limitada, Cía. Internacional.

Las tres escolleras de 135 metros bahía adentro, por 36 de ancho, se encontraban parcialmente cubiertos por almacenes de 110 metros de largo y 24 de ancho, construidos por la empresa estadounidense The Snare & Triest Company. Los muelles en cuestión fueron explotados intensivamente durante medio siglo, arrendados competitivamente a diversas compañías. En 1961 los establecimientos sufrieron una nacionalización mediante expropiación forzosa, con —para resumirlo rápidamente— todo lo que tenían dentro. Este Acuerdo de la Junta Central de Planificación, además decretó rebautizarlos como Terminal Marítimo Portuaria Margarito Iglesias, nombre con el que llegaron en pésimas condiciones hasta el final de sus días, tras una centuria de servicio.

Aunque la presencia de estas infraestructuras portuarias fue gradualmente naturalizada por los residentes habaneros, con ellas se perdía una de las pocas visuales al mar, apresando a la pintoresca Alameda de Paula entre las ruidosas instalaciones almaceneras y la avenida perimetral del puerto. Construida en 1777 por el arquitecto coronel de ingenieros Antonio Fernández de Trebejos, fue así obliterada por primera vez en sus más de 200 años de existencia. De modo que el Paseo Marítimo Flotante vindicó su silenciado reclamo de esparcimiento dieciochesco. La estructura flotante con forma de T, se encuentra surta entre el Emboque de Luz y el Antiguo Almacén del Tabaco y la Madera, ambos recuperados por el plan de hermoseamiento de esta zona del Centro Histórico.

El objetivo de este proyecto se centraba en la regeneración de la Alameda como uno de los estrados de contemplación paisajística del malecón más extenso de país, que abarca desde el fuerte de la Chorrera, junto a la desembocadura del río Almendares, hasta el interior de la bahía. La aspiración data de 2009, y durante su emplazamiento se emplearon módulos flotantes reversibles, anclados en el lecho marino con dados de hormigón y tensores que le permiten variar en altura con las mareas. Se encuentran unidos a tierra con pasarelas móviles, y el contorno de las mismas fue asegurado con barandas de acero inoxidable. La armazón en su conjunto fue cubierta de una tablazón sintética a base de polímeros y polvo de aserrín, sumamente resistente a la salinidad.

Uno de sus proyectistas, el arquitecto Orlando Inclán, recuenta en una entrevista que le realizara el diario Tribuna de La Habana en agosto de 2019, que el proyecto aún se encontraba en fase de ejecución, ya que no cuenta con el mobiliario y los parasoles previstos en su terminación. Igualmente daba razones de algunos imprevistos, como la baja calidad de algunos lotes de la madera artificial para la cubierta, entre otros detalles que atrasaron plazos de entrega. En su totalidad, las patanas y sus conexiones a tierra deben ser supervisadas periódicamente para garantizar el mantenimiento y reemplazo de componentes afectados, algo que rara vez se ha implementado desde su instalación.

En los últimos cinco años, este privilegiado escenario del Casco Histórico se ha convertido en una prolongación vecinal, nicho predilecto para pescadores y bañistas improvisados, ambas actividades prohibidas como consecuencia del elevado grado de contaminación de la bahía, y en ausencia de vigilancia y control por parte de las autoridades. La corrosión que comienza a ser palpable en los ángulos visibles del pontón, añadida a la falta in crescendo del pavimento —sus componentes físicos lo hacen blanco predilecto para reemplazos constructivos en viviendas habitadas por personas de bajos recursos— y la colonización de escaramujos en los elementos sumergidos, colocan a esta isla flotante en franco deterioro. Una sentencia, escrita con tinta indeleble en el estrecho perfil de una de sus barandas, y que pareciera resumir el espíritu de estos tiempos, reza así: “Intenta respirar sin que te oprima el pecho, intenta hacer latir tu corazón sin que te duela el alma”.
Fotos: Juan Pablo Estrada.
